miércoles, 30 de julio de 2014

Cuando la música es el calzador

¿Puede una canción salvarte la vida? Era el título idealista, cursi y en principio poco comercial con el que el irlandés John Carney pretendía debutar en Estados Unidos tras el éxito de Once. Rebautizada ahora como Begin again, eran quizá los tres atributos que mejor definen a esta cinta musical, un romance de tono soñador y utópico que ahuyentará a los más escépticos pero que en realidad nos reconcilia de nuevo con la magia del cine y de la música.

Dos voces insólitas, la delicadamente aguda de Adam Levine junto a la desconocida y sorprendente de Keira Knightley, se convierten en protagonistas de esta fábula sobre la industria musical y el amor que, por si fuera poco, recurre a la Nueva York más bella como telón de fondo. Imposible resistirse al magnetismo de algunas imágenes y acordes que cohabitarán durante días y sin remedio dentro de nuestra cabeza.  

La película arranca en unplugged, desenchufada, sin cuerpo, con una visión romántica de la música independiente y una sarta de tópicos sobre las discográficas que invitan al abandono. Es cuando conocemos a Gretta y a Dav, una bucólica pareja de músicos que verá truncada su felicidad por culpa de un entramado industrial que arrincona el talento y fomenta la fama más destructiva. Es cuando también entra en escena el productor musical en horas bajas Dan, encarnado por un Mark Ruffalo al principio histriónico pero finalmente entrañable.

Porque hay un momento cumbre de su personaje en el que llega la inspiración y Begin again se llena de arreglos. Guitarras, pianos, instrumentos de cuerda y baterías revisten la banda sonora y aportan de paso al metraje el brío que le faltaba. La música se abre paso y trastoca la puesta en escena, proporcionando grandes números musicales como los que tienen lugar en un callejón y una azotea o como ese paseo por Times Square compartiendo la música del ipod con unos auriculares dobles. A los más duros les causará una sonrisa. A los más sensibles, la piel de gallina.

Si algo desprende la cinta es vitalidad y optimismo, gracias sobre todo al entusiasmo y la química entre Knightley y Ruffalo, absolutamente entregados a ese mensaje tan manido, pero cierto, que reivindica la música como el auténtico lenguaje universal. Sí, Begin again es idealista, cursi y seguramente poco comercial, pero demuestra que una canción no sólo puede salvar una película sino llenarla de vida.

viernes, 25 de julio de 2014

La antítesis de Pedro García Aguado

En otra de esas incomprensibles decisiones de las distribuidoras de nuestro país, Short term 12 se ha adaptado al mercado español con el manido título de Las vidas de Grace, cuando en realidad lo que relata este drama independiente es la mera y única existencia de la protagonista como monitora en un centro de acogida para adolescentes. Perra vida la de Grace pero una sola al fin y al cabo. Ni siquiera ella aceptaría acaparar el foco en una cinta que es todo un canto al altruismo, el elogio de una profesión, la del trabajador social, menospreciada incluso en el cine más comprometido.  

Short term 12 no es una película de fácil digestión. A los vicios del cine independiente, tan obsesionado a veces por el detalle, la austeridad y los planos de relleno, se le une un cierto aire desesperanzador, el que desprende esa cárcel de muros invisibles y de sueños truncados. Por suerte, ese clima de tristeza y abatimiento se corresponde con un guión que se acerca a los jóvenes sin condescendencia ni morbo, sólo con el respeto y la ternura de dos monitores con auténtica vocación.

No es de extrañar que tanto la película como su actriz protagonista, Brie Larson, encandilaran en el inabarcable tour de festivales independientes. Ambas refuerzan ese espíritu de comunidad que tanto define a Estados Unidos, sobre todo cuando la tragedia llega y se disparan los sentimientos de solidaridad. Pero ni siquiera la ayuda al prójimo está exenta de claroscuros, tal y como encarna el monitor recién llegado que ha decidido invertir un año sabático en esa aventura tan admirada de socorrer a los más desfavorecidos. La falsa caridad (muy manifiesta en su búsqueda desesperada de loción desinfectante) frente a la honesta generosidad.

