viernes, 20 de marzo de 2015

Cuando todo está podrido

Hubo un tiempo en que Nueva York era una ciudad inhabitable, alejada de esa urbe cosmopolita y moderna en la que todos, o casi todos, quisiéramos vivir. Ahora es el plató perfecto para comedias románticas y empanadas hipsters, pero hace sólo dos o tres décadas era el decorado ideal para películas de gángsters o sórdidos 'thrillers' (con permiso de Woody Allen). En ese contexto, irreconocible para los que mantenemos a Manhattan en un pedestal, se desarrolla la turbadora historia de un matrimonio que lucha, con métodos opuestos, por hacerse un hueco en el llamado sueño americano, reconvertido con el tiempo en toda una pesadilla para la gran mayoría de los mortales.

Abel Morales es un inmigrante sudamericano que busca asentar su negocio de transporte y convertirlo en un imperio que lo convierta a ojos de los norteamericanos en el admirado self-made man al que todos aceptan y respetan. Quiere hacerlo siguiendo las reglas, evitando los atajos que puedan manchar su expediente. Pero la violencia acecha en las calles, también en las altas esferas, y los obstáculos no pueden salvarse con buenas maneras. Es el pragmático punto de vista que mantiene su esposa, consciente de que el capitalismo es una jungla de depredadores en la que sólo sobrevive el más fuerte.


Tras el paréntesis de Cuando todo está perdido, J.C. Chandor sigue la senda crítica que emprendió con su poderoso debut Margin call y amplía el foco más allá de los implacables poderes económicos. El tono ahora es mucho más pesimista. Todos somos esclavos de un sistema perverso, susceptibles de caer en un sistema en el que la ambición se zampa a los principios. De ahí que toda la atmósfera que rodea a El año más violento sea tan marrón y oscura como la visión del protagonista, enturbiada por un entorno hostil que lamina los ideales.

Después de conquistarnos en la piel de Llewyn Davis, Oscar Isaac se afianza como actor de primer nivel con un papel protagonista impecable, cargado de matices, de enorme complejidad. Abel Morales se debate continuamente entre las convicciones éticas y su ambición latente, entre el complejo del inmigrante que reniega de sus orígenes y el orgullo de quién ya saborea las mieles del poder y del éxito. En la evolución de su personaje y en la interacción con su calculadora mujer (Jessica Chastain está de Oscar) se encuentra el principal atractivo de una cinta tan dura en el mensaje como en la propuesta.

Porque no es fácil adentrarse en El año más violento. Ni arranca con un gran señuelo ni con la información suficiente para entender el contexto. Pero superados los minutos iniciales, se convierte en una apasionante crónica sobre el emprendimiento, no mediante el método triunfalista de los libros de autoayuda, sino desde la desesperanza que sólo estos tiempos podrían inspirar. La búsqueda de financiación, la competencia desleal, la corrupción. Mecanismos que no se enseñan en las escuelas de negocios pero que convierten la creación de empresas en algo más complicado que un camino de rosas, al menos para los que sigan manteniendo los escrúpulos.

Chandor, por tanto, mantiene su particular pulso contra el capitalismo salvaje, esta vez con una apuesta visualmente más arriesgada y con el thriller como género vehicular. Así consigue escenas de acción brillantes como la persecución en la autopista o la que termina en una estación de metro. Desprenden la misma adrenalina que una cinta del género sin recurrir a sus típicos efectos sonoros y visuales, de igual forma que golpea nuestro status quo sin tirar de panfleto. Con sutileza y elegancia. Absolutamente recomendable.

jueves, 19 de marzo de 2015

We are all lesbians


Mágica. Entrañable. Enternecedora. Maravillosa. Son los adjetivos que elegiría de Pride si fuera el responsable de marketing de la distribuidora para resaltar sus mejores atributos en un póster promocional. En letras bien grandes. Sentencias que seguro que más de un crítico anglosajón, de esos tan impulsivos y exagerados, podría destacar sin pestañear en su crónica. Y no estaría faltando a la verdad, porque este insólito encuentro entre activistas gays y mineros en la Inglaterra de Margaret Thatcher sólo podía llevar a un único destino: la pura emoción. 

Lo que sí es desmesurado en la promoción, y no juega muy a favor de la película, son las comparaciones. Todos sabemos que cualquier excusa es buena para atraer a más público a las salas, pero situar a Billy Elliot y The full monty como referentes de Pride es, además de injusto, un pelín sobredimensionado. Aunque es evidente que gustará a los fanáticos de ambas, la cinta no llega a las cotas de sensibilidad de la primera ni de originalidad de la segunda. Conviene saberlo para no llevarse sorpresas. 


