miércoles, 16 de julio de 2014

¿Extant o The Strain? Me quedo con Alien

Con menos de una semana de diferencia se han estrenado este mes en Estados Unidos dos nuevas series de ciencia ficción avaladas por grandes nombres de la industria de Hollywood. Por un lado, Extant suponía el debut en la televisión de una estrella cinematográfica de la talla de Halle Berry, con el apadrinamiento del todopoderoso Steven Spielberg. The Strain, por su parte, adaptaba la exitosa novela de Guillermo del Toro con su propia supervisión y la del productor de Perdidos Carlton Cuse. ¿Garantía de éxito? A juzgar por el resultado de sus pilotos, parece que los astros del cine siguen reservando sus mejores bazas para la gran pantalla.

El olfato de Spielberg para revolucionar las salas de cine no parce tan refinado en su faceta televisiva. Ya son demasiadas las series que llevan su sello (Terra nova, The river, Smash, Falling skies) y que no han sido capaces de movilizar a la audiencia como en su día lo hicieron Tiburón o Parque jurásico. Con ‘Extant’ se confirma que quizá el motivo se deba a su total y absoluta falta de originalidad en el planteamiento, porque la serie es una fusión de tantas ficciones recientes que resulta imposible desprenderse de la inevitable sensación de déjà vu.

Una astronauta con problemas de fertilidad regresa embarazada de una misión de trece meses en solitario en el espacio. Su marido, mientras tanto, intenta desarrollar el prototipo de androide que adoptaron como hijo y que inevitablemente será incapaz de desarrollar los sentimientos de un humano. Sólo con la sinopsis ya sobrevuelan en nuestra mente títulos como Alien o Inteligencia Artificial, pero es que la propia ejecución ni se esfuerza en disimular los homenajes/plagios al “not Penny’s boat” de Perdidos o a la demasiado reciente Gravity. Nada nuevo bajo la galaxia.

A pesar de su nula capacidad de sorpresa, Extant maneja muy bien los tiempos del thriller, logrando una atmósfera de suspense que al menos invita a una segunda oportunidad. Algo que no sucede con el otro gran estreno de ciencia ficción de la temporada estival (con permiso de The leftovers, a años luz de ambas producciones). The Strain desprende tan poca imaginación que resulta hasta insultante procediendo de un genio capaz de idear la obra maestra El laberinto del fauno.

Desconocemos la calidad de Nocturna, la obra original de Del Toro en la que se basa esta nueva serie de FX (canal que, por cierto, se está puliendo este verano el prestigio ganado con los años), pero es evidente que las secuencias de apertura ambientadas en un avión comienzan a agotarse, sobre todo si pueden intercambiarse sin problemas con la primera escena del piloto de Fringe. Si aquella magistral hora y media de la serie de J.J. Abrams mantenía pegado a la pantalla, no ocurre lo mismo con estos más de 60 minutos de los que al menos 15 son prescindibles (amortizadísima la grúa en los planos del aeropuerto).

La trama de The Strain apenas ha asomado, pero con los elementos que ya ha mostrado en su debut es suficiente para saber que tampoco los vampiros tienen mucho nuevo por decir. Ataúdes mitológicos, plagas, prestamistas con información oculta, conspiraciones. Nuevamente, el regusto a refrito que tampoco ayudan a disimular las escenas gore de ese alien chupasangres. El verano ya no es excusa para subproductos en televisión. Ahí están Ray Donovan y Masters of Sex para demostrar que algunos canales, hasta en los meses de bajo consumo, prefieren obviar las rebajas.

martes, 1 de julio de 2014

The Leftovers: Damon Lindelof por fin nos toma en serio

Era uno de los estrenos más esperados de la temporada veraniega y quizá por ese motivo ha generado una marabunta de reacciones encontradas. El nuevo producto de la factoría HBO, en el que el canal de pago ha depositado toda su confianza, no respondía quizá a las expectativas de un planteamiento y sobre todo de un tráiler que vaticinaban una gran obra de ciencia ficción. A pesar de que la promoción se ha esforzado en enfatizar los efectos de este nuevo Apocalipsis (“¿Qué harías si de repente desapareciera el 2% de la población mundial?”), los hay que ya están reclamando resoluciones. Y la nueva apuesta de Damon Lindelof, esta vez sí, no va de eso.

