jueves, 23 de junio de 2016

Vis a vis y la cadena perpetua de la ficción española

Como un jarro de agua fría sentó la decisión anunciada la semana pasada por Antena 3 de cancelar la serie. Las cifras de audiencia, menguando semana tras semana, hacían temer lo peor. Por alguna extraña razón, los espectadores que a lo largo de la primera temporada permanecieron fieles a la ficción carcelaria se fueron desentendiendo poco a poco de las nuevas tramas. Sin embargo, la apuesta del canal por la calidad de sus series daba lugar también a la esperanza, sobre todo contando Atresmedia con un escondrijo para sus productos incomprendidos llamado La Sexta. Finalmente, optaron por la vía rápida. Carpetazo a una de las mejores producciones que ha dado la televisión española en los últimos años.

Complicado lo tenían los guionistas de Vis a vis para darle fin a una trama que ya estaba abonando el terreno para una necesaria tercera temporada. Las fichas ya se estaban colocando estratégicamente para darle forma a un nuevo revulsivo que volviera a mantenernos enganchados a Cruz del Sur. Los encuentros a lo 50 sombras de Grey entre Miranda y Sandoval hacían presagiar una nueva vuelta de tuerca en las riendas de la cárcel. Nuevas normas, nuevas relaciones de poder y nuevos retos para Macarena y compañía. Pero llegó la fatal decisión y con ella el desafío de cerrar celdas sin dañar el buen trabajo realizado.
 
Parecía difícil pero se logró. Un final digno y bastante coherente, sin soluciones precipitadas ni decisiones sin sentido, pero con la puerta entreabierta ante un posible rescate. ¿Cómo se entiende sino esa reanimación a Zulema tras una despedida magnífica, a la altura de uno de los grandes personajes que ha dado esta ficción? ¿Para qué cambiar la dirección de la cárcel y dejarla en manos de un psicópata si finalmente no seremos testigos de las nuevas desdichas? ¿Por qué arruinar un final feliz como el de Sole si no es para cimentar nuevos argumentos? Cabos sueltos que podrían atarse pero que tampoco merman el desenlace definitivo, el que sitúa a una resignada Macarena de vuelta a prisión.

Cómo se resolvería la salida de la protagonista era el gran interrogante, el enorme reto que determinaría si Vis a vis culminaría con broche de oro o por la puerta de atrás. La absolución de sus pecados hubiera sido inverosímil; su muerte, demasiado trágica. Así que optaron por el camino más creíble. Después de torturar a Zulema en la que sin duda es la mejor escena del capítulo (“Reza para que me dé un ataque al corazón”), Macarena consigue que el inspector Castro, ese entrañable secundario, le proporcione una coartada para huir. Su primer impulso es echar a correr. Pero a mitad de camino la visión de un futuro siempre a la fuga le hace entrar en razón. Cruz del Sur se ha convertido en su hogar más seguro. Y su idilio con Fabián, en un happy end reservado para nuestra imaginación.

Más allá de la apabullante transformación de la protagonista, de la Piper Chapman que entró a la cabecilla que regresa a su prisión, Vis a vis ha supuesto un gran paso hacia delante en la ficción española. Son muchas las series que se han colgado la medalla del antes y después en el panorama nacional pero sólo dos han demostrado realmente en los últimos años una voluntad de innovación: El ministerio del tiempo y esta producción de Globomedia. Y así les va. Mientras una permanece en manos de la voluntad de la televisión pública, la otra ha terminado sufriendo las consecuencias del riesgo. Es difícil que Antena 3 vuelva a apostar por un producto que se aleja tanto de los cánones habituales.

