viernes, 12 de diciembre de 2014

Mejor... dejarse llevar

Juntemos a un niño adorable con un viejo refunfuñón y obtendremos enseguida el filme sensiblero perfecto. Si encima lo aderezamos con una exótica prostituta y una madre en apuros, la fórmula se convertirá en infalible. Es el secreto que pregona a voces St. Vincent, una película que en ningún momento disimula su voluntad de tocar la fibra sensible y ante la que únicamente caben dos actitudes: el escepticismo o la entrega absoluta a la causa lacrimógena. Evidentemente, para garantizar una experiencia plena y satisfactoria se recomienda encarecidamente dejarse arrastrar por todos y cada uno de sus trucos. Saldrán de la sala totalmente renovados.

La historia se repite. Un jubilado antisocial y solitario se ve forzado a convivir con personas de bien, que irrumpen en su vida sin previo aviso y trastocan los cimientos de su desestructurada existencia. En este caso es una madre separada y su hijo de catálogo, tan avispado, sensible y educado que sólo podía estar destinado a un bullying de campeonato. El cuarteto se completa con una prostituta rusa, fantástica Naomi Watts en el papel más zafio y sorprendente de su carrera. Cóctel de personajes antagónicos obligados a extraer su buen fondo.

Porque en películas como St. Vincent no hay lugar para la maldad. Hasta el ser más execrable esconde un motivo que justifica su odio hacia el universo. Y desde el primer minuto del metraje sabemos que de un ser abominable como el que protagoniza Bill Murray terminaremos extrayendo las mejores intenciones. Lo vivimos con el Melvin de Jack Nicholson en Mejor… imposible (el entrañable perro se sustituye aquí por un lindo gatito) y más recientemente con Max von Sydow en Tan fuerte, tan cerca. Sabemos que terminaremos encariñándonos con el viejo cascarrabias. Y probablemente por ese pacto implícito entre el guionista y el espectador la pócima sigue funcionando sin fisuras.

Murray se entrega en cuerpo y alma. Quizá no llegue a la brillantez de Nicholson pero a su favor cuenta con el mérito de otorgar la máxima credibilidad a un personaje mucho más arquetípico, que roza e incluso traspasa por momentos lo caricaturesco. Si existe un manual del perfecto antihéroe de ficción, Vincent lo cumple a rajatabla. El niño antagonista tampoco se queda corto, hasta el punto que uno se pregunta dónde narices encuentran a pequeños actores tan convincentes (por favor, que alguien le pase referencias al cine español). Un elenco de altura para una ópera prima que probablemente no sobreviviría a otro plantel.

En todo caso, y obviando la estratagema de la cinta para activar nuestras glándulas lagrimales, St. Vincent funciona con suma eficacia en su afán de entretener y emocionar. Que seamos capaces de vaticinar con suma precisión el desenlace no la hace menos disfrutable. Justo lo contrario. A veces, la magia del cine consiste en arrastrarnos a un mundo utópico en el que todo el mundo tiene derecho a la redención y a las segundas oportunidades. Tan falso y cursi como las navidades, ante las que siempre vale más entrar al trapo que cargarse de amarga incredulidad.

jueves, 11 de diciembre de 2014

¿Quién puede odiar a Dolan?

Cuenta Xavier Dolan que escribió Yo maté a mi madre como venganza hacia su progenitora tras una sonora bronca y que Mommy le ha servido para resarcir aquella puñalada. Chico complicado debe ser este canadiense que sin embargo con sólo 25 años ha logrado gestar cinco notables películas, la última de ellas sin duda la más emocionante e intensa. Bonita manera de reconciliarse con una madre, regalándole a ella y a medio mundo el homenaje más puro y honesto, libre de atajos y almíbar.

Es admirable cómo Dolan ha conseguido labrarse en tan poco tiempo una legión de seguidores y detractores tan pronunciada. Y resulta bastante sencillo identificarse con ambas posturas. Mientras los primeros, modernos ellos, han encontrado en el joven director el soplo de aire fresco que hacía falta en sus vidas, los haters siguen centrándose en la extrema juventud y en las evidentes influencias del que consideran otro niño caprichoso con ínfulas de cineasta. Fácil empatizar hasta ahora, porque a partir de Mommy es imposible negarle al canadiense un talento que desborda cualquier tipo de antipatía.

