La pantalla

martes 20 de octubre de 2009

Cortando la manzana

¿Es tan difícil condensar en pocos minutos una historia que llegue al espectador sin que termine pareciendo un anuncio publicitario? Y lo dice alguien que suele enrollarse como una persiana cuando en realidad lo que cuenta no debería extenderse más allá de dos parágrafos… Autocríticas aparte que no vienen al caso, conviene preguntarse por qué los cortos acostumbran a tener ese aire medio filosófico medio trascendental que acaban por mermar la claridad del mensaje. Porque es una lástima que una propuesta tan interesante como la que plantea New York, I love you o su predecesora parisina se conviertan al final en un cúmulo de altibajos con regusto a surrealismo barato.
Sorprendente que una de las historias más coherentes de la película corra a cargo de Brett Ratner, conocido por destrozar terceras partes de sagas tan importantes como las de Hannibal Lecter o los X-Men y por alargar hasta la degradación la serie Prison Break. La experiencia de un chico en su baile de graduación con la hija minusválida de su farmacéutico es de las más satisfactorias del filme, no por su temática o su belleza, ni siquiera porque sea buena, sino simplemente porque es de las pocas que no engañan al espectador con ínfulas vacías.
Suerte tiene este invento de recaer en ciudades como París o Nueva York, los auténticos reclamos de estos filmes junto a un elenco de actores impresionante. Son las caras conocidas y su envoltorio en forma de urbe global los que salvan a este conjunto de cortometrajes que de cualquier otra forma pasarían del todo inadvertidos por el gran público. De nada serviría la preciosa fotografía y la inteligencia de algunos guiones si detrás no estuviera la gran manzana y delante un rostro como los de Orlando Bloom, Natalie Portman o Robin Wright Penn.
Precisamente en el corto protagonizado por esta última nos encontramos otra muestra de condensación bien invertida. Su conversación con un desconocido mientras se fuman un cigarrillo en las puertas del restaurante es de lo más sugerente, y además culmina en una reflexión sobre el matrimonio que para sí quisieran tantos largometrajes que han disertado sobre el tema. Caso contrario de lo que le ocurre a la historia que aporta el director indio Shekhar Kapur (Elizabeth y su secuela). Con un inicio prometedor, gracias a una atmósfera atrayente y a la primera interpretación que hace de Shia LaBeouf un actor, el argumento deriva hacia un final incomprensible, al menos para los que presumimos de una inteligencia media tirando a baja.
En todo caso, New York, I love you está plagada de retazos que van compensando el excesivo egocentrismo de algunos otros fragmentos. Mientras Natalie Portman demuestra saber defenderse tras las cámaras, en el corto que protagoniza a las órdenes de Mira Nair nos encontramos de nuevo con una idea que no sabemos muy bien lo que busca expresar. Y mientras el corto interpretado por Ethan Hawke no deja de ser un mero gag, el que concluye esta variopinta cinta se convierte en un ejercicio enternecedor sobre la vejez y el amor.
Lo que es imperdonable es que este capricho del productor Emmanuel Benbihy, que ya amenaza con un tercer asalto en Shanghai, no haya contado con al menos dos de las figuras que han hecho de Nueva York su particular musa: Woody Allen y Martin Scorsese. Sin desmerecer la contribución del particular plantel de New York, I love you, dominado por realizadores de origen asiático, puede que los dos neoyorquinos cinematográficos por antonomasia hubiesen aportado un toque menos místico al asunto y, ya de paso, hubieran sumado a la película un tercer e imbatible reclamo.

