sábado, 27 de septiembre de 2014

Malditas coincidencias

Mientras Daniel Monzón se atiborra estos días con el festín que le ha brindado una potente campaña de marketing a su correcta, efectiva y bien resuelta El niño, esta semana Alberto Rodríguez estrena su isla mínima con el respaldo unánime de una crítica lanzada a sus pies pero probablemente sin la maquinaria de propaganda suficiente como para convertir a esta película en lo que es, el nuevo gran paradigma del cine español.

Podría haberse conformado con entregar un gran thriller, siguiendo a rajatabla los cánones del género, sin desviarse un ápice del camino. Hoy estaríamos aplaudiendo la impecable factura que envuelve a su crimen por resolver. Pero el director andaluz demuestra por segunda vez que no basta con cumplir el expediente. Si en Grupo 7 enriquecía su relato policial ambientándolo en la Sevilla de los años previos a la Expo, esta vez ha decidido retroceder unos años más y situar la intriga en ese no tan ejemplar tránsito entre la dictadura y la democracia españolas. Un esfuerzo de contexto que cubre de matices la investigación de dos policías antagónicos en un pueblo de la Andalucía más recóndita.

Las marismas sirven de escenario perfecto para una puesta en escena insólita en nuestro país. Planos aéreos abismales que desde los títulos de crédito ya nos sitúan en un páramo inhóspito, tan inaccesible como aterrador. Entre hierbajos y humedales se presenta una escena del crimen angustiante y envolvente, la versión andaluza del frío y gélido cine negro sueco.

Sin enredarse en una maraña de pistas falsas y vías muertas, el guión nos va conduciendo de la forma más sencilla y elegante posible desde la desaparición de dos adolescentes durante las fiestas del pueblo hasta la resolución del caso, siempre desde el punto de vista de dos agentes que representan a las dos Españas, la de la violencia y la opresión frente a la que mira al frente con ganas de olvidar el pasado. Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo conforman un tándem también inaudito en el ámbito de la interpretación española, repleto de tormento y contención, sin ruido ni estridencias. A tono con la atmósfera del metraje.

Rodríguez podría haberse contentado con todos estos elementos y, sin embargo, arriesga de nuevo jugando con la cámara, regalándonos planos como el que nos presenta la escena del crimen desde una camioneta repleta de patos o el que nos sitúa en el asiento del copiloto en plena lluvia durante un registro, por no mencionar su particular mirada sobre la fauna local, testigo omnipresente de la atrocidad humana. Pero sin duda la escena que se lleva la palma y que más logra palpitarnos el corazón es la que tiene lugar entre dos coches en una carrera nocturna cargada de miedo y de tensión. A la altura del mejor Fincher. Ni siquiera se le puede reprochar la falta de valentía en el final, tan atípico como cargado de simbolismo.

Lástima que la casualidad haya querido que La isla mínima coincidiera en el tiempo con la reciente y exitosa 'True detective', porque las comparaciones lamentablemente están fundadas. Dos policías atormentados enfrentándose a un crimen en el que el paisaje también tiene su rol particular. Imposible ignorar la sensación de 'déjà vu'. Pero lo mismo le ocurrió hace unos años a Pablo Berger y su maravillosa Blancanieves con The artist. Malditas coincidencias que empañan en cierta manera la gran hazaña de sus propuestas pero que incluso han logrado reforzarlas. Marcan la diferencia hasta entre sus enormes semejantes.

jueves, 25 de septiembre de 2014

ESTRENOS OTOÑO: Gotham

Qué gran idea. Una precuela de género policíaco con todo el imaginario de Batman de trasfondo. Los jefazos de la Fox debieron frotarse las manos cuando les plantaron encima de la mesa un producto tan fácil de vender. Es cierto que la Marvel les tomó la delantera el año pasado con los agentes de SHIELD, pero sin los resultados esperados. En cambio los superhéroes de cosecha propia, Flash y Arrow, han sido el gran acierto del canal CW. Batman, por tanto, no podía fallar. Christopher Nolan había dejado el listón demasiado alto.

En ese brillante precedente está precisamente el talón de Aquiles de Gotham. Imposible alcanzar en televisión los índices de calidad de una trilogía que por primera vez trataba al público de superhéroes como a adultos. Descartable trasladar a un canal generalista esa atmósfera decadente y oscura con la dosis de realismo de El caballero oscuro. Pero una vez realizado ese ejercicio de comprensión, sin embargo, la propuesta de Danny Cannon se vislumbra como una alternativa lo suficientemente atractiva como para proporcionar grandes momentos a los seguidores del hombre murciélago, que se remontan ya a la versión de Tim Burton de los años 90.