No sé si llamarlo osadía o recochineo, pero hay que tener narices para embarcarse en un nuevo misterio televisivo después del fiasco que supuso el desenlace de la mítica serie Perdidos. Si en aquella ocasión sus responsables se escudaron tras el falso argumento de que aquel entuerto era en realidad una historia de personajes, esta vez sí que nos encontramos ante un proyecto honesto desde un principio. The leftovers no busca las causas de lo inexplicable sino sus consecuencias terrenales, tan interesantes e imprevisibles como la ciencia ficción.

Hay que conocer el trabajo de uno de los responsables de la serie, Tom Perrotta, para cerciorarse de que The leftovers no es ni Perdidos, ni Los 4.400, ni nada que por su sinopsis se le pueda parecer. El autor de Juegos de niños (llevada a la gran pantalla de forma brillante como Juegos secretos) y de las más reciente Lecciones de abstinencia es todo un maestro en retratar las miserias de la sociedad estadounidense (y por extensión de la occidental), en hurgar en lo más hondo de la basura que todos tratamos de camuflar. Y aunque con esta Ascensión diera un giro importante a su carrera, al final el planteamiento fantástico le ha servido nuevamente para trazar las flaquezas del ser humano actual.

El piloto de la serie arranca potente, con el llanto desgarrador de una madre que ha visto esfumarse a su bebé mientras el caos se adueña de su alrededor. Si The leftovers hubiera sido un producto de J.J. Abrams para la NBC no faltarían aviones cayendo en picado y ciudades en llamas, pero afortunadamente el post-apocalipsis puede contar con lecturas más personales y menos explotadas.

Tras la impactante secuencia inicial, el primer capítulo echa el freno y juega a la confusión. Los personajes se introducen de manera desconcertante, sin un aparente hilo conductor. Hasta que poco a poco el guión nos desvela el seno de una familia desestructurada tras la ascensión, con un jefe de policía y su hija todavía traumatizados y una mujer y su hijo abducidos por diferentes sectas que han nacido a rebufo de la incomprensión.

Aunque en algunos instantes puede que flojee el ritmo, la serie debuta con imágenes de enorme poder, como esa petición desesperada del agente Garvey a su esposa o el grito ahogado de su hijo en la piscina, por no mencionar la inquietud que provocan los miembros de la secta silenciosa en su búsqueda de nuevos fieles.

Como si de un texto de Saramago se tratara, The leftovers se sirve de una hipotética e improbable situación para desnudarnos el comportamiento humano y social. Aquí no hay lugar para los fenómenos paranormales o conspiranoicos. No importa tanto lo que haya sucedido con los desaparecidos sino lo que ocurre con los que se quedan, los que deben reordenar sus vidas tras el desorden. Y, por el momento, resulta mucho más aterrador.

lunes, 30 de junio de 2014

Del papel a la pantalla: ‘Bajo la misma estrella’, por Josh Boone

El cáncer está de moda. La frase sería totalmente desafortunada si no fuera porque la enfermedad que algún día contraeremos uno de cada tres hombres se ha convertido en el nuevo filón de la industria del entretenimiento. Podríamos pensar que el objetivo es normalizar lo que todavía es un tabú social, pero más vale ser malpensado y distanciar el altruismo de los negocios. Bajo la misma estrella es un fenómeno como en su día también lo fue Los juegos del hambre o la saga de Harry Potter.

No conviene restarle mérito a Polseres vermelles, pero tampoco es casualidad que la Fox haya dado luz verde esta temporada a su adaptación para la televisión estadounidense. Sin el precedente del best seller de John Green, que desde su publicación ya ha vendido más de 12 millones de libros en todo el mundo, seguramente hoy no estaríamos hablando de este gran tanto para nuestra industria que es The red band society, por mucho que el mismísimo Steven Spielberg anduviera detrás del proyecto.