Pero al equipo de Vis a vis siempre le quedará el reconocimiento. Por no tener miedo a la violencia y al sexo, ni a los desnudos más democráticos. Por su absoluta falta de prejuicios en torno al amor. Por su sentido del ritmo y de la estética, por sus brillante escenas de acción, por sus giros de guión y sus locuras, pero también por su ternura. Por un plantel de secundarias inolvidable, encabezado por unas soberbias Alba Flores, Laura Baena e Inma Cuevas. Por darle el papel de su vida a Najwa Nimri. Y por callarnos la boca a los que empezamos a verla con ganas de buscarle las siete diferencias con Orange is the new black. Porque finalmente fueron muchas más de siete.

viernes, 17 de junio de 2016

Las 10 escenas imprescindibles de la 4ª temporada de The Americans

[CONTIENE SPOILERS]

Han vuelto a pasar de tapadillo. Desapercibidos para el gran público, como ocultos permanecen en su tapadera de feliz matrimonio con hijos a la americana. Sin el ruido mediático ni la presión de una masa de seguidores fanáticos que desborda a otras producciones. Los Jennings han vuelto a cumplir. La serie que combina el drama intimista con el thriller de espionaje en plena Guerra Fría sigue su curso, sin síntomas de desgaste, sin ni un sólo resbalón que haya podido defraudar a su minoritaria audiencia. Y ya son cuatro las temporadas que ha cerrado esta creación de Joe Weisberg sin bajar la guardia.

Siempre bajo la amenaza de ser descubiertos, conviviendo justo en la puerta de al lado, Elizabeth y Philip jamás han estado tan entre las cuerdas como en esta última temporada. Destapado el pastel en el seno de su propio hogar, con una joven adolescente que ha ido digiriendo la verdad a golpetazos, la mentira que durante tantos años les ha permitido acceder a los secretos más clasificados de Estados Unidos está a punto de saltar por los aires.

Nunca los acontecimientos se habían precipitado de tal forma, vislumbrándose por momentos un final que, sin embargo, no llegará hasta dentro de dos temporadas, cuando esperamos que los guionistas cierren por todo lo alto una brillante historia repleta de grandes momentos. Para muestra, las diez mejores escenas que nos ha regalado The Americans en su cuarta temporada.

1. La muerte de Nina (4x04)
Ha sido probablemente uno de los momentos más dramáticos de la serie. La repentina y sorprendente desaparición de uno de los personajes principales, la espía doble Nina, ha supuesto un enorme shock para sus seguidores, sobre todo para los que aún le veíamos recorrido a su doble juego con Stan y Oleg. Pero su deportación a la Unión Soviética finalmente la ha conducido al adiós definitivo. Un adiós frío y cruel, que llegaba después de un maravilloso sueño en el que por fin recobraba la libertad pero que se resquebrajaba de golpe con un disparo a bocajarro. Súbita despedida también para uno de los grandes hallazgos de casting de la serie: Annet Mahendru.

2. La amenaza de Martha (4x06)
Si hay un personaje por el que la audiencia siente lástima y dolor es el de esta pobre secretaria del FBI que se ve envuelta por amor en todo un entramado de espionaje entre ambos bloques. El año pasado, Philip se descubría ante ella despojándose de la peluca que hasta el momento lo identificaba como su entregado marido, en una de las escenas más brillantes de la serie. Este año, descubierta la tapadera en el departamento policial, Martha se ha enfrentado de lleno a la realidad y a sus terribles consecuencias. En un piso franco del KGB pone rostro al enrevesado plan que únicamente la quería como valioso topo. Aparecen el miedo y los recelos, expresados en uno de los finales de capítulo más tensos de la temporada, cuando huye de Gabriel (fantástico Frank Langella) con una amenaza que sentencia su futuro: “Suéltame o chillaré y todo el mundo sabrá que eres del KGB”. Otro adiós que esperamos signifique un hasta pronto.

3. La discusión más tensa (4x08)
The magic of David Coppperfield V: The Statue of Liberty Disappears, es sin duda el mejor capítulo de la temporada. No sólo comienza con la triste despedida a Martha, exiliada en avioneta a la Unión Soviética, sino que además contiene la máxima dosis de rabia y tensión, como la que vierte Elizabeth sobre su hija cuando la adolescente se niega a seguir estrechando lazos con el pastor Tim y su mujer. “No puedo controlar lo que siento”, le dice Paige, a lo que la madre le responde con un monólogo iracundo e irrefutable: “Puedes controlar lo que haces. A partir de ahora irás todas las semanas a catequesis y a misa. Porque es lo único que puede evitar que esta familia salte en mil pedazos por culpa de lo que hiciste”.