Dolan ya ha rechazado públicamente a Almodóvar, Tarkovsky o Fassbinder como fuentes de inspiración. En un ataque de sinceridad (o de arrogancia) asegura que su mayor influencia está en películas que vio de niño. Filmes como Batman, Sra. Doubtfire o Titanic y que certifican que, o bien el resto de mortales no supimos entenderlas o bien este chico cuenta con una mente privilegiada. Porque resulta impensable encontrar en cualquiera de ellas una mínima semejanza con Mommy.

¿Cómo abordar la compleja relación entre una madre viuda y su hijo adolescente con TDA e hiperactividad sin caer en el sentimentalismo o la condescendencia? Las señas de identidad de Dolan, ese cierto histrionismo verbal y visual, no parecían las más adecuadas. El formato 1:1, sin ir más lejos, se antojaba como un recurso gratuito y desesperado para llamar la atención y, sin embargo, adquiere enseguida un sentido en la trama que no hace sino reforzar el mensaje de libertad y opresión, los dos estados de ánimo entre los que esta obra maestra se mueve con pasmosa habilidad.

Como si de su propio alter ego se tratara, el Steve que construye Dolan también busca desesperadamente captar la atención del espectador. No es un protagonista amable, puede provocar rechazo, y en cambio Antoine-Olivier Pilon lo convierte en un ser entrañable, capaz de generar una gran complicidad no sólo con sus dos compañeras de reparto, soberbias tanto Anne Dorval como Suzanne Clément, sino con toda una platea sumergida en ese maravilloso microcosmos construido por un trío de seres marginales.

Porque lejos de una relación maternofilial habitual, la de Steve y su madre se adereza con una tercera presencia indispensable, la de una vecina tartamuda con vida acomodada pero nada plena. Un vacío que llenan dos seres inestables, violentos, imprevisibles, pero tan puros y transparentes que son los únicos que consiguen que las palabras fluyan de su boca sin cohibiciones ni miedos. Hay momentos entre estos tres protagonistas que son la mejor representación de la felicidad que se haya proyectado nunca en pantalla. Y sí, uno de ellos lo protagoniza una canción de Céline Dion.

Entre la libertad y la opresión, decíamos, se va desenvolviendo esta preciosa historia, que refleja pero no edulcora la complejidad de las relaciones humanas, cargadas de sueños, de esperanza, de felicidad, pero también de miedos, desaliento y decepciones. Por todos esos estados de ánimo va pasando detenidamente Xavier Dolan, con una madurez incontestable y una asombrosa puesta en escena. A críticos o fans, espectadores todos, sólo nos queda rendirnos ante la evidencia de que, efectivamente, estamos asistiendo a la consolidación de un pequeño gran autor. Filias y fobias aparte, es innegable que Mommy es pura y llanamente una genialidad.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Noshajo (Parte 1)

Nos ha jodido de nuevo la industria de Hollywood. No contenta con disponer de trilogías que expanden su negocio a lo largo de tres largos años, decide implantar la moda de desdoblar la última entrega, como en su día hicieron Crepúsculo y previamente la heptalogía reconvertida en octología de Harry Potter. Así, nos encontramos en Sinsajo Parte 1 con unos preliminares inútilmente extendidos que culminan en un frustrante coitus interruptus con promesa de orgasmo tántrico, el que a priori nos proporcionará (dentro de otros interminables doce meses) Sinsajo Parte 2. Sólo se me ocurre una forma de analizar un filme dividido en dos y es utilizando su maquiavélico método, el del [Continuará…]

Los juegos del hambre han pasado a mejor vida. Ahora es momento del Sinsajo y para una nueva etapa en esta franquicia todavía por descubrir, ya que en esta innecesaria primera parte sólo hay hueco para los preámbulos. Si En llamas repetía con modesto ingenio los logros del debut en pantalla grande de Katniss Everdeen, Sinsajo se adentra en los preparativos de una futura revolución, la que enfrentará a los distritos desprotegidos contra el Capitolio liderado por el presidente Snow, una batalla que… [Continuará…]  

¿Cómo llenar dos horas con una gran nada argumental? Pues con grandes disertaciones, situaciones forzadas, alguna excesivamente cómica, y un gran final que por fin caliente motores. Quince minutos finales que no compensan el resto de metraje, en el que asistimos al declive de una Katniss en horas bajas, sujeto pasivo en manos de unos líderes revolucionarios que la teledirigen de igual forma que el reality show que le dio fama y gloria. Una lideresa en stand by que sin embargo está llamada a triunfar… [Continuará…]