Pudiendo recrearse a fondo en las reacciones más violentas de un grupo de jóvenes desorientados, Destin Cretton prefiere ahondar en los remedios, que simplemente pasan por la comprensión y la pedagogía. Así pues, los que esperen una especie de versión cinematográfica de Hermano mayor pueden bucear en la extensa filmografía sobre violencia en las aulas porque esta Short term 12 es de las que todavía cree en la reinserción y el diálogo. Quizá peque de idealista, pero su homenaje a la fraternidad al menos da lugar a la esperanza.

miércoles, 16 de julio de 2014

¿Extant o The Strain? Me quedo con Alien

Con menos de una semana de diferencia se han estrenado este mes en Estados Unidos dos nuevas series de ciencia ficción avaladas por grandes nombres de la industria de Hollywood. Por un lado, Extant suponía el debut en la televisión de una estrella cinematográfica de la talla de Halle Berry, con el apadrinamiento del todopoderoso Steven Spielberg. The Strain, por su parte, adaptaba la exitosa novela de Guillermo del Toro con su propia supervisión y la del productor de Perdidos Carlton Cuse. ¿Garantía de éxito? A juzgar por el resultado de sus pilotos, parece que los astros del cine siguen reservando sus mejores bazas para la gran pantalla.

El olfato de Spielberg para revolucionar las salas de cine no parce tan refinado en su faceta televisiva. Ya son demasiadas las series que llevan su sello (Terra nova, The river, Smash, Falling skies) y que no han sido capaces de movilizar a la audiencia como en su día lo hicieron Tiburón o Parque jurásico. Con ‘Extant’ se confirma que quizá el motivo se deba a su total y absoluta falta de originalidad en el planteamiento, porque la serie es una fusión de tantas ficciones recientes que resulta imposible desprenderse de la inevitable sensación de déjà vu.

Una astronauta con problemas de fertilidad regresa embarazada de una misión de trece meses en solitario en el espacio. Su marido, mientras tanto, intenta desarrollar el prototipo de androide que adoptaron como hijo y que inevitablemente será incapaz de desarrollar los sentimientos de un humano. Sólo con la sinopsis ya sobrevuelan en nuestra mente títulos como Alien o Inteligencia Artificial, pero es que la propia ejecución ni se esfuerza en disimular los homenajes/plagios al “not Penny’s boat” de Perdidos o a la demasiado reciente Gravity. Nada nuevo bajo la galaxia.

A pesar de su nula capacidad de sorpresa, Extant maneja muy bien los tiempos del thriller, logrando una atmósfera de suspense que al menos invita a una segunda oportunidad. Algo que no sucede con el otro gran estreno de ciencia ficción de la temporada estival (con permiso de The leftovers, a años luz de ambas producciones). The Strain desprende tan poca imaginación que resulta hasta insultante procediendo de un genio capaz de idear la obra maestra El laberinto del fauno.

Desconocemos la calidad de Nocturna, la obra original de Del Toro en la que se basa esta nueva serie de FX (canal que, por cierto, se está puliendo este verano el prestigio ganado con los años), pero es evidente que las secuencias de apertura ambientadas en un avión comienzan a agotarse, sobre todo si pueden intercambiarse sin problemas con la primera escena del piloto de Fringe. Si aquella magistral hora y media de la serie de J.J. Abrams mantenía pegado a la pantalla, no ocurre lo mismo con estos más de 60 minutos de los que al menos 15 son prescindibles (amortizadísima la grúa en los planos del aeropuerto).