4. David Copperfield y la libertad (4x08)
El momento que da nombre al capítulo tampoco tiene desperdicio. Se trata del truco de magia con el que David Copperfield asombró a todo el mundo en los 80 haciendo desaparecer la Estatua de la Libertad. Siempre fieles a las referencias reales, los guionistas sitúan a los Jennings ante el televisor, justo después de una de las grandes crisis en el seno del matrimonio, cuando sus diferencias ideológicas afloran más que nunca. “¿Cuánto tiempo seremos libres?”, pregunta Copperfield a su millonaria audiencia. “Exactamente el tiempo que sigamos pensando y actuando como seres humanos libres”. La libertad, la democracia, como un estado de ánimo colectivo, el paradigma de un ‘american way of life’ que sigue embaucando a Philip y distanciándolo de su mujer.

5. The day after (4x09)
Que The Americans es más que una producción sobre espionaje sin alma lo demuestran escenas como las de este capítulo, en el que todos los personajes, de uno y otro bando, se sientan en sus respectivos hogares para ver el estreno en televisión de ‘El día después’, la película catastrófica de 1983 que muestra las consecuencias de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La espiral de movimientos estratégicos y preventivos, la psicosis de miedo y desconfianza que podía desembocar en una contienda devastadora y global, se materializa en forma de ficción ante las miradas aterradoras de todos los implicados. De repente, todos toman consciencia de los efectos devastadores que pueden acarrear sus actos y del sinsentido que hay detrás de los centros de inteligencia.

6. La nueva amenaza (4x10)
La decisión de no terminar con la vida del pastor Tim y de su esposa, por miedo a la reacción de su devota hija, acarrea sus consecuencias. La desaparición del párroco en un viaje a Etiopía despierta las sospechas de su mujer, demostrando que ambos no se tragaron la coartada que se inventó el matrimonio de espías para camuflar sus actividades como actos solidarios. El rostro de los Jennings refleja por primera vez su impotencia ante una amenaza que esta vez no pueden resolver mediante la violencia. Los religiosos ya son algo más que un desafío a sus ideales comunistas. Son una amenaza que tarde o temprano volverá a explotar.

7. “No quiero tenerte más en mi conciencia” (4x11)
Nina. Su exjefe en el FBI. La desaparición de Martha. A Stan comienza a pasarle factura la lucha contra el espionaje soviético, con demasiados cadáveres a sus espaldas. Unidos por su atracción hacia la atractiva rusa, y por su duelo, el agente policial y el miembro de la embajada soviética convierten su relación de interés en lo más parecido a una amistad. Beeman se reúne con él para dar por finalizados sus encuentros, presionado por un departamento que busca explotar al máximo su valiosa fuente. Oleg, por su parte, romperá el pacto una última vez para proporcionarle una información crucial, la que ayudará a detener a William Crandall, otra de las gratas sorpresas de esta temporada.

8. La revelación (4x11)
Hasta el momento, el descubrimiento que puso patas arriba la dulce calma de los Jennings al final de la tercera temporada pudo mantenerse a raya. A pesar de la insistencia de Paige, sus progenitores lograron salvaguardar su imagen y ocultarle a su hija su verdadero rostro. Hasta que en pleno romance entre la madre y la adolescente se interponen dos atracadores. En ese momento, el instinto de supervivencia de Elizabeth sale a flote y la violencia cotidiana de su trabajo se descubre ante los ojos atónitos de una niña que ya no logra reconocer a su progenitora. Un antes y un después que marcará de nuevo esta complicada relación maternofilial.

