
Hasta las narices he terminado estos días viendo a todos los medios sin excepción comparar Super 8 con E.T., Encuentros en la tercera fase y Los Goonies. Sí, de acuerdo, J.J. Abrams ha decidido hacerle la pelota al rey de Hollywood y el monarca se ha dejado regalar el oído (o más bien la vista) con una sucesión de imágenes claramente inspirada en sus obsesiones. O justo al revés, el director judío tiene un ego tan grande que se ha buscado a un subalterno influyente para que el autohomenaje no resultara tan evidente.

J.J. Abrams nos presenta una película entretenida que desde luego es todo un tributo a Steven Spielberg, director que gustará más o menos pero que sin duda es merecedor de todo reconocimiento. Hay situaciones directamente extraídas de su imaginario, secuencias que prácticamente calcan los filmes antes citados. Incluso la afición de los jóvenes protagonistas por grabar con cámaras domésticas es una alusión directa a sus inicios, un signo de admiración hacia Spielberg casi tan evidente como la del protagonista de Dawson crece.
Pero tampoco falta la marca J.J. Abrams en esta fusión entre dos de los grandes nombres de Hollywood. La más evidente de ellas se encuentra en la banda sonora, de nuevo a cargo de Michael Giacchino, y que tanto recuerda a los momentos trascendentales y ralentizados de Lost. La obsesión del maestro de las gafas de pasta por las presencias amenazantes, allí un humo negro, aquí un alien gigante, también es un tema recurrente en su carrera. Por no hablar de la secuencia caótica, aterradora, del descarrilamiento del tren y que enseguida nos retrotrae al piloto con el avión de Perdidos.

Sin embargo, desde el momento en que se descubre el misterio que rodea al accidente de tren, Super 8 va adquiriendo poco a poco un tono desmesurado que la convierte en un sucedáneo mal logrado de La guerra de los mundos. En el desenlace prima el despliegue de efectos especiales antes que la resolución de la trama infantil que da nombre a la película, relegada a los títulos de crédito finales. De repente, la trama que se ha ido desgranando poco a poco y de forma muy calculada, se desenfrena hacia un final acelerado e inverosímil incluso para un género de ciencia ficción.
La conclusión que se extrae de este matrimonio de conveniencia entre J.J. Abrams y Steven Spielberg es que el primero es más bueno revitalizando sagas míticas como Star trek o Misión imposible y maquinando argumentos adictivos para la televisión y que el segundo, por su parte, es mucho más sugerente cuando abandona los juguetitos que le brinda la industria audiovisual para abordar temas más arriesgados (La lista de Schindler, Munich). Finalmente, la unión entre estas dos fuerzas no ha resultado tan satisfactoria como era de esperar.
Comentarios
La guerra de los mundos me pareció un bluff tan grande que la simple comparación a ella elimina todo el interés que pueda tener por ella.