La trama de The Strain apenas ha asomado, pero con los elementos que ya ha mostrado en su debut es suficiente para saber que tampoco los vampiros tienen mucho nuevo por decir. Ataúdes mitológicos, plagas, prestamistas con información oculta, conspiraciones. Nuevamente, el regusto a refrito que tampoco ayudan a disimular las escenas gore de ese alien chupasangres. El verano ya no es excusa para subproductos en televisión. Ahí están Ray Donovan y Masters of Sex para demostrar que algunos canales, hasta en los meses de bajo consumo, prefieren obviar las rebajas.

martes, 1 de julio de 2014

The Leftovers: Damon Lindelof por fin nos toma en serio

Era uno de los estrenos más esperados de la temporada veraniega y quizá por ese motivo ha generado una marabunta de reacciones encontradas. El nuevo producto de la factoría HBO, en el que el canal de pago ha depositado toda su confianza, no respondía quizá a las expectativas de un planteamiento y sobre todo de un tráiler que vaticinaban una gran obra de ciencia ficción. A pesar de que la promoción se ha esforzado en enfatizar los efectos de este nuevo Apocalipsis (“¿Qué harías si de repente desapareciera el 2% de la población mundial?”), los hay que ya están reclamando resoluciones. Y la nueva apuesta de Damon Lindelof, esta vez sí, no va de eso.

No sé si llamarlo osadía o recochineo, pero hay que tener narices para embarcarse en un nuevo misterio televisivo después del fiasco que supuso el desenlace de la mítica serie Perdidos. Si en aquella ocasión sus responsables se escudaron tras el falso argumento de que aquel entuerto era en realidad una historia de personajes, esta vez sí que nos encontramos ante un proyecto honesto desde un principio. The leftovers no busca las causas de lo inexplicable sino sus consecuencias terrenales, tan interesantes e imprevisibles como la ciencia ficción.

Hay que conocer el trabajo de uno de los responsables de la serie, Tom Perrotta, para cerciorarse de que The leftovers no es ni Perdidos, ni Los 4.400, ni nada que por su sinopsis se le pueda parecer. El autor de Juegos de niños (llevada a la gran pantalla de forma brillante como Juegos secretos) y de las más reciente Lecciones de abstinencia es todo un maestro en retratar las miserias de la sociedad estadounidense (y por extensión de la occidental), en hurgar en lo más hondo de la basura que todos tratamos de camuflar. Y aunque con esta Ascensión diera un giro importante a su carrera, al final el planteamiento fantástico le ha servido nuevamente para trazar las flaquezas del ser humano actual.

El piloto de la serie arranca potente, con el llanto desgarrador de una madre que ha visto esfumarse a su bebé mientras el caos se adueña de su alrededor. Si The leftovers hubiera sido un producto de J.J. Abrams para la NBC no faltarían aviones cayendo en picado y ciudades en llamas, pero afortunadamente el post-apocalipsis puede contar con lecturas más personales y menos explotadas.

Tras la impactante secuencia inicial, el primer capítulo echa el freno y juega a la confusión. Los personajes se introducen de manera desconcertante, sin un aparente hilo conductor. Hasta que poco a poco el guión nos desvela el seno de una familia desestructurada tras la ascensión, con un jefe de policía y su hija todavía traumatizados y una mujer y su hijo abducidos por diferentes sectas que han nacido a rebufo de la incomprensión.

Aunque en algunos instantes puede que flojee el ritmo, la serie debuta con imágenes de enorme poder, como esa petición desesperada del agente Garvey a su esposa o el grito ahogado de su hijo en la piscina, por no mencionar la inquietud que provocan los miembros de la secta silenciosa en su búsqueda de nuevos fieles.

Como si de un texto de Saramago se tratara, The leftovers se sirve de una hipotética e improbable situación para desnudarnos el comportamiento humano y social. Aquí no hay lugar para los fenómenos paranormales o conspiranoicos. No importa tanto lo que haya sucedido con los desaparecidos sino lo que ocurre con los que se quedan, los que deben reordenar sus vidas tras el desorden. Y, por el momento, resulta mucho más aterrador.

lunes, 30 de junio de 2014

Del papel a la pantalla: ‘Bajo la misma estrella’, por Josh Boone

El cáncer está de moda. La frase sería totalmente desafortunada si no fuera porque la enfermedad que algún día contraeremos uno de cada tres hombres se ha convertido en el nuevo filón de la industria del entretenimiento. Podríamos pensar que el objetivo es normalizar lo que todavía es un tabú social, pero más vale ser malpensado y distanciar el altruismo de los negocios. Bajo la misma estrella es un fenómeno como en su día también lo fue Los juegos del hambre o la saga de Harry Potter.

