jueves, 23 de abril de 2015

La Holy motors de Ryan Gosling

Drive es lo peor que le ha podido pasar a Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling. El director regresó con Sólo dios perdona y se estampó de lleno en su intento de repetir fórmula de acción visualmente molona. Y el actor seguramente se vio tentado de pronto por la llamada de la dirección, convencido de que las obras maestras pueden calcarse y camuflarse con el disfraz de otros logros ajenos. Sí, a veces los mayores éxitos se convierten en la peor pesadilla de los creadores, incapaces de proseguir el camino a la sombra de sus grandes logros.

Imagino la enorme tesitura en la que debieron encontrarse Christina Hendricks, Saoirse Ronan y demás actores de renombre cuando Ryan Gosling les propuso participar en su debut tras las cámaras. ¿Cómo decirle que no al actor del momento? ¿Cómo negarle el capricho, aún sabiendo que con semejantes ínfulas se abocaban directamente al suicidio? Peor lo tuvo que pasar Eva Mendes, la dulce y sacrificada novia, si no quería enfrentarse a una crisis de pareja. Y esto es lo que sucede cuando nadie para los pies a los directores-celebrity, que se ponen profundos y paren esperpentos como Lost river.

Han querido compararla con el cine de Terrence Malick, con el de David Lynch, con el del propio Winding Refn, todos ellos con la personalidad y el empaque suficientes como para labrarse una carrera identitaria. A los tres ha fotocopiado Gosling sin demasiados miramientos en su ópera prima. Pero su verdadera fuente de inspiración ha sido sin duda Holy motors, la extravagancia de Leos Carax que cautivó hasta a la propia Mendes. Nada peor que un referente trascendental para un novato más conocido como sex symbol que como intelectual.

¿Estoy cuestionando la inteligencia de Gosling basándome únicamente en su belleza? Simplemente me remito a su dudoso criterio como debutante. Una jugada muy poco astuta la de iniciarse en la dirección con un tono tan pretencioso, sobre todo si nos atenemos al material de partida. Porque la decadencia del sueño americano, los estragos del capitalismo salvaje, merecían un tratamiento más digno que el simple postureo visual del que ha querido hacer gala aquí el amigo.

Es una lástima que entre tanta metáfora se diluyan tramas que habrían dado para un buen filme de debut, como esa lucha a muerte por la hegemonía en un pueblo agonizante o la no-historia de amor entre el protagonista y su vecina. Incluso esa acción tan surrealista en un local para amantes del gore tendría su atractivo si realmente condujera a algún lugar. Pero pocos elementos en Lost river llevan a buen puerto. Que filmes como este lleguen a programarse en nuestro país cuando miles de debutantes siguen haciendo cola demuestra hasta qué punto resulta imprescindible en este negocio estar de moda y estar bueno.

miércoles, 22 de abril de 2015

Ni es Orange ni es Black

Se ha dicho hasta la saciedad. Globomedia necesitaba un golpe de timón en su cartera de series. Como si en ella jamás hubieran existido éxitos, más revolucionarios incluso que Vis a vis, como Policías, El internado, El barco o 7 vidas y El grupo, sin duda las dos mejores ficciones televisivas de nuestro país y que han salido precisamente de la productora fundada por Emilio Aragón.

Más que Globomedia, eran los espectadores de Antena 3 los que demandaban un producto realmente innovador esta temporada. Porque a pesar de sus excelentes resultados de audiencia, ni Bajo sospecha ni Allí abajo traspasarán fronteras. Tampoco lo hará este drama presidiario, pero al menos el piloto ha servido para demostrar que Orange is the new black ha sido una evidente fuente de inspiración pero para un planteamiento totalmente distinto.

¿Existiría Vis a vis sin el éxito de la comedia de Netflix? Es evidente que no. Pero si el fenómeno OITNB ha servido para dar luz verde a este nuevo proyecto, bienvenidas sean las inspiraciones (recordemos cuánto se pareció en su momento la trama de Acusados a Daños y perjuicios y lo maravillosamente bien que evolucionó la serie protagonizada por Blanca Portillo). 

Chica rubia e inocente entra en una prisión de mujeres ataviadas con monos de color naranja (amarillo en este caso). Hasta aquí el parecido más que razonable entre Vis a vis y Orange is the new black. Porque enseguida uno se da cuenta de que el tono de la serie española es radicalmente distinto al de la comedia negra estadounidense. La aparición del cadáver de una reclusa en la lavandería de la cárcel lo cambia todo. El thriller se adueña de una trama aparentemente prometedora.