9. Tratando de entender (4x12)
A pesar del rechazo de Paige a la violencia con la que su madre la defendió frente a los atracadores, la hija realiza un esfuerzo titánico para tratar de comprender sus motivaciones. En los momentos posteriores al shock, la adolescente le plantea varias cuestiones. “¿Lo habías hecho antes? ¿A cuántos has matado?”. Preguntas incómodas ante las que Elizabeth no puede hacer más que sincerarse. Cómo evolucionaría el personaje de Paige ante semejantes revelaciones era un asunto difícil de gestionar por parte de los guionistas. Podía caerse fácilmente en la precipitación y la inverosimilitud. Pero el proceso de asimilación de la verdad se está plasmando de forma calmada y creíble, siguiendo la tónica de una serie que sigue tomándose muy en serio su fidelidad a la historia.

10. Coged las maletas (4x13)
Prueba de que los acontecimientos jamás habían llegado tan al límite en la serie es este ultimátum que les lanza Gabriel a sus retoños, a los dos agentes con los que ha establecido más una relación paternofilial que de jerarquía. “Tú, Philip, hace tiempo que no te implicas de corazón. Tú, Elizabeth, llevas implicada 20 años”. Con el moribundo William en manos del FBI, la amenaza se cierne más que nunca sobre los Jennings. La huida a la Unión Soviética parece la única salida posible. Pero la trama de la serie impide creer que ese sea su inminente destino. Con el hijo de Philip buscando el paradero del padre y con la nueva y sugerente relación de Paige con el hijo de Stan, parece que la acción es mucho más sugerente en el dulce hogar. La URSS, por el momento, puede esperar.

viernes, 10 de junio de 2016

La complejidad del recurso fácil

La sutileza flaquea ya en el propio título. La demolición como mecanismo de reparación, como un nuevo punto de partida, es una constante que se repite durante todo el metraje, de una forma muy evidente, sin un sólo hueco a la imaginación, bien claro y mascado. Resulta imposible obviar la facilidad con la que se busca transmitir el mensaje, la simpleza de un guión que no deja lugar a otras interpretaciones. Pero es complicado también no rendirse a los encantos de un filme que sabe embaucar, que utiliza a la perfección todos los elementos a su alcance para llevarnos de la mano por el proceso de autoaprendizaje de un personaje absolutamente cautivador.

Jean-Marc Vallée deja recaer de nuevo el gran peso de su propuesta en un carismático actor principal. Si Dallas Buyers Club y Alma salvaje no se entenderían sin la arrolladora presencia de Matthew McConaughey y Reese Witherspoon, Demolición no se concibe tampoco sin el inestimable trabajo de un Jake Gyllenhaal que todavía no entiende cómo la Academia de Hollywood se resiste a rendirse a sus pies. No será por recursos. Aquí los saca a desfilar todos. Un despliegue interpretativo que te hará odiarle, reírte, quererle y llorar. La obra definitiva de un actor total.

Con Davis asistimos a una montaña rusa emocional, la que sufre el protagonista tras el accidente de coche que acaba con la vida de su esposa. Un accidente que saca a relucir una apatía vital que abarca desde un matrimonio en decadencia hasta los cimientos de un hogar construido a sus espaldas. El personaje inicia así un proceso destructivo que arrasa tanto los tabiques de una casa o la maquinaria de un ordenador personal como sus relaciones afectivas, que asisten perplejas, como asistimos nosotros, a una aparente involución.

Pero en ese particular mecanismo de curación, no ya tanto del dolor tras la muerte sino más bien de la muerte en vida, aparecen por el camino personajes emblemáticos, piezas que no terminan de encajar en un sistema en el que nadie puede desmarcarse de la senda escogida. Porque si Vallée es bueno eligiendo talentos principales no lo es menos a la hora de contraponerlos con secundarios entrañables como los que encarnan Naomi Watts y el descubrimiento Judah Lewis. Ella la responsable de atención al cliente de una empresa de máquinas expendedoras que recibe las reclamaciones terapéuticas del viudo, él el hijo adolescente cuya nueva figura paterna implicará tanto lecciones como descarrilamientos.