No conviene restarle mérito a Polseres vermelles, pero tampoco es casualidad que la Fox haya dado luz verde esta temporada a su adaptación para la televisión estadounidense. Sin el precedente del best seller de John Green, que desde su publicación ya ha vendido más de 12 millones de libros en todo el mundo, seguramente hoy no estaríamos hablando de este gran tanto para nuestra industria que es The red band society, por mucho que el mismísimo Steven Spielberg anduviera detrás del proyecto.

El porqué de este gran éxito editorial es la gran incógnita que rodea a Bajo la misma estrella, una historia de amor entre dos adolescentes con cáncer terminal. A priori no parece el planteamiento más apetecible para los teenagers de medio mundo, más acostumbrados a los poderes sobrenaturales, la lucha por la supervivencia, las distopías, las trilogías y demás inventos calculadamente diseñados para vender libros como churros y garantizar ingresos millonarios por los derechos cinematográficos.

Si la enfermedad siempre ha sido un reclamo para el entretenimiento, la novedad es que también puede serlo para el público más joven, que hasta ahora creíamos más interesado en la evasión que en el drama trágico. Porque Bajo la misma estrella, por mucha novedad e ingenio que le quieran endosar a la novela, no es más que otro romance puesto a prueba por la enfermedad, como en su día lo fueron Love story o Elegir un amor. Otra historia sin final feliz patrocinada por Kleenex.

La gran virtud de John Green es camuflar la tragedia con el sarcasmo y la ironía de su protagonista, una Hazel Grace que asume con resignación, pero también con una cierta rebeldía, su enfermedad terminal. La joven habla sin tapujos sobre el cáncer y la muerte y sobre las reacciones a su alrededor, que van desde las miradas de compasión a los más variopintos privilegios, como la concesión de cualquier tipo de deseo.

Aunque el drama se prevea desde la primera página, su historia de amor con Gus Waters, otro enfermo con un pronóstico más favorable, es de las que inevitablemente arrancará sonrisas. Y lágrimas. Es materialmente imposible reprimir el sentimiento de ternura y tristeza hacia una protagonista indefensa y con las horas contadas. Viene incluido en la perversa estrategia del autor, que más vale asumir desde un principio.  

Bajo la misma estrella, como el libro, promete ser un cúmulo de altibajos emocionales, desde el entusiasmo de un viaje a Ámsterdam para conocer el desenlace de su novela favorita hasta el sufrimiento vaticinado, con una pareja protagonista, al menos en el texto original, cargada de carisma y complicidad. Será tan fácil calificarla de pornografía sentimental como sucumbir a su encanto lacrimógeno. Que a nadie le pille por sorpresa.

viernes, 27 de junio de 2014

Los fantasmas de Coixet

Si descartamos a la ligera que Ayer no termina nunca fuera toda una experiencia terrorífica, Mi otro yo sería la primera incursión de Isabel Coixet en el thriller, o lo que es lo mismo, un peldaño más en su descenso a los infiernos del desorden y el caos. La directora catalana da un nuevo paso suicida en su filmografía y confirma que el único sello de identidad que se mantiene a lo largo de su carrera son las gafas de pasta. Porque ya ni las lavanderías de autoservicio han logrado sobrevivir a tamaño desbarajuste.

Siempre se agradece el flirteo de cineastas con géneros que se alejan de su identidad. Ahí está Almodóvar y su oscura La piel que habito para demostrarlo. Pero ni Coixet es el director manchego ni cuenta con el empaque suficiente para correr el riesgo. Antes de meterse de lleno en camisas de once varas, necesitaba recuperar con urgencia la senda que abandonó tras La vida secreta de las palabras. Porque desde aquel 2005 se sucedieron los palos de ciego. Elegy, Mapa de los sonidos de Tokyo, Escuchando al juez Garzón, Ayer no termina nunca. Fallidas teclas que la directora ha ido tocando y que cuestionan si existe una Isabel Coixet más allá de Mi vida sin mí.  

