Imaginen a la orca Willy urdiendo un plan con los delfines para huir de la esclava vida en el acuario. O a Beethoven pasando de llevarle las zapatillas a su amo y reclamando sus derechos como perro autosuficiente. Algo parecido es lo que nos plantea
El origen del planeta de los simios, una fauna alzada en armas y en contra de la prepotencia humana. Si Willy y Beethoven nos despertaban ternura probablemente era por su papel de víctimas. Sin embargo, aquí los simios no adoptan ese rol pasivo y, más que producirnos pena, lo que nos provocan es auténtico pavor.
Siempre nos habían dicho que los animales no piensan, que reaccionan ante estímulos. Hasta que el hombre decidió experimentar con ellos una serie de fármacos contra el Alzhéimer que los dotó de una inteligencia superior a la humana. Ese es el argumento con el que han decidido explicarnos la trama de
El planeta de los simios los mandamases de la Fox.
El original de finales de los años 60, protagonizado por Charlton Heston, dejaba volar la imaginación del espectador, daba pie a todo tipo de interpretaciones. Esta actualización de la saga, sin embargo, lo deja todo bien mascadito, allanando el camino para un nuevo remake tras el fallido intento de Tim Burton.
Si para algo puede servir El origen del planeta de los simios es para recuperar la cinta que dio pie a todo el fenómeno. Aunque el paso de los años se deja notar evidentemente en los efectos especiales, ocurre justo el efecto contrario con los guiones. Parecían dirigidos a un público más inteligente. Esta precuela recién sacada de la manga no sólo sigue el esquema de un crescendo que pone a prueba la paciencia del personal hasta alcanzar el clímax final. También se nutre de la película original para contar lo mismo pero al revés (está plagada de guiños a su antecesora), aunque con idéntico mensaje.

Si allí Charlton Heston era la víctima de unos monos en posesión de la superioridad racional, aquí el damnificado por la inferioridad moral es Caesar, el simio que comienza a experimentar dotes extraordinarias gracias al medicamento desarrollado por el científico Will (correcto James Franco).
Allí el mensaje venía revestido con metáfora. Aquí es tan evidente, que hasta un mono sin las neuronas estimuladas sería capaz de interpretarlo.
Aún así, la película tampoco supone un insulto para las mentes relajadas del verano. Como parecen repetir al unísono la mayoría de críticos, se trata de un entretenimiento inteligente, que revitaliza la saga de manera menos hiriente que sus secuelas de los años 70, nacidas a rebufo del éxito inesperado.
Lo que más preocupa ahora es comprobar el rumbo que tomará este nuevo experimento después de la gran acogida en su primer fin de semana (54 millones de dólares en Estados Unidos). ¿Seguirán explotando el origen de la historia? ¿O probarán suerte con un tercer remake del original? Ambas cosas inquietan.
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