La serie, por suerte, no se desarrolla únicamente entre rejas. Lo fácil sería amortizar la espectacular recreación de una prisión de mujeres sin apenas exteriores, como a la vieja usanza. Sin embargo, los guionistas han preferido realizar un esfuerzo adicional extrapolando la acción más allá de los muros de la cárcel. Y así surgen subtramas tan interesantes como la de la gobernanta amenazada o el flashback que recreaba a la perfección el atraco y la detención de la convicta asesinada.

A la serie aún le queda la difícil tarea de demostrar que los misterios por resolver son algo más que una buena premisa inicial. Falta por ver si será capaz de mantener tantos frentes abiertos con el mismo nivel de calidad e interés. Pero lo que sí puede confirmarse desde el primer momento es su excelente selección de actores. Maggie Civantos, la protagonista, quizá no sea el mejor ejemplo. Por momentos se agradece su naturalidad, por momentos peca de sobreactuación.

Pero sus compañeras de reparto son, sin duda, el punto más fuerte de Vis a vis. Destacan Sole (María Isabel Díaz), de entrada la cara más amable de la prisión, y Zulema, el personaje malvado que puede darle a Najwa Nimri el papelón más destacado de su carrera. Las declaraciones a cámara de las reclusas, otro gran elemento diferenciador respecto a Orange is the new black, aportan el toque humorístico y de sensibilidad necesario para que la serie pueda mantener ese 22% de share con el que debutó anoche.

Porque sí, Vis a vis es un paso adelante en la ficción española, pero un tímido avance hacia la oscuridad en la que se mueven las grandes series internacionales. Desnudos integrales, peleas, violencia verbal y física. El esfuerzo por el realismo ha sido notable. Pero esta Cruz del Sur no deja de ser un remanso de amor y de paz si la comparamos con otras prisiones ficticias (y no hablemos ya de las reales). Un contexto demasiado duro para espectadores acostumbrados a zapear entre costuras y sainetes.

miércoles, 15 de abril de 2015

Ministérico como el que más

Nadie puede negarle el mérito. El ministerio del tiempo ha supuesto el soplo de aire fresco que la ficción española necesitaba, el revulsivo que por fin ha demostrado que nuestras series pueden ir más allá de la corrección, persiguiendo un objetivo más ambicioso que el de emular fórmulas ya establecidas. Ha sido la sorpresa de la temporada, la mejor ficción que ha emitido la televisión de nuestro país en mucho tiempo. Pocos pueden discutirlo.

Sin embargo, el fenómeno ha sido tan inesperado e intenso, ha creado tal estado de furor colectivo, tan merecido por otro lado, que prácticamente parece un acto de traición criticar sus puntos débiles. Y los hay, por mucho que prefiramos mirar hacia otro lado para no herir la sensibilidad de su creador, Javier Olivares, o simplemente para no recibir una plaga de unfollows en las redes sociales. Pero de la misma manera que sus guionistas merecen recibir todas las alabanzas como recompensa por su enorme trabajo, también debería agradecerse la crítica constructiva, la visión objetiva de fieles seguidores que lo único que buscamos es la mejora de la serie hacia la perfección.

El penúltimo capítulo de El ministerio del tiempo es el ejemplo perfecto de hasta qué punto puede innovar nuestra ficción, haciéndose valer de la imaginación e inspirándose (que no plagiando) en el inabarcable entorno de series internacionales de calidad y renombre. Además de las evidentes producciones de ciencia ficción basadas en los viajes en el tiempo, como Doctor Who o Perdidos, Olivares y compañía también homenajean con gran criterio a títulos de impecable factura como 24 y su acción multipantalla o The good wife (no sólo con guiños a Lockhart&Gardner sino también con esa capacidad de los guionistas para trastocar el orden establecido mediante giros inesperados).

Pero de la misma forma que hay capítulos brillantes, como lo fue también el que nos desvelaba a Tomás de Torquemada como hijo de Ernesto (enorme Juan Gea), hay otros en los que ese complicadísimo tono entre el misterio, la historia, el humor y la ciencia ficción no termina de afinarse. Y el mejor exponente sea quizá el episodio del pasado lunes, con el que la serie se despedía de su audiencia hasta la próxima temporada.

