jueves, 23 de marzo de 2017

Tan innecesaria como disfrutable

La polémica sobre la conveniencia de un remake de La bella y la bestia es antigua. Fue en el momento en que Disney anunció que reversionaría todos sus clásicos para adaptarlos a la carne y al hueso cuando debimos llevarnos las manos a la cabeza. Era el momento de las acusaciones sobre su inutilidad, el sacrilegio y la falta de ideas en Hollywood. También el de las justificaciones. Cenicienta había funcionado tan bien que lo ilógico sería no exprimir el negocio. Una vez puesta en marcha la producción en cadena, las opciones son muy claras. El espectador puede evitar la visión más mercantil de la industria cinematográfica obviando todas y cada una de estas fotocopias o bien rendirse a los pies de la nostalgia.

Porque más que la búsqueda de un nuevo público, es evidente que Disney persigue reclutar a todos aquellos niños, hoy reconvertidos en millennials, que crecieron con los musicales que el gigante del ratón les tenía preparados cada año. La generación que empalmó La bella y la bestia en 1991 con Aladdín (1992), El rey león (1994), Pocahontas (1995), El jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997), Mulán (1998) y Tarzán (1998). Hasta que esos treintañeros no se harten de viajar al pasado de la mano de sus retoños, tenemos revisión de clásicos para rato.

Asumido esto, sólo queda analizar hasta qué punto la nueva versión permanece más o menos fiel a la original. A la espera de que los productores decidan arriesgar, la senda escogida es claramente la de la recreación. Ni un solo elemento que pueda alterar el buen recuerdo de unos clásicos que para muchos deberían permanecer intocables. Sin embargo, el valor que pueden añadir estas nuevas versiones es, sin duda, el de la técnica, tan avanzada y depurada que permite una experiencia mucho más amplia y gratificante.

Las ventajas y las limitaciones de la animación se superan en esta puesta a punto con actores y decorados reales, sobre todo 25 años después de un original que todavía no había experimentado la revolución digital. Ahora, los números musicales aprovechan al máximo todas las posibilidades que ofrece la tecnología y el trabajo actoral para dotarlos de una mayor intensidad. Los números de Gastón, con guiño gay incluido, y de Lumière y compañía frente a Bella son dos experiencias que, por sí solas, ya justifican el visionado de la cinta.
 
La adaptación más peliaguda, que la animación permite plasmar con más soltura, consistía en dotar de vida a los objetos que pueblan el castillo de la bestia. Personajes indispensables de la película original, el reto de trasladarlos a un entorno real se supera con creces, hasta el punto de lograr que el espectador se divierta y se emocione más con un reloj o una tetera que con los protagonistas del cuento. Y es que, a pesar de los esfuerzos de los actores, sobre todo de Emma Watson, su interacción con estos elementos digitales recuerda demasiado a aquellas cintas que, como ¿Quién engañó a Roger Rabbit? o Space Jam, combinan la acción real con los dibujos animados.

Es quizá el único punto en el que la animación siempre irá por delante de la acción real. Sus posibilidades siguen siendo más infinitas. En todo caso, el mero hecho de comprobar la adecuación a los nuevos tiempos ya supone un estímulo. Ahora sólo falta un plus de originalidad, un giro en las tramas que actualice de una vez por todas los mensajes tradicionales de los cuentos de hadas. Porque por mucho que la Bestia se nos presente como un erudito con complejo de Pigmalión, el final feliz sigue equivaliendo a belleza y lujo. Ya es hora de que Disney adapte sus dudosas moralejas a las generaciones futuras.

martes, 21 de marzo de 2017

Ni vencedores ni vencidos

Siempre nos quedará la Guerra Civil. Uno de los sambenitos que persigue al cine español es su recurrencia, cada vez menos recurrente, a la etapa más oscura de nuestra historia reciente. Sobre la contienda que dividió al país y sus consecuencias se han mostrado mil perspectivas posibles, desde todos los ángulos imaginables, hasta el punto de convertirse en una broma fácil para referirse al ingenio de nuestra industria. Por suerte, uno de los realizadores que más echa mano de este capítulo histórico en su filmografía sirve a su vez para demostrar lo contrario. Agustí Villaronga es el vivo ejemplo de que la Guerra Civil es el contexto perfecto, no necesariamente facilón, para una buena historia.