La gran baza, y quizá también el gran error, del piloto de Gotham es el arsenal de grandes secundarios y villanos con los que cuentan las inagotables viñetas de DC. En tan sólo los 40 minutos de este primer episodio desfilaron ante nuestras narices las versiones infantiles y rejuvenecidas de Catwoman, Hiedra venenosa, Falcone, el Pingüino, Alfred y, por supuesto, el detective James Gordon y Bruce Wayne. Incluso algunos ya han visto a Joker en ese joven que ensayaba un monólogo frente a Fish Mooney. Demasiadas apariciones estelares concentradas en un solo capítulo, demasiados cartuchos malgastados y que restan munición para los siguientes episodios.

En todo caso, la serie ha sabido aprovechar el universo corrupto y depravado de Gotham para enfilar una trama con potencial. Aunque el dúo protagonista no deja de representar al arquetipo de pareja policial (primero se odian, luego se quieren) y aunque parece que la estructura será procedimental (así lo han asegurado sus responsables), la interacción de todos estos personajes emblemáticos será el auténtico estímulo de una precuela que de bien seguro se ganará la enemistad de los seguidores más acérrimos de Batman y la confianza de los menos exigentes con la fidelidad al cómic. A fin de cuentas, ¿existe alguna saga de superhéroes que mantenga la coherencia interna?

La serie ya ha planteado los suficientes interrogantes como para compensar la rigidez de los casos semanales ¿Quién mató a los Wayne? ¿Cómo se forjarán los villanos? ¿Qué secreto esconde la mujer de Gordon? Con una puesta en escena que no desentona en absoluto con el gris oscuro casi negro de sus predecesoras en pantalla grande, Gotham quizá no ha arrancado con el brío esperado pero sí con el empaque suficiente como para cautivar a una audiencia amplia. Con más giros y sorpresas será un boom. Con simpleza y redundancia, un sonoro batacazo.

martes, 23 de septiembre de 2014

A la caza de Katniss

A la sombra de Crepúsculo, de Harry Potter, de Los juegos del hambre. Las sagas para adolescentes crecen como setas alrededor de sus grandes referentes con la esperanza de captar un resquicio de sol. Pero no tantas lo consiguen. Ahí están El juego de Ender, Hermosas criaturas o The host para atestiguar que no es tan sencillo calentar motores en las redes, hacerse un hueco en los medios y finalmente ganarse el favor de un público sobrecargado.

El corredor del laberinto, por suerte, ha sido una de las afortunadas en pasar la criba de la taquilla y asegurarse una segunda parte, siguiendo la estela de Divergente. Sus desquiciantes Continuará no quedarán en suspenso para la eternidad, como sucede con esas series súbitamente interrumpidas, sin un final, por culpa de las temibles cancelaciones. La comparación con la ficción televisiva no es pueril. La cinta condensa tantos clímax en tan sólo 110 minutos que una temporada de 13 capítulos se quedaría pequeña para abarcarlos.

En todo caso, la densidad de acontecimientos sólo juega a favor de una película que no deja lugar para el aliento. Sin preámbulos, sin rellenos ni mensajes forzados. Directamente al grano. Se agradece que, de una vez por todas, una cinta de aventuras sea honesta consigo misma y con el espectador, brindándole la dosis esperada de adrenalina, sin buscar el aplauso de la crítica pero tampoco suscitando sus iras. El corredor del laberinto es puro entretenimiento.

La trilogía de James Dashner es el combustible perfecto para una maquinaria infalible. Si ya el libro desarrolla con eficacia la intrigante historia de un grupo de adolescentes encerrados entre los muros de un interminable laberinto, su adaptación suprime sin miramientos los elementos menos visuales de su resolución para brindarnos un palpitante cúmulo de escenas de infarto. Desde el comienzo, con ese asfixiante ascenso en montacargas, hasta el final, pasando por esa impresionante carrera a contrarreloj contra los muros del laberinto.

