jueves, 30 de octubre de 2014

Solidaridad obrera

No hace falta recurrir a los periódicos. La sencilla trama de una empleada que busca mantener su trabajo convenciendo a sus compañeros para que renuncien a una prima es el reflejo perfecto de una situación económica que desangra a los más necesitados y, por extensión, el retrato más fiel de un sistema social perverso donde el bien común es el menos común de los bienes.

Este viaje puerta a puerta de Sandra es en realidad una dolorosa ruta hacia nuestra conciencia, o para ser más exactos, hacia nuestra ausencia de ella. Porque aunque desde la butaca del cine contemplemos con estupor los argumentos que van esgrimiendo sus compañeros para amarrarse a los ansiados 1000 euros, todos sabemos que el altruismo se diluye en cuanto pica al timbre e invade nuestro territorio. De ahí que Dos días, una noche sea tan jodidamente paradójica, enfrenta a nuestra vertiente solidaria con nuestro lado más profundamente miserable.

Las diferentes reacciones ante el ruego de Sandra, que se siente mendiga, son fácilmente reconocibles, desde el que reclama su pleno derecho a la prima hasta el que le echa en cara su osadía, pasando por la que directamente se esconde tras la puerta. Respuestas ingratas, cobardes, despreciables, que la protagonista va encajando con sorprendente educación. El espectador espera que en algún momento su estado inestable, comprensible, la lleve en algún momento a estallar. Pero los hermanos Dardenne mantienen casi todo el tiempo la contención, el respeto y la coherencia hacia un personaje que para colmo padece depresión.  

Marion Cotillard asimila con pavorosa verosimilitud el estado de tristeza y decaimiento de una madre recién salida del precipicio y abocada de nuevo al borde por culpa de una maquiavélica crisis económica. La misma que coloca a los trabajadores de una pequeña empresa entre la espada y la pared. La que deja el futuro de una empleada en manos de sus compañeros y la sitúa en el punto de mira, juzgando sus facultades mentales y su capacidad laboral a cambio de una renuncia que nunca será gratuita.

Por suerte, la cinta no es lo suficientemente pesimista (o realista) y abre un resquicio para la esperanza. La reacción de uno de los trabajadores cuando recibe la visita de Sandra pidiendo clemencia es de las que pone los pelos de punta y devuelve en cierta manera la confianza en el género humano. El desenlace, sin desvelar spoilers, es otro ejemplo de hasta qué punto los Dardenne han preferido ser misericordiosos con sus congéneres.  

Dos días, una noche realiza un recorrido por momentos frío y aséptico en torno al compromiso social, ese concepto hueco plagado de intereses individuales y falsa condescendencia. Todo un azote a nuestra dudosa ética que nos sitúa ante una gran disyuntiva moral, contemplar la obra desde el escepticismo o lanzarse a los brazos de la fe en la humanidad. Para ambas posturas la película será igualmente una auténtica genialidad.

miércoles, 15 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: Relatos salvajes

Pedro Almodóvar ha estado más presente que nunca en la última edición del festival de Sitges. Aunque sea indirectamente. Primero, tras deshacerse en elogios hacia Carlos Vermut y su Magical girl, “la gran revelación del cine español en lo que va de siglo”. Alabanzas del manchego que llegan justo días antes del estreno simultáneo de su última adquisición, una Relatos salvajes que llega precedida de una enorme campaña a favor. Y no es para menos. En un gesto solidario, imprevisto para sus detractores, Almodóvar invita “vehementemente” y en carta abierta a ver los dos filmes, proyectados ambos en el certamen fantástico. Imprescindible recomendación.

Los hermanos de El Deseo han puesto el ojo en un joven talento argentino, Damián Szifrón, que con su tercer filme se ha abierto de par en par las puertas del cielo. O más bien del infierno, porque esta antología sobre las miserias mundanas traspasa los límites de la corrección y se coloca en un oscuro, absolutamente placentero, extremo en el que no hay lugar para el decoro. Un descenso a las profundidades de nuestro lado más irracional que convierte a Un día de furia en un mero juego de niños.

Porque esta especie de mujeres y hombres al borde de un ataque de nervios no recurre al humor costumbrista de la obra emblemática de Almodóvar sino a un humor negro, negrísimo que la convierte en una experiencia mucho más hilarante. Cada uno de estos seis salvajes relatos, con la desesperación como único nexo en común, representa una pequeña obra de arte, en la que guión y puesta en escena andan perpetuamente de la mano. Como un perfecto matrimonio.

La historia de apertura ya es absolutamente brillante. Mediante un diálogo de lo más ingenioso, los pasajeros de un avión van descubriendo poco a poco que les une algo más que el lugar de destino. Y lo que comienza como un apacible viaje termina derivando en un episodio de histeria colectiva desternillante. Los aplausos en el auditorio del hotel Melià de Sitges no se hicieron esperar. El público intuye desde el primer momento que asiste a una gozada inmejorable.

El gran reto de un filme dividido en seis cortos es mantener el interés del espectador a lo largo de todo el trayecto. Sin embargo, Szifrón consigue que todos y cada uno de los relatos no tengan desperdicio, desde el que sigue a los títulos de crédito en un bar de carretera (con una fantástica Rita Cortese) hasta la guinda de pastel nupcial que cierra la cinta, con otra mayúscula Erica Rivas. Aunque el capítulo más redondo es el que protagoniza Leonardo Sbaraglia en una carretera desértica que ríete tú de El diablo sobre ruedas. El absurdo de la violencia cotidiana elevado a la enésima potencia.  

Relatos salvajes es un fantástico decálogo contra la compostura, una inteligente locura que caricaturiza la jungla que en realidad se esconde tras nuestra aparente sociedad civilizada. Una sátira sobre la sinrazón humana absolutamente paradójica. Mientras el común de los mortales nos deleitamos con este ensayo sobre nuestra propia estupidez, rabiamos de envidia hacia su creador. Envidia y celos por no disponer de una mente privilegiada, la de Damián Szifrón, que desborda talento e ingenio en cada fotograma.

viernes, 10 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: Orígenes

“Ahora mismo existe un extraño miedo al sentimiento”. Lo dijo Mike Cahill durante la presentación de su última película en el festival de Sitges. Y debe andar en lo cierto, porque hacía tiempo que una película no me ponía los pelos de punta. Nada menos que en tres ocasiones. Tres maravillosos instantes con los que Orígenes ya se gana un ineludible visionado pero que son sólo tres reacciones subjetivas ante un filme elegante, reflexivo y muy redondo. Una de las más gratas sorpresas del certamen fantástico.

La primera respuesta epidérmica se produce al poco tiempo de empezar la película, cuando Ian Gray, un estudiante de biología molecular, se queda prendado de un par de ojos multicolores. Inmortalizados con su cámara, son el único rasgo que conserva de la misteriosa joven que conoció en una fiesta de disfraces. A partir de ahí comienza una intensa búsqueda que culmina en un vagón de metro con unos cascos y la magnífica canción que dio comienzo a su relación. La gran historia de amor a primera vista que sólo unos pocos afortunados vivirán más allá de la gran pantalla.

Pero el romance en Orígenes no se ciñe exclusivamente a la pareja que forman Michael Pitt y la bellísima Astrid Bergès-Frisbey. Es también el reflejo de una pasión tan poco atractiva para el cine como la pasión por la ciencia. Los hipnóticos primeros planos de iris son el estímulo visual para poder plasmar la obsesión del joven científico y su becaria por encontrar el origen del ojo humano. Una visión romántica de la investigación que conducirá a un intenso debate entre la razón y las creencias.

Antes de alcanzar el tono más reflexivo, cuando parecía todo encarrilado, la trama da un giro de 180 grados. Una escena imprevista, un duro golpe al espectador con el que Cahill provoca el segundo gran erizamiento de piel, no sólo por el sorprendente suceso sino también por su poderoso tratamiento audiovisual. El shock ahoga el sonido, el grito de dolor que sólo un gran trauma impediría escuchar. Una de las grandes interpretaciones en la interesante carrera de Michael Pitt.

Y la tercera gran conmoción, capaz de hacerte levantar para aplaudir a su responsable, se reserva para el final del metraje, cuando Orígenes se adentra en la India y en el manido tema de la reencarnación. De manera intrigante y espléndida, Cahill nos va planteando el eterno dilema entre ciencia y religión, apelando primero a los datos y a la propia experiencia después. El razonamiento y la observación a los que se debe todo científico quedan en entredicho ante las puertas de un ascensor. Sobrecogedora escena que devuelve la fe en los milagros, al menos en los que pueden llegar a producirse en una platea.

Puede que Cahill tenga razón, que los sentimientos no se prodiguen últimamente en el cine. Quizá por eso Orígenes se degusta como aire fresco, sin el sabor rancio de las películas románticas y con un filtro pretendidamente moderno, hipster para algunos, que se aplica desde en la puesta en escena hasta la banda sonora. Una maravilla que cautiva la vista y que, sin rozar la cursilería, despierta emociones.

martes, 7 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: Musarañas

La conocemos por su particular físico, de ojos saltones y figura enclenque. Intuíamos su talento, que se entrevé por las rendijas de pequeños grandes papeles, casi siempre dotados de garra, histeria y nervio, los mismos atributos por los que Penélope Cruz recibe Oscars. Pero ella jamás se ha encontrado con las puertas abiertas de par en par. Percibíamos su potencial pero nunca tuvimos la oportunidad de explorar sus registros más allá de la comedia. Hasta que llegó Álex de la Iglesia y lo apostó todo por ella. Macarena Gómez.  

Musarañas es la gran ocasión de la cordobesa para demostrar a sus miles de incondicionales que tenían razón, que su enorme capacidad para hacernos reír era sólo un indicio de su gran desparpajo frente a las cámaras. Porque Macarena acepta el reto de un complejo papel protagonista y nos restriega todo el abanico de matices que hasta el momento le habían impedido desplegar. La pequeña, frágil e histriónica actriz, eterna secundaria del cine español, se hace grande, fuerte y solemne gracias a Montse, el personaje más rico y galardonable de toda su carrera.

Montse es una joven costurera auto-recluida entre las cuatro paredes de su hogar. No conoce más mundo. Traumatizada por la muerte de su madre y la agresiva presencia de su padre, se refugia en los brazos de la religión y en el férreo control de su hermana pequeña, construyendo un búnker viciado e impenetrable. Hasta que aparece un apuesto vecino pidiendo auxilio y se remueven los cimientos de la prisión y de su propio equilibrio. De la contención y el autocontrol deriva a un desboque de nervios sin vuelta atrás. Altibajos emocionales que Macarena Gómez extrapola al espectador. Aterra, seduce y enternece con una pasmosa facilidad.

Aseguran que Musarañas la ha dirigido un par de directores noveles, Juanfer Andrés y Esteban Roel, pero por el tono, la atmósfera y, sobre todo, por su desmadre final cualquiera diría que es la nueva película de Álex de la Iglesia. Su implicación en el proyecto parece ir más allá de la mera financiación. No sólo lo confirma la presencia de Carolina Bang en el reparto, también su inconfundible humor negro, que aunque no llega a dominar todo el metraje sí que enturbia el dramatismo y el sosiego que hasta la primera mitad caracterizaba a la cinta.

Musarañas abandona la oportunidad de profundizar en ese ambiente de opresión y claustrofobia en el que vive enclaustrada Montse para entregarse a los brazos de la locura y el desenfreno. Se agradece el delirio al que De la Iglesia nos tiene acostumbrados pero nuevamente se pasa de rosca. Entre gritos, sangre y patadas en los huevos, la cinta va perdiendo carácter y acercándose peligrosamente a los peores vicios del director bilbaíno. Por momentos, hasta la Macarena más cómica parece pedir paso.

Por suerte, la actriz contiene a Lola en Mirador de Montepinar y mantiene el pulso durante toda la cinta. Un thriller meritorio, notable y entretenido pero que se disfrutaría lo mínimo sin la presencia de su gran estrella. Porque si Musarañas cumple un propósito no es otro que el de reivindicar a una actriz en mayúsculas. Macarena Gómez por fin da con esta película un gran golpe sobre la mesa, el que reclama su merecido puesto entre las estrellas y el que le abre las puertas a un nuevo mundo, el de la versatilidad.

lunes, 6 de octubre de 2014

ESPECIAL SITGES 2014: [REC] 4: Apocalipsis

Dos incondicionales de Sitges abriendo el festival. Rodrigo Cortés y Jaume Balagueró desfilaron por la alfombra roja el primer día del certamen. El primero para presentar junto a Gabino Diego y Manuela Vellés 1:58, un corto patrocinado por una empresa energética en el que las bondades del ahorro en la conducción se introducen con calzador para narrar una insulsa y previsible escena de terror. El gallego confesó que la pieza estaba especialmente pensada para el público de Sitges y el público de Sitges sentenció. El tímido y respetuoso aplauso tras la proyección demostró que la propuesta no estaba al nivel de una platea tan friki como exigente ni, por supuesto, a la altura del Cortés más atrevido, el de Concursante y Buried. Palmas de rigor y al plato fuerte de la noche.

Tal y como recordó su productor, [REC] ha formado parte del festival de Sitges desde sus inicios, cuando debutó por todo lo alto con su atrevida propuesta, hasta sus secuelas, que lo único que han hecho es reforzar la hazaña de su progenitora. Tras una segunda parte que alargaba innecesariamente la trama del edificio barcelonés y una tercera dirigida por Paco Plaza que directamente lanzaba al retrete todas sus virtudes, el desenlace llegaba al Hotel Melià con la presión de cerrar con dignidad la historia de Ángela. ¿Lo consigue? Quizá no con la rotundidad deseada, pero sí al menos con más fidelidad y destreza de la esperada.

[REC]4 arranca con la irrupción del ejército en el antiguo bloque del Eixample, con la misión de derribar el edificio y rescatar a los supervivientes, entre los cuáles se encuentra la famosa periodista. Tras los títulos de crédito, despertamos junto a la protagonista en un buque en alta mar, mediante una elipsis tan desconcertante como rebuscada. En su afán de alcanzar el no va más, Balagueró prefiere sacrificar la coherencia para brindarnos un nuevo escenario que, por otro lado, termina siendo apasionante. No entendemos qué demonios pinta una abuela en camisón o por qué un barco y no una isla, pero nos da igual. Ambos dan su juego.

La apuesta era técnicamente arriesgada y en ese aspecto termina saliendo vencedora. La factura es impecable y demuestra que la gran inversión ha sido debidamente empleada, con unos efectos especiales que no chirrían en ningún momento y que bien podrían provenir del otro lado del Atlántico. La mejor escena de la película, protagonizada por un mono mutante en las cocinas del barco, arrancó una sonora ovación en el público de Sitges. No es para menos. Demuestra que en el apartado técnico la industria española ya puede navegar por libre.

El ritmo de la película es imparable, aunque el manejo de los tiempos sea algo más discutible. Balagueró decide interrumpir las diferentes escenas de acción para intercalarlas simultáneamente, desde un rincón al otro del buque. Lo que para algunos supondrá un buen empleo de los diferentes clímax para mí supone una constante interrupción de la tensión dramática, una manera un tanto burda e insatisfactoria de dosificar la adrenalina en el espectador.

Pero si algo caracteriza esta cuarta y última entrega es la histeria. La que por momentos desprende el montaje y la que desde luego apenas sabe manejar un elenco de actores de perfil bajo. Hay situaciones absurdas, como los gritos de Manuela Velasco a la yaya del camisón, y lo son en buena medida por culpa de su inexperiencia. Salvo las valiosas actuaciones de Héctor Colomé e Ismael Fritschi, el resto del reparto responde al terror sin la naturalidad y el campechanismo de los vecinos que fueron parte del éxito de la primera entrega. Sí, puede que [REC] sea la única saga española de terror, pero como sucede con todas, ha perdido toda su frescura y originalidad por el camino. Y, como todas, terminará volviendo.

martes, 30 de septiembre de 2014

ESTRENOS OTOÑO - How to get away with murder

Se ha convertido en todo un talismán. Proyecto que toca Shonda Rhimes, proyecto que se convierte enseguida en un imán para los fieles seguidores de su estilo. Un estilo que la cadena ABC se ha sabido apropiar y que parece contener la pócima perfecta para captar adeptos. Sólo así se entiende que Anatomía de Grey lleve ya once temporadas en antena y que ahora How to get away with murder arrancara el pasado jueves como el mejor estreno de la temporada. Ni Steven Spielberg ni J.J. Abrams. Ella tiene las claves del éxito.

La noche de los jueves ya se ha convertido en la noche de Shonda en la televisión norteamericana y poco pueden hacer sus contrincantes para remediarlo. El desembarco de How to get away with murder ha conformado un trío de ases infalible, el que cierran esta nueva Annalise Keating con Meredith Grey y Olivia Pope. Todo un woman power televisivo con el que Rhimes se ha asegurado un puesto de honor en el olimpo de las más influyentes, marcándose ya un tête à tête con la mismísima Oprah Winfrey.

Con un toque femenino, incluso feminista, consigue convertir el clásico procedimental en un agitado y adictivo enredo. No importa si estamos en los pasillos de un hospital o ahora en las aulas de una prestigiosa facultad de derecho. El ritmo siempre es frenético, sin pie al aburrimiento. Shonda tiene la fórmula secreta y seguro que pasa por un reparto variopinto e intergeneracional, con todas las opciones posibles de interacción, y por una cuidada selección musical. Siempre con una buena dosis de locura, la que sólo sus seguidores son capaces de tolerar.

De ahí que How to get away with murder sólo sea apta para Shondadictos. Porque a pesar de una premisa en principio tan alejada de Anatomía de Grey y de Scandal, la serie no pertenece al género thriller ni al género legal. Pertenece al género Rhimes. Y eso significa que el rigor y la verosimilitud se sacrifican por el bien del espectáculo. Así pues, pasando por alto que la figura protagonista, una eminente profesora de derecho que involucra a los alumnos en sus casos, es insostenible y que los propios sucesos son meras excusas para embrollar la trama de sus protagonistas, el piloto se disfruta como una montaña rusa. Subidones, giros, adrenalina y escasos segundos para reflexionar.

La serie arranca fuerte, con cuatro de sus personajes principales involucrados en un asesinato. De ahí a un flashback que nos sitúa tres meses atrás y que nos muestra la rivalidad entre un centenar de estudiantes para hacerse un hueco en el prestigioso bufete de su estricta maestra. A continuación, otro caso de asesinato, infidelidades, flirteos, traiciones, sexo gay y hasta un cunnilingus. Jamás 40 minutos dieron para tanto.

Pero, sin duda, el gran logro, y la gran baza, de la serie es el fichaje de Viola Davis, omnipresente e indispensable durante todo el capítulo. Esta nueva femme fatale de la televisión, agresiva, ambiciosa y sin escrúpulos, promete darnos grandes dosis de ambigüedad y de imprevistos. La protagonista perfecta para una productora que no se anda con sutilezas. Agárrense fuerte, porque si Shonda ha descargado tamaño arsenal en el piloto, es que todavía dispone de artillería pesada. Imposible ya detenerla.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Malditas coincidencias

Mientras Daniel Monzón se atiborra estos días con el festín que le ha brindado una potente campaña de marketing a su correcta, efectiva y bien resuelta El niño, esta semana Alberto Rodríguez estrena su isla mínima con el respaldo unánime de una crítica lanzada a sus pies pero probablemente sin la maquinaria de propaganda suficiente como para convertir a esta película en lo que es, el nuevo gran paradigma del cine español.

Podría haberse conformado con entregar un gran thriller, siguiendo a rajatabla los cánones del género, sin desviarse un ápice del camino. Hoy estaríamos aplaudiendo la impecable factura que envuelve a su crimen por resolver. Pero el director andaluz demuestra por segunda vez que no basta con cumplir el expediente. Si en Grupo 7 enriquecía su relato policial ambientándolo en la Sevilla de los años previos a la Expo, esta vez ha decidido retroceder unos años más y situar la intriga en ese no tan ejemplar tránsito entre la dictadura y la democracia españolas. Un esfuerzo de contexto que cubre de matices la investigación de dos policías antagónicos en un pueblo de la Andalucía más recóndita.

Las marismas sirven de escenario perfecto para una puesta en escena insólita en nuestro país. Planos aéreos abismales que desde los títulos de crédito ya nos sitúan en un páramo inhóspito, tan inaccesible como aterrador. Entre hierbajos y humedales se presenta una escena del crimen angustiante y envolvente, la versión andaluza del frío y gélido cine negro sueco.

Sin enredarse en una maraña de pistas falsas y vías muertas, el guión nos va conduciendo de la forma más sencilla y elegante posible desde la desaparición de dos adolescentes durante las fiestas del pueblo hasta la resolución del caso, siempre desde el punto de vista de dos agentes que representan a las dos Españas, la de la violencia y la opresión frente a la que mira al frente con ganas de olvidar el pasado. Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo conforman un tándem también inaudito en el ámbito de la interpretación española, repleto de tormento y contención, sin ruido ni estridencias. A tono con la atmósfera del metraje.

Rodríguez podría haberse contentado con todos estos elementos y, sin embargo, arriesga de nuevo jugando con la cámara, regalándonos planos como el que nos presenta la escena del crimen desde una camioneta repleta de patos o el que nos sitúa en el asiento del copiloto en plena lluvia durante un registro, por no mencionar su particular mirada sobre la fauna local, testigo omnipresente de la atrocidad humana. Pero sin duda la escena que se lleva la palma y que más logra palpitarnos el corazón es la que tiene lugar entre dos coches en una carrera nocturna cargada de miedo y de tensión. A la altura del mejor Fincher. Ni siquiera se le puede reprochar la falta de valentía en el final, tan atípico como cargado de simbolismo.

Lástima que la casualidad haya querido que La isla mínima coincidiera en el tiempo con la reciente y exitosa 'True detective', porque las comparaciones lamentablemente están fundadas. Dos policías atormentados enfrentándose a un crimen en el que el paisaje también tiene su rol particular. Imposible ignorar la sensación de 'déjà vu'. Pero lo mismo le ocurrió hace unos años a Pablo Berger y su maravillosa Blancanieves con The artist. Malditas coincidencias que empañan en cierta manera la gran hazaña de sus propuestas pero que incluso han logrado reforzarlas. Marcan la diferencia hasta entre sus enormes semejantes.