Basada en la novela homónima de Joan Sales, Incerta glòria tiene lugar en el frente de Aragón, en esa interminable cuenta atrás en la que uno y otro bando esperaban el ansiado desenlace de una guerra cruel y asfixiante. En esa especie de tierra de nadie, de desierto perdido a la espera de una tragedia por venir, conviven los mayores damnificados de toda contienda, la gran masa de gente corriente que, más allá de los ideales, lucha por sobrevivir a la masacre. Y en esas circunstancias extremas, que podrían producirse en cualquier otro conflicto del mundo, se ponen a prueba la moral y la entereza de todo individuo.

La película no se adentra en territorio de vencedores ni vencidos ni subraya los efectos de la barbarie. Ese cometido ya lo han cubierto con mayor o menor fortuna otras producciones. La trama de Incerta glòria es mucho más costumbrista, mucho menos grandilocuente que una cinta bélica. Aquí los conflictos, las batallas, son internas, fruto de una situación al límite. La que vive un trío de jóvenes protagonistas cuyas convicciones se verán alteradas no sólo por la guerra sino también por un personaje fascinante y clave, el de la Carlana.

Han tenido que pasar ocho años para que la actriz Núria Prims decidiera abandonar su retiro y regresara a la interpretación. Bendito el momento en el que Villaronga la convenció para encarnar un papel tan suculento, tan frágil y poderoso que, a pesar de su función secundaria, ensombrece el trabajo del trío amoroso principal. Su actuación es tan firme, su personaje tan portentoso, que devora a sus compañeros de reparto, salvo las convincentes aportaciones de actores de peso como Luisa Gavasa, Fernando Esteso, Terele Pávez y Juan Diego.

A pesar de ciertos desequilibrios interpretativos, Incerta glòria los suple con la comunión del resto de elementos. Un guión solvente, que cubre de matices a la gran mayoría de personajes, una cuidada fotografía, que quizá por su ambientación en tierras mañas recuerda por momentos a la belleza de La novia, y una recreación fidedigna de la época (fantástico el viaje en metro en la Barcelona de 1937) consiguen que la historia cuaje y que el desenlace llegue. Una de las escenas finales, cuando dos amigos se funden en un abrazo después de superar sus diferencias y tomar una fatídica decisión, es una de las más hermosas que nos ha regalado el cine español este último año. Sí, es otra peli sobre la Guerra Civil, pero va mucho más allá del confortable duelo entre buenos y malos.

viernes, 17 de marzo de 2017

ESPECIAL SITGES 2016 - Raw (Grave)

Muy mal tuvo que pasarlo la jovencísima Julia Ducournau en la universidad para someternos a esta placentera tortura que ya se inicia con las retorcidas novatadas en una sórdida facultad de veterinaria. Si bien los señuelos de canibalismo y desmayos en salas resultan un tanto exagerados, lo cierto es que en más de una ocasión buscaremos cobijo a nuestro alrededor, incapaces de soportar no ya las imágenes más escabrosas sino situaciones más cotidianas como una urticaria o una depilación pero que la directora francesa ha decidido mostrarnos en toda su magnitud. Sin contemplaciones.

Raw es inquietante, en su mayor parte incómoda, pero terriblemente hipnótica. Porque no estamos ante un ejemplo más de pornografía gore, con escenas gratuitas de serie Z, sino ante una obra que, aunque evidentemente busca provocar, también presenta otras inquietudes. Una de ellas, la estilística, la cumple con creces, hallando la belleza incluso en los momentos más angustiantes. Hay voluntad de estilo, de forma, pero también de contenido, porque tras esta historia sangrienta hay hueco para la denuncia y la reflexión.

En una sociedad cada vez más obsesionada por unas determinadas pautas de comportamiento, enclaustrada en el qué dirán, en búsqueda insaciable y psicótica de un estilo de vida de anuncio, se comienza a ignorar la verdadera naturaleza humana, la que recurre a los instintos más básicos, más animales, cuando se percibe en peligro, cautiva entre las cuerdas. Tras la premisa de esta joven vegetariana que va descubriendo su naturaleza carnívora se esconden en realidad las secuelas de nuestra nueva esclavitud, la que en aras de una civilización de escaparate torpedea nuestra condición humana. Filosofía, belleza y vísceras que, unidos a la magnífica interpretación de Garance Marillier, hacen de Raw la candidata perfecta para salir vencedora del Festival de Sitges.

miércoles, 1 de marzo de 2017

El giro imprevisto de los Oscar

De haberse producido en la ceremonia de los Goya, hoy estaríamos recurriendo a los tópicos del país de pandereta. Pero ha sucedido en la meca del cine. Un error descomunal, un giro imprevisto de última hora, despojaba del triunfo a la favorita La, la, land y otorgaba el Oscar a la mejor película a Moonlight. La anécdota, el tremendo desliz, ha inundado los titulares de medio mundo y ha arruinado en cierta forma el mensaje de fondo que ha querido transmitir Hollywood. Han tenido que transcurrir muchos años, muchas oportunidades, como Brokeback mountain o Milk, muchas campañas como la de Oscar so white de año pasado, y, sobre todo, la denostada irrupción de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, para que una película con un protagonista negro y homosexual se convierta en la mejor cinta del año para los ya no tan recalcitrantes miembros de la Academia.