Las influencias son claras. El espíritu reivindicativo fluye en los tres proyectos por medio del humor y la fibra sensible. Imposible no empatizar con unos personajes tan marcadamente arquetipados, diseñados al milímetro para ganarse el cariño de la audiencia, aunque sea en un contexto tan duro y real como la huelga de mineros ingleses en los años 80. Resulta imposible no rendirse ante un cuento de hadas en el que las lecciones se aprenden a un ritmo vertiginoso, las adversidades se solventan en segundos y la intolerancia se resuelve mediante el diálogo. Un mundo ideal, que dirían los de Disney, del que no queremos despertar. 

Pride es toda una fiesta de la diversidad, un canto a las bondades del ser humano que, desde luego, no está pensado para escépticos y cascarrabias. Resulta más gratificante rendirse a los encantos de una gran fábula que lo único que persigue es hacernos sonreír. Desde luego, lo consigue. A fuerza de trucos, de situaciones forzadas, de ciertos vicios lacrimógenos. Pero con un fin positivo y sano, al fin y al cabo. 


Pasemos por alto la verosimilitud de algunas escenas del filme, porque difícilmente podrían hacerse realidad (aunque la cinta esté basada en hechos reales), y disfrutemos de su impagable contenido, como ese baile que se marca Dominic West ante una atónita audiencia minera, en un papel radicalmente opuesto al Noah de The affair. O el que protagoniza un grupo de galesas enloquecidas en locales de ambiente de Londres. Poco importa si ocurrió. Lo importante es soñar que podría suceder. 

Por si el humor no fuera suficiente, Pride cumple a la perfección con su función didáctica, equilibrando muy bien las posturas y manteniendo siempre un impecable respeto por ambos colectivos. Alecciona, es evidente, pero sin caer en falsos victimismos. Los prejuicios están presentes tanto en mineros como en homosexuales, y prueba de ello son los abucheos que en una de las escenas le propinan los clientes de un local gay a un líder sindical y hetero. Por tanto, el mensaje, como todo en este filme de pocos alardes, queda perfectamente claro y definido: No a la homofobia, no a la discriminación, no a la intolerancia. 

martes, 17 de marzo de 2015

Más valiente que mordaz

Hubo un tiempo, demasiado largo, en el que los atentados de la banda terrorista ETA abrían día sí día también los telediarios españoles. Hoy, sin saber muy bien cómo, son cosa del pasado. Se esfumaron los coches bomba, los encapuchados, las manifestaciones, los reproches. Lo que parecía irresoluble, ya no existe. Y los ciudadanos desconocemos las claves de un proceso de paz que terminó con el conflicto que durante años fue el epicentro político de nuestro país.

Borja Cobeaga ha decidido ofrecernos su visión del asunto recurriendo al humor. Como en su día hiciera Jordi Évole, él valiéndose de un polémico falso documental, para denunciar la opacidad respecto al golpe de estado del 23F. ¿Cómo se logró convencer a los etarras para que renunciasen a la violencia? ¿En qué momento se disipó la por entonces insalvable crispación política que se vivía en Euskadi y España? Los términos de un acuerdo que se alargó durante años se siguen desconociendo, o al menos no han obtenido la repercusión que merecían. Y de nuevo tiene que venir la ficción a recordárnoslo.

Abordar tan espinoso asunto con sentido del humor era tan peliagudo como osado. Y lo digo en pasado porque, prueba de que el conflicto vasco ya no levanta ampollas, es que la película no ha despertado ningún tipo de absurda polémica. La salud democrática de nuestro país, como les gusta decir a los políticos, parece que pasa por un buen momento. Ya estamos preparados para reírnos de asuntos serios. Demasiado preparados quizá, porque de Negociador esperábamos un poco más de retranca y mala uva.

La ficticia negociación, diálogo, o cómo quisieran llamarlo sus interlocutores, entre el representante vasco del gobierno español y un líder de ETA llamado Jokin en un desangelado hotel del sur de Francia da para mucha coña. Desde luego, Cobeaga sabe sacar jugo de la reunión con diálogos surrealistas, simples cuestiones terminológicas, que no hacen sino retratar todo el absurdo que rodea a nuestra clase política. Pero no lo suficiente.


Cuando uno imagina todo el potencial de este encuentro entre dos mundos antagónicos, pero capaces de converger ante un par de cervezas, no queda otra que lamentarse por ese tono a medio gas. Sobre todo porque las dos o tres escenas desternillantes, como la que protagoniza una prostituta cubana o Secun de la Rosa, podrían haber sido más la tónica que la excepción.