Ante un público cada vez más exigente y menos impresionable, El corredor del laberinto se comporta como un producto plenamente eficaz y consigue algo tan complicado como remover al personal de su asiento. Lo hace además con un elenco de jóvenes actores que despiertan levemente los recuerdos de aquella entrañable e irrepetible pandilla de Los Goonies. Conforma, por tanto, una perfecta producción para adolescentes con acceso a un universo de imaginación y apocalipsis tanto o más adictivo que Los juegos del hambre. Una nueva saga que marcar en el calendario de acontecimientos imprescindibles.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Grandioso experimento que no alcanza la obra maestra

Hoy no estaríamos hablando de Boyhood con la misma intensidad y euforia de no ser por la increíble ingeniosidad de su director. Sorprende que a nadie se le ocurriera antes extender el rodaje de una película a lo largo de doce años, captando como nunca antes la evolución física de sus protagonistas. Sin artificios ni maquillajes. Con la única intervención del inviolable paso del tiempo. Elipsis temporales, genuinas y reales, que son el auténtico anzuelo de una historia que de cualquier otro modo jamás hubiese llamado nuestra atención.

¿Alguien se imagina la vida del joven Mason fragmentada por una sucesión de carteles aclarando que ha transcurrido un año después? ¿O recurriendo a un casting que no desentonara demasiado con esa complicada evolución de la infancia a la adolescencia? Es imposible separar el relato de la enorme ocurrencia de Richard Linklater, que ha llevado a un estadio superior la ya de por sí brillante propuesta de su trilogía de Antes de. Porque Boyhood no se entendería, ni se gozaría, sin esa apasionante (incluso morbosa) tribuna con vistas privilegiadas al avance de los años.  

La transformación física que va experimentando el protagonista y su entorno familiar está muy por encima de un relato plagado de momentos entrañables, sobre todo en la etapa infantil, pero también de minutos de relleno que sobrecargan la cinta, sobre todo en esa época tan poco agradecida de la vida que es la adolescencia. Así, se disfrutan mucho más los guiños costumbristas de principios del siglo XXI, como ese baile de la pequeña Samantha machacando a su hermano con Britney Spears o las partidas a la Xbox y la Wii, que los años previos al ingreso en la universidad. Será que en el cine la infancia también resulta mucho más atractiva.

En todo caso, aunque el relato carezca del clímax o de los giros inesperados a los que todo filme debería recurrir, contiene los suficientes instantes como para empatizar con cada uno de los ángulos que componen este desestructurado y tan moderno cuadrado familiar. Comprendemos a esa madre debatiéndose entre su propia felicidad y la educación en exclusiva de sus hijos, tan sensata y neurasténica como permite la brillante actuación de Patricia Arquette. Conectamos con el padre molón, ese que aparece de uvas a peras, que se agencia los mejores instantes, espíritu libre y egocéntrico que, sin embargo, inyecta a sus descendientes esa dosis necesaria de sana locura. Ethan Hawke se consolida aquí como el muso particular de Linklater. Y sobre todo entramos de lleno en la visión de los más inocentes, primeras víctimas de los logros y los desvaríos paternales. Retrato familiar de primer orden.

Lástima que Boyhood caiga por momentos en vicios telefílmicos, como esas escenas de maltrato tan toscas o el chirriante llanto final de Arquette, porque son las que impiden que la película pueda considerarse, como muchos afirman, una obra maestra. Nadie puede negarle el mérito a Linklater de haber hecho historia con su mágica idea pero no deja de ser un poquito decepcionante que no la aprovechara del todo para convertir esta meritoria obra en algo más que un gran experimento cinematográfico.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Las 10 mejores escenas de The Leftovers antes de su esperado final

Puede que para muchos no sea una de las series del verano, pero lo que nadie puede discutir es que The Leftovers, la nueva producción de la HBO, ha proporcionado en una sola temporada más escenas fascinantes que muchas otras series en toda su carrera. Impacto, sensibilidad, morbo, e incluso violencia gratuita, son los ingredientes con los que han jugado Damon Lindelof y Tom Perrotta para no dejar indiferente a nadie. Con la segunda temporada asegurada, este próximo domingo sabremos si la serie nos facilita un poco el camino o prosigue en su senda de descolocar al espectador. Mientras llega el esperado final, ya podemos deleitarnos con esta selección de imágenes que ya ocupar un lugar preferente entre las mejores de la temporada televisiva.

1. El detonante (1x01)
Es la escena de la discordia. La impactante premisa con la que The leftovers abre su inquietante reflexión sobre el duelo y la pérdida creó enseguida una división de opiniones entre los espectadores. Desaparece de repente el 2% de la población mundial. El público de Damon Lindelof espera respuestas a un misterio que el productor de la serie asegura que no ofrecerá. Muchos se apean del proyecto. El mal recuerdo del final de Lost todavía sobrevuela en la comunidad seriéfila. Pero aquí no está J.J. Abrams de partennaire, sino Tom Perrotta, el autor del libro original. El misterioso ascenso es sólo la excusa para brindarnos un complicado y angustioso retrato sobre la respuesta humana ante la incertidumbre. Reacciones mucho más aterradoras que la posible explicación del suceso.