Lástima que su victoria se haya visto ensombrecida por una equivocación que pasará directamente a los anales de los galardones más importantes de la industria del cine. Lástima que la súbita decisión huela a corrección política. Con un reparto tan equilibrado de premios, los académicos parecen divididos entre la presión de un entorno convulso y el complejo de agasajar al hit del año, el musical ambientado en la ciudad de Los Ángeles. Hollywood ha preferido dejar de mirarse el ombligo para dar visibilidad a otras miradas cinematográficas. En todo caso, estamos de enhorabuena. Más que una historia sobre homosexualidad dentro de la comunidad negra, Moonlight logra abarcar un sentimiento prácticamente universal, el del miedo a la propia identidad.

Carta en El Periódico de Catalunya

Carta en El País

viernes, 17 de febrero de 2017

Los 5 grandes errores de la 3ª temporada de The Affair

Sabíamos que no sería fácil. Una vez cerrada la trama de Scott Lockhart, la que mantuvo viva la intriga durante dos temporadas, cabía la duda de por dónde discurriría esta adictiva historia a cuatro bandas. Resuelto el misterio, y de qué forma tan sobresaliente, parecía complicado proseguir el argumento. Renovarse o morir. Y visto el camino intermedio que han emprendido Sarah Treem y Hagai Levi, sus creadores, quizá la opción de un desenlace con tres inocentes culpables era la más responsable.

Los seguidores de The affair nos hemos topado, ya desde el primer capítulo de la tercera temporada, con otra serie. Con los personajes más dispersos que nunca (geográfica y mentalmente), intrigas con resoluciones de principiante y la alteración del sello que ha dejado huella en la historia de la televisión, la serie de Showtime (ya oficialmente, el canal que realiza un peor seguimiento de sus productos) ha perdido el rumbo. A continuación, los cinco grandes errores que han cometido sus responsables y que podrían haber condenado el destino de una ficción excelente.

1. El gran salto temporal
La acción de la tercera temporada comienza tres años después de que Noah se autoinculpara de la muerte de Scott Lockhart, una opción arriesgada que obviaba buena parte de la evolución de los personajes y que se ha demostrado ineficaz. Recurriendo únicamente a los flashbacks que explicaban las secuelas psíquicas del escritor, el resto de protagonistas no han recibido el mismo tratamiento, de manera que nos hemos encontrado con una Helen que sigue sin pasar página, una Alison desorientada y un Cole aburguesado sin la chispa de antaño. La trama podría haber discurrido justo después del cliffhanger del final de la segunda temporada. El juicio, el revuelo mediático, la entrada en prisión, los desencuentros familiares. Quizá había más tela que cortar en las inmediaciones del gesto heroico de Noah que tres años más tarde, vista la deriva argumental de la serie.

2. El misterio de Noah
No hay duda de que Noah ha sido el gran epicentro sobre el que ha pivotado buena parte de la trama de esta tercera temporada, una opción ya de por sí discutible. Así lo demuestra el capítulo que abrió esta tercera tanda, dedicado íntegramente a su personaje. Su decadente existencia, tras la salida de prisión, el entierro del padre y su anodina experiencia como profesor universitario culmina con un apuñalamiento que condicionará gran parte de la trama de estos diez capítulos. Para demostrar las consecuencias de sus numerosas secuelas psíquicas, el guión hace uso de flashbacks tramposos cuyo único aliciente, al final, ha residido en comprobar la notoria decadencia física de Brendan Fraser. Una espiral de alucinaciones, con una música chirriante, y la aparición de traumas infantiles desconocidos hasta ahora, junto a una violación tan súbita como inexplicable, culminan en la peor de las resoluciones. Ya que el apuñalamiento no podía ser onírico, finalmente es autoinfligido. Tras el desenlace de Los Serrano, se encuentra este nivel de estafa al espectador.