Más que un humor deliberadamente excéntrico, Cobeaga ha buscado para Negociador un abordaje más intimista, centrado en los detalles y en unos personajes muy bien definidos que son los que sostienen esta particular interpretación del conflicto en Euskadi. El trabajo de Ramón Barea como político vasco campechano y el de Josean Bengoetxea como el vascongado infranqueable son encomiables, reflejo de una sociedad que ha logrado entenderse y, desde luego, retrato mucho más fidedigno que el de Ocho apellidos vascos, la otra lectura del director sobre su tierra natal. Quizá un camino intermedio entre la desmesura de aquel taquillazo y la austeridad de esta obra sin altavoz mediático sería la comedia definitiva y perfecta sobre el pueblo vasco.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Al gusto de Antena 3

7 vidas. Aída. Fuera de carta. Que se mueran los feos. Nacho García Velilla está tan ligado a la comedia como lo está a Javier Cámara y Carmen Machi, dos de sus actores fetiche. En Perdiendo el norte pasan a un segundo plano, como padres de un protagonista obligado a emigrar a Alemania en busca de una oportunidad laboral. Dejan hueco a otros nombres, como los cabezas de cartel Yon González y Julián López. Pero se les echa de menos, como también se echa en falta el humor disparatado y gamberro que define la filmografía de Velilla y que aquí también da paso a otros géneros menos logrados, el de la crítica social y el drama.

La intención de denunciar el lamentable estado de nuestro país a través de la comedia es muy loable. Con el paro juvenil por las nubes, la inversión en investigación bajo mínimos y un retorno a la emigración como medio de subsistencia, el retrato de la llamada generación perdida se hacía necesario. Y más utilizando el recurso inteligente del humor. Pero el mensaje en Perdiendo el norte es tan evidente, tan poco sutil, que pierde fuerza. No hacía falta poner en boca de los personajes lo mal que lo está haciendo el gobierno o el retroceso histórico que está sufriendo nuestra sociedad. La trama hilarante debería hablar por sí sola.

El otro gran género todavía más incrustado con calzador es el que protagoniza José Sacristán. Sus recuerdos y la evolución del personaje introducen una subtrama dramática que desentona por completo con el tono que debió perseguir la cinta, convirtiéndose así en una comedia a medio gas que busca llegar a un público familiar. Justo lo que lo que persiguen ciertas telecomedias, tan del agrado de una cadena para todos los públicos como Antena 3, productora de la película.

Lástima que ese gusto cada vez mayor por llegar a una audiencia más amplia rebaje la mordacidad de una comedia que podría haber encadenado carcajadas sin problema. Material no le faltaba. Todos y cada uno de los actores cumplen sobradamente con su cometido. El esfuerzo de rodar en una ciudad como Berlín queda recompensado con preciosos planos de situación. Incluso el argumento plantea grandes situaciones de enredo, diluidas en cierta manera por esa búsqueda incesante del carácter amable.

Aún así, Perdiendo el norte guarda un par de escenas desternillantes –como la que protagonizan un par de cuernos de asno- y emocionante –el beso frente al muro de Berlín-. También alguna que otra vergonzosa –ese momento caca, culo, pedo, pis-. Un mejunje de chistes más o menos ingeniosos que recuerda en cierta manera a otra cinta de humor descafeinado –y gran hit de la temporada pasada- como Ocho apellidos vascos. Dos dignos esfuerzos por revitalizar la comedia romántica española pero que no han logrado superar en audacia y talento a la que sin duda es la obra cumbre del género en nuestro país: 3 bodas de más.

lunes, 2 de marzo de 2015

Cuando se tambalean los cimientos

Sobre el hombre pesa una enorme responsabilidad dentro del imaginario familiar. La sociedad le presupone unos atributos –protección, entereza, valor- ante los cuáles sólo cabe responder sacando pecho. Sin flaquezas. Derrochando hombría. Rara vez se invierten los papeles. Todavía hoy, el sexo masculino sigue acatando por imperativo social un rol que enaltece su virilidad, que enorgullece su propio ego. Pero, ¿qué ocurre cuando el varón no responde a los cánones preestablecidos, cuando se muestra incapaz de asumir esa carga de seguridad y de estabilidad emocional en la pareja?
 
Es la hipotética situación que materializa el sueco Ruben Östlund en Fuerza mayor y que incluso en pantalla resulta inaceptable. ¡Un hombre abandona a su mujer y a sus hijos pequeños para refugiarse de un alud! Inadmisible. Intolerable. Bochornoso. Cobarde. Resulta casi instintivo ponerse en la piel de la pobre y afligida esposa, víctima de un marido que, ante una situación de emergencia, reacciona a la contra, poniendo en entredicho sus sentimientos y desestabilizando por completo la estructura de su hogar. Un refugio donde el derrumbamiento no es opción para hombres.

La cinta plantea un debate en platea que todos y cada uno de los personajes van desmigajando durante el metraje. Los hay que lo verbalizan directamente –como la propia afectada-; los que prefieren ocultarlo –evidentemente, el marido-; los que desenfundan las excusas –como el esforzado amigo- y, mucho más interesante, los que exteriorizan sin mediar palabra. En la figura de los dos pequeños, con un instinto inmejorable para interpretar la realidad, y del señor de mantenimiento del hotel, con esa mirada condenatoria, se ejemplifica perfectamente el gusto del director por los detalles.

Porque Fuerza mayor no es una película en la que un hecho en principio banal desencadena un desenfrenado conflicto verbal –como ocurre, por ejemplo, en Un dios salvaje, de Polanski- o una batería de inesperadas reacciones –como en la serie The slap-. Aquí los acontecimientos se suceden a ritmo de quitanieves y de Vivaldi, con la misma mirada hipnótica con la que uno observa descender los copos de nieve. Con un halo de misterio que vaticina tragedia, planos asépticos y fijos que marcan distancia, que sugieren más clímax de los que la cinta finalmente proporciona.

De ahí que cuando estallan los sentimientos, en uno de los pocos arranques del filme, la escena resulte un poco chocante, incluso grotesca. Tantos esfuerzos visuales para recrear un contexto gélido y claustrofóbico, con magníficos planos a vista de esquí o entre la niebla, deberían haberse invertido también en la construcción de un protagonista que, finalizado el metraje, todavía desconocemos si merece nuestra empatía o todo nuestro desprecio. Desconcertante planteamiento sobre el que el director prefiere no adoctrinar.

miércoles, 25 de febrero de 2015

El misterio de la ficción española

Hace una semana, se estrenaba en Antena 3 Bajo sospecha, la que prometía ser una de las series de la temporada, a juzgar por las alabanzas de buena parte de la crítica. Comparada con producciones del mismo género como Broadchurch o The Killing, el piloto enseguida denotó las mismas flaquezas que suele arrastrar la ficción televisiva española: planteamiento inverosímil, errores flagrantes de casting y una puesta en escena mediocre. Un producto correcto, decente, pero sin ningún tipo de ambición internacional.

Una semana más tarde, TVE decidía enfrentar el éxito de Antena 3 con su gran apuesta de ficción para este año, El ministerio del tiempo. Y en ese momento, expuestas las dos en el prime time de los martes, se produjo el milagro, la reacción espontánea, unánime y entusiasta del público en las redes sociales. Por fin una serie española decidía arriesgar en su argumento sin provocar vergüenza ajena. Por fin una ficción patria de la que sentirse orgulloso. Al fin la mirada puesta en un horizonte más lejano que el del espectador perezoso y conformista.

Los viajes en el tiempo son un recurso tan explotado en las series de medio mundo que El ministerio del tiempo corría el grave peligro de morir por comparación. Sin embargo, Javier y Pablo Olivares, los creadores de esta valiente osadía, han conseguido que la fusión entre ciencia ficción e historia resulte novedosa y entretenida, sin imponerse los límites propios de nuestra encorsetada ficción y arriesgando con una mezcla de géneros que, sorprendentemente, ni chirría ni avergüenza.  

Saltar del chiste garbancero a un humor más inteligente no es tarea fácil, y más en un contexto ambicioso que quiere abarcar tantos géneros sin morir en el intento. Pero cuando el personaje que interpreta Salvador Martí, uno de los altos cargos de este inédito ministerio, suelta la frase “Somos españoles, ¿no? Improvisen”, enseguida nos descubrimos ante un panorama distinto, capaz de unir un támpax o un teléfono móvil con el siglo XIX sin obligarnos a apartar la mirada del televisor.

Pero para que un guión tan insólito luzca como se merece hacía falta un buen reparto que lo dotase de la credibilidad necesaria. Encomiable la labor de casting, que ha huido de los rostros de moda y ha conseguido un grandioso trío protagonista: Rodolfo Sancho, Aura Garrido y Nacho Fresneda. Hasta un fichaje tan cuestionado como el Cayetana Guillén Cuervo acalla las bocas y adopta a la perfección el tono de la serie, que tan fácilmente podía haber caído en la parodia.