La única razón de Sinsajo Parte 1 es su insistente reflexión sobre cómo se construye un héroe de masas. Una crítica nada sutil a los mecanismos de manipulación ciudadana que pierde fuerza precisamente por la obviedad de su planteamiento, hasta el punto que uno termina aborreciendo a todo el equipo de asesoramiento de imagen de Katniss, nuevamente convertida en un títere sin ningún margen para la improvisación. Pero una vez diseñada la estrategia de conquista del poder, es evidente que la protagonista desplegará de nuevo sus alas de fuego para dejarnos otra vez… [Continuará…]

Mientras llega ese esperadísimo desenlace, este sinsajo en forma de burdo negocio ya ha conseguido su cometido, reventar las taquillas de medio mundo. Poco importa si el guión es fiel a la novela original o si el espectador puede llegar a sentirse estafado por una maniobra que resquebraja en dos el apoteósico clímax final. El caso es que el año que viene pasemos de nuevo por caja y en fila india. ¿Habrá merecido la pena? [Continuará…]

miércoles, 12 de noviembre de 2014

¿Qué tal un viaje al espacio interior?

Después de este viaje a los confines del universo, ¿qué le queda por explorar a Christopher Nolan? El director ha entrado en una espiral de ambición y desmesura que le costará mucho abandonar, sobre todo porque su legión de seguidores también se ha dejado arrastrar por un rumbo hacia el quién da más muy difícil de superar. Cada nuevo proyecto multiplica las expectativas y puede que con Interstellar haya sucedido lo inevitable: la lluvia de decepciones.

Tras el brillante cierre de la trilogía del caballero oscuro, Nolan ha querido elevar su sentido del espectáculo hasta lo más alto, hasta el infinito, brindándonos todos los elementos necesarios para una historia apabullante, inabarcable, la historia total. Apocalipsis, ciencia ficción, romance, filosofía, drama. 170 minutos abrumadores, algunos deslumbrantes, pero que sobre todo en su tramo final nos hacen desear que el inglés toque por una vez de pies a tierra.

Su delirio por la física en general y por las singularidades espaciotemporales en particular quedó exótico y resultón en la sobrevalorada Origen. Algunos todavía siguen devanándose los sesos para entender su final. Pero esta vez su farragosa mente ha ido demasiado lejos, aglutinando en el desenlace conceptos tan complejos y situaciones tan disparatadas que a uno se le quitan las ganas de romperse la cabeza para comprender algo que simplemente parece inexplicable.

Tras un prólogo innecesariamente largo pero muy atractivo en el que asistimos a la debacle de una Tierra asaltada por tormentas de polvo y a la presentación del hogar del piloto Cooper, Interstellar despega hacia un apasionante cosmos de agujeros de gusano, planetas inexplorados y todo lo que hace del espacio ese lugar misterioso y tan fascinante para los terrícolas. Abducidos por la belleza de las imágenes, entendemos por qué el universo es uno de los temas científicos más consumidos por la audiencia. La atracción por lo desconocido se hace palpable en una cinta que aprovecha al máximo su enorme despliegue de medios.

Hasta ese momento, Nolan intercala de forma notable las aventuras galácticas de Cooper con sus dramas terrenales, junto a un esfuerzo de divulgación de los conceptos más complejos que hacen de la película una experiencia de lo más disfrutable. Lástima que el tráiler desvelara más de la cuenta sobre los planetas inexplorados, porque esa ola gigante o ese paisaje helado resultarían mucho más impactantes si pillaran al espectador desprevenido. En cualquier caso, las diferentes percepciones del paso del tiempo y los videomensajes del astronauta con su familia consiguen la dosis de emoción necesaria para sostener la película.

Pero de repente Interstellar decide introducirse de lleno en un agujero negro de reacciones inverosímiles (las de una determinada estrella invitada), de situaciones indescriptibles e insufribles, incluso cómicas (el fantasma de la librería), que desembocan en un final sonrojante. ¿Tres horas de metraje, de elenco de infarto y de poderío visual para terminar en zona de confort y con sensación de déjà vu (¿de nuevo los edificios colgantes?)? Cabe advertirle al señor Nolan que con tanto aturdimiento corre el riesgo de aburrir. Para próximos viajes quizá le convenga explorar paisajes menos grandilocuentes, más cercanos. ¿Qué tal un viaje al espacio interior?

jueves, 30 de octubre de 2014

Solidaridad obrera

No hace falta recurrir a los periódicos. La sencilla trama de una empleada que busca mantener su trabajo convenciendo a sus compañeros para que renuncien a una prima es el reflejo perfecto de una situación económica que desangra a los más necesitados y, por extensión, el retrato más fiel de un sistema social perverso donde el bien común es el menos común de los bienes.