3. Juliette
El fichaje de Irène Jacob parecía un estímulo para esta tercera temporada. La aparición de nuevos personajes, incluso de nuevos puntos de vista, podía resultar enriquecedora para la trama, tal y como se demostró en la segunda tanda con la incorporación de las versiones de Cole y Helen. Pero así como la visión de Luisa podría haber sumado una interesante aportación, la de una esposa ilusionada que debe asistir al alejamiento de su marido, eternamente enamorado de Alison, la entrada de Juliette ha supuesto la irrupción de un personaje totalmente innecesario. La historia de una profesora francesa que desembarca en una universidad yanqui para revolucionar las arcaicas mentalidades de sus alumnos sobre el amor y el sexo han servido únicamente para rellenar los minutos de una temporada prácticamente hueca, en la que sólo ha brillado el universo de Helen. Por no haber, ni siquiera ha habido un diálogo morboso entre dos formas tan antagónicas de entender la vida como las de estas dos mujeres en la vida de Noah. Lo que debía suponer un soplo de aire fresco parisino finalmente se ha convertido en un tedio que ni la trama de un marido con Alzheimer ha conseguido salvar.

4. La alteración del sello personal de la serie
Por primera vez, The Affair ha decidido alterar de manera bastante arriesgada su propia estructura. Además del primer capítulo, dedicado íntegramente al punto de vista de Noah, también hemos asistido a contrarréplicas que han llegado un capítulo después, poniendo a prueba la memoria del espectador, incapaz de asumir toda la riqueza de matices que se desprenden cuando las dos visiones están enfrentadas en las dos mitades de un mismo episodio. Por si fuera poco, jamás se habían alterado las realidades de tal forma que los acontecimientos se presenten radicalmente distintos en función del protagonista. ¿Cómo puede ser que Alison y Helen recuerden de manera tan distinta si se confesaron mutuamente o no en la barra de un bar la triple implicación en el crimen? El aliciente de la serie estaba en las sutilezas, en los cambios cromáticos, en las vestimentas, en el entorno. En definitiva, en la subjetividad de los recuerdos, pero no hasta el punto de tergiversar por completo la realidad.

5. El descafeinado final
Y si teníamos la esperanza de que el final de temporada nos reconciliaría de nuevo con la serie, con una vuelta de tuerca imprevista, con algún aliciente para al menos esperar con ganas la cuarta tanda, llegó la ciudad de la luz. El repentino traslado de la trama a París, que en principio podría parecer un estímulo, enseguida se descubre como otro despropósito argumental más. Juliette se convierte de nuevo en la protagonista en su ciudad natal, a años luz de Montauk, esa pequeña localidad costera de Nueva York que nos embaucó en las dos primeras temporadas. A pesar de su dureza, ¿realmente interesan sus problemas profesionales, los cuchicheos de sus amigas y la defunción de su marido? ¿Hacía falta trasladar a la hija de Noah a una galería de París para reconciliarla con el padre? Y, sobre todo, ¿no había una intriga menos evidente que cuál será el destino de Noah desde un taxi de Nueva York? Francamente, de cara a la cuarta y esperemos que última temporada, propongo un protagonismo íntegro para Helen. Es el único personaje que ha salvado los muebles y nos ha ofrecido alguna imagen para el recuerdo. Que alguien rescate a esos padres de la habitación del pánico y, ya de paso, el rumbo de la serie.

martes, 14 de febrero de 2017

Camaleón a la fuerza

Una historia sobre homosexualidad dentro de la comunidad negra parecía una vuelta de tuerca, un quién da más dentro del cine de denuncia social que podría suponer el reclamo perfecto para una Academia de Hollywood deseando resarcir sus pecados discriminatorios. Por suerte, Moonlight no pertenece a ese grupo de cintas que buscan a toda costa la exaltación, que se convierten en estandartes de la lucha contra la opresión de la hegemonía blanca y heterosexual. La propuesta de Barry Jenkins es mucho más valiosa, ya que con su premisa y, sobre todo, su puesta en escena, logra abarcar un sentimiento prácticamente universal, el del miedo a la propia identidad.

Little, Chorin y Black no son sólo los tres actos en los que se divide la trama sino las tres fases de un complicado proceso de asimilación personal, el que sufre un niño, adolescente y adulto lidiando consigo mismo y su entorno de barrio marginal en Miami. Esta vez la marginación no surge del racismo sino desde dentro, desde el propio ámbito familiar, formado por una madre adicta al crack, hasta un vecindario en el que las apariencias deben guardarse más que nunca. Malas calles en las que resulta prácticamente imposible desmarcarse del papel que cada cual tiene encomendado.