Con un gran sentido del ritmo, con un calculado pero efectivo equilibrio entre el humor y el drama, la demolición a la que hace referencia la película se reconstruye con una enternecedora revelación en forma de post-it en la nevera. Un pequeño detalle cotidiano, sin apenas importancia, que de repente adquiere toda la magnitud de la añoranza, ese sentimiento que sólo aflora ante la ausencia. Es otra redundancia, otro recurso fácil si se quiere. Pero sin llegar al mal gusto, a la simpleza más insultante, Demolición consigue lo que no siempre alcanzan los filmes que quieren abarcarlo todo: atizar en algún momento nuestra fibra sensible.

viernes, 13 de mayo de 2016

Cinco motivos por los que amar a The good wife a pesar de su agridulce final

Se nos fue. Recorriendo otro pasillo entre las bambalinas del poder. Cumpliendo con su deber. Con la mejilla roja, los sueños desvaneciéndose ante sus narices, pero debiéndose a la familia, el activo más importante de su vida. Alicia Florrick, la esposa perfecta, desandó el terreno ganado durante siete años de autoaprendizaje y sacrificó de nuevo su vida soñada por la vida real, la que insiste en usarla de aparador de las apariencias.

¿Fue un mal final para The good wife? Más que por el agrio desenlace que los King le han deparado a la protagonista, el adiós definitivo de la serie deja un regusto amargo por su precipitación, por el enorme bajón cualitativo que ha experimentado el tramo final respecto a una media global sobresaliente. Poco importaba si Alicia terminaba con Jason, regresaba a los brazos de Peter o se volvía una antiheroína ambiciosa si los guionistas nos hubieran llevado a cualquiera de esos caminos como nos tenían acostumbrados, con astucia y talento.

Tuvieron tiempo para pensarlo. Su deseo de finiquitar la serie en la séptima temporada fue concedido por la CBS y, sin embargo, los King dispersaron el camino que habían labrado con tanto esfuerzo hacia callejones sin salida. ¿Para qué introducir a un personaje tan entrañable como Lucca si su recorrido en la serie tenía los días sentenciados? (Justo ayer conocíamos un posible motivo, el ansiado spin-off con Diane) ¿En qué quedaron los chantajes al juez Schakowsky, la carrera presidencial de Peter, el destino de un personaje tan clave como Cary? Pues como las salidas de Lemond Bishop, Finn Polmar, Johnny Elfman o la mismísima Kalinda, resolviéndose por la puerta de atrás.

Mal que nos pese a sus incondicionales fans, The good wife no tuvo un final perfecto, de la misma forma que no ha sido una serie tan redonda como nos gusta creer, precisamente por esas lagunas argumentales. A pesar de ello, los guionistas nos reservaron para el desenlace un recurso más bien facilón pero que compensó las decepciones con una apelación directa a nuestra vena sensible. El reencuentro de Alicia con Will fue, de lejos, el mejor regalo de esta última noche con nuestra abogada favorita. “Fue romántico porque no ocurrió” y “Te querré siempre” se convirtieron en las dos frases del capítulo y en dos de las mejores de la temporada y, por derecho propio, de la serie completa. El primer plano de decepción de Diane Lockhart, experimentando por fin en su propia piel los inconvenientes de una profesión salvaje y sin demasiados escrúpulos, se llevó el galardón de plata a la mejor escena de la velada.

Final imperfecto, descompensado, sin el brío de otros episodios que pasarán a la historia de la televisión por su capacidad de conmoción. Pero un final que no desmerece el auténtico valor de The good wife, haber elevado unos cuantos peldaños más la calidad de las producciones en abierto, demostrando que la exigencia no pertenece únicamente a los públicos minoritarios. A continuación, cinco virtudes que han convertido a esta serie en una de las mejores representantes de la edad de oro de la televisión.