Este viaje puerta a puerta de Sandra es en realidad una dolorosa ruta hacia nuestra conciencia, o para ser más exactos, hacia nuestra ausencia de ella. Porque aunque desde la butaca del cine contemplemos con estupor los argumentos que van esgrimiendo sus compañeros para amarrarse a los ansiados 1000 euros, todos sabemos que el altruismo se diluye en cuanto pica al timbre e invade nuestro territorio. De ahí que Dos días, una noche sea tan jodidamente paradójica, enfrenta a nuestra vertiente solidaria con nuestro lado más profundamente miserable.

Las diferentes reacciones ante el ruego de Sandra, que se siente mendiga, son fácilmente reconocibles, desde el que reclama su pleno derecho a la prima hasta el que le echa en cara su osadía, pasando por la que directamente se esconde tras la puerta. Respuestas ingratas, cobardes, despreciables, que la protagonista va encajando con sorprendente educación. El espectador espera que en algún momento su estado inestable, comprensible, la lleve en algún momento a estallar. Pero los hermanos Dardenne mantienen casi todo el tiempo la contención, el respeto y la coherencia hacia un personaje que para colmo padece depresión.  

Marion Cotillard asimila con pavorosa verosimilitud el estado de tristeza y decaimiento de una madre recién salida del precipicio y abocada de nuevo al borde por culpa de una maquiavélica crisis económica. La misma que coloca a los trabajadores de una pequeña empresa entre la espada y la pared. La que deja el futuro de una empleada en manos de sus compañeros y la sitúa en el punto de mira, juzgando sus facultades mentales y su capacidad laboral a cambio de una renuncia que nunca será gratuita.

Por suerte, la cinta no es lo suficientemente pesimista (o realista) y abre un resquicio para la esperanza. La reacción de uno de los trabajadores cuando recibe la visita de Sandra pidiendo clemencia es de las que pone los pelos de punta y devuelve en cierta manera la confianza en el género humano. El desenlace, sin desvelar spoilers, es otro ejemplo de hasta qué punto los Dardenne han preferido ser misericordiosos con sus congéneres.  

Dos días, una noche realiza un recorrido por momentos frío y aséptico en torno al compromiso social, ese concepto hueco plagado de intereses individuales y falsa condescendencia. Todo un azote a nuestra dudosa ética que nos sitúa ante una gran disyuntiva moral, contemplar la obra desde el escepticismo o lanzarse a los brazos de la fe en la humanidad. Para ambas posturas la película será igualmente una auténtica genialidad.

miércoles, 15 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: Relatos salvajes

Pedro Almodóvar ha estado más presente que nunca en la última edición del festival de Sitges. Aunque sea indirectamente. Primero, tras deshacerse en elogios hacia Carlos Vermut y su Magical girl, “la gran revelación del cine español en lo que va de siglo”. Alabanzas del manchego que llegan justo días antes del estreno simultáneo de su última adquisición, una Relatos salvajes que llega precedida de una enorme campaña a favor. Y no es para menos. En un gesto solidario, imprevisto para sus detractores, Almodóvar invita “vehementemente” y en carta abierta a ver los dos filmes, proyectados ambos en el certamen fantástico. Imprescindible recomendación.

Los hermanos de El Deseo han puesto el ojo en un joven talento argentino, Damián Szifrón, que con su tercer filme se ha abierto de par en par las puertas del cielo. O más bien del infierno, porque esta antología sobre las miserias mundanas traspasa los límites de la corrección y se coloca en un oscuro, absolutamente placentero, extremo en el que no hay lugar para el decoro. Un descenso a las profundidades de nuestro lado más irracional que convierte a Un día de furia en un mero juego de niños.

Porque esta especie de mujeres y hombres al borde de un ataque de nervios no recurre al humor costumbrista de la obra emblemática de Almodóvar sino a un humor negro, negrísimo que la convierte en una experiencia mucho más hilarante. Cada uno de estos seis salvajes relatos, con la desesperación como único nexo en común, representa una pequeña obra de arte, en la que guión y puesta en escena andan perpetuamente de la mano. Como un perfecto matrimonio.