Como si los negros no pudieran liberarse jamás de ese lastre cinematográfico que los envuelve siempre en oro, drogas y música rap, sorprende que en ese contexto surja por fin una nota discordante, la de un pobre niño que descubre a golpetazos y a una edad demasiado temprana el significado de ser maricón. Quién se lo enseña es otro personaje idílico, prácticamente irreal, un traficante de drogas que lo acoge en su hogar y que se convierte, para bien y para mal, en su máximo referente.

Las dos primeras etapas en la vida de Chorin, deambulando entre la incomprensión y el acoso escolar, resultan de vital importancia para entender cómo el personaje se va forjando una personalidad a medida del entorno. La adaptación al medio como método de supervivencia, aunque ello suponga renunciar a uno mismo. Parece el caso extremo de un adolescente en un ambiente hostil, pero en realidad es la armadura que cada día miles de homosexuales se enfundan para sobrellevar el día a día, para mantener oculta una condición sexual que sigue provocando diferentes niveles de rechazo.

De ahí que el tercer acto sea especialmente intenso. La represión va deshaciéndose poco a poco para desprender una sensibilidad contenida, la que muestran las sonrisas y las miradas cómplices de Trevante Rhodes y André Holland. En ellos recae el gran clímax de Moonlight, entre platos combinados y la música ambiental de un restaurante de carretera. Es en ese instante cuando toda la opresión, interna y externa, cobra su sentido. El momento en que la luz de la luna llena refleja el color de la piel más genuino.

martes, 7 de febrero de 2017

No hay lugar para el perdón

¿Existe un sentimiento más autodestructivo que la culpa? Es la cuestión que gravita en todo momento en torno al protagonista de esta sobrecogedora historia, que discurre por cauces muy distintos de los que aventuraba el tráiler. Porque si uno acude al cine con la intención de asistir a una dramedia sobre un solterón divorciado que, de repente, debe apechugar con la educación del hijo adolescente de su hermano fallecido, irá en gran parte desencaminado. Por primera vez, y probablemente sin que sirva de precedente, la promoción de una película no destripa su contenido. Y el goce, sobra decirlo, resulta infinitamente mayor.

Manchester frente al mar golpea duro y de improviso. Lo hace valiéndose de una depurada técnica del flashback, que va y viene de forma intermitente, imprevisible, tal y como aparecen y se desvanecen los recuerdos. El peor de ellos, el más devastador, llega durante la lectura del testamento, cuando la decisión vital de hacerse cargo de un sobrino a las puertas de la mayoría de edad remueve de nuevo la conciencia del protagonista. El Adagio de Albinoni, estremecedoramente bello y triste, encaja a la perfección como banda sonora de uno de los instantes más dolorosos del filme.

A partir de ese instante entendemos a la perfección el comportamiento de Lee Chandler, un encargado de mantenimiento que se autoimpone como castigo un destino sin rumbo. Hasta que ese destino, inescrutable, lo sitúa de frente al pasado y ante un joven con el que de pequeño ejercía plenamente de tío y que ahora se ha convertido en su máximo azote. La convivencia entre ambos, plagada de desencuentros, de incertidumbres y de miedos, es otro de los incentivos de una película de sentimientos hacia adentro.

De sentimientos contenidos precisamente hace un alarde Casey Affleck, en una interpretación que justifica todos los reconocimientos. Es la más genuina representación del dolor, de la enorme carga asumida, de la expiación más torturadora. Y para corresponderle sólo podría existir una actriz con pleno dominio de la sensibilidad, una Michelle Williams que en todos sus trabajos ha sabido impregnar un poso de verdad. De ahí que el súbito encuentro que mantienen ambos en las gélidas calles de este pequeño Manchester suponga otro de las secuencias imprescindibles de la película, en la que se vierte toda la culpa contenida durante tantos años.

El incontestable trío actoral lo cierra Lucas Hedges, la presencia indispensable para que Manchester frente al mar no suponga un mazazo mortal. Sus escarceos sexuales y su juventud sirven de contrapunto para una historia que, de lo contrario, sería insoportablemente trágica. Su personaje es la esperanza, el futuro, el alivio. Y protagoniza la tercera estampa irreprochable de esta joya dirigida por Kenneth Lonergan, la de un abrazo liberador acompañado de una confesión que lo confirma, que no hay penitencia más dura que la que se inflige uno mismo.