El porqué de este gran éxito editorial es la gran incógnita que rodea a Bajo la misma estrella, una historia de amor entre dos adolescentes con cáncer terminal. A priori no parece el planteamiento más apetecible para los teenagers de medio mundo, más acostumbrados a los poderes sobrenaturales, la lucha por la supervivencia, las distopías, las trilogías y demás inventos calculadamente diseñados para vender libros como churros y garantizar ingresos millonarios por los derechos cinematográficos.

Si la enfermedad siempre ha sido un reclamo para el entretenimiento, la novedad es que también puede serlo para el público más joven, que hasta ahora creíamos más interesado en la evasión que en el drama trágico. Porque Bajo la misma estrella, por mucha novedad e ingenio que le quieran endosar a la novela, no es más que otro romance puesto a prueba por la enfermedad, como en su día lo fueron Love story o Elegir un amor. Otra historia sin final feliz patrocinada por Kleenex.

La gran virtud de John Green es camuflar la tragedia con el sarcasmo y la ironía de su protagonista, una Hazel Grace que asume con resignación, pero también con una cierta rebeldía, su enfermedad terminal. La joven habla sin tapujos sobre el cáncer y la muerte y sobre las reacciones a su alrededor, que van desde las miradas de compasión a los más variopintos privilegios, como la concesión de cualquier tipo de deseo.

Aunque el drama se prevea desde la primera página, su historia de amor con Gus Waters, otro enfermo con un pronóstico más favorable, es de las que inevitablemente arrancará sonrisas. Y lágrimas. Es materialmente imposible reprimir el sentimiento de ternura y tristeza hacia una protagonista indefensa y con las horas contadas. Viene incluido en la perversa estrategia del autor, que más vale asumir desde un principio.  

Bajo la misma estrella, como el libro, promete ser un cúmulo de altibajos emocionales, desde el entusiasmo de un viaje a Ámsterdam para conocer el desenlace de su novela favorita hasta el sufrimiento vaticinado, con una pareja protagonista, al menos en el texto original, cargada de carisma y complicidad. Será tan fácil calificarla de pornografía sentimental como sucumbir a su encanto lacrimógeno. Que a nadie le pille por sorpresa.

viernes, 27 de junio de 2014

Los fantasmas de Coixet

Si descartamos a la ligera que Ayer no termina nunca fuera toda una experiencia terrorífica, Mi otro yo sería la primera incursión de Isabel Coixet en el thriller, o lo que es lo mismo, un peldaño más en su descenso a los infiernos del desorden y el caos. La directora catalana da un nuevo paso suicida en su filmografía y confirma que el único sello de identidad que se mantiene a lo largo de su carrera son las gafas de pasta. Porque ya ni las lavanderías de autoservicio han logrado sobrevivir a tamaño desbarajuste.

Siempre se agradece el flirteo de cineastas con géneros que se alejan de su identidad. Ahí está Almodóvar y su oscura La piel que habito para demostrarlo. Pero ni Coixet es el director manchego ni cuenta con el empaque suficiente para correr el riesgo. Antes de meterse de lleno en camisas de once varas, necesitaba recuperar con urgencia la senda que abandonó tras La vida secreta de las palabras. Porque desde aquel 2005 se sucedieron los palos de ciego. Elegy, Mapa de los sonidos de Tokyo, Escuchando al juez Garzón, Ayer no termina nunca. Fallidas teclas que la directora ha ido tocando y que cuestionan si existe una Isabel Coixet más allá de Mi vida sin mí.  

Mi otro yo desde luego no es el revulsivo más idóneo para relanzar una carrera en horas bajas. Es el típico proyecto con el que un estudiante de la ESCAC se marcaría un tanto pero que en manos de una realizadora acostumbrada al intimismo y a la trascendencia se queda en una mera aberración, la de una directora que ha querido jugar a ser Shyamalan. Y hasta el propio creador de El sexto sentido sabe que el thriller psicológico es un terreno muy difícil de abonar.

No basta con una sucesión de apariciones y columpios oscilantes para crear una atmósfera de angustia. Ni siquiera la mirada penetrante de Geraldine Chaplin como último recurso. Se requiere una buena dosificación de los tiempos, ni excesivos preámbulos que aborrezcan al personal ni la acelerada precipitación de los acontecimientos. Pero sobre todo se precisa una buena historia, que atrape desde un buen comienzo y se aleje de los vicios telefílmicos.  

