lunes, 14 de abril de 2014

Descubriendo a Dolan

Llego tarde. Descubro al jovencísimo Xavier Dolan en la que consideran su peor película. Porque con sólo 25 años este quebequés ya cuenta con cuatro obras, una legión de seguidores y un puesto fijo en festivales de renombre como el de Cannes. Ahora es un certamen online, el Atlántida Film Fest, el que nos acerca su cuarto largometraje, un Tom a la fèrme que sus incondicionales consideran demasiado comercial pero que para los neófitos a su filmografía puede suponer la mejor puerta de entrada. Si esta es su peor propuesta, ¿cómo serán las anteriores?

Este particular duelo postmortem, de ambiente viciado y envolvente, despierta el apetito por conocer el universo de un director que ya comparan con veteranos como Wong Kar Wai o Pedro Almodóvar. Sin ir más lejos, Carlos Boyero, por coherencia y convicción, también aborrece a este neohipster pretencioso, así que absténganse los detractores de ese cine que supedita los guiones, no siempre con acierto, a un ejercicio estilístico artificioso. No es el caso, sin embargo, de esta angustiosa cinta, en la que prima la atmósfera de opresión frente a los planos de alarde.

Tom a la fèrme es una historia de dolor reprimido, el que siente el protagonista cuando acude a la granja familiar de su novio para velar su muerte. Forzado por un hermano aterrador, se verá obligado a contener el llanto y a camuflar su relación con el disfraz de una gran amistad. Un ambiente de opresión y violencia en el que se mezclan el miedo, el drama y la tensión, incluida la sexual. Xavier Dolan realiza una labor encomiable, no ya como director sino frente a la cámara asumiendo una personalidad con tantos matices como la de Tom.

La atracción imposible hacia un cuñado psicópata, tan pronto violento como embaucador, es sólo uno de los alicientes de este thriller de toque homosexual, al parecer uno de los hilos conductores de la obra de Dolan. Su otro gran sello está en la belleza formal. Planos cenitales acompañados de una potente y adictiva banda sonora, planos dorsales que convierten al espectador en un cómplice del protagonista, travelings minuciosamente descriptivos de estancias. Imágenes milimetradas que no alteran ni conducen el fondo del filme hacia la estratosfera de la pedantería o el surrealismo.

Finalizados los títulos de crédito de Tom a la fèrme, surge la necesidad de un ciclo Dolan que o bien reafirme la buena impresión o bien contradiga a la corriente en favor de este personalísimo director. ¿Serán sus tres películas previas el paradigma de una obra de arte precoz? Y en ese caso, si su cuarta propuesta es un pequeño traspiés, ¿estará desenmascarando en realidad un precipitado espejismo? Cameo ya tiene editado un pack idóneo en DVD con Yo maté a mi madre, Los amores imaginarios y Laurence anyways pero todas sus existencias están agotadas. Urge reeditarlo.

martes, 8 de abril de 2014

Juego de tronos 4x01: La calma después y antes de la tormenta

Ha vuelto como de costumbre, con ritmo pausado y guardándose los platos fuertes para más adelante. Juego de tronos no se deja llevar por la euforia colectiva que genera a su alrededor y, a pesar de que el estreno el pasado domingo batió récords en la HBO, el capítulo con el que abrió su cuarta temporada no albergó ningún sobresalto destacable.

Two swords ha supuesto un respiro necesario para la serie, sobre todo tras los acontecimientos de la boda roja y los que están por venir, que no son moco de pavo. El pistoletazo de salida ha servido sobre todo para reubicar emocionalmente a los personajes en un nuevo escenario situado entre la desaparición de los Stark y el desembarco de nuevas amenazas.

Los protagonistas de la serie más multitudinaria de la televisión están experimentando grandes cambios. Ya sabemos que en Juego de tronos, como en la vida, tan pronto eres de noble cuna que fugitivo. Eso cuando hay suerte y no te conviertes en un nuevo cadáver, de los que tampoco andaremos escasos esta temporada. La batalla por el Trono de Hierro está pasando factura a todo el mundo, a excepción quizá de Sansa Stark, acostumbrada a ser ya la eterna e indefensa víctima de la trama.