La historia de apertura ya es absolutamente brillante. Mediante un diálogo de lo más ingenioso, los pasajeros de un avión van descubriendo poco a poco que les une algo más que el lugar de destino. Y lo que comienza como un apacible viaje termina derivando en un episodio de histeria colectiva desternillante. Los aplausos en el auditorio del hotel Melià de Sitges no se hicieron esperar. El público intuye desde el primer momento que asiste a una gozada inmejorable.

El gran reto de un filme dividido en seis cortos es mantener el interés del espectador a lo largo de todo el trayecto. Sin embargo, Szifrón consigue que todos y cada uno de los relatos no tengan desperdicio, desde el que sigue a los títulos de crédito en un bar de carretera (con una fantástica Rita Cortese) hasta la guinda de pastel nupcial que cierra la cinta, con otra mayúscula Erica Rivas. Aunque el capítulo más redondo es el que protagoniza Leonardo Sbaraglia en una carretera desértica que ríete tú de El diablo sobre ruedas. El absurdo de la violencia cotidiana elevado a la enésima potencia.  

Relatos salvajes es un fantástico decálogo contra la compostura, una inteligente locura que caricaturiza la jungla que en realidad se esconde tras nuestra aparente sociedad civilizada. Una sátira sobre la sinrazón humana absolutamente paradójica. Mientras el común de los mortales nos deleitamos con este ensayo sobre nuestra propia estupidez, rabiamos de envidia hacia su creador. Envidia y celos por no disponer de una mente privilegiada, la de Damián Szifrón, que desborda talento e ingenio en cada fotograma.

viernes, 10 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: Orígenes

“Ahora mismo existe un extraño miedo al sentimiento”. Lo dijo Mike Cahill durante la presentación de su última película en el festival de Sitges. Y debe andar en lo cierto, porque hacía tiempo que una película no me ponía los pelos de punta. Nada menos que en tres ocasiones. Tres maravillosos instantes con los que Orígenes ya se gana un ineludible visionado pero que son sólo tres reacciones subjetivas ante un filme elegante, reflexivo y muy redondo. Una de las más gratas sorpresas del certamen fantástico.

La primera respuesta epidérmica se produce al poco tiempo de empezar la película, cuando Ian Gray, un estudiante de biología molecular, se queda prendado de un par de ojos multicolores. Inmortalizados con su cámara, son el único rasgo que conserva de la misteriosa joven que conoció en una fiesta de disfraces. A partir de ahí comienza una intensa búsqueda que culmina en un vagón de metro con unos cascos y la magnífica canción que dio comienzo a su relación. La gran historia de amor a primera vista que sólo unos pocos afortunados vivirán más allá de la gran pantalla.

Pero el romance en Orígenes no se ciñe exclusivamente a la pareja que forman Michael Pitt y la bellísima Astrid Bergès-Frisbey. Es también el reflejo de una pasión tan poco atractiva para el cine como la pasión por la ciencia. Los hipnóticos primeros planos de iris son el estímulo visual para poder plasmar la obsesión del joven científico y su becaria por encontrar el origen del ojo humano. Una visión romántica de la investigación que conducirá a un intenso debate entre la razón y las creencias.

Antes de alcanzar el tono más reflexivo, cuando parecía todo encarrilado, la trama da un giro de 180 grados. Una escena imprevista, un duro golpe al espectador con el que Cahill provoca el segundo gran erizamiento de piel, no sólo por el sorprendente suceso sino también por su poderoso tratamiento audiovisual. El shock ahoga el sonido, el grito de dolor que sólo un gran trauma impediría escuchar. Una de las grandes interpretaciones en la interesante carrera de Michael Pitt.

Y la tercera gran conmoción, capaz de hacerte levantar para aplaudir a su responsable, se reserva para el final del metraje, cuando Orígenes se adentra en la India y en el manido tema de la reencarnación. De manera intrigante y espléndida, Cahill nos va planteando el eterno dilema entre ciencia y religión, apelando primero a los datos y a la propia experiencia después. El razonamiento y la observación a los que se debe todo científico quedan en entredicho ante las puertas de un ascensor. Sobrecogedora escena que devuelve la fe en los milagros, al menos en los que pueden llegar a producirse en una platea.

Puede que Cahill tenga razón, que los sentimientos no se prodiguen últimamente en el cine. Quizá por eso Orígenes se degusta como aire fresco, sin el sabor rancio de las películas románticas y con un filtro pretendidamente moderno, hipster para algunos, que se aplica desde en la puesta en escena hasta la banda sonora. Una maravilla que cautiva la vista y que, sin rozar la cursilería, despierta emociones.