lunes 12 de octubre de 2009

La osadía de Amenábar

Venía precedida por los fastos más propios del imperio romano que de una producción cinematográfica española. No en vano, merecía la pena ver a Cayo Vasile César, emperador mediático de Fuencarral, recibiendo en lo alto de la escalinata a las 4.000 personalidades de toda índole que se aglutinaron en el estreno de la última película de Alejandro Amenábar. Una Ágora de 50 millones de euros de presupuesto que muchos, ahora, temen echar de menos. Y es que, al parecer, la superproducción no encuentra quien la distribuya en Estados Unidos, convirtiendo tamaña inversión en todo un suicidio. Ya se sabe. Son las consecuencias de sumergirse en el pantanoso terreno de las religiones.
A pesar de los esfuerzos de Amenábar por resaltar que su película no ataca al cristianismo sino a los fanatismos religiosos, es evidente que Ágora supone una valiente crítica a los orígenes de una religión que todavía impera entre los espectadores occidentales. Al director español, por tanto, le puede suceder como a Hipatia, la protagonista del filme, a quien el cuestionamiento de la fe terminó por girársele en su contra. Sin embargo, transcurridos unos cuantos siglos desde entonces, esperemos que esta vez la razón termine imperando.
Más allá de los conflictos religiosos, Ágora suponía un nuevo desafío para uno de los pocos comodines con los que cuenta el cine español. Amenábar subía un peldaño más en su escalada de retos profesionales y se enfrentaba a una producción de tintes hollywoodienses. Sin embargo, el resultado deja al espectador completamente desconcertado. El ritmo pausado, e incluso agonizante, de los minutos iniciales convive con una desmesurada grandilocuencia sin acabar de encontrar el equilibrio perfecto.
Por momentos, parece que el filme le sobrepasa al director en un quiero y no puedo de difícil salida. Demasiadas teclas por tocar y poco tiempo para cautivar. Los intensos conflictos entre paganos, cristianos y judíos en la Alejandría del siglo IV se alternan con el pausado método científico de la filósofa Hipatia en su búsqueda del centro del universo. De relleno, dos historias de amor platónico introducidas con calzador pero que finalmente son las que consiguen sacarle un poco de alma a un filme inicialmente aséptico.
Los esfuerzos de Rachel Weisz por acercarnos su personaje resultan en vano, ya que en ningún momento se consigue dar trascendencia a sus importantes hallazgos científicos. El filme, pues, fracasa en su honrosa intención de llevar al gran público la pasión por la ciencia. Por otro lado, las batallas entre las diferentes tendencias religiosas logran la espectacularidad perseguida pero pierden un tanto de credibilidad desde el momento en que los cristianos son tan remarcada y exageradamente malvados.
Amenábar sale airoso en materia de efectos especiales, con luchas que parecen filmadas por los expertos de la industria californiana. Mientras la banda sonora, el vestuario y los imponentes decorados juegan a su favor, no ocurre lo mismo con esos planos a lo Google Earth. Quieren ser trascendentes, mostrar la irracionalidad de los actos humanos desde la vastedad del universo, pero acaban siendo demasiado presuntuosos.
A pesar de todo, Ágora logra huir del sosiego inicial con un crescendo que culmina en final vibrante. Los grandes clímax de la película no los protagonizan miles de extras enfrascados en grandes batallas sino los dos jóvenes protagonistas admiradores de Hipatia. Al desenlace del filme, con la intensa aportación del esclavo enamorado, conviene sumarle ese momento de exquisita tensión en la que el Prefecto Orestes se debate entre doblegarse ante el imparable poder religioso o la lealtad a su amada filósofa. Son ejemplos en los que el director logra conmover y a su vez transmitir el mensaje contra la opresión de los fanatismos. Y son los que salvan la que ya es la película menos redonda de la filmografía de Alejandro Amenábar.