La serie parece que ha optado por un sistema procedimental. Cada semana viajaremos a un episodio distinto de la historia de España. Lo que en un principio podría provocar pereza, una estructura previsible y fotocopiada, lo solventan sus creadores con tramas seriadas muy estimulantes, como esa alteración de los acontecimientos para salvar la vida de la novia del protagonista o la presencia de una perfecta villana: Natalia Millán.

Pero si El ministerio del tiempo quiere huir de lo predecible, conviene que siga la estela del piloto, plagado de sorpresas y giros. La aparición repentina de una puerta que permita viajar al futuro o la llegada de una nueva orden ministerial que autorice a modificar hechos traumáticos del pasado son posibles vueltas de tuerca que enriquecerían, sin duda, el rumbo de la serie. Porque, aunque algunos directivos de RTVE seguramente opinen lo contrario, la historia de España sí podría mejorarse.

Con una parrilla pública amordazada desde primera hora hasta el late night, ¿se atreverán los guionistas de El ministerio del tiempo a abordar hechos históricos más recientes y peliagudos como la guerra civil, el terrorismo etarra o el 11M? Si la serie quiere volverse más compleja y sugerente, debería hacerlo. De momento, nos conformamos con el mérito de haber proporcionado un gran soplo de aire fresco a la historia de la ficción televisiva española.

viernes, 20 de febrero de 2015

Haz la guerra y no el amor

Existe el cine bélico –o antibélico-, que describe con más o menos distanciamiento el fragor de una batalla, y, por otro lado, un subgénero mucho menos imparcial, claramente partidista y adoctrinador, que es el cine propagandista. Es el que utilizaban con descaro los regímenes totalitaristas pero también es el que siguen empleando de manera más sibilina las pequeñas, medianas y grandes potencias para justificar sus intervenciones militares. Es muy fácil de identificar. En su planteamiento sólo existen dos bandos, el de los buenos frente a los malvados. Sin excepciones ni medias tintas.

Clint Eastwood se ha convertido paradójicamente en el vivo ejemplo de estas dos maneras diametralmente opuestas de representar la guerra en el cine. Hace nueve años, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima formaban un magnífico díptico en el que cada uno de los dos bandos de una batalla de la segunda contienda mundial tenía su propia voz. Un ejercicio admirable de empatía y a la vez de distanciamiento frente a un conflicto histórico. Esa objetividad se ha roto en mil pedazos en cuanto el director ha querido reflejar una guerra mucho más cercana, todavía abierta, como la que mantiene su país (y el nuestro) con Irak. El francotirador apunta directamente al mundo islámico y sin flaquear. Son el enemigo a batir.

Este cambio de rumbo tan radical en su ideología nos hace temer por la bipolaridad de Eastwood o, lo que es aún peor, que el que hasta ahora considerábamos como un director comprometido nos mantuviera engañados y en realidad nunca haya experimentado la sensibilidad que destilan algunas de sus obras. Porque nada que ver con Los puentes de Madison o Million Dollar baby tiene esta cinta desalmada y patriótica, ejecutada con la misma frialdad que el adoctrinamiento militar.
 
La historia real de Kris Kyle, el marine con el dudoso honor de haberse convertido en la máquina más letal de Estados Unidos, discurre entre los cuatro despliegues en Irak que lo convirtieron en La leyenda y su complicada conciliación de la vida militar con la familiar. Salvo la primera escena, en la que el protagonista apunta a sus dos primeros objetivos -una mujer y su hijo iraquíes-, las secuencias de acción funcionan de manera impecable pero sin mantener al espectador pegado a la butaca. Ni siquiera la rivalidad que mantiene con un francotirador enemigo se explota de la forma más impactante. Su otro eje fundamental, el drama, flaquea todavía más desde el momento en que los conflictos de pareja y la tortura psicológica se tratan de la manera más burda y elemental posibles.

¿Estaría El francotirador nominada al Oscar de no contar con la batuta de Clint Eastwood? Es evidente que no. Lo que resulta más sorprendente es que su hueco en las nominaciones desbancara a la que sin duda es la cinta bélica norteamericana del año, Corazones de acero. No sólo rehúye la propaganda y mantiene la tensión en todo momento sino que además cuenta con un protagonista, Brad Pitt, mucho más perfilado y oscarizable que Bradley Cooper. En todo caso, el patriotismo de las barras y las estrellas ha encontrado en la cinta de Eastwood, batiendo récords en la taquilla estadounidense, su nueva razón de ser.