 Uno de los más perjudicados es probablemente Jaime Lannister, que tras su llegada a Desembarco del Rey se topa de bruces con la más cruda realidad: en la corona no hay lugar para mancos. Su padre ya no le guarda un hueco entre los cargos de relevancia y su sobrino regente lo desprecia en público sin miramientos. Ya ni siquiera encuentra en Cersei un hombro en el que llorar sino más bien el resentimiento por haber demostrado por primera vez debilidad. El abismo que mediaba entre Jaime y la oveja negra de la familia, su hermano Tyrion, ya no parece tan prominente.

Por su parte, su compañera de viaje hacia la humildad, Brienne de Tarth, protagoniza una de las escenas más emotivas del episodio, cuando por fin puede disculparse ante la princesa Margaery por la muerte de Renly (Lady Olenna se afianza como la Lady Grantham de Juego de tronos). Mientras, Desembarco del Rey se prepara para otra gran boda y recibe a los primeros invitados, entre los que se encuentra Oberyn Martell, nuevo personaje al que los guionistas le deparan un gran protagonismo y que llega con muchas ganas de venganza por la brutal muerte de su hermana.

En el Norte, Jon Nieve va consolidando su madera de líder y desafiando a los altos poderes de la Guardia de la Noche, pero sin duda es su hermana Arya la que está madurando a marchas forzadas y a base de golpes en su andadura con El Perro. Sin duda, ya es la Stark con más capacidad para matar a sangre fría, tal como demuestra la escena que cerró el primer capítulo de esta temporada.

Pero la imagen más imponente del episodio, junto a la presentación de los thennitas (desconocidos en los cuatro primeros volúmenes de Canción de hielo y fuego), la encontramos al otro lado del mar Angosto, nuevamente con Daenerys y sus dragones como protagonistas. Los adorables retoños ya han adquirido proporciones de Jurassic Park y como buenos adolescentes comienzan a convertirse en fieras indomables. Desde luego, no serán el único quebradero de cabeza de la Khaleesi, pero desconocemos las consecuencias que tendrá esta fuerza incontrolable sobre sus aspiraciones al Trono de hierro.

Como suele ocurrir en Juego de tronos, parece que el invierno nunca llegue pero es en la creación de ese clima de amenaza constante, que presumiblemente explotará en forma de película, dónde reside su gran potencial. ¿Dónde están Stannis Baratheon y Melisandre? ¿Qué ha pasado con Gendry? ¿Y con Theon Greyjoy? Este primer capítulo, a modo de aperitivo, ha sido sólo una primera aproximación a la que seguro será una de las temporadas más emocionantes de la serie.

miércoles, 2 de abril de 2014

Amor y cruising sin matorrales

Sin alfombras, ni flashes, ni ruido mediático se ha inaugurado una nueva edición del Atlántida Film Fest, el festival de cine más accesible de todo el panorama internacional. Lo ha hecho con El desconocido del lago, a punto de estreno y con ocho nominaciones a los César en sus espaldas. Tamaña representación en los principales premios del cine francés sería anecdótica si no fuera porque el filme sólo podría salir, y para colmo ser premiado, de una industria como la gala.

De nuevo nos encontramos con una cinta de temática gay, centrada esta vez en el submundo del cruising, ese fenómeno que todo el mundo ha percibido alguna vez cuando frecuenta determinadas playas o determinados baños públicos pero ante el que prefiere hacer la vista gorda. ¿Cómo reflejar en pantalla ese ambiente casi marginal, percibido por tantos como algo sucio, perturbado e incluso degenerado? Pues sólo había dos maneras: desde la distancia y el estereotipo o con valentía y transparencia, que es el camino escogido por Alain Guiraudie en esta arriesgada, y triunfante, apuesta.