domingo 4 de octubre de 2009

Menos de lo mismo

Me dejé llevar de nuevo por la expectación previa, por las críticas que anunciaban una continuación meritoria de [REC], repleta de sangre y giros inesperados en la trama y la puesta en escena. El resultado, como suele ocurrir cuando uno acude al cine con excesivas ganas, ha sido poco menos que decepcionante. Jaume Balagueró y Paco Plaza, los omnipresentes directores de lo que promete ser una saga inagotable, no han logrado ninguno de los dos propósitos por los que suele ponerse en marcha una secuela: ni vuelta de tuerca más o menos forzada ni regalo para los fanáticos de la primera parte. [REC]2 no se multiplica a sí misma sino que reduce a la mitad los logros de una excelente propuesta que, como Saw, jamás debió caer en las garras del negocio.
La acción, como todo el mundo sabe, arranca escasos minutos después de la primera, cuando la reportera Ángela Vidal es absorbida en la buhardilla del edificio contaminado del Eixample. Tras la puesta en cuarentena de todo el bloque, nuestro punto de vista se sitúa ahora en los cascos de un Grupo Especial de Operaciones de la policía, ofreciéndonos como novedad el plano multipantalla. La película se aleja del lenguaje reportero para meternos de lleno en el mundo del videojuego. El cambio de enfoque no es anecdótico, porque el filme pierde de forma radical el realismo que tanto asustaba en la primera parte. Lo que la cinta gana en espectacularidad y medios, lo pierde en terror, fracasando así en su intento de prolongar la angustia de su antecesora.
Dividan entre dos los sobresaltos causados por [REC] y obtendrán esta descafeinada segunda parte. Es cierto que el espectador acude precavido tras la experiencia anterior, pero precisamente por ese motivo era necesario sorprender con algo diferente. Los saltos de una cámara a otra no son suficientes como novedad, ya que finalmente la esencia de la película vuelve a fundamentarse en las apariciones estelares, y bastante previsibles, de los infectados.
El filme fracasa incluso en su voluntad de ofrecernos una explicación, pues ya quedaba más o menos dibujada en la película anterior. La presencia de un cura, que por cierto pedía a gritos el soporte de unos buenos subtítulos, acerca la trama a los manidos brazos de Satán, ofreciéndonos incluso un nuevo guiño sobre la niña de El exorcista, cansada ya de tanto homenaje absurdo. Las escenas de posesión demoníaca, por si fuera poco, se acercan más a las parodias de Scary movie que a las inquietantes dosis de una buena cinta de terror, confirmando el escaso interés de esta secuela prescindible.
Lo que en [REC] sumaba enteros, aquí los resta con efecto multiplicador. El excelente casting de la primera parte, con un elenco de actores desconocidos cargado de grandes interpretaciones, se convierte ahora en un cúmulo de sobreactuaciones para olvidar. El GEO argentino y el hermano adolescente, poseídos por la histeria, dan auténtico dolor de cabeza. El hiperrealismo de la primera entrega, con la impagable aportación de Manuela Velasco, da paso ahora a una forzada estética de la que el espectador ya no es tan protagonista. El miedo ya no abunda y la capacidad de sorpresa escasea. Resten todos los elementos que hacían de [REC] una obra maestra y obtendrán como resultado esta continuación sin razón de ser. Y ahora recen, recemos todos, porque la tercera parte sea mejor de lo que ya se vislumbra.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Las perlas de House

Gregory House ha vuelto a la televisión de Estados Unidos por la puerta grande. Los interrogantes que planteó el final de su quinta temporada motivaron a más de 17 millones de espectadores la noche de uno de los estrenos más esperados. Parece que los dos primeros episodios contentaron lo suficiente, ya que en la segunda emisión la serie perdió por el camino a tres millones de seguidores. Aquí tendremos que esperar hasta finales de octubre para que Fox y Cuatro nos desvelen la mayor de las incógnitas: ¿Qué será de la ácida personalidad del Dr. House?
Mientras llega ese momento, no está de más repasar las cinco temporadas que nos ha deparado una de las series, para mi gusto, más descompensadas de la televisión made in USA. Con House he mantenido una relación amor-odio en la que siempre ha terminado triunfando el primero, algo que no me ha sucedido con Héroes o Prison break, que abandono sin piedad y sin remordimientos. ¿Qué me lleva a obviar esos interminables episodios del maleducado doctor que siguen a rajatabla la estructura típica del procedimental, género que normalmente detesto? No es el carisma del personaje, que en determinados momentos he llegado incluso a rechazar, sino lo que podríamos denominar los episodios perla con los que a menudo nos suelen deleitar sus creadores.
El final de la quinta temporada, sin ir más lejos, es uno de los mejores ejemplos de capítulos gratificantes. De repente, la serie abandona el piloto automático de las historias autoconclusivas para brindarnos un cambio radical en la trama o un nuevo punto de vista con el que despistar al espectador. Durante los dos últimos episodios, totalmente engañados, asistimos a la nueva realidad distorsionada del eminente doctor. Lo que parecía la primera incursión de House en la sociedad correcta y civilizada no era más que una alucinación fruto de la vicodina. Ahora, con el protagonista ingresado en un psiquiátrico, el futuro de la trama no puede ser más interesante.
Los capítulos perla de House, es curioso, suelen concentrarse en el inicio y en el final de cada temporada, salvo honrosas excepciones como aquel episodio de la quinta en la que el espectador se pone en la piel de un paciente con el cuerpo totalmente inmovilizado y que sólo puede comunicarse mediante un ordenador. Situar la cámara durante la mayor parte del tiempo en los ojos del enfermo es de lo más arriesgado que se ha visto nunca en una televisión comercial. Pero, como decíamos, las genialidades que mantienen viva a la serie tras cinco temporadas suelen estar presentes en los primeros y últimos capítulos.
Al final de la tercera temporada, por ejemplo, cuando House había entrado en una rutina repleta de incomprensible terminología médica, su equipo de repente cesó en masa y dejó al doctor solo y desamparado. Se abría un futuro desconcertante para la serie, que pedía a gritos aires renovados. El inicio de la cuarta no fue menos decepcionante, con varios episodios centrados en el particular casting al que fueron sometidos los aspirantes a entrar en el equipo del especialista. Pero una vez seleccionado el nuevo personal de House, la trama volvió a caer de nuevo en el aburrido sistema procedimental, que convierte a los episodios en agonizantes calcomanías. La sorpresa llegó de nuevo en el trasvase de la cuarta a la quinta temporada, con la muerte de Amber y la amistad entre Wilson y House en la cuerda floja.
De esta manera, la serie va superando la monotonía de los capítulos de principio y final cerrado y de las intervenciones de un House a menudo pasado de rosca. La personalidad del protagonista fue la gran baza para enganchar al público pero se ha demostrado insuficiente para mantener la trama viva durante cinco años. Aunque el gancho de House sigue siendo House, conviene trastocar su mundo de vez en cuando para despertar al aletargado público. Son esos episodios perla, auténticas obras maestras, por los que merece la pena deambular con más o menos entusiasmo por una de las series médicas más exitosas de la historia de la televisión.