Un feminismo real
Alicia Florrick ya representa uno de los mejores exponentes que ha tenido la mujer en el terreno de la ficción. Sin estridencias, sin abanderamientos, con paso lento pero firme, los King han dibujado un perfil serio y realista sobre la feminidad, sobre las dificultades que conlleva labrarse una carrera profesional a la sombra de un poder esencialmente masculino. Sin discursos fáciles, sin pancartas, la protagonista ha sido ninguneada, juzgada y liberada con un tratamiento, con un respeto, pocas veces visto en televisión. El resto del reparto femenino ha permitido un retrato todavía más fidedigno, no siempre amable, de la mujer y sus complejidades, demostrando que no existe ni debería existir un perfil femenino ideal.

Unos secundarios de lujo
Que la CBS se esté planteando un spin-off con Diane Lockhart no es arbitrario. Su presencia ha sido tanto o más destacada en la serie como la de la propia Alicia Florrick, representando uno de los personajes más firmes, inteligentes y divertidos de la ficción, el único con empaque suficiente como para salir airoso de una tarea tan complicada como la de protagonizar su propia trama televisiva. Pero el resto del reparto ha cumplido a la perfección su cometido como secundarios, en su justa medida, ensalzando el papel protagonista con una gran dosis de personalidad repleta de matices. Incluso las estrellas invitadas, actores de renombre, han sido tratadas con la máxima exquisitez, demostrando la habilidad de los King a la hora de cuidar los pequeños detalles.

Un gran sentido del humor
Incluso en el último capítulo, los guionistas no han querido renunciar a una de las señas de identidad de la serie, un humor inteligente que ha impregnado hasta las tramas más serias y que nos ha regalado situaciones desternillantes, muy por encima de la gran mayoría de series enmarcadas dentro de la comedia. La personalidad excéntrica de algunos jueces y letrados, el surrealismo de algunas situaciones en el bufete y, sobre todo, la impagable presencia de Eli Gold como asesor político (probablemente la incorporación más acertada de la serie) han permitido que The good wife sea mucho más que un drama sobre abogados.

Ligada a la actualidad
Drones, impresiones en 3D, escuchas telefónicas, privacidad en la era de las redes sociales, control de armas, racismo, corrupción. Si algo ha convertido a The good wife en algo más que un simple procedimental es su compromiso absoluto con la actualidad, hasta el punto en que algunas de sus tramas han llegado a coincidir en el tiempo con acontecimientos reales. Tal fue el caso de los disturbios raciales en la ciudad de Chicago o, más recientemente, la campaña presidencial hacia la Casa Blanca, que los guionistas utilizaron a su favor insertando, por ejemplo, referencias a la propia Hillary Clinton. Un motivo más para convertir su visionado en un auténtico placer.

Grandes giros de guión
Más allá de los casos procedimentales, perfectamente seleccionados y de sumo interés, The good wife ha experimentado sus mejores momentos gracias a una trama seriada que, a pesar de algunas decisiones desacertadas, jamás se ha dormido en los laureles. Pocas series, por no decir ninguna, han subido el listón hacia sus máximos niveles en la quinta temporada, cuando los seguidores ni siquiera demandaban un cambio. Revelaciones, giros imprevistos, muertes inesperadas, estrategias enrevesadas. Sólo con unos guiones tan sólidos como los que nos han brindado los King a lo largo de estos siete años puede concebirse que el bufete de Alicia Florrick haya cambiado de nombre hasta en diez ocasiones. Vibrante, apoteósica y brutal. Así ha sido, por momentos, The good wife.

sábado, 19 de marzo de 2016

Es cuestión de gustos

¿Qué es el amor? Que nadie busque respuesta a tan inabarcable pregunta en una serie como la que acaba de estrenar Judd Apatow en Netflix. Love no aspira a tan filosóficos fines pero sí muestra al menos una opción, la de Gus y Mickey, que bien podría formar parte del amplio catálogo de relaciones que ofrece el paraguas AMOR. Por sí solo, ya es un mérito. Acostumbrados como estamos a que la ficción de Hollywood nos marque las instrucciones para el idilio perfecto, ese de larga duración y gran compatibilidad, se agradece que una serie ambientada precisamente en Los Ángeles se atreva a mostrarnos la sección menos explorada de ese folleto: la de las relaciones raras, atípicas, de difícil catalogación.