El propio director dice haberse sorprendido por la buena acogida de un filme que preveía polémico. Y es que, en una decisión valiente, decide prescindir de todo filtro, no sólo musical o de iluminación, sino también del de la prudencia o el pudor. El desconocido del lago no mueve su foco de una zona de baño nudista y de intercambios sexuales y por ello en ningún momento amaga la realidad con planos calculados o cortes interruptus. Buena parte del trabajo de los actores se realiza en pelota picada. Sin miedos ni tabúes.

Pero Guiraudie va mucho más allá, dejando a La vida de Adèle y sus escenas lésbicas en un mero juego de niños. Porque el filme no es esconde tras los matorrales. Plasma sin ambigüedades lo nunca visto en una cinta comercial, desde besos negros a eyaculaciones muy gráficas, probablemente nada que no pueda verse si uno decide aventurarse en ese oscuro y desconocido ambiente del cruising. Escenas que perturbarán a más de un espectador pero que, a diferencia de propuestas como Nymphomaniac, no buscan el escándalo gratuito sino que incluso pueden estar plenamente justificadas.

Valorar una cinta por la explicitud de sus imágenes, sin embargo, debería ser ya un capítulo superado, y al menos en Francia parece que lo han conseguido. Porque realmente esas escenas rodadas con dobles pornográficos no tendrían ninguna razón de ser si tras ellas no existiera un trasfondo mucho más profundo, como el que presenta El desconocido del lago cuando además se preocupa por desnudar a sus personajes más allá de lo físico.

Lo que Guiraudie en realidad nos está enseñando sin tapujos, además de a un grupo de hombres solitarios en busca del placer exprés, además de un angustioso asesinato que dota al filme de algo más que tensión sexual resuelta aquí te pillo, aquí te mato, es la honesta amistad entre el apuesto Franck y el entrañable Henri. “Te quiero y no me apetece acostarme contigo. ¿Increíble, verdad?”, le confiesa este último al protagonista en uno de sus impagables diálogos. Puede que la película no logre desempañar el concepto hacia los adictos al cruising, ni tampoco lo intenta, pero tiene mérito que de ese entorno de supuesta decadencia y amoralidad logre extraer una preciosa historia de amor verdadero.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Pon un convicto en tu vida

Señora, que atisbas desde tu lado del sofá cómo va aumentando el tamaño de la barriga de tu marido mientras apenas quita el ojo del televisor. Sufrida esposa que cargas con todas las tareas de ese hogar que nació de la ilusión y muere de monotonía. No sufras más en silencio. Jason Reitman ha creado el hombre ideal para ti. Su nombre es Frank y aunque acaba de escaparse de prisión, no hay de qué preocuparse. Es la mezcla perfecta de chico malo y esposo ideal, que tan pronto te cambia la rueda del coche como te prepara una buena tarta de melocotones. Apuesto, atento, cariñoso, padrazo. El tipo con el que cualquiera se fugaría al otro lado del mundo.

Este arquetipo de marido perfecto es el gancho con el que Reitman ha querido ganarse el afecto de un supuesto público femenino, el que debería babear con esta historia de amor entre una mujer divorciada con depresión y un ex convicto, mientras el resto de la platea, crítica incluida, lapida a Una vida en tres días con acusaciones de lacrimógena, sensiblera e incluso paródica. No hay que ocultar que la última cinta del director de Up in the air y Juno es un telefilme de sofá, un cambio brusco de viraje en la prometedora carrera del director, pero tampoco hay motivos para el ensañamiento. Tiene más elementos para el aprobado que para el suspenso. 

Los cinco días que Adele y Frank pasan juntos (sí, son cinco y no tres, señores de la distribuidora española), desde que ella y su hijo son amenazados en el supermercado hasta el desenlace, se van narrando con parsimonia pero con sentido del ritmo, con los suficientes momentos de tensión para mantener la atención del espectador. La historia de amor se va fraguando de forma bastante creíble, sobre todo por la infalible labor de Josh Brolin y Kate Winslet, fantástica como siempre en su papel de mujer madura medio perturbada y sudorosa. Incluso la tan criticada escena de los melocotones tampoco resulta un despropósito, ni mucho menos una copia descarada de Ghost (¿Dónde está el protagonismo de la música? ¿Acaso eran tres modelando la arcilla?).