domingo 27 de septiembre de 2009

Del papel a la pantalla: 'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina', por Daniel Alfredson

Más Lisbeth que nunca. El segundo libro de la trilogía Millennium entra de lleno en el universo de la carismática protagonista, como si Larsson hubiera predicho antes de su muerte el éxito que este personaje tendría entre los lectores. Y es que si Mikael Blomkvist terminaba eclipsado por su compañera de reparto en la primera entrega, en esta secuela parece haber sido fulminado por completo de la trama. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no es otra que Salander y esto hace que la historia sea mucho más adictiva y ágil que en la primera novela.
En Los hombres que no amaban a las mujeres primaba la atmósfera. Esta segunda parte, en cambio, es pura acción. El ritmo ya no es asimétrico como en la anterior entrega, sino que desde el comienzo se suceden los acontecimientos de forma vertiginosa. La descripción que logró atraparnos en aquélla ha dado paso al puro desenfreno, proporcionando una lectura adictiva e incansable. Este cambio, que no sabríamos valorar como positivo o negativo para la saga literaria, puede que sí le resulte beneficioso a la adaptación cinematográfica.
Si recordamos, la primera película seguía a rajatabla las directrices de la novela, que dedicaba su primera mitad a describir con minuciosidad la investigación sobre la misteriosa desaparición de Harriet Vanger y la sórdida atmósfera de una isla del norte de Suecia. Lo que en el libro atrapaba, en el filme adormecía, ya que las pesquisas que se iban hallando no resultaban muy efectistas en la gran pantalla. Tampoco ayudaba la resolución de la novela, totalmente acelerada y llena de incongruencias.
Puede que el material que proporciona esta segunda entrega sea mucho más jugoso para Daniel Alfredson, hermano del director de Déjame entrar y el encargado de trasladarla al cine. De entrada, porque el comercio sexual, tema de arranque de la novela, es bastante más visual que la meticulosa investigación en torno a Harriet y, si cabe, más sórdido y oscuro que las intrigas de la familia Vanger. Por si fuera poco, la implicación de Lisbeth Salander añade más jugo a la trama, aportando saltos temporales hacia su pasado con importantes implicaciones en su presente. De nuevo, la pega del libro se concentra en sus últimas páginas, donde la acción se acelera todavía más vertiginosamente hacia un final medio abierto medio cerrado.
Sin duda, Noomi Rapace, la única intérprete que sobresalía en la primera película, tendrá bastante más trabajo en esta segunda. Además de destacables cambios en su aspecto físico, nos tendrá que dejar entrar más profundamente en su impenetrable personalidad. El gran reclamo de las novelas de Larsson pide paso en esta segunda entrega y de bien seguro que el público la recibirá con los brazos abiertos. Esperemos que en su traslado a la pantalla, Larsson no vuelva a perder su capacidad de atracción, pues ya sólo les quedará una última oportunidad para conseguirlo.