Uno de los grandes logros de El ministerio del tiempo es haber rescatado la historia española de los libros de texto para el gran público. Es el inabarcable fondo del que se sirven los guiones para generar las tramas episódicas. Pero así como acontecimientos históricos han dado pie a intrigantes aventuras, como la recreación del encuentro entre Franco y Hitler, no ha ocurrido lo mismo en esta última entrega, dedicada a un lugar a priori tan interesante como la residencia de estudiantes de Madrid en 1924. Ilustres artistas como Salvador Dalí o Federico García Lorca han quedado retratados como meras caricaturas, traspasando esa complicada línea entre el humor inteligente y la parodia.

Pero más allá de la Historia en mayúsculas, del caso procedimental de cada semana, el punto fuerte de El ministerio del tiempo reside en la historia personal de sus tres protagonistas, todo un acierto de casting, y en los conflictos temporales que alteran el buen funcionamiento de este ultrasecreto departamento. A su vez, también es su talón de Aquiles. Porque si en un principio pasamos por alto algunas lagunas importantes, movidos por la emoción de una obra global que las compensaba con creces, ha sido en el desenlace, en el clímax final, cuando han emergido las dudas.

Julián pierde la oportunidad de salvarle la vida a su novia y se convierte en el nuevo causante de su muerte. Pero ¿por qué tanta carga dramática si la puerta a 2012 seguirá disponible para un nuevo intento? ¿No se suponía que la rescató del accidente cuando la llamó en el primer episodio y retrasó su salida de casa? ¿No se acostó con ella en el capítulo 7, cuando se planteaba abandonar el ministerio? No quedan muy claras las consecuencias de aquella primera alteración del tiempo. Ni rastro del efecto mariposa en la trama. Falta minuciosidad en estos viajes, cómo sí la hubo en los diferentes intentos para rescatar de Torquemada al creador del libro de las puertas. Falta clarificación, al menos para televidentes zopencos que, como yo, no acabamos de verlo claro.

Quizá por eso, y por remiendos como la apresurada incriminación de Irene (Cayetana Guillén Cuervo ha tomado la mejor decisión de su carrera aceptando este memorable papel), el esperado final de El ministerio del tiempo ha quedado deslucido, por debajo de una media cargada de momentos gloriosos. ¿Significa que estoy siendo injusto? ¿Debería ser menos exigente por tratarse de una ficción española? Desde aquí declaro toda mi admiración por la serie, todos mis respetos por una mente, la de los hermanos Olivares, capaz de imaginar esta maravilla y, sobre todo, de llevarla a cabo. Desde aquí me declaro, a pesar de todo, ministérico.

martes, 14 de abril de 2015

Juego de tronos 5x01: El inicio del cisma

Juego de tronos iniciaba quinta temporada con el primer flashback de su historia y lo hacía con Cersei Lannister como protagonista. Un viaje atrás en el tiempo muy revelador, que nos desvela por primera vez el vaticinio que atormenta a la reina madre de Poniente desde que era pequeña. No sólo su reinado será suplantado por una regente más joven y más hermosa (¿será Margaery? ¿Será Daenerys?) sino que a sus tres hijos les espera corona y mortaja de oro (Joffey fue el primero en cumplir los pronósticos). Malos augurios, por tanto, para la más codiciosa de la familia Lannister, cuyos tiempos gloriosos comenzaron a desvanecerse cuando su hermano Jaime perdió la ambición junto con la mano.

La HBO daba el domingo el pistoletazo de salida a la temporada más ambiciosa y esperada de la serie, una máxima que de bien seguro volverá a repetirse el año que viene en esta espiral sin techo a la vista que está experimentando el que ya es todo un fenómeno global. El esperado estreno quedó deslucido con la filtración de los primeros cuatro capítulos, que ya han saciado a los más ansiosos, pero a los pacientes que hemos preferido degustarla en nuestra dosis semanal, este primer bocado nos ha sentado de maravilla.

De momento, el cisma entre serie y libros que nos anticiparon los productores todavía no se ha producido. La trama discurre ya la senda de Danza de dragones, la quinta y última entrega disponible de Canción de hielo y fuego, con las licencias que los guionistas ya se tomaron en anteriores entregas. Pero llegará pronto ese apasionante momento en el que los lectores nos enfrentaremos a Juego de tronos desde el desconocimiento, en igualdad de condiciones. Es ahí cuando la ficción adquirirá todo su potencial para cautivar y sorprender.

Por primera vez también en la serie, el póster promocional de esta quinta temporada nos spoileaba de manera clara y directa un acontecimiento que ya se está empezando a fraguar: el impagable encuentro entre un Tyrion ávido de revancha y una Daenerys muy debilitada y necesitada de nuevos aliados. Ambos personajes se encuentran en horas bajas, uno sin la capacidad de dar rienda suelta a su astucia y mordiente, y la otra imposibilitada para implantar la paz y para controlar a sus tres retoños dragones, ahora convertidos en una seria amenaza incluso para su propia madre. El camino hacia el Trono de hierro se mantiene repleto de adversidades.

Al otro lado del mar Angosto, los personajes más sibilinos siguen moviendo ficha en su particular estrategia para ganar esas guerras que están por venir. Tras aquél ataque de personalidad en Aguasdulces que nos dejó a todos con la boca abierta, Sansa parece haber regresado a su estado habitual de letargo y sumisión, mientras su nuevo compañero de viaje, Meñique, la traslada a un destino incierto (se admiten apuestas).

Por su parte, la consorte en el punto de mira de Cersei, Margaery, mantiene impolutas sus aspiraciones al trono, con dos cadáveres maritales a sus espaldas (y previsiblemente un tercero, Tommen, por venir), y un hermano que mantiene la cota gay de la serie en sus picos más altos (aunque, de momento, la petición de las seguidoras que reclamaban más frontales masculinos en un vídeo de Youtube todavía no se acaba de cumplir).

Los nuevos escenarios que explorará Juego de tronos en esta nueva temporada de momento se hacen esperar, sobre todo esa Dorne que ha colocado a Sevilla y Osuna en el particular mapa de rodaje de la serie. La venganza de la casa Martell y la aparición de las serpientes de arena, otro frente abierto para los Lannister, queda pendiente para próximas entregas, como el destino de la pequeña Arya, que despidió la cuarta temporada rumbo a Braavos, y el de Theon Greyjoy, ahora convertido en Hediondo y en el personaje con una de las trayectorias más fascinantes e impredecibles de toda la trama.

Aún así, la imagen más poderosa del capítulo nos la reservaron para el final. Mance Rayder se niega a hincar la rodilla ante Stannis y prefiere morir quemado en la hoguera, ante los ojos de sus súbditos y de una Melisandre que es la única que permanece imperturbable ante los acontecimientos, absolutamente convencida de los poderes que le ha concedido el señor de la luz. El atisbo de esperanza llega con una flecha, la que lanza el siempre honorable, correcto y justo Jon Nieve, para terminar con el sufrimiento del rey más allá del muro. Un atisbo de bondad entre tanta crueldad y vileza. Sin duda, la espera ha merecido la pena.

El retorno de Juego de tronos ha servido para recordarnos por qué esta ficción no hace más que sumar adeptos y expectación. Tras la impecable superproducción, tras esos diálogos cargados de épica e ingenio, se encuentra una mente privilegiada y brillante, que parece tener muy claro el rumbo de la serie y de sus personajes. Sólo cabe esperar que los productores de su adaptación televisiva mantengan la misma impavidez y cordura de George R.R. Martin.

jueves, 9 de abril de 2015

Walter is better (so much better)

Fueron muy hábiles. Arrancaron sin compasión, apuntando a la serie madre y al corazoncito de los millones de huérfanos de Walter White. Vince Gilligan y Peter Gould sabían que aquellos primeros minutos, que aquel doble capítulo inicial, era de vital importancia para atrapar a los incondicionales de Breaking bad. Para convencerles de que aquél spin-off, a priori tan poco apetecible, sobre Saul Goodman seguiría la estela de la más grande. Factura impecable, diálogos hilarantes, personajes carismáticos y una trama adictiva.  

Echaron mano de toda la artillería pesada. Un flashforward de Saul en la era post-Heisenberg, una fotografía preciosa y detallista que convierte a la sórdida Albuquerque en todo un placer para la vista y, sobre todo, guiños constantes a la serie principal que culminaron con esa aparición estelar del gran Tuco Salamanca. Imposible no rendirse a los pies de Gilligan. Había logrado lo imposible, callar las bocas de los escépticos y extender el imaginario de Breaking bad a otra potencial obra maestra.

Pero el buen presagio se empezó a oscurecer una vez terminada la ceremonia de inauguración. Saul Goodman, ahora conocido como Jimmy McGill, adquiría el lógico protagonismo que le otorga el título de la serie. Es en ese momento cuando empiezan a florecer las flaquezas de un personaje sin la entidad suficiente para soportar el peso de toda una trama principal. Cuando las situaciones se repiten, el ingenio decae y la historia se estanca. Cuando el recuerdo de Walter White se hace más doloroso.