El problema viene cuando parte de la trama se ve venir de forma descarada, de la misma manera que en un culebrón uno puede anticiparse al futuro de los personajes. El ejemplo más claro es esa amiga díscola del hijo adolescente de Adele. Su aparición y sus diálogos están incrustados con calzador para sembrar la discordia en el seno del maravilloso triángulo familiar. El propio chaval es un personaje mal planteado y desarrollado, no sólo por la descafeinada actuación del actor sino por su escasa implicación en la historia, que podría haber sumado muchos enteros con la tan poco explotada tensión entre hijo y padre adoptivo.

En todo caso, ¿merece la pena una visita al cine para ver Una vida en tres días? Quizá con un visionado de sobremesa desde la butaca de casa sea suficiente. Pero tampoco supondrá una pérdida de tiempo. Para los seguidores de Kate Winslet es prácticamente obligatorio. Para el resto, aunque sólo sea por los instantes de tensión, ya merecerá la pena. Y para ti, señora desencantada con tu matrimonio, será una auténtica válvula de escape. Paga tu entrada, acomódate y, como dirían en la lotería, pon tus sueños a volar.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Hiriendo sensibilidades (cinéfilas)

Cuando decides rodar una comedia sobre los tópicos que inundan este país debes andarte con cuidado. Puede que la sociedad española, andaluza o vasca estén ya lo suficientemente maduras como para reírse de sí mismas pero quizá no estén tan preparadas para verse representadas en pantalla con un dudoso sentido del humor. Porque cuando en Ocho apellidos vascos se van sucediendo los chistes sobre flequillos, cajeros automáticos y cócteles molotov uno no duda que la cinta pueda herir sensibilidades políticas sino más bien que atente contra el orgullo de dos pueblos que quizá merecían un poquito más de ingenio en los guiones.

Molestarse por la imagen que plasma la película sobre los andaluces o los vascos demostraría muy poca amplitud de miras. En cambio, lo que sí debería indignar, no sólo a los implicados sino a toda la platea, es el pobre tratamiento de la imagen y la falta de nervio en unos gags que se quedan a medio camino. Los primeros minutos de Ocho apellidos vascos, sin ir más lejos, son bochornosos. Tras la tormenta de efectos nada especiales con la que Euskadi da la bienvenida al protagonista pasamos a un plano aéreo de Donostia que parece realizado desde un globo sin rumbo, todo ello sin mencionar los numerosos planos interruptus y la sobreactuación de Clara Lago haciendo de chica dura del norte con un clavel en la cabeza.

Por suerte, la cinta cuenta con los suficientes elementos para salir airosa y provocar la risa del personal, que al fin y al cabo es el objetivo de toda comedia sin pretensiones. Mientras Lago va acomodándose poco a poco al personaje de Amaia, la joven vasca que debe camuflar a su pretendiente sevillano, su compañero de reparto, el cómico Dani Rovira, debuta en la gran pantalla por todo lo alto, llevando con sorprendente soltura casi todo el peso del metraje. El desparpajo que demuestra en sus monólogos lo traslada sin problemas al carismático Rafa/Antxon, personaje que podría catapultarlo a esa escasa lista de cómicos imprescindibles del cine español.

Su cometido no era fácil. Se estrenaba en el cine de la mano de dos pesos pesados como Carmen Machi y Karra Elejalde. La primera, salvo contadas excepciones, parece totalmente desaprovechada por un guión que no le brinda más grandes momentos que el de Anne Igartiburu. Elejalde, en cambio, explota al máximo su oportunidad y satiriza a la perfección el ideal de vasco que la mayoría guardamos en nuestro imaginario. Pese a algún pequeño resbalón, el casting es el gran chaleco salvavidas de Ocho apellidos vascos.

Lástima que el guión de Borja Cobeaga no esté a la altura de los topicazos y que la dirección de Emilio Martínez-Lázaro luzca tan poco entusiasta. Ese final, por ejemplo, merecía más emoción, más espectacularidad y más medios, los que sí supo amortizar Javier Ruiz Caldera en 3 bodas de más, convirtiéndola en la comedia española más ingeniosa de los últimos años. Pero no conviene alarmarse. La maquinaria Mediaset ya se ha puesto en funcionamiento y tan insignificantes fallos quedarán eclipsados por la enorme acogida en taquilla. Al final, sólo importa la cuenta de resultados.

martes, 11 de marzo de 2014

True Detective: Un final con más luz que oscuridad

Hacía tiempo que una serie no despertaba tanta expectación, seguramente por encima de las expectativas de su creador, Nic Pizzolatto (guionista de The Killing), y de la propia HBO, que ha visto como True Detective se ha convertido de repente en uno de los grandes éxitos de su historia. Tan apabullante ha sido la reacción de la audiencia, plagada de teorías, referencias e incluso sátiras, que podía preverse el desencanto entre algunos de sus seguidores tras el final del pasado domingo. ¿Culpa de una ficción a la que los anzuelos se le han ido de las manos o culpa de un público con tendencia a la paranoia?

Tras el capítulo que cierra la primera temporada y la trama de Rust y Marty no cabe duda que han sido los espectadores los que han dejado volar demasiado su imaginación. Aunque es evidente que Pizzolatto ha fomentado las dobles interpretaciones con referencias que finalmente no han tenido ningún peso en la conclusión, creando incluso una serie paralela al gusto de cada consumidor, está claro que el guionista no ha engañado, al menos deliberadamente, a su audiencia (algo de lo que no pueden presumir, por ejemplo, los creadores de Lost).

De True Detective interesaban dos cuestiones: la resolución del caso Dora Lange y, principalmente, la evolución de sus protagonistas. Porque si algo ha fascinado, por encima incluso de la trama policial, es la extraña relación entre dos agentes antagónicos condenados a entenderse. Más allá de sus pesquisas, que por momentos incluso llegaban a ser pretendidamente confusas, el auténtico reclamo de la serie se producía en el interior de un coche, entre dos hombres con visiones del mundo radicalmente opuestas.

Era imposible que una producción de ocho capítulos, que sabíamos además autoconclusiva, resolviera semejante cantidad de enigmas, algunos incluso delirantes. El propio ritmo de la serie así nos lo indicaba. No fue hasta el cuarto capítulo que la historia sufrió un acelerón con aquel memorable plano secuencia. Y no fue hasta el siguiente episodio cuando vivimos el clímax más álgido de la trama, cuando Marty le revienta los sesos a Ledoux. ¿De verdad queríamos un final con giro inesperado (e inverosímil) que echara por tierra la esencia de True Detective?

La coherencia ha marcado un desenlace que para los aventurados resultará convencional pero que en realidad ha sido apoteósico. Las escenas en esos recónditos y sórdidos parajes de Louisiana dónde se refugiaba finalmente el rey amarillo son dignas de los mejores thrillers, desde Seven a El silencio de los corderos, en especial la última incursión por los laberínticos pasillos de ese fuerte abandonado, mezcla perfecta de terror, suspense y acción.

Pero los títulos de crédito de una serie como True Detective no podían llegar justo después de las luces y sirenas de los coches policiales. Demostrando un enorme respeto por sus personajes, Pizzolatto reserva las últimas secuencias a Rust y Marty, que entre trascendentales diálogos sobre la luz y la oscuridad, lo que en realidad estaban reclamando es su merecido lugar entre las estrellas de Hollywood. Tanto McConaughey como Harrelson han logrado dignificar, no sólo sus carreras, sino una serie que lo tendrá muy difícil para superarse.

Mientras esperamos el nuevo caso, True Detective nos deja por el momento un reguero de locura, de personajes maníacos, una antología de grandes reflexiones, sobre el hombre, la religión, la vida y la muerte. Un ejemplo de narrativa, jugando a tres tiempos, y de fotografía, de planos aéreos, travellings circulares. Un plano secuencia y una banda sonora. Y una música de cabecera con la que consolarnos durantes estos largos meses de espera.

martes, 4 de marzo de 2014

OSCARS 2014: Y finalmente no fueron racistas

Hasta la presentadora Ellen DeGeneres lo tenía asumido. O aquella era la noche de 12 años de esclavitud o sobre la Academia de Hollywood pesarían las más sanguinarias denuncias de racismo. Esa es al menos la mentalidad de los votantes de una ceremonia que en principio debería premiar al mejor del cine del año pero que siempre termina rendida ante las apariencias. Porque al igual que la alfombra roja es un escaparate de moda, joyería y complementos quirúrgicos, los galardones son casi siempre la plasmación de una conciencia colectiva plagada de remordimientos. 

Pero el gran riesgo de la diplomacia es que, mal gestionada, puede producir el efecto contrario, que ninguna de las partes quede plenamente satisfecha. Y eso es precisamente lo que debería haber producido la repentina victoria de 12 años de esclavitud en detrimento de la vencedora moral de la noche, una Gravity que pasa directamente a engrosar esa larga lista de filmes de ciencia ficción ignorados por los Oscars de Hollywood. Y no por falta de ganas, seguramente. Más bien por el miedo a la mala conciencia, la que produce ignorar a las llamadas cintas comprometidas.

Toda denuncia o reivindicación y lo que es peor, todo remiendo que ayude a suplir los errores del pasado, pasará siempre por delante de cualquier obra maestra, por muy innovadora o revolucionaria que sea. Sin ir más lejos, la película de Steve McQueen ha alcanzado la gloria por delante de sus dos propuestas previas, Hunger y Shame, muy superiores en calidad y riesgo a 12 años de esclavitud. De la misma manera, ha obtenido el máximo galardón más por su valor simbólico que por su trascendencia cinematográfica, algo por lo que sí serán recordadas Gravity, Her e incluso El lobo de Wall Street.

Más allá de la gran incógnita de la noche, si los académicos se inclinarían más por el corazón que por el postureo, los Oscars cumplieron este año más que nunca con todas las predicciones. Gravity arrasó con los premios técnicos, Cate Blanchett culminó su imbatible carrera con Blue Jasmine, Matthew McConaughey hizo lo propio con su oscarizable transformación en Dallas Buyers Club, justo después de Jared Leto, y Lupita Nyong'o se convirtió en la gran protagonista de la noche. Ni Jennifer Lawrence pudo hacer sombra a su vestido color azul nairobi.


En la cuneta han quedado grandes (e incluso mejores) interpretaciones, como las que se marcan Julia Roberts y Meryl Streep en Agosto y que han pasado tan desapercibidas en esta carrera como la propia película. También dos grandes secundarios, Michael Fassbender y Barkhad Adhi, han quedado eclipsados por el travestismo de Jared Leto, siempre tan al gusto de los académicos. Pero el gran crimen, que se sigue perpetuando ya durante demasiado tiempo, es hacia Leonardo DiCaprio, que ha protagonizado la que sin duda es la actuación del año en El lobo de Wall Street. Confirma algo de lo que somos plenamente conscientes, que las grandes carreras y los Oscars pueden seguir discurriendo en paralelo.

Por último, una de las grandes beneficiadas de la gala de anoche ha sido la propia gala. Sin sketches, sin grandes guiones, sin la espectacularidad de otros años, ha conseguido el ritmo que tanto ansían productores y espectadores. Y gran parte del mérito pertenece a Ellen DeGeneres, presentadora que no despierta el entusiasmo de muchos seguidores pero que ha demostrado eficacia sin estridencias ni divismos. Con algo tan sencillo como una pizza o una foto de móvil ha logrado lo que cientos de guionistas de soporíferas galas han soñado: no adormecer al personal.