miércoles 16 de septiembre de 2009

La estafa

La moda de los telefilmes, con sonados éxitos como el 23F de La 1 o El castigo que el mismo Daniel Calparsoro realizó para Antena 3, aterrizaba en Tele 5 con una prometedora historia inspirada, que no basada, en hechos reales. Esta frase de reclamo ya hace tiempo que suele ser más sinónimo de cutrez que de calidad. Sin embargo, la intensa promoción llevada a cabo por el canal de Vasile y las entusiastas declaraciones de su director, que manifestó sin pensárselo mucho que La ira ha sido hasta el momento su mejor película, hacían presagiar que estaríamos ante un producto interesante y cuidado. Pues bien, si esto es lo mejor que Calparsoro nos ha podido ofrecer no pienso tomarme la molestia de comprobarlo.
Primera entrega del telefilme. El arranque es prometedor. Marián Álvarez, con un bebé a cuestas, emprende una espectacular huida de la policía que termina con su detención. Varios flashes nos adelantan cadáveres mutilados. Los sospechosos: ella y su novio, un Tamar Novas de ojos desorbitados y nula credibilidad en su papel de frío psicópata. En la siguiente hora de metraje se van alternando los interrogatorios a la joven con los momentos previos y posteriores al brutal asesinato de una pareja de amigos. A pesar de las idas y venidas en el tiempo, el ritmo es dolorosamente lento. Los planos exteriores de la casa, repetidos hasta la saciedad, o el descuartizamiento de los cuerpos desde múltiples y rebuscados ángulos no ayudan precisamente a la agilidad.
Llegados al final del primer capítulo, uno desistiría por completo de invertir otra hora y media en conocer el desenlace de una trama que no engancha. Conocido el crimen, conocidos los asesinos, pocos misterios le quedan por resolver a la historia. Pero entonces entra en escena ese recurso llamado avance, que con un montaje frenético condensa en un par de minutos lo que nos deparará el siguiente episodio. La cosa promete. La policía que lleva a cabo los interrogatorios, Patricia Vico en la única interpretación destacable del telefilme, es incapaz de saber cuál de los dos sospechosos fue el que perdió la cordura y se ensañó con las víctimas. La trampa ya está echada y nosotros hemos metido de lleno la pata. Le daremos su oportunidad al final de La ira.
Segunda entrega. Ahora es el psicópata el que se enfrenta al interrogatorio. Se confirma Tamar Novas como un descomunal error de casting. Concentra todas sus energías en exagerar la mirada y se olvida de que el personaje debe tener una doble personalidad. Se confirma también que el avance de la semana anterior fue un gancho envenenado. El ritmo no mejora ni tampoco aparecen giros inesperados en el guión. La única incertidumbre, que apenas interesa a nadie, es quien fue el asesino. Tras ofrecernos diferentes versiones de los hechos, la pareja de psicópatas lo desvela sin inmutarse. Aparecen los títulos de crédito y se corrobora ‘La ira’ como una de las mayores estafas televisivas, un exponente perfecto del marketing engañoso. Nos vendieron un producto transgresor y de calidad y lo único que obtuvimos es una historia que jamás debió salir de la pieza de un telediario.

jueves 3 de septiembre de 2009

¿Con qué póster te quedas?

Septiembre es el mes clave en televisión. A escasos días para la escalada de estrenos y regresos de las series norteamericanas, a estas alturas todas las cadenas ya han calentado bien los motores de la maquinaria publicitaria. Un buen ejemplo son los siguientes pósters promocionales, a cada cuál más atractivo. Se trata de una selección de mis series favoritas, con lo que seguramente se echarán a faltar unos cuantos. A falta del póster oficial que difunda la ABC de la sexta y última temporada de Perdidos, aceptamos de momento como valido esta recreación realizada por un fan a partir del adelanto ofrecido por los productores en el pasado ComicCon. Sin duda, la calidad de los diseños es envidiable y deben valorarse independientemente de las preferencias personales sobre una u otra serie.








Sorprende la escasa originalidad del póster para promocionar una nueva serie con tantas expectativas como Flashforward y, por el contrario, el ingenio a la hora de publicitar a un House cada vez más cansino y repetitivo. Perdidos sigue jugando con la palabra destino, mientras Anatomía de Grey nos avanza la temporada del cambio. Las Mujeres Desesperadas se convierten en bellezas guerreras, mientras Dexter sigue apostando por la misma línea sangrienta y explícita. Fringe, por su parte, nos presenta un póster repleto de pequeños detalles en los que muchos ya han sabido encontrar reveladoras pistas. Pero de entre todos, y por su simbolismo, me quedo con el de la sexta temporada de un House convertido en el medicinal dios griego Hermes. Muy bueno.


 
Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis