miércoles, 13 de mayo de 2015

The good wife 'season finale': ¿Queremos final?

[Contiene SPOILERS de toda la sexta temporada]

Que los King no se han portado demasiado bien con uno de los personajes revelación de la última década televisiva lo reconoce hasta la propia afectada. Archie Panjabi confesaba en una entrevista reciente para Entertainment Weekly que su papel no ha sufrido la mejor de las evoluciones. De ganar el Emmy por su arrolladora interpretación en la primera temporada de The good wife ha terminado por convertirse en la chica de los recados, en una especie de autómata ensombrecida por el resto del reparto de la serie.

Por suerte, los guionistas repararon el daño en la season finale, cuando Kalinda aparece repentinamente en la barra del bar y comparte sus últimos tequilas con Alicia, la amiga que formó parte de la mejor etapa de su vida. La investigadora, por tanto, ni se despide de la audiencia por la puerta grande ni por la de atrás pero al menos protagoniza la escena más entrañable del capítulo final.

El ascenso profesional de Alicia Florrick, su creciente ambición, han ido en detrimento del que fue su mayor apoyo. Kalinda es el ejemplo perfecto de hasta qué punto The good wife es única perfilando grandes secundarios pero también desigual a la hora de rematarlos (ahí están también la entrañable y desaparecida Robyn o la suegra de Alicia para cerciorarlo). En el núcleo duro y en los personajes esporádicos es donde la serie demuestra el máximo de sus respetos.

El retorno de Charles Lester, el execrable abogado de Lemond Bishop, en este último episodio representa perfectamente ese punto fuerte de la serie, capaz de dibujar grandes rasgos de personalidad en pequeños papeles secundarios. La lista de eventuales imprescindibles en The good wife es tan larga que no existen categorías suficientes en los Emmy para recompensarla.

Los cabezas de cartel, como decíamos, son también los grandes mimados por parte de los guionistas. Si a Will Gardner le brindaron el año pasado la mejor etapa de la serie y una de las mejores salidas de la historia de la televisión, esta sexta temporada ha ido poniendo entre las cuerdas a Diane Lockhart (y sus batallas dialécticas con los republicanos) y, sobre todo, a Cary Agos, que marcó los potentes capítulos iniciales con su inculpación en los negocios turbios de Bishop.

Porque si en algo siguen demostrando maestría los King es en su capacidad de revolucionar el status quo, de jugar hasta el límite con el entramado judicial y político que han ido construyendo. Campañas, elecciones, nuevos bufetes, estrategias, sorprendentes intercambios de socios. Las fórmulas parecen ilimitadas. Pero si las teorías sobre el número de palabras en los títulos son ciertas y la serie acaba finalmente en su próxima temporada, debemos empezar a pensar que la carrera hacia la presidencia de los Estados Unidos de Peter Florrick será el punto culminante con el que la serie dará su adiós definitivo.

La campaña de Alicia para fiscal general del estado ha centrado buena parte de las tramas de esta sexta temporada y nos ha deparado algunos de sus grandes momentos, desde la negociación con los donantes hasta el debate con su oponente Frank Prady. Pero, sobre todo, la serie suma enteros y mucho humor inteligente con la presencia del ya imprescindible Eli Gold y su hija Marissa, el personaje revelación de la temporada. El nuevo reto presidencial, con la oposición frontal de Alicia, promete nuevos y sugerentes encontronazos entre la cada vez menos dócil esposa y el asesor de campaña.

Recientemente anunciada su renovación, The good wife parecía por momentos dirigirse hacia su final definitivo en esta sexta temporada. El capítulo The deconstruction, sin ir más lejos, empezaba con una referencia explícita al inicio de la serie, cuando una compungida Alicia permanecía en un segundo plano durante la rueda de prensa posterior a los escándalos sexuales de su marido. Esta vez, era Peter el que la acompañaba durante su renuncia pública al cargo tras las acusaciones de fraude. Intercambio de posiciones que, sin embargo, no se correspondía con un intercambio real de roles en la pareja. La subyugada esposa se mantiene, al menos públicamente, al amparo del macho alfa.

Puede que la sexta no haya sido la mejor ni la más coherente de las temporadas de The good wife, sobre todo tras la cúspide del año anterior, pero aún así nos ha seguido regalando capítulos inmejorables como Mind’s eye, cuando una afónica Alicia prepara la entrevista más crucial de la campaña imaginando todos los escenarios posibles. El ingenio no parece agotarse. Como alicientes para otoño ya disponemos de la tensión sexual no resuelta con Finn y esa maravillosa vuelta de tuerca que supone la nueva alianza con Louis Canning. De seguir a este ritmo y nivel, larga vida a los Florrick.

viernes, 8 de mayo de 2015

Refugiados, otra víctima del hype desorbitado


Lancemos desde aquí una advertencia a nuestras televisiones. Dejen de promocionar sus nuevas apuestas de ficción como la panacea de la ficción española, como el antes y el después que nos equiparará de una vez por todas con el panorama televisivo internacional. Traslademos también el aviso a nuestros compañeros periodistas. Avísennos cuando realmente un producto de nuestro país rompa esquemas, aporte auténticas novedades y no esté en todo momento con el ojo puesto en los grandes referentes, los que marcan tendencia. Porque de todo el arsenal de grandes novedades que nos esperaban esta temporada, sólo una, El ministerio del tiempo, ha asumido un gran riesgo y pulverizado moldes. 

Flaco favor le hacemos a las productoras españolas si generamos excesiva y precipitada expectación con propuestas que, sólo faltaría, se adecuan a los nuevos tiempos pero que en realidad no tienen ni tendrán un peso determinante en el mercado internacional. Desde el momento en que, tanto desde los medios como desde los propios gabinetes de comunicación de las cadenas, se equipara una nueva apuesta con la ficción extranjera es de justicia comparar con equidistancia y sin condescendencia. Y, francamente, puede que Refugiados cuente con el respaldo de la BBC, pero su trascendencia en el género de la ciencia ficción es poco más que nulo. 

El gran mérito de la serie que estrenaron anoche de forma simultánea los cuatro canales de Atresmedia es haber logrado el apoyo de la cadena de referencia británica, con la que al parecer los guionistas españoles tuvieron algunas desavenencias. Y no es para menos. Son fácilmente identificables las carencias de una propuesta con más ambición teórica que práctica y que desde luego no la incorporarán en el cada vez más amplio catálogo de series influyentes de la BBC. 

Si el objetivo era parir una serie que no pareciera española, no hay duda que lo han conseguido. Autores extranjeros, fotografía a la orden del día, una ambientación que bien podría estar ubicada en Estados Unidos, rodaje en inglés con un doblaje nefasto. Hasta los créditos parecen sacados de la HBO. Pero si algo ha demostrado la ficción que nos ha regalado este año la imaginación de los hermanos Olivares es que puede alcanzarse la gloria y el aplauso de crítica y público sin perder la propia identidad. Español no tiene por qué equipararse siempre con lo rancio o lo garbancero. 

En todo caso, no es criticable que un producto made in Spain tenga aspiraciones globales (el cine de Amenábar, por ejemplo, es cada vez menos español y más influyente). Lo que sí es condenable es desaprovechar el tirón mediático y la carta de presentación con un primer capítulo que ya pierde el ritmo una vez planteada la interesante premisa inicial. Después de situarnos en un contexto en el que tres millones de personas regresan del futuro con una lucecita roja en el pecho para intentar salvarlo, la trama quiere volverse intimista y centrarnos en un microcosmos de recelos y miedo psicológico. Podría ser para crear una atmósfera claustrofóbica, asfixixante, terrorífica. Pero sólo sirve para infundir el más profundo de los sueños.   

Hay ficciones lentas y ficciones aburridas. Refugiados es ambas cosas. Porque hay ritmos sosegados pero que conllevan mucho mar de fondo, que profundizan en los personajes, que te adentran en una atmósfera inquietante de la que resulta imposible escapar. Sin embargo, hay lentitudes injustificables, plagadas de altos en el camino que no aportan nada, que ralentizan la marcha sin criterio alguno. Es la dinámica de esta nueva serie, que se permite el lujo de alcanzar los bajones de intensidad que las grandes producciones suelen manifestar cuando el espectador ya está lo suficientemente enganchado como para abandonar. La emisión de dos capítulos seguidos tampoco ayudaba. Certificó al instante que el interés resucitará a golpe de cliffhangers

Mal vamos si para sobrevivir a esta miniserie de ocho capítulos debemos esperar a los clímax finales del episodio, después de minutos y minutos de relleno existencial basados en la reiteración. Una intriga de ciencia ficción como la que plantea Refugiados merece un tratamiento mucho más apasionado que el que han demostrado las dos primeras entregas de la serie. 100 minutos desaprovechados, sumidos en un letargo que sólo aviva un par de golpes de efecto. Oportunidad de oro perdida que costará mucho recuperar. Frenen el ritmo de entusiasmo, queridos compañeros y gabinetes de prensa, porque tamaña expectación sólo pueden cubrirla los éxitos más inesperados. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Los 10 momentazos de la 3ª temporada de House of cards

[Contiene SPOILERS de toda la tercera temporada]

La presidencia de Estados Unidos parecía el fin que justificaba todos los medios. Cuando Frank Underwood daba un golpe encima de la mesa desde el despacho oval al finalizar la segunda temporada un ciclo tocaba a su fin. Pero lo que desconocíamos es que se abría una nueva etapa todavía más complicada, repleta de calvarios que han mermado como nunca la imagen pública de esta versión execrable del self-made man.

Más allá de nuevos adversarios, de la presión de la prensa, de las luchas de poder dentro del partido, de una popularidad por los suelos, el presidente Underwood se ha enfrentado esta temporada al peor de sus males: el resquiebro de esa maquinaria de ambición y poder que conformaba con su esposa. La paulatina crisis entre Francis y Claire ha abierto una nueva y sugerente trama en una serie que ha vuelto a marcar récords de elegante perversidad. A continuación, los diez mejores momentos, por orden cronológico, que nos ha regalado House of cards en su etapa más inquietante

1. El duro retorno de Doug (3x01)
La serie abría temporada con el nuevo presidente orinando sobre la tumba de su padre y, mucho más interesante, con el regreso del que fue la mano derecha de Frank tras la pedrada que le propinó Rachel en su huida. Un flashback portentoso en el que vemos cómo evoluciona el personaje a lo largo de su lenta recuperación, desde el momento en que despierta del coma con un ramo de los Underwood en la habitación de hospital hasta el momento en que toma conciencia de que para el presidente ya no es más que mercancía para el desguace. De verdugo a víctima de Francis en una estrategia de poder en la que no hay lugar para los débiles.

2. El sexo según los Underwood (3x02)
Durante los primeros episodios asistimos al declive del político y su esposa. Los compañeros de partido de Francis no quieren que se presente a la reelección, mientras ella pierde los nervios públicamente en la audiencia que determinará su candidatura como embajadora de la ONU. En un momento de máxima desesperación, Claire se encuentra a su marido derrumbado en el suelo. Se acerca a él y, sin mediar palabra, lo estira en el suelo, le desabrocha el pantalón y se lo folla. De la forma más fría y desapasionada posible, con el único propósito de darle un toque de atención. El sexo en este matrimonio, con tríos incluidos, siempre ha sido sólo un mecanismo más de conveniencia, un mero trámite que pasar en su contrato para alcanzar una causa mucho más placentera: el poder.

3. Francis y Dios (3x04)
“Amor, ¿eso es lo que vendes? Pues no lo compro”. Es lo que le grita Frank al jesús crucificado después de un encuentro de rigor con un obispo y justo antes de escupirle. En ese momento, la cruz cae y se rompe en mil pedazos. El protagonista se dirige entonces a cámara y nos dedica otra de sus impagables sentencias: “Parece que Dios me escucha ahora”. El presidente vuelve a estar en una encrucijada. Heather Dunbar, la abogada que él proponía para jueza del Supremo se presenta por sorpresa como candidata a la presidencia, rompiendo totalmente sus esquemas. Desde luego, encomendarse a dios parece la última de las estratagemas posibles para un personaje que sólo cree en sí mismo.

4. Montando America Trabaja (3x05)
Que Francis es un hombre de extremos lo demuestra la controvertida política con la que pretendía pasar a la historia: destinar los presupuestos de los beneficios sociales a incentivar el pleno empleo. Para popularizar el plan AmericaWorks, contrata a Thomas Yates, un escritor desmotivado y conocido por su primera novela superventas, que se convertirá en uno de los personajes revelación de la temporada. “Ningún escritor se resiste a una buena historia, igual que ningún político se resiste a una promesa que no puede cumplir”, sentencia de nuevo a cámara el presidente. Lo que desconoce es hasta qué punto se involucrará el autor en su intimidad, convirtiéndose en un nuevo frente a batir.

5. “Shame on you, Mr. President” (3x06)
El rifirrafe entre Frank Underwood y el presidente ruso ha sido otra de las tramas que ha marcado, y de qué manera, esta tercera temporada. Especialmente, al personaje de Claire. La conversación que mantiene la primera dama con el activista gay Michael Corrigan en una celda rusa no sólo sirve para mostrarnos que definitivamente ella representa el lado más humano del binomio Underwood sino también para marcar un antes y un después en su papel de abnegada esposa. Después de que el joven se quitara la vida antes de traicionar sus principios, Claire cambia su discurso oficial y condena públicamente al presidente ruso con un memorable “Shame on you”. La monumental bronca que tiene lugar después en el avión presidencial tampoco tiene desperdicio: “Jamás debí hacerte embajadora”, le grita Frank a su esposa, a lo que ella responde intachable: “Jamás debí hacerte presidente”.

6. La gota que colma el vaso (3x10)
Todo el conflicto que mantienen Estados Unidos y Rusia por el valle del Jordán se resuelve finalmente con la peor condición que podría exigirle el presidente Petrov a Francis Underwood, despojar a su esposa de su puesto como embajadora de la ONU. “No sé por qué Claire significa tanto para usted”, le pregunta el presidente a su contrincante. “Porque significa mucho para usted. Sólo así sabré que va en serio”, le contesta Petrov, apuntando directamente al talón de Aquiles de Frank, a su punto más débil, e iniciando un camino sin retorno de la pareja hacia la ruptura.

7. Francis y los hombres (3x10)
Primero fue en aquel soporífero reencuentro con los compañeros de universidad en la primera temporada, luego llegó Meechum y ahora ha sido el turno de Thomas Yates, el escritor con pasado gigoló con el que Francis vuelve a destapar su lado homosexual. Después de semanas sin compartir cama con Claire y de obligarla a dimitir de su puesto en la ONU, Frank se sincera con el autor y reconoce que la traicionó. A partir de ese momento, comienza a acariciarle la mano, el escritor se la lleva al pecho y cuando parecía que el político volvería a dar rienda suelta a su pasión, le sobreviene un ataque de represión y lo manda a casa. Pero su lado más íntimo ya está en conocimiento de un escritor que además comparte cama con una ávida periodista. Otro cabo suelto para futuras temporadas.

8. El gran debate (3x11)
El cara a cara que mantienen los tres candidatos a la presidencia por el partido demócrata es, sin duda, uno de los pasajes más apasionantes de la temporada, no sólo por el particular juego de tronos que había detrás de ese escaparate sino porque, una vez más, sirve para desenmascarar la falta de escrúpulos de Frank Underwood, que deja en la estacada a su compañera de estrategia Jackie Sharp delante de toda la audiencia. Si por algo ha destacado también esta tercera temporada es por ese insuperable trío de actrices que han configurado Molly Parker (Jackie), Elizabeth Marvel (Dunbar) y Robin Wright. El ejemplo perfecto de cómo la televisión se ha convertido en el refugio perfecto para actrices maduras.

9. “Go fuck yourself” (3x12)
Dunbar empieza a jugar sucio en cuanto las encuestas no le son tan favorables. Recurre a Doug y a su arma en forma de diario íntimo de Claire y desde ese momento descubrimos que el consejero nunca había confabulado en contra del presidente. Toda esta enrevesada trama era su particular estrategia para lograr acercarse a su antiguo jefe, a pesar de haberle traicionado el día que no cumplió las órdenes de quemarlo. Descubierta la artimaña política para minar la imagen política de la primera dama, Frank se reúne con su oponente y le suelta: “Sólo tengo una cosa que decirte: que te jodan”, para a continuación dirigirse hacia nosotros y decir “¡Dios, qué bien sienta!”.

10. “I’m gonna leave you” (3x13)
Todo el mar de fondo que se iba gestando desde el primer capítulo de esta temporada sale a flote en el episodio final. “Juntos gobiernan un imperio sin herederos. Su legado es su único heredero”, escribía Thomas sobre los Underwood en el primer capítulo de su libro. Pues bien, todo ese imperio de la codicia se desmorona en una violenta y tensísima escena en la que por fin Frank y Claire se desnudan el uno frente al otro. “Tú no eres suficiente”, le confiesa ella. “Sin mí no eres nada”, le contesta él tras agarrarla del cuello. Sí, Francis ha salvado el caucus de Iowa y probablemente repita legislatura. Pero esta vez andará solo, sin el apoyo incondicional y el necesario favor de su esposa. Estamos deseando saber cómo se materializará la fría y calculadora venganza.

miércoles, 29 de abril de 2015

The Americans. La era de Paige

[SPOILERS de la última season finale]
El final de la segunda temporada ya nos marcó el hilo argumental de la tercera. The Americans abría una nueva línea en su trama dirigiendo el foco, de forma totalmente imprevista, hacia Paige, la hija mayor del matrimonio de espías rusos infiltrados en Estados Unidos. Una decisión muy acertada y necesaria, ya que la serie encuentra su mejor tono en los conflictos internos de este atípico hogar. Una auténtica olla a presión que justo ahora comienza a explotar.  

Pocas veces un personaje adolescente ha tenido tanto peso e interés en el argumento de una serie de televisión como el que ha tenido la hija de Elizabeth y Philip a lo largo de esta tercera temporada. Pensábamos que Paige descubriría toda la verdad sobre sus padres cuando los agentes del FBI destaparan la enorme tapadera del matrimonio (si es que llega a producirse ese momento). Pero los guionistas, hábiles ellos, han hecho estallar por los aires los cimientos de la hasta ahora idílica familia sin previo aviso, sacando a relucir todos los secretos y miedos justo en la etapa más inestable de la joven, con las consecuencias más impredecibles que puede conllevar.

El debate interno que vivían los protagonistas hasta ahora, entre la lealtad a los valores de un régimen comunista y el bienestar de la familia en un entorno acomodado y cautivador, se ha multiplicado con la madurez de Paige. Los padres han asistido impotentes a una rebeldía que la adolescente ha canalizado hacia los brazos de la Iglesia, en las antípodas de esos ideales por los que ellos se hipotecaron de por vida. Desde el momento en que se ven obligados a descubrirle a su propia hija la farsa de hogar en el que había crecido se disparan los interrogantes (fantásticos los terceros grados a los que de repente se ven sometidos por parte de una niña en busca de amparo).

Los altibajos en el seno de la pareja tampoco han cesado, a pesar del frente común para amortiguar los efectos de esta bomba de relojería casera. Celos y recelos siguen alimentando una relación de caracteres opuestos. Ella, fría y obcecada en una causa que no cuestiona. Él, sumergido en un embrollo sentimental e ideológico de difícil solución. Es también en ese constante rifirrafe matrimonial en el que se demuestra la enorme complejidad de los dos personajes principales de The americans, probablemente de los más completos (y ninguneados) de la televisión actual.

Hay dos escenas que reflejan claramente esa ambigüedad moral en la que vive constantemente la pareja. Una es la que cierra el penúltimo capítulo, cuando Philip se desprende detenidamente de su peluca ante la mirada atónita de Martha. Máxima prueba de confianza hacia el personaje más tierno y vulnerable de la ficción. En la otra, Elizabeth conversa con una adorable ancianita antes de obligarla a ingerir un manojo de pastillas mortal. La mujer, con la tranquilidad que dan los años y el haberlo vivido todo, se interesa por su misión y sobre todo le plantea un interesante dilema a la protagonista, cuestionándole si el asesinato de inocentes ayuda a construir un mundo mejor.

Pero más allá de la trama interior de los Jennings, The americans continúa con la Guerra Fría como telón de fondo, ya en sus últimos coletazos, cuando Reagan enseña músculo y Afganistán se convierte en el escenario donde se materializa la escalada de tensión. Como siempre, ese contexto histórico y externo no se presenta de la manera más clara y didáctica, a pesar de las implicaciones que aquellos acontecimientos tienen en la actualidad (como, por ejemplo, la militarización de muyahidines por parte de Estados Unidos, la llamada a la yihad contra el enemigo soviético o el origen de Bin Laden).  

Es quizá el único pero de una serie que, sin embargo, suple sin problemas esa carencia instructiva. Tenemos tantos frentes abiertos de cara al futuro (¿Cuán sincera será la nueva relación entre Philip y la ex mujer de Stan? ¿Cómo lidiará el agente del FBI con su jefe y ahora rival? ¿Qué destino le espera a Nina? ¿Qué ocurrirá con Martha? ¿Y con Paige? ¿Y con todos ellos tras la disolución de la Unión Soviética?) que los tejemanejes de la Guerra Fría casi se nos antojan como superfluos.

jueves, 23 de abril de 2015

La Holy motors de Ryan Gosling

Drive es lo peor que le ha podido pasar a Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling. El director regresó con Sólo dios perdona y se estampó de lleno en su intento de repetir fórmula de acción visualmente molona. Y el actor seguramente se vio tentado de pronto por la llamada de la dirección, convencido de que las obras maestras pueden calcarse y camuflarse con el disfraz de otros logros ajenos. Sí, a veces los mayores éxitos se convierten en la peor pesadilla de los creadores, incapaces de proseguir el camino a la sombra de sus grandes logros.

Imagino la enorme tesitura en la que debieron encontrarse Christina Hendricks, Saoirse Ronan y demás actores de renombre cuando Ryan Gosling les propuso participar en su debut tras las cámaras. ¿Cómo decirle que no al actor del momento? ¿Cómo negarle el capricho, aún sabiendo que con semejantes ínfulas se abocaban directamente al suicidio? Peor lo tuvo que pasar Eva Mendes, la dulce y sacrificada novia, si no quería enfrentarse a una crisis de pareja. Y esto es lo que sucede cuando nadie para los pies a los directores-celebrity, que se ponen profundos y paren esperpentos como Lost river.

Han querido compararla con el cine de Terrence Malick, con el de David Lynch, con el del propio Winding Refn, todos ellos con la personalidad y el empaque suficientes como para labrarse una carrera identitaria. A los tres ha fotocopiado Gosling sin demasiados miramientos en su ópera prima. Pero su verdadera fuente de inspiración ha sido sin duda Holy motors, la extravagancia de Leos Carax que cautivó hasta a la propia Mendes. Nada peor que un referente trascendental para un novato más conocido como sex symbol que como intelectual.

¿Estoy cuestionando la inteligencia de Gosling basándome únicamente en su belleza? Simplemente me remito a su dudoso criterio como debutante. Una jugada muy poco astuta la de iniciarse en la dirección con un tono tan pretencioso, sobre todo si nos atenemos al material de partida. Porque la decadencia del sueño americano, los estragos del capitalismo salvaje, merecían un tratamiento más digno que el simple postureo visual del que ha querido hacer gala aquí el amigo.

Es una lástima que entre tanta metáfora se diluyan tramas que habrían dado para un buen filme de debut, como esa lucha a muerte por la hegemonía en un pueblo agonizante o la no-historia de amor entre el protagonista y su vecina. Incluso esa acción tan surrealista en un local para amantes del gore tendría su atractivo si realmente condujera a algún lugar. Pero pocos elementos en Lost river llevan a buen puerto. Que filmes como este lleguen a programarse en nuestro país cuando miles de debutantes siguen haciendo cola demuestra hasta qué punto resulta imprescindible en este negocio estar de moda y estar bueno.

miércoles, 22 de abril de 2015

Ni es Orange ni es Black

Se ha dicho hasta la saciedad. Globomedia necesitaba un golpe de timón en su cartera de series. Como si en ella jamás hubieran existido éxitos, más revolucionarios incluso que Vis a vis, como Policías, El internado, El barco o 7 vidas y El grupo, sin duda las dos mejores ficciones televisivas de nuestro país y que han salido precisamente de la productora fundada por Emilio Aragón.

Más que Globomedia, eran los espectadores de Antena 3 los que demandaban un producto realmente innovador esta temporada. Porque a pesar de sus excelentes resultados de audiencia, ni Bajo sospecha ni Allí abajo traspasarán fronteras. Tampoco lo hará este drama presidiario, pero al menos el piloto ha servido para demostrar que Orange is the new black ha sido una evidente fuente de inspiración pero para un planteamiento totalmente distinto.

¿Existiría Vis a vis sin el éxito de la comedia de Netflix? Es evidente que no. Pero si el fenómeno OITNB ha servido para dar luz verde a este nuevo proyecto, bienvenidas sean las inspiraciones (recordemos cuánto se pareció en su momento la trama de Acusados a Daños y perjuicios y lo maravillosamente bien que evolucionó la serie protagonizada por Blanca Portillo). 

Chica rubia e inocente entra en una prisión de mujeres ataviadas con monos de color naranja (amarillo en este caso). Hasta aquí el parecido más que razonable entre Vis a vis y Orange is the new black. Porque enseguida uno se da cuenta de que el tono de la serie española es radicalmente distinto al de la comedia negra estadounidense. La aparición del cadáver de una reclusa en la lavandería de la cárcel lo cambia todo. El thriller se adueña de una trama aparentemente prometedora.

La serie, por suerte, no se desarrolla únicamente entre rejas. Lo fácil sería amortizar la espectacular recreación de una prisión de mujeres sin apenas exteriores, como a la vieja usanza. Sin embargo, los guionistas han preferido realizar un esfuerzo adicional extrapolando la acción más allá de los muros de la cárcel. Y así surgen subtramas tan interesantes como la de la gobernanta amenazada o el flashback que recreaba a la perfección el atraco y la detención de la convicta asesinada.

A la serie aún le queda la difícil tarea de demostrar que los misterios por resolver son algo más que una buena premisa inicial. Falta por ver si será capaz de mantener tantos frentes abiertos con el mismo nivel de calidad e interés. Pero lo que sí puede confirmarse desde el primer momento es su excelente selección de actores. Maggie Civantos, la protagonista, quizá no sea el mejor ejemplo. Por momentos se agradece su naturalidad, por momentos peca de sobreactuación.

Pero sus compañeras de reparto son, sin duda, el punto más fuerte de Vis a vis. Destacan Sole (María Isabel Díaz), de entrada la cara más amable de la prisión, y Zulema, el personaje malvado que puede darle a Najwa Nimri el papelón más destacado de su carrera. Las declaraciones a cámara de las reclusas, otro gran elemento diferenciador respecto a Orange is the new black, aportan el toque humorístico y de sensibilidad necesario para que la serie pueda mantener ese 22% de share con el que debutó anoche.

Porque sí, Vis a vis es un paso adelante en la ficción española, pero un tímido avance hacia la oscuridad en la que se mueven las grandes series internacionales. Desnudos integrales, peleas, violencia verbal y física. El esfuerzo por el realismo ha sido notable. Pero esta Cruz del Sur no deja de ser un remanso de amor y de paz si la comparamos con otras prisiones ficticias (y no hablemos ya de las reales). Un contexto demasiado duro para espectadores acostumbrados a zapear entre costuras y sainetes.

miércoles, 15 de abril de 2015

Ministérico como el que más

Nadie puede negarle el mérito. El ministerio del tiempo ha supuesto el soplo de aire fresco que la ficción española necesitaba, el revulsivo que por fin ha demostrado que nuestras series pueden ir más allá de la corrección, persiguiendo un objetivo más ambicioso que el de emular fórmulas ya establecidas. Ha sido la sorpresa de la temporada, la mejor ficción que ha emitido la televisión de nuestro país en mucho tiempo. Pocos pueden discutirlo.

Sin embargo, el fenómeno ha sido tan inesperado e intenso, ha creado tal estado de furor colectivo, tan merecido por otro lado, que prácticamente parece un acto de traición criticar sus puntos débiles. Y los hay, por mucho que prefiramos mirar hacia otro lado para no herir la sensibilidad de su creador, Javier Olivares, o simplemente para no recibir una plaga de unfollows en las redes sociales. Pero de la misma manera que sus guionistas merecen recibir todas las alabanzas como recompensa por su enorme trabajo, también debería agradecerse la crítica constructiva, la visión objetiva de fieles seguidores que lo único que buscamos es la mejora de la serie hacia la perfección.

El penúltimo capítulo de El ministerio del tiempo es el ejemplo perfecto de hasta qué punto puede innovar nuestra ficción, haciéndose valer de la imaginación e inspirándose (que no plagiando) en el inabarcable entorno de series internacionales de calidad y renombre. Además de las evidentes producciones de ciencia ficción basadas en los viajes en el tiempo, como Doctor Who o Perdidos, Olivares y compañía también homenajean con gran criterio a títulos de impecable factura como 24 y su acción multipantalla o The good wife (no sólo con guiños a Lockhart&Gardner sino también con esa capacidad de los guionistas para trastocar el orden establecido mediante giros inesperados).

Pero de la misma forma que hay capítulos brillantes, como lo fue también el que nos desvelaba a Tomás de Torquemada como hijo de Ernesto (enorme Juan Gea), hay otros en los que ese complicadísimo tono entre el misterio, la historia, el humor y la ciencia ficción no termina de afinarse. Y el mejor exponente sea quizá el episodio del pasado lunes, con el que la serie se despedía de su audiencia hasta la próxima temporada.

Uno de los grandes logros de El ministerio del tiempo es haber rescatado la historia española de los libros de texto para el gran público. Es el inabarcable fondo del que se sirven los guiones para generar las tramas episódicas. Pero así como acontecimientos históricos han dado pie a intrigantes aventuras, como la recreación del encuentro entre Franco y Hitler, no ha ocurrido lo mismo en esta última entrega, dedicada a un lugar a priori tan interesante como la residencia de estudiantes de Madrid en 1924. Ilustres artistas como Salvador Dalí o Federico García Lorca han quedado retratados como meras caricaturas, traspasando esa complicada línea entre el humor inteligente y la parodia.

Pero más allá de la Historia en mayúsculas, del caso procedimental de cada semana, el punto fuerte de El ministerio del tiempo reside en la historia personal de sus tres protagonistas, todo un acierto de casting, y en los conflictos temporales que alteran el buen funcionamiento de este ultrasecreto departamento. A su vez, también es su talón de Aquiles. Porque si en un principio pasamos por alto algunas lagunas importantes, movidos por la emoción de una obra global que las compensaba con creces, ha sido en el desenlace, en el clímax final, cuando han emergido las dudas.

Julián pierde la oportunidad de salvarle la vida a su novia y se convierte en el nuevo causante de su muerte. Pero ¿por qué tanta carga dramática si la puerta a 2012 seguirá disponible para un nuevo intento? ¿No se suponía que la rescató del accidente cuando la llamó en el primer episodio y retrasó su salida de casa? ¿No se acostó con ella en el capítulo 7, cuando se planteaba abandonar el ministerio? No quedan muy claras las consecuencias de aquella primera alteración del tiempo. Ni rastro del efecto mariposa en la trama. Falta minuciosidad en estos viajes, cómo sí la hubo en los diferentes intentos para rescatar de Torquemada al creador del libro de las puertas. Falta clarificación, al menos para televidentes zopencos que, como yo, no acabamos de verlo claro.

Quizá por eso, y por remiendos como la apresurada incriminación de Irene (Cayetana Guillén Cuervo ha tomado la mejor decisión de su carrera aceptando este memorable papel), el esperado final de El ministerio del tiempo ha quedado deslucido, por debajo de una media cargada de momentos gloriosos. ¿Significa que estoy siendo injusto? ¿Debería ser menos exigente por tratarse de una ficción española? Desde aquí declaro toda mi admiración por la serie, todos mis respetos por una mente, la de los hermanos Olivares, capaz de imaginar esta maravilla y, sobre todo, de llevarla a cabo. Desde aquí me declaro, a pesar de todo, ministérico.