Porque Mickey es una joven inquieta, alocada, con un currículo de hombres tan desastroso como su vida personal, que un buen día conoce en la tienda de una gasolinera al pringado de turno, a un gafotas friki de nariz prominente, que le paga los productos que ella no puede abonar porque se ha olvidado la cartera. La antítesis de su hombre ideal. Y aunque es evidente que surgirá la chispa, que acabarán juntos a pesar de todo, la serie invierte toda su primera temporada de diez capítulos en explicar cuán difícil puede resultar que las piezas encajen. Porque el amor no siempre se materializa con la misma facilidad con la que suele resolverse en las comedias románticas. Nada es tan fácil ni tan bucólico.

Love, además, se esfuerza en trastocar los presupuestos. Porque el espectador ni siquiera debería anticipar que los dos seres extraños terminarán convirtiéndose en la extraña pareja. A pesar de sus defectos, que los hay y muchos, la serie acierta recreando escenas que reflejan ese difícil camino hacia el amor en mayúsculas. La primera cita formal que tienen los dos protagonistas es un ejemplo perfecto, la muestra ideal de que no siempre se produce el milagro, que aunar vicios y aficiones, ponerlas a prueba bajo esa espada de Damocles que es la convivencia, supone un reto muy difícil de superar, más en una sociedad que permite saciar todas y cada una de nuestras necesidades de forma individualizada.

En ese sentido, la serie funciona también perfectamente como retrato de una generación desarraigada, tan repleta de libertades y privilegios, tan caprichosa, que deambula a su bola. Una jungla de egos con vida de solteros pero con inquietudes de pareja. Y en ese contexto, más todavía en una ciudad extremamente egoísta y superficial como Los Ángeles, introduce Apatow un género tan encorsetado como la comedia romántica. E intenta subvertirlo, lográndolo a medias. Porque si bien la selección de secundarios es todo un acierto, la mejor representación de esa amalgama de seres extravagantes que es nuestro ecosistema actual, no lo es tanto su manera de materializarlo, con altibajos de ingenio que la convierten en una serie tan desequilibrada como sus protagonistas, que casi siempre suelen elegir el camino equivocado.

Así, los ambientes laborales de Mickey y Gus, ella como productora en una radio local, él como profesor de la joven protagonista de una teleserie chunga, resultan soberanamente aburridos, mientras que sus diferentes citas, entre ellos o con terceros, son las que contienen los momentos más hilarantes. Ahí están los diálogos sobre la utilidad de los Blurays o las visitas a lugares extraños como la iglesia nocturna o el club de magia. Todos ellos brillan, sobre todo, por la presencia, imprescindible, del alma de la fiesta, una Gillian Jacobs que inclina ligeramente la balanza de una serie que si no fuera por ella, por su carisma, caería directamente hacia al lado de las ficciones televisivas para olvidar, a ese saco nada desdeñable de producciones propias de Netflix que se acercan más a los saldos que a la categoría de House of cards.

martes, 1 de marzo de 2016

El año negro de los Oscar

El anuncio de las nominaciones ya predijo que la de este año no sería una gala memorable en la historia de los Oscar. Desde el momento en que películas tan destacables como Los odiosos ocho, Carol o Steve Jobs quedaban fuera de la carrera, la batalla se reducía únicamente a dos serias aspirantes, que son las que finalmente se han repartido la planta noble del palmarés. Alejandro González Iñárritu repetía como mejor director por segundo año consecutivo mientras que Leonardo DiCaprio rompía por fin el maleficio que lo ha privado de la estatuilla durante más de 20 años. Lo hacían por una película, El renacido, que es toda una proeza visual, aunque todos los galardones técnicos fueran a parar a la vibrante Mad Max: Fury Road, que salió triunfal de la gala con un total de seis estatuillas. La otra vencedora de la noche, una reivindicación del periodismo de investigación como Spotlight, quedó deslucida con sólo dos Oscar, a pesar de alzarse con el que la corona como mejor película del año. Una edición descafeinada que prefirió amortiguar la polémica sobre la falta de diversidad racial haciendo desfilar por el escenario a buena parte de los actores negros de Hollywood, como si tal medida fuera a borrar los sonoros olvidos de Samuel L. Jackson (Los odiosos ocho) o Idris Elba (Beasts of no nation) en la lista oficial de nominaciones. Si por algo pasarán a la historia estos Oscar es por una controversia racial que seguro derivará el año que viene en la todavía más preocupante discriminación positiva, cuando lo más alarmante de esta edición ha sido en realidad el mediocre nivel de las películas nominadas y el soporífero ritmo de una gala que ni con polémica logra levantar las audiencias.