Mi otro yo desde luego no es el revulsivo más idóneo para relanzar una carrera en horas bajas. Es el típico proyecto con el que un estudiante de la ESCAC se marcaría un tanto pero que en manos de una realizadora acostumbrada al intimismo y a la trascendencia se queda en una mera aberración, la de una directora que ha querido jugar a ser Shyamalan. Y hasta el propio creador de El sexto sentido sabe que el thriller psicológico es un terreno muy difícil de abonar.

No basta con una sucesión de apariciones y columpios oscilantes para crear una atmósfera de angustia. Ni siquiera la mirada penetrante de Geraldine Chaplin como último recurso. Se requiere una buena dosificación de los tiempos, ni excesivos preámbulos que aborrezcan al personal ni la acelerada precipitación de los acontecimientos. Pero sobre todo se precisa una buena historia, que atrape desde un buen comienzo y se aleje de los vicios telefílmicos.  

Mi otro yo es un cúmulo de despropósitos, desde fantasmas de carne y hueso hasta crueles esposas que fornican con el amante a plena vista de sus moribundos maridos. Tan cruel como ver a aquél carismático Rhys Ifans que gritaba en calzoncillos en Notting Hill convertido aquí en un monigote sin ningún peso en la narración. Casi tan bárbaro como recurrir a Sophie Turner como reclamo para finalmente evidenciar que su talento jamás sobrevivirá a Sansa Stark.

Ahora que Isabel Coixet ha comprobado que no es tan fácil ser Jaume Collet-Serra o Juan Antonio Bayona, a la directora ya sólo le quedan un par de géneros a explorar en su deriva hacia la autoinmolación: el cine de acción y la comedia. Comencemos a temblar.

jueves, 19 de junio de 2014

Las 3 mejores escenas seriéfilas del año, según EW

Finalizada la temporada 2013-2014, la revista Entertainment Weekly ha seleccionado las 50 mejores escenas del año televisivo. Un amplio ranking en el que hay margen para los grandes momentos que nos han deparado las series más exitosas (no sólo estadounidenses) pero cuyo morbo reside precisamente en los primeros puestos. ¿Qué escenas destacar en el Top 3 de una temporada plagada de imágenes para el recuerdo? No es una decisión fácil pero pocos discreparán de las afortunadas. Sin duda, han sido de lo mejor del año.  

CONTIENE SPOILERS

3. The Good Wife 5x05 Hitting the fan
En la que ha sido la mejor temporada del drama legal, también era complicado reducir a una sola la cantidad de escenas memorables de esta quinta entrega. Sin embargo, la reacción de Will Gardner tras conocer la traición de Alicia, poniendo en marcha Florrick/Agos a espaldas del bufete que le dio su gran oportunidad profesional, es uno de los momentos más tensos y emocionantes de toda la serie.

2. Juego de tronos 4x06 The Laws of Gods and Men
Controversia entre los seguidores de esta saga épica para coronar el mejor momento de la que también ha sido la mejor temporada de la serie. El último capítulo, sin ir más lejos, está repleto de grandes escenas para el recuerdo, por no hablar del brutal duelo entre La Montaña y Oberyn Martell. Pero nadie negará que el discurso final de Tyrion en esa farsa de juicio montado para condenarle por la muerte de Joffrey es de los que provocan euforia y aplausos. “¡I wish to confess!”.  

Ver escena

1. Breaking bad 5x14 Ozymandias
Como dicen en la revista, parece que toda la serie estuviera destinada a este momento de máxima decadencia en el seno de la familia White. La muerte de Hank es la gota que colma el vaso de la paciencia de Skyler, que no duda en coger un cuchillo de la cocina para terminar con la espiral de violencia de su marido. El cuchillo, sin embargo, desencadena una brutal pelea entre el matrimonio, que termina con una llamada de Walter Jr. a la policía y con el padre saliendo por la puerta con Holly en brazos. La persecución de Skyler por la calle reclamando a la niña, como en su día lo fue también el intento de Marie, es absolutamente desgarradora.