Prueba de que Saul apenas aguanta un metraje más o menos prolongado es ese capítulo íntegramente dedicado al ex agente Mike, uno de los mejores de esta temporada. O la abundante presencia, prácticamente coprotagonista, de su hermano Chuck, sin cuya fobia a la electricidad esta serie perdería la mitad del interés. Mal asunto cuando prácticamente todo el reparto de Better call Saul resulta más estimulante que el cabeza de cartel.

Todos los esfuerzos que han realizado los guionistas a lo largo de estos diez episodios para humanizar a un personaje que, en general, caía antipático han sido en balde. El espectador continúa empalizando más con un psicópata como Walter White que con este charlatán condenado al fracaso. Porque lo peor de todo es que sabemos que su escalada de picapleitos irá a peor, al menos hasta la época dorada que conocemos y que se reduce a representar a traficantes de drogas como Gus Fring o el propio Heisenberg. Vamos, que McGill ni tiene remedio ni nos importa demasiado si lo merece.

El último episodio, de los más soporíferos que se recuerdan (¡esa partida de bingo, por favor!), lo confirma. El protagonista tira por la borda su gran oportunidad de ser alguien en la vida y, en homenaje a su amigo Marco, prefiere permanecer en los tiempos de Jimmy El escurridizo. Más que su destino, nos preocupa la salud mental de su gran amiga Kim, el personaje más entrañable de esta ficción sin demasiado fundamento.

Pero Gilligan y Gould son muy hábiles. Sabemos que guardan mucho material en la recámara, que dejarán caer fría y calculadoramente a lo largo de las siguientes temporadas, en una escalada ascendente que hará que consideremos Better call Saul como otra puta genialidad. Ya insinuaron que habrá más cameos y que no necesariamente aparecerían en esta primera temporada. Por eso aguantaremos estoicamente. Porque, cuando sucedan, pegaremos un brinco y nos olvidaremos de que en su día Saul Goodman fue un auténtico coñazo.

viernes, 20 de marzo de 2015

Cuando todo está podrido

Hubo un tiempo en que Nueva York era una ciudad inhabitable, alejada de esa urbe cosmopolita y moderna en la que todos, o casi todos, quisiéramos vivir. Ahora es el plató perfecto para comedias románticas y empanadas hipsters, pero hace sólo dos o tres décadas era el decorado ideal para películas de gángsters o sórdidos 'thrillers' (con permiso de Woody Allen). En ese contexto, irreconocible para los que mantenemos a Manhattan en un pedestal, se desarrolla la turbadora historia de un matrimonio que lucha, con métodos opuestos, por hacerse un hueco en el llamado sueño americano, reconvertido con el tiempo en toda una pesadilla para la gran mayoría de los mortales.

Abel Morales es un inmigrante sudamericano que busca asentar su negocio de transporte y convertirlo en un imperio que lo convierta a ojos de los norteamericanos en el admirado self-made man al que todos aceptan y respetan. Quiere hacerlo siguiendo las reglas, evitando los atajos que puedan manchar su expediente. Pero la violencia acecha en las calles, también en las altas esferas, y los obstáculos no pueden salvarse con buenas maneras. Es el pragmático punto de vista que mantiene su esposa, consciente de que el capitalismo es una jungla de depredadores en la que sólo sobrevive el más fuerte.


Tras el paréntesis de Cuando todo está perdido, J.C. Chandor sigue la senda crítica que emprendió con su poderoso debut Margin call y amplía el foco más allá de los implacables poderes económicos. El tono ahora es mucho más pesimista. Todos somos esclavos de un sistema perverso, susceptibles de caer en un sistema en el que la ambición se zampa a los principios. De ahí que toda la atmósfera que rodea a El año más violento sea tan marrón y oscura como la visión del protagonista, enturbiada por un entorno hostil que lamina los ideales.

Después de conquistarnos en la piel de Llewyn Davis, Oscar Isaac se afianza como actor de primer nivel con un papel protagonista impecable, cargado de matices, de enorme complejidad. Abel Morales se debate continuamente entre las convicciones éticas y su ambición latente, entre el complejo del inmigrante que reniega de sus orígenes y el orgullo de quién ya saborea las mieles del poder y del éxito. En la evolución de su personaje y en la interacción con su calculadora mujer (Jessica Chastain está de Oscar) se encuentra el principal atractivo de una cinta tan dura en el mensaje como en la propuesta.