Mi otro yo es un cúmulo de despropósitos, desde fantasmas de carne y hueso hasta crueles esposas que fornican con el amante a plena vista de sus moribundos maridos. Tan cruel como ver a aquél carismático Rhys Ifans que gritaba en calzoncillos en Notting Hill convertido aquí en un monigote sin ningún peso en la narración. Casi tan bárbaro como recurrir a Sophie Turner como reclamo para finalmente evidenciar que su talento jamás sobrevivirá a Sansa Stark.

Ahora que Isabel Coixet ha comprobado que no es tan fácil ser Jaume Collet-Serra o Juan Antonio Bayona, a la directora ya sólo le quedan un par de géneros a explorar en su deriva hacia la autoinmolación: el cine de acción y la comedia. Comencemos a temblar.

jueves, 19 de junio de 2014

Las 3 mejores escenas seriéfilas del año, según EW

Finalizada la temporada 2013-2014, la revista Entertainment Weekly ha seleccionado las 50 mejores escenas del año televisivo. Un amplio ranking en el que hay margen para los grandes momentos que nos han deparado las series más exitosas (no sólo estadounidenses) pero cuyo morbo reside precisamente en los primeros puestos. ¿Qué escenas destacar en el Top 3 de una temporada plagada de imágenes para el recuerdo? No es una decisión fácil pero pocos discreparán de las afortunadas. Sin duda, han sido de lo mejor del año.  

CONTIENE SPOILERS

3. The Good Wife 5x05 Hitting the fan
En la que ha sido la mejor temporada del drama legal, también era complicado reducir a una sola la cantidad de escenas memorables de esta quinta entrega. Sin embargo, la reacción de Will Gardner tras conocer la traición de Alicia, poniendo en marcha Florrick/Agos a espaldas del bufete que le dio su gran oportunidad profesional, es uno de los momentos más tensos y emocionantes de toda la serie.

2. Juego de tronos 4x06 The Laws of Gods and Men
Controversia entre los seguidores de esta saga épica para coronar el mejor momento de la que también ha sido la mejor temporada de la serie. El último capítulo, sin ir más lejos, está repleto de grandes escenas para el recuerdo, por no hablar del brutal duelo entre La Montaña y Oberyn Martell. Pero nadie negará que el discurso final de Tyrion en esa farsa de juicio montado para condenarle por la muerte de Joffrey es de los que provocan euforia y aplausos. “¡I wish to confess!”.  

Ver escena

1. Breaking bad 5x14 Ozymandias
Como dicen en la revista, parece que toda la serie estuviera destinada a este momento de máxima decadencia en el seno de la familia White. La muerte de Hank es la gota que colma el vaso de la paciencia de Skyler, que no duda en coger un cuchillo de la cocina para terminar con la espiral de violencia de su marido. El cuchillo, sin embargo, desencadena una brutal pelea entre el matrimonio, que termina con una llamada de Walter Jr. a la policía y con el padre saliendo por la puerta con Holly en brazos. La persecución de Skyler por la calle reclamando a la niña, como en su día lo fue también el intento de Marie, es absolutamente desgarradora.

martes, 17 de junio de 2014

Juego de tronos: La temporada de la escisión

CONTIENE SPOILERS

Prometieron que sería el mejor final de temporada de la serie y lo han cumplido. Después de marcarse nueve episodios memorables, Juego de tronos se despedía hasta el año que viene con una season finale propia de las superproducciones cinematográficas. Gran despliegue de medios y efectos especiales, batallones épicos con multitud de extras, exteriores impresionantes. Incluso la banda sonora ha dado un paso de gigante en este último capítulo poniendo coro y letra al tema principal de la serie. Muchos aseguran que esta ficción de la HBO ha alcanzado su punto más álgido y que, a tenor de las siguientes entregas de Canción de hielo y fuego, la cosa sólo puede ir a peor. Pero, ¿quién puede asegurarlo si hasta los lectores de la saga de George R.R. Martin se han visto sorprendidos por los acontecimientos de la serie?

