viernes, 30 de septiembre de 2016

ESPECIAL ZINEMALDIA 2016 - La reconquista

Como si de una revisión de Paraules d’amor se tratara, todo empieza con una carta escrita a mano a los quince años, palabras de amor vertidas en plena explosión romántica entre dos adolescentes. Sencillas y tiernas. Justo despertando del sueño infantil. Pero esta vez con el bagaje del paso del tiempo. Porque si Serrat nos describía melancólico a su primer amor, desconocido su paradero, en una de las canciones más hermosas y tristes de nuestra historia musical, Jonás Trueba nos brinda el quince años después de Manuela y Olmo, el reencuentro de dos amantes que rememoran un pasado ferviente, la reconquista de sentimientos ahora lejanos y ajenos.  

La exhumación de este amor enterrado se produce sin ninguna prisa. Si hay que observar a la pareja conversando un buen rato, se la observa. Si hay que escuchar todo un repertorio de canciones nostálgicas, se escucha. Si hay que esperar, se espera. Porque lo que para algunos supondrá un suplicio en realidad es la mejor manera de adentrarse en este juego de miradas, en un vaivén de verborreas y silencios que poco a poco va extrayendo sensaciones y deseos olvidados. Hay una escena especialmente emocionante de la película en el que ella y él miran al frente, en silencio, desprendiendo añoranza, mientras el padre le dedica una canción a su hija sobre diminutos fragmentos de una vieja emoción. El tipo de escenas con las que resulta casi imposible no empatizar.

Gran parte de la proeza de una reconquista que consigue sentirse como propia recae en el reparto, sobre todo en un Francesco Carril que borda un papel extremadamente complejo, el de un tipo soso y sencillo, introvertido, pero con una interesante vida interior, que necesita del desparpajo de una compañera como la que interpreta Itsaso Arana para desmelenarse, para sentirse vivo. Su arranque bailongo en mitad de una noche de juerga improvisada e inolvidable es otro de los momentos imprescindibles de la película.

Luego llegará un viaje en moto hacia el presente, en el que le espera dormida su novia actual. Y una conversación café en mano que si destila brillantez es también gracias al trabajo de Aura Garrido. Celos encubiertos, muestras de comprensión y desahogos sinceros. Después será el turno de la decisión más cuestionable de la cinta, la de recrear el pasado adolescente. La imaginación era más potente que un flashback pero al menos los jóvenes actores que lo interpretan, un gran acierto de casting, no desmerecen el conjunto de una obra que, de la forma más sencilla y menos pomposa, conquista y conmueve.

martes, 27 de septiembre de 2016

ESPECIAL ZINEMALDIA 2016 - Arrival

Pocas experiencias hay en el cine más gratificantes que acudir a la sala con una idea predeterminada de lo que nos espera en su interior y salir descolocados, traspuestos, por la imprevisibilidad de la propuesta. Porque si uno espera con Arrival una buena historia de ciencia ficción, con la garantía de un director infalible como Denis Villeneuve y estimulado por un tráiler que lleva a engaño, terminará embaucado por un relato mucho más rico en matices que una mera invasión alienígena, por un alud de planteamientos vitales, plenamente filosóficos, desde una perspectiva innovadora e intimista, sin alardes de inteligencia no alcanzable para todos los públicos. Una experiencia mucho más placentera que la que nos hayan podido proporcionar otros grandes exponentes del género.

Villeneuve demuestra que no hay reto que se le resista. Porque sin alterar las reglas de la ciencia ficción, demostrando un sumo respeto por el método científico, consigue perfeccionarla con una gran dosis de sensibilidad. El arranque de la película, en el que parece que la trama personal de la protagonista se cruzará de forma chapucera con la extraterrestre, ya advierte que el principio y el final de las historias nunca son claros. Lo que sí es evidente es que un planteamiento sugerente, la llegada de doce naves alienígenas al planeta Tierra, se desarrolla con sumo tacto, sin pasos en falso, con un control absoluto del ritmo y del objetivo que se quiere alcanzar, uno de los climax finales más poderosos de la historia del cine.
 
Esta vez el punto de vista no corresponde ni a un militar ni a un policía ni a un agente de la CIA. Esta vez es una experta lingüista la que se enfrenta a un reto global, demostrando que resulta más fácil la comunicación con seres extraterrestres que entre seres humanos. Amy Adams representa a la perfección a una protagonista que, en esta ocasión, no es heroína. Es tan sólo una científica, amante de su trabajo y ambiciosa en su carrera, que acepta el reto de intentar mediar entre la clase militar y los recién llegados. Su espíritu curioso, la prudencia con la que sólo una investigadora podría trabajar, se transmite durante buena parte de un metraje que busca crear atmósfera, que sumerge al espectador en un clima de incertidumbre y misterio absolutamente hipnóticos.

Sin recurrir a giros imposibles, a resoluciones aceleradas, Arrival basa su solidez en la fuerza de los sentidos, el de imágenes poderosas, que perdurarán durante largo tiempo, sonidos envolventes, revestidos con una banda sonora impecable, a cargo de Jóhann Jóhannsson y con la delicada aportación de Max Richter, incluso a lo más parecido al tacto que una película en dos dimensiones nos haya podido emular. Un planteamiento cautivador que no sólo emociona y conmueve, también sitúa al espectador en una disyuntiva moral de lo más interesante. Posiblemente, con permiso de Kubrick, la obra de ciencia ficción más redonda y completa.

lunes, 26 de septiembre de 2016

ESPECIAL ZINEMALDIA 2016 - Un monstruo viene a verme

Enfrentarse a una producción de Mediaset, con todo el aparato propagandístico que ello implica, supone asumir el riesgo de un enorme hype, de una recepción sobredimensionada y una omnipresencia mediática que resulta prácticamente imposible corresponder. Ocurrió con Lo imposible, cuyo recibimiento en salas fue muy superior a lo que merecía el producto, y sucederá de nuevo con Un monstruo viene a verme, la tercera y más ambiciosa película de Juan Antonio Bayona. Una propuesta que al parecer despertó el entusiasmo en el Festival de Toronto pero que en San Sebastián, al menos, comportó una clarísima división entre los entusiastas de su sensibilidad y los detractores de su sensiblería.
 
Los que no derramamos ni una sola lágrima con este drama sobre la asunción de la muerte seremos tildados de mármol, de la piedra más fría e inamovible. Sus últimas escenas conducen irremediablemente al llanto más instintivo, la inevitable reacción ante la mayor de las pérdidas a las que un niño puede enfrentarse. Pero el camino hacia esa tragedia, lento, aburrido, sin la magia que a priori debería desprender un relato infantil que combina realidad y fantasía, se olvida de plasmar la relación entre una madre enferma de cáncer y un hijo que se resiste a asumir la realidad. Mientras el joven es víctima del bullying más estereotipado, el personaje de Felicity Jones representa uno por uno los clichés de una enfermedad que el cine mantiene estigmatizada. Con tamaña superficialidad en torno a los protagonistas y su convivencia lo que en realidad parece un milagro es que la mayoría de espectadores se arranque a llorar.

El otro gran rasgo de la cinta, su factura técnica, es irreprochable. No hay duda de que Bayona ha contado con los mejores medios posibles, haciendo uso también de otros mecanismos menos apabullantes pero mucho más impresionantes, como las animaciones en acuarela que sirven para relatar las tres fábulas aleccionadoras del monstruo. ¿Para qué sirve, sin embargo, tanta técnica? El monstruo no enternece, las historias no cautivan y el destino no emociona. Parecía que Un monstruo viene a verme trataba de emular la fórmula de cuento y drama realista que bordó ‘El laberinto del fauno’. Pero el resultado final demuestra que la combinación de esos elementos no es tan fácil de casar y que el trabajo de Guillermo del Toro fue una auténtica hazaña.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La enésima animalada

Pedirle originalidad al cine animado que nos llega desde Hollywood, cuando incluso Pixar tira del piloto automático, es ya una quimera. De ahí que sorprendan las reiteradas menciones a Toy Story en la mayoría de críticas sobre Mascotas, la última propuesta del estudio que arrasa con los Minions y que ahora ha batido récords con la manida fórmula de los animales parlanchines. ¿Acaso Zootrópolis no basaba su existencia en el éxito de Madagascar? ¿No son Kung Fu Panda e Ice age franquicias prácticamente autoparódicas? Los dibujos animados se han convertido en un entramado industrial cuya genialidad no se encuentra tanto en la idea o la técnica, prácticamente plagiados, sino en los pequeños matices de humor. Y en ese sentido, la propuesta de Illumination contiene los suficientes como para traspasar el aprobado.

Más allá de la típica historia de amistad y rescate, de su marcado tono infantil, Mascotas basa su astucia en la creación de personajes secundarios rotundamente hilarantes. De nuevo, los protagonistas de la función, esos dos perros en lucha interna por ganarse el favor de la dueña, son aquí los que menos conquistan. Les rodea un elenco de bichos robaescenas y por cuya existencia ya conviene felicitar a los guionistas. Una linda gatita con artes ocultas, un cerdo tatuado y con piercing en la nariz, un halcón controlando su instinto. Perfiles que ya hemos visto anteriormente (léase Gato con botas o Diego de Ice age) pero que con distinto collar armonizan una propuesta que encaja perfectamente en ese peliagudo cajón de sastre que es el de ‘para toda la familia’.

Porque aunque aquí los adultos tendremos que aguantar algunas situaciones claramente destinadas al público infantil también obtendremos a cambio chispeantes contribuciones, como el conejo psicópata Snowball que, zanahoria en mano, se convierte al instante en uno de los mejores villanos del cine animado. Para los que no conecten con la película quizá les convenga armarse de paciencia y esperar, bien avanzado el metraje, a una escena onírica protagonizada por salchichas absolutamente desternillante. Unos segundos de auténtica carcajada que ya compensan el precio de la entrada.

La película, por tanto, no pasará a la historia por su innovación sino que pasará directamente a engrosar la larga lista de exitosas franquicias animadas. Con la secuela y su fecha de estreno ya confirmadas, sólo cabe esperar de ella un nuevo desfile de personajes originales y carismáticos que nos haga olvidar por momentos que asistimos a un bucle de reiteración. Mascotas puede ser Toy Story, Buscando a Nemo, Madagascar o todas juntas. Para ideas frescas quizá convenga hurgar en otras cinematografías, como la asiática, o esperar a que se ilumine de nuevo el flexo de Pixar.

viernes, 22 de julio de 2016

#AtlántidaFilmFest: Objetivo: París

Objetivo: París pasará a la historia por ser la película que Francia retiró de los cines por su coincidencia con los últimos atentados yihadistas en la ciudad de París. Y no es para menos. Si hace unos años su argumento seguramente nos parecería inverosímil, exagerado, hollywoodiense, hoy lo que pone los pelos de punta es su semejanza con la realidad. Si no fuera porque se rodó un año antes de la barbarie pensaríamos que está basada en hechos reales. Sin embargo, es su visión profética lo realmente aterrador de una cinta que narra una situación con la que lamentablemente ya nos estamos familiarizando.

El nacimiento de una célula terrorista en un entorno occidental, que permanece ajeno a la maldad que se cierne en sus propios cimientos, está tan a la orden del día que verlo ficcionado en pantalla resulta casi tan escalofriante como las imágenes reales que cada vez se prodigan más en nuestros informativos. Un contenido que en otro tiempo consideraríamos más propio de los mensajes xenófobos de Jean-Marie Le Pen hoy la actualidad se empeña en proporcionarle la máxima veracidad. La amenaza, como reza su propio cartel, vive del interior.

Es terrorífico comprobar que las consignas del miedo que utilizan los políticos para amedrentar a los votantes se confirman con sonoros casos aislados. Pero también la constatación de un fracaso generalizado, el de una sociedad occidental que ha sido incapaz de acoger e integrar a los foráneos y que no ha sabido motivar ni a sus propios conciudadanos. En esa alimentación de odio y sopor probablemente se encuentre la semilla de ese terror con el que hoy nos llevamos las manos a la cabeza.

Pero más allá de la congoja que produce el reflejo de la inestabilidad e incertidumbre actuales, Objetivo: París también inquieta por méritos propios. Y es que Nicolas Boukhrief consigue con esta cinta un notable exponente del thriller terrorista, manejando el suspense y la acción con un tono y un ritmo trepidantes. No alcanza los niveles de pirotecnia y surrealismo de grandes producciones de Hollywood, con las que evidentemente han querido confundir los responsables del título español (léase Objetivo: Londres), pero nada tiene que envidiarle a tramas de suspense como, por ejemplo, las de Homeland, con la que guarda algún que otro parecido.

Y es que la trama del infiltrado, con todo su juego al despiste, es un recurso narrativo de lo más eficiente. Las sospechas, el miedo, las tapaderas y la enorme tensión del que teme ser descubierto son ingredientes con los que resulta prácticamente imposible adormecer al espectador. Objetivo: París no sólo mantiene bien despierto sino que dignifica el titular fácil que la acompaña. Sí, es la película que prácticamente predijo los atentados del 13N en París pero también un digno y pavoroso relato de suspense. La actualidad sólo ha ayudado a reforzarla.

viernes, 15 de julio de 2016

EMMYS 2016: Las nominaciones ideales en Drama

Un año más, los Emmy anuncian sus nominaciones rodeados de las inevitables polémicas por sus destacadas ausencias. Esta edición no iba a ser menos. Los olvidos nuevamente han sido más sonados que los aciertos, movidos por una inercia que suele ser la tónica en los premios más importantes de la televisión mundial. Sin embargo, esta vez los académicos han decidido dar una alegría a aquellos que veníamos reivindicando The Americans como una de las mejores series actuales. Tanto la creación de Joe Weisberg como sus protagonistas, Keri Russell y Matthew Rhys, han logrado por fin el reconocimiento de unos galardones que los han ignorado sistemáticamente durante sus tres primeras temporadas. Son la excepción de unos Emmy que han decidido pasar de largo nuevamente de The Affair y The Leftovers, sin duda, dos de las producciones más destacadas en los dos últimos años. Por eso mismo, y por otros importantes resbalones, ahí van mis nominaciones ideales en la categoría dramática.

MEJOR SERIE DRAMÁTICA
  • The Affair 
  • The Americans 
  • Juego de tronos 
  • Homeland 
  • House of cards 
  • The Leftovers 
  • Mr. Robot 

MEJOR ACTRIZ
  • Viola Davis, Cómo defender a un asesino 
  • Riley Keough, The girlfriend experience 
  • Julianna Margulies, The good wife 
  • Tatiana Maslany, Orphan Black 
  • Keri Russell, The Americans 
  • Robin Wright, House of Cards 

MEJOR ACTOR
  • Rami Malek, Mr. Robot 
  • Clive Owen, The knick 
  • Matthew Rhys, The Americans 
  • Liev Schreiber, Ray Donovan 
  • Kevin Spacey, House of cards 
  • Justin Theroux, The Leftovers 

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA
  • Christine Baranski, The good wife 
  • Lena Headey, Juego de tronos 
  • Regina King, The Leftovers 
  • Miranda Otto, Homeland 
  • Maura Tierney, The Affair 
  • Sophie Turner, Juego de tronos

MEJOR ACTOR SECUNDARIO
  • Alan Cumming, The good wife 
  • Peter Dinklage, Juego de tronos 
  • Christopher Eccleston, The Leftovers 
  • Frank Langella, The Americans 
  • Jon Voight, Ray Donovan 
  • Dominic West, The Affair

#AtlántidaFilmFest: A blast

Es una pena que un filme con tan buenas intenciones como A blast termine siendo víctima de su propia ambición. Su arranque presenta una historia de amor deshilvanada que promete ir encajando las piezas poco a poco, hasta alcanzar el gran clímax que explique las sorprendentes actuaciones de sus personajes. El espectador se sitúa desorientado, descolocado, ante una mezcla de declive sentimental y crisis económica que se presenta estimulante. Pero a medida que avanza el metraje y el desorden estructural se convierte en una rutina en vía muerta las expectativas se van diluyendo y lo que parecía un rompecabezas perfectamente ingeniado termina convirtiéndose en un desorden sin concierto.

Las primeras secuencias nos sitúan ante una crisis de pareja en un contexto de crisis económica, concretamente en ese paradigma de la hecatombe que es Grecia. Una María pletórica y feliz, que sueña con estudiar Derecho y que conoce al apuesto Yannis, con el que mantiene una tórrida relación, convive a su vez, gracias a la mesa de montaje, con una María devastada, histérica, que deambula con dos hijos de la mano movida ciegamente por la exasperación. El detonante entre una y otra, entre el idilio y la desgracia, es lo que queda un tanto diluido en la trama.
¿Es la distancia a la que se ve sometida la pareja por culpa del trabajo de Yannis en alta mar? ¿Alguna revelación sobre las nuevas tendencias sexuales del marido? ¿La angustia por una situación económica asfixiante? ¿Las tensiones con la madre? ¿La relación amor/odio con la hermana? La respuesta quizá esté en la suma de todos los elementos, que conforman una tormenta perfecta que la conduce directamente al delirio.  

Entre escenas sexuales de puro frenesí y acaloradas discusiones familiares, la película se mueve en unos niveles de intensidad mucho más elevados que los acontecimientos que narra. Sólo hay un momento en el que la protagonista, una soberbia Aggeliki Papoulia (Canino, Langosta), realiza un catártico monólogo ante un grupo de autoayuda con el que el espectador puede llegar a sentirse identificado. Pero a pesar del esfuerzo y talento de sus intérpretes, esta explosiva A blast termina defraudando precisamente por enmarañar una sugerente historia de desesperación con una estructura demasiado compleja para su simplista guión.

lunes, 11 de julio de 2016

#AtlántidaFilmFest: Bang Gang

Se quejaban las actrices de Juego de tronos de la escasez de desnudos integrales del reparto masculino. Tenían toda la razón. Mientras Daenerys y compañía exponían todos sus encantos, la presencia de penes y culos varoniles en la exitosa serie de televisión era y sigue siendo prácticamente anecdótica. Pues bien, ahí tienen Bang gang, el debut de la francesa Eva Husson, para ver satisfechos sus deseos. La protagonista adolescente del filme le pide en un momento dado a su compañero de clase que le enseñe el miembro con el irrefutable argumento de que ellos cuentan siempre con la ventaja de poder medirles los pechos. El chaval, ni corto ni perezoso, se baja los pantalones y lo exhibe sin rubor. Punto a favor.

Es el único mérito, quizá, de una cinta que tiene el valor de autodenominarse como una historia de amor moderno. Pocas veces el dicho ‘dime de qué presumes y te diré de lo que careces’ cobra tanta relevancia como en esta película que no sólo termina siendo de una demagogia bastante antigua y casposa sino que además llega tarde. Concretamente, 21 años más tarde del estreno de ‘Kids’, otra ópera prima, esta vez de Larry Clark, mucho más valiente y transgresora que este hueco sucedáneo.

La película es consciente de lo que vende desde el propio título y póster hasta el comienzo, que arranca con un flashforward en forma de orgía de imágenes. Una vez situado el espectador, sabiendo que tarde o temprano habrá carne en el asador, el guión nos retrotrae a los inicios del juego sexual que da nombre a la cinta. Un ‘beso o acción’ llevado al extremo que surge de la mente de un grupo de adolescentes caprichosos y aburridos. La eterna y cansina denuncia de la apatía en la que viven inmersos nuestros adolescentes.
 
Para más inri, Bang gang ni siquiera alcanza interés como mero producto excitante. Las escenas sexuales están rodadas sin ningún tipo de valor artístico. Ni sirven como objeto de denuncia ni, lo que todavía es más triste, para calentar al personal. Burdas imágenes de folleteo y drogas que no escandalizarán ni al más retrógrado de la sala. La directora parece desconocer que el sexo hace ya tiempo que dejó de ser un reclamo facilón para convertirse en un recurso al que añadirle valor. Algo que, por ejemplo, aplicó perfectamente Gaspar Noé en Love.

El que logre alcanzar el final del filme, tras múltiples disputas entre las dos amigas adolescentes, idas y venidas sin destino y orgías varias, se encontrará con un mensaje mucho menos sutil que el que podría surgir de un centro de planificación familiar. Una cinta vacía de contenido, nula en sus formas, que es casi tan dañina como el sexo inseguro. No contagia la sífilis pero extermina todas nuestras neuronas.