Porque no es fácil adentrarse en El año más violento. Ni arranca con un gran señuelo ni con la información suficiente para entender el contexto. Pero superados los minutos iniciales, se convierte en una apasionante crónica sobre el emprendimiento, no mediante el método triunfalista de los libros de autoayuda, sino desde la desesperanza que sólo estos tiempos podrían inspirar. La búsqueda de financiación, la competencia desleal, la corrupción. Mecanismos que no se enseñan en las escuelas de negocios pero que convierten la creación de empresas en algo más complicado que un camino de rosas, al menos para los que sigan manteniendo los escrúpulos.

Chandor, por tanto, mantiene su particular pulso contra el capitalismo salvaje, esta vez con una apuesta visualmente más arriesgada y con el thriller como género vehicular. Así consigue escenas de acción brillantes como la persecución en la autopista o la que termina en una estación de metro. Desprenden la misma adrenalina que una cinta del género sin recurrir a sus típicos efectos sonoros y visuales, de igual forma que golpea nuestro status quo sin tirar de panfleto. Con sutileza y elegancia. Absolutamente recomendable.

jueves, 19 de marzo de 2015

We are all lesbians


Mágica. Entrañable. Enternecedora. Maravillosa. Son los adjetivos que elegiría de Pride si fuera el responsable de marketing de la distribuidora para resaltar sus mejores atributos en un póster promocional. En letras bien grandes. Sentencias que seguro que más de un crítico anglosajón, de esos tan impulsivos y exagerados, podría destacar sin pestañear en su crónica. Y no estaría faltando a la verdad, porque este insólito encuentro entre activistas gays y mineros en la Inglaterra de Margaret Thatcher sólo podía llevar a un único destino: la pura emoción. 

Lo que sí es desmesurado en la promoción, y no juega muy a favor de la película, son las comparaciones. Todos sabemos que cualquier excusa es buena para atraer a más público a las salas, pero situar a Billy Elliot y The full monty como referentes de Pride es, además de injusto, un pelín sobredimensionado. Aunque es evidente que gustará a los fanáticos de ambas, la cinta no llega a las cotas de sensibilidad de la primera ni de originalidad de la segunda. Conviene saberlo para no llevarse sorpresas. 


Las influencias son claras. El espíritu reivindicativo fluye en los tres proyectos por medio del humor y la fibra sensible. Imposible no empatizar con unos personajes tan marcadamente arquetipados, diseñados al milímetro para ganarse el cariño de la audiencia, aunque sea en un contexto tan duro y real como la huelga de mineros ingleses en los años 80. Resulta imposible no rendirse ante un cuento de hadas en el que las lecciones se aprenden a un ritmo vertiginoso, las adversidades se solventan en segundos y la intolerancia se resuelve mediante el diálogo. Un mundo ideal, que dirían los de Disney, del que no queremos despertar. 

Pride es toda una fiesta de la diversidad, un canto a las bondades del ser humano que, desde luego, no está pensado para escépticos y cascarrabias. Resulta más gratificante rendirse a los encantos de una gran fábula que lo único que persigue es hacernos sonreír. Desde luego, lo consigue. A fuerza de trucos, de situaciones forzadas, de ciertos vicios lacrimógenos. Pero con un fin positivo y sano, al fin y al cabo. 


Pasemos por alto la verosimilitud de algunas escenas del filme, porque difícilmente podrían hacerse realidad (aunque la cinta esté basada en hechos reales), y disfrutemos de su impagable contenido, como ese baile que se marca Dominic West ante una atónita audiencia minera, en un papel radicalmente opuesto al Noah de The affair. O el que protagoniza un grupo de galesas enloquecidas en locales de ambiente de Londres. Poco importa si ocurrió. Lo importante es soñar que podría suceder. 

Por si el humor no fuera suficiente, Pride cumple a la perfección con su función didáctica, equilibrando muy bien las posturas y manteniendo siempre un impecable respeto por ambos colectivos. Alecciona, es evidente, pero sin caer en falsos victimismos. Los prejuicios están presentes tanto en mineros como en homosexuales, y prueba de ello son los abucheos que en una de las escenas le propinan los clientes de un local gay a un líder sindical y hetero. Por tanto, el mensaje, como todo en este filme de pocos alardes, queda perfectamente claro y definido: No a la homofobia, no a la discriminación, no a la intolerancia.