Carta en El Periódico de Catalunya

Carta en La Vanguardia

viernes, 26 de febrero de 2016

La belleza en el horror

Que de unos acontecimientos tan macabros, tan aberrantes como los que vivió Natascha Kampusch durante ocho años de secuestro, se extrapole una historia tan íntima, tan tierna y, en definitiva, tan bella como la que narra La habitación sólo puede ser obra y milagro de su guionista. Emma Donoghue, la propia autora de este relato inspirado en el rapto de la austriaca, consigue hacer del horror una maravillosa fábula. Una trama que haría las delicias de un maestro del thriller como Denis Villeneuve se transforma aquí en una especie de La vida es bella en clave de crónica negra, en la que de nuevo la imaginación de un niño se utiliza para revestir la cruda realidad con elementos de cuento.

La primera hora de La habitación es absolutamente magistral. Durante esos prodigiosos minutos iniciales uno tiene la sensación de estar asistiendo a un microcosmos inaudito, ejerciendo una especie de privilegiado voyeurismo en torno a la relación de una madre y su hijo en un ambiente hostil, claustrofóbico, terrorífico, pero reconvertido gracias a la astucia de la joven en lo más parecido a un hogar. Escasos metros cuadrados que el director logra expandir hacia terrenos tan universales como el amor, el miedo o la desesperación. Rincones por los que deambulamos con la misma exactitud y exquisitez con la que somos testigos de magníficos instantes de costumbrismo.

Observando el vínculo que se establece entre una joven madre y un hijo nacido en cautiverio se entiende perfectamente el alud de alabanzas y nominaciones hacia el trabajo de Brie Larson, pero se entiende menos el ninguneo hacia la proeza del jovencísimo Jacob Tremblay, que con sólo diez años demuestra que es posible ser niño y parecerlo en la gran pantalla. Entre ambos consiguen hacernos partícipes de una relación única y exclusiva de intimidad, plagada de momentos de histeria pero también de conexiones tan hondas que resultan impenetrables para el resto del universo.

El espacio privado se abre al mundo en mitad del metraje. De repente, las paredes y las claraboyas desaparecen, la piel se eriza y el cielo irrumpe. Los cinco sentidos de un niño que nació del aislamiento se expanden hacia una dimensión desconocida. La adrenalina se entremezcla con la consternación en una escena vibrante, un clímax tan apabullante que el director, lógicamente, será incapaz de superar. La secuencia contiene tal fuerza dramática que ningún acontecimiento posterior logrará igualar. Momento álgido que bien podría devenir en excelente final.

Lenny Abrahamson opta en cambio por mostrarnos las consecuencias de la barbarie. Una elección válida, honesta, pero arriesgada, ya que los tintes de telefilme impregnan por momentos la proeza descriptiva de la primera mitad. Situaciones forzadas como la entrevista para televisión conviven con nuevas relaciones humanas, como la que aporta una excelente Joan Allen, y que ayudan a entender mejor las diferentes reacciones ante el sufrimiento ajeno y los distintos procesos de cicatrización de las heridas. Porque La habitación, al fin y al cabo, evita escarbar en la miseria para mostrarnos que siempre hay un camino de salida. Incluso del horror puede extraerse la belleza.