2. El ruego de Kevin a Laurie (1x01)
El piloto está repleto de escenas para el recuerdo, pero esta sin duda es una de las más emocionantes. Es el momento en el que descubrimos que los cuatro personajes que andaban desperdigados tres años después de la ascensión estaban unidos por este matrimonio ahora resquebrajado. Después de la brutal escena en el aniversario de las desapariciones entre los familiares y los culpables remanentes, el agente Garvey acude desesperado en busca de su mujer, refugiada en los brazos de la secta de los fumadores vestidos de blanco. Será el primero de los múltiples desafíos entre el policía y Patti y el primero de los dolorosos encuentros entre los que en su día fueron felices marido y mujer.

3. La crisis de las religiones (1x03)
Se trata de uno de los capítulos más aclamados de la serie, el que se centra única y exclusivamente en la figura del padre Jamison. Gracias a estos apasionantes 60 minutos nos adentramos de lleno en un personaje hasta ahora prácticamente desconocido que también nos servirá para entender la importante crisis de fe que se ha adueñado de Mapleton tres años después del suceso. El capítulo nos retrotrae de nuevo al momento de la ascensión, cuando descubrimos que su mujer era la que conducía el coche que se estampó en la primera escena del piloto. Pero lo más inquietante es la imagen final, cuando una desafiante Patti mira a los ojos del cura después de haber saqueado su templo.

4. Amor de madre (1x04)
Después de presenciar la pelea entre sus padres por el divorcio, Jill le regala a su madre un mechero por Navidad. Ella lo lanza en una alcantarilla, demostrando una total apatía hacia su familia y una fría y despersonalizada entrega hacia la secta de los fumadores. Se acabaron los vínculos con el pasado. Pero la última escena del episodio nos regala un atisbo de esperanza, cuando Laurie intenta recuperar desesperadamente el mechero de la alcantarilla. Aún queda vida en su interior.

5. La escena más incómoda (1x05)
Es la que abre el quinto capítulo, cuando una de las mandamases de la secta de Patti es brutal y explícitamente lapidada por unos encapuchados. Es quizá una de las escenas más polémicas de la serie. ¿Violencia gratuita o necesaria para demostrar la devoción de sus integrantes? Porque sólo en esos momentos finales le consiguen arrancar unas palabras a Gladys, las que suplican clemencia. Mucho más reveladores son los fotogramas iniciales, que nos muestran la rutina de un grupo sin piedad, que lo único que despierta entre sus conciudadanos es el odio y la violencia.

6. Laurie se pone a prueba (1x05)
Para asegurarse la fidelidad a la causa de su súbdita, Patti se la lleva de escapada y, ante su asombro, comienza a divagar sobre la necesidad de su tarea. A pesar de los ruegos, Laurie no suelta palabra. Su entrega parece total. Hasta que el padre Jamison comienza a vociferar a las puertas de su casa para lograr adeptos y ella sale en su búsqueda. Pero cuando parecía que se entregaba a los brazos de sus antiguas creencias, saca un silbato y le condena con la mirada. Ha superado todas las pruebas. Ya es una más en la secta.

7. La rutina de Nora (1x06)
Otro de los capítulos imprescindibles de la serie se centra en una sola protagonista, Nora Durst. Abre el episodio una dolorosa secuencia en la que vemos como esta mujer que ha perdido a todos los integrantes de su familia sigue manteniendo la rutina que realizaba tres años atrás. Llena el carro de la compra y la cocina con la leche, los cereales, el Nesquik que consumían sus hijos desaparecidos. Sólo hay algo que no repone, el rollo de cocina que utilizó segundos antes de la ascensión para secar el zumo derramado sobre su móvil. Una rutina que se ha convertido en el único vínculo que la mantiene cerca de ellos.

8. La cura (1x06)
"Esperanza. Quieres que se vaya porque no la mereces". Es lo que le promete otro enigmático personaje de la serie, Wayne, a Nora Durst. Una cura a ese dolor que ella se resiste a abandonar por miedo a olvidar a sus seres queridos. La escena es de una sensibilidad extrema, cuando ella se rinde a los brazos del líder como último recurso para librarse de la penitencia.

9. "Lo entiendes" (1x08)
El trastorno de personalidad del protagonista se hace más patente que nunca en este descolocante episodio en el que secuestra y ata a Patti con la ayuda del misterioso asesino de perros. Un cara a cara entre el policía y la líder de la secta en el que al fin conocemos un poco más las intenciones del grupo, que pasan irremediablemente por el suicidio. Aunque Patti intenta por todos sus medios que el agente termine con su vida mencionando a su mujer, finalmente Kevin la desata, momento que ella aprovecha para clavarse un trozo de cristal en la yugular.

10. La ascensión (1x09)
Puede que no sepamos jamás el porqué de la desaparición del 2% de la población, pero gracias a este esclarecedor capítulo sabemos que segundos antes del suceso alguien estaba rogando que su entorno se esfumara. Es el caso del protagonista y su canita al aire, el de la mujer de la lavandería y el niño llorando, el de Nora y su familia o el de Laurie en la ginecóloga con su nada esperado bebé. Otro sobrecogedor retorno a la escena inicial de la serie.

martes, 2 de septiembre de 2014

No parece española (enésima parte)

Lo ha vuelto a conseguir. La poderosa maquinaria de Telecinco Cinema y Mediaset se ha puesto otra vez en marcha y ha logrado catapultar a los más alto de la taquilla española a su nueva creación, como en su día hizo con Lo imposible, No habrá paz para los malvados o la anterior producción de Daniel Monzón, Celda 211. El niño se ha convertido en el mejor estreno español del año, por delante incluso de Ocho apellidos vascos, y si lo ha conseguido es en gran parte gracias al espectacular despliegue de medios de un equipo de marketing, el del grupo liderado por Paolo Vasile, que no tiene rival en nuestro país.

Presencia omnipresente en prácticamente todos los espacios de sus canales de televisión, avance simultáneo, espectacular premiere, conexiones en directo desde el informativo nocturno con los protagonistas encaramados en un helicóptero. La técnica de estos genios de la promoción es tan minuciosa y experimentada que difícilmente un producto, por mediocre que sea, pasará desapercibido para la gran audiencia. ¿Le resta mérito esta estrategia a una cinta con tintes de superproducción? En los tiempos que corren, cualquier esfuerzo por levantar las cifras del cine español parece pequeño.

La cuestión es si la película está a la altura de tamaña propaganda, si el resultado satisface las enormes expectativas creadas. Y, a juzgar por el desfile de acción y efectos especiales, efectivamente lo está. El niño cumple a la perfección con los atributos encomendados. Es un ágil y solvente thriller policial con un par de escenas de infarto impecablemente resueltas. Y lo más importante: contexto e interpretaciones aparte, no parece una cinta española. Paradójicamente, es el gran mérito que persigue buena parte de nuestro cine.

Sin embargo, reducir las virtudes de un filme a dos secuencias de acción sería insuficiente. Sobre todo si esas persecuciones en alta mar son capaces de ejecutarlas desde la industria de Hollywood sin apenas pestañear. Mal vamos si nuestra única aspiración creativa consiste en alcanzar los fuegos artificiales que desde el otro lado del charco llevan décadas fabricando. Más allá de la técnica, quizá que busquemos otras señas de identidad.

Afortunadamente, Monzón no se conforma alardeando de presupuesto. Aprovecha a la perfección una premisa que parece mentira que no se explotara antes. Y es que conocemos a la perfección, gracias al cine y la televisión, las tensiones en la frontera de México con Estados Unidos o las de Israel con Palestina. Sin embargo, un polvorín tan cercano y tan peculiar como el que separa en tan pocos kilómetros a España, Reino Unido y Marruecos apenas había tenido visibilidad en pantalla. Un tremendo choque de culturas que aporta a El niño ese pequeño (aunque no suficientemente explotado) toque diferencial.

Lástima que el otro gran reclamo de la cinta, junto a los efectos especiales, sean simplemente dos ojos azules, los de una historia tan mediática como la del churrero que logra convertirse de la noche a la mañana en actor. Hacen falta sólo un par de escenas con Luis Tosar, Eduard Fernández o incluso su joven compañero Jesús Carroza para certificar que se necesita algo más que la cara bonita de Jesús Castro para llenar la pantalla. Los dos atributos que ha resaltado la publicidad de El niño son precisamente los que más juegan en su contra. Con un guaperas solvente como Rubén Cortada y con menos metraje surcando las olas, puede que al fin la cinematografía española hubiese alcanzado su Santo Grial: la superproducción de autor.

lunes, 25 de agosto de 2014

EMMYS 2014: Despedida triunfal para Breaking Bad

Live Blog EMMYS 2014