Esta ha sido la temporada de la locura y el desconcierto. Hemos presenciado la muerte sin tapujos de personajes clave como Joffrey Baratheon, del prometedor Oberyn Martell o en este último capítulo, del mismísimo patriarca Lannister. Hemos asistido al descenso a los infiernos de Theon Greyjoy, convertido literalmente en el perrito faldero del sanguinario Ramsay Nieve. A la madurez sin retorno de las hermanas Stark. Pero sobre todo, esta ha sido la temporada del desmarque. El guión televisivo se ha soltado de la mano de su hermano literario y comienza a volar solo, con las mismas imprevisibles consecuencias que los dragones de Daenerys.

Los lectores que avanzábamos en la lectura al ritmo de la serie nos hemos quedado cortos. Ya no bastaba con el cuarto libro, Festín de cuervos, para adelantarse a la trama de Juego de tronos, porque David Benioff y D.B. Weiss, con el beneplácito del autor, han decidido acelerar las tramas de personajes como Bran o Theon mientras otras, como las de Arya o Margaery, prosiguen a un ritmo más sosegado. Pero ni tan siquiera los seguidores de Canción de hielo y fuego que ya no disponen de más material, ansiosos por la sexta entrega de la saga, han quedado al margen de las sorpresas e incluso de los spoilers. Repasemos a continuación algunos de los momentos clave en esta ruptura, quién sabe si traumática, entre el libro y su adaptación.

El rey de los caminantes
El final del cuarto capítulo de esta temporada dejó a todos con la boca abierta, en especial a los lectores de la saga, que vieron aparecer en pantalla a un personaje que no ha sido plasmado en ninguno de los cinco libros publicados hasta ahora de Canción de hielo y fuego. Por primera vez, vemos qué sucede con los niños de Craster entregados a los caminantes blancos. Depositados en un altar y rodeados por un círculo de zombies congelados, los niños son convertidos en seres de ultratumba gracias al toque de uno de ellos, denominado por la propia HBO como el Rey de la Noche. La cadena eliminó enseguida esta mención de la guía oficial de capítulos, ya que buena parte de los lectores se llevó las manos a la cabeza ante tamaño spoiler. El personaje aparece referenciado en el tercer libro, Tormenta de espadas, como un antepasado de Bran Stark.

Sansa se endurece
Después de que Petyr Baelish lanzara al vacío a Lady Lysa, presenciamos un cambio abismal en la siempre lánguida y compungida Sansa. Ante el tribunal que debía juzgar la muerte de su tía, la mayor de los Stark revela su verdadera identidad y decide apoyar la coartada del suicidio inventada por su protector. Por primera vez, toma partido en la trama y entra de lleno en el juego de tronos. Absolutamente nada que ver con su evolución en los libros. Al final de Tormenta de espadas, el Meñique efectivamente lanza a Lysa por la puerta de la Luna, pero en vez de atribuirlo a un suicidio, culpabiliza a un bardo llamado Marillion. Si bien Sansa secunda la versión, provocando la injusta muerte del poeta, jamás revelará su verdadera identidad en el Nido de Águilas, manteniéndose como Alayne, la hija bastarda de Baelish. La Sansa Stark del papel mantiene su actitud cobarde y victimista.

El encuentro entre Brienne y Arya
Por fin una Stark se cruza en el camino de Brienne, que desde la muerte de Renly se ha visto incapaz de cumplir sus promesas de protección. Pero este súbito encuentro jamás llega a producirse en la obra original. Ni siquiera esa brutal pelea con el Perro llega a producirse. Sandor Clegane muere en realidad por la infección de su herida y Arya emprende su camino a solas hacia Braavos (épica escena final de esta cuarta temporada). Por su parte, Brienne prosigue su camino junto a Podrick y, después de muchas vicisitudes, se topa con una inesperadísima presencia.

Los auténticos motivos de Tyrion
Si bien la visión de Shae desnuda en la cama de Tywin ya es motivo suficiente para que el enano termine con la vida de ambos antes de su huida, en realidad debemos remontarnos a la adolescencia de Tyrion relatada en los libros para entender todavía mejor su ataque de ira. Su primer amor fue Tysha, una joven campesina con la que se terminó casando. Hasta que su padre le hizo ver que en realidad era una prostituta, obligándole a presenciar cómo la violaban uno a uno varios soldados a cambio de una moneda. Antes de dejarle en manos de Varys, Jaime le confiesa a su hermano que todo fue una invención de Tywin. Tysha no era prostituta y estaba realmente enamorada de él. El arrebato mortal de Tyrion, por tanto, estaba todavía más justificado en la novela. Fue el causante de su eterno trauma con las mujeres.

El gran cliffhanger que se aplaza
Juego de tronos nos demostró en el último capítulo que en esta serie no hay lugar para listillos. Todos los lectores vaticinábamos con qué escena cerrarían la cuarta temporada, un gran shock que se produce al final de Tormenta de espadas. Pero sus creadores, seguramente de forma intencionada, han decidido reservar este as en la manga para la quinta temporada, demostrando una vez más que a esta trama le gusta sorprender y descolocar, incluso a aquellos que prefieren ahorrarse el infarto. Con estos pequeños toques de independencia, no sería de extrañar que el gran final de la serie precediera a los libros y dejara a todos los espectadores, lectores o no, en igualdad de condiciones. Que tiemble Gigamesh.

viernes, 30 de mayo de 2014

Dos maduritas cachondas

Es el pretexto ideal para una película porno. Un joven cachas se cepilla a la madre de su mejor amigo una noche de borrachera. Al descubrirlo, el otro se dirige sin miramientos a la casa de al lado y hace lo propio con su mamá, conformando un cuadrilátero de infinitas posibilidades que es una lástima que esta película australiano-francesa no llegue a explorar. Porque la cinta, señores, se toma en serio la premisa y en vez de extender el delirio con tríos, incestos y escenas gay-lésbicas busca convertir en drama un argumento de risa.

Lejos de derivar esta absurda historia de amores cruzados en una tragedia griega, Dos madres perfectas encima se recrea con cierta sorna en los momentos más bochornosos. “¿Cómo te sientes?” le pregunta Naomi Watts, una de las madres a su mejor amiga cuando ambas descubren su particular intercambio de hijos. “Muy bien, mejor que nunca”, le responde sin apenas pestañear Robin Wright para a continuación ofrecernos un plano de ambas con cara de satisfacción postcoital.

Con semejante planteamiento, la película ni se esfuerza en encontrar su tono. Por determinados diálogos, como el que protagonizan los maromos cuando se reparten sus alcobas, y por las carcajadas que provocan en platea, podríamos estar hablando de una comedia. El drama romántico queda descartado desde el momento en que los conflictos y los personajes se desechan como kleenex, sobrepasando la parodia en los últimos minutos del metraje. Ni siquiera el telefilme se ha atrevido a explotar terrenos tan irreales. Incluso la última baza posible, estimular la libido de cougars cincuentonas a base de surferos con torsos desnudos, termina despertando menos erotismo que un anuncio de Coca-cola Light.

Lo más inexplicable es que dos actrices de renombre como Naomi Watts y Robin Wright se hayan prestado a semejante bochorno. La primera debió sufrir algún tipo de trastorno el año pasado. Por aquel entonces se disponía a hacer el ridículo encarnando a Diana de Gales y tuvo la santa indecencia de producir, de financiar, este esperpento. Wright, en cambio, apenas tiene justificación. Aceptar un papel como el de Roz después de recuperar el prestigio perdido en House of cards, con Globo de Oro incluido, es un paso en falso que no se debería cometer. Y es que tan sólo existe una intérprete capaz de proporcionar a Dos madres perfectas la dosis idónea de jolgorio y choteo. Su nombre es Hokulani, más conocida como Nicole Kidman.

Desde luego, era complicado adaptar el texto de Doris Lessing. Hay historias imposibles que sólo la literatura es capaz de argumentar. Pero puestos a meterse en el fregado, existen maneras más dignas de abordar este embrollo. Puede que si la ejecución no estuviera plagada de elipsis chapuceras o extraños arquetipos (¿un surfero cultureta?) resultara menos risible la visión de dos maduras perdiendo las bragas por sus respectivos vástagos. Pero Anne Fontaine es justo lo que plasma, un puro cachondeo.