
Lleva toda la semana Pedro
Chucky Piqueras informando a sus televidentes de las excelencias de
No habrá paz para los malvados. No es que el presentador de repente le haya cogido tanto cariño al cine como a las tragedias. Seguimiento tan especial tiene una explicación menos sentimental. Y es que
la nueva película de José Coronado está producida por Telecinco Cinema y ya conocemos la afición de esta cadena por el autobombo, capaz de inundar toda la parrilla desde primera hora de la mañana hasta el último informativo de madrugada. Pero el corporativismo tiene dos graves problemas: es subjetivo y genera demasiadas expectativas.
Que la película ha recibido el respaldo unánime de la crítica no es una exageración.
Todos los medios, y no únicamente los de Mediaset, han destacado la buena acogida que ha obtenido el filme de Enrique Urbizu en el Festival de San Sebastián. Algunas críticas la han condecorado incluso con el máximo número de estrellas. Un efecto contagio imparable que conviene matizar, puesto que película y actor no están al mismo nivel de brillantez, aunque ambos en su conjunto superen de lejos la media de calidad de nuestro cine.

El trabajo de José Coronado en
No habrá paz para los malvados es indiscutiblemente soberbio. Un actor que siempre ha dado la talla en series de evidente y dudosa calidad (
Acusados, ejemplo de lo primero,
R.I.S., de lo segundo), que ya se hizo notar con papeles brillantes en
La caja 507 o
La vida de nadie, certifica ahora que es uno de los grandes del cine español.
La alargada sombra de Javier Bardem se ha visto de golpe invadida por un clásico de nuestro panorama que hasta ahora no había obtenido el debido reconocimiento. Santos Trinidad es la catapulta que eleva a Coronado del terreno de los atores eficientes al firmamento de las estrellas con prestigio.
Sin embargo,
no hay que dejarse llevar por la emoción de una interpretación a todos ojos magistral.
No habrá paz para los malvados es una buena cinta de suspense, en parte también gracias al impecable trabajo del resto de actores, pero su excesiva meticulosidad a la hora de narrar una investigación que se inicia en un prostíbulo y termina en un atentado terrorista, pasando por el tráfico de drogas, la convierte en una maraña de nombres y conexiones de difícil digestión.

El arranque de la película es demasiado prometedor.
Un veterano policía, alcohólico perdido, versión seria de José Luis Torrente, mata sin compasión a tres miembros de un club nocturno. Mientras intenta borrar las huellas de su crimen, un testigo huye despavorido del local. El agente utilizará todos los medios policiales a su alcance para acabar con él, pero en su búsqueda se topará con las pistas de un caso de mucha mayor envergadura, que investiga la implacable jueza Chacón (brillante Helena Miquel).
Entre ese inicio y un final sugerente y magistral, de los mejores que se ha rodado en este país, asistimos a todas y cada una de las pesquisas policiales de Santos Trinidad y la jueza.
No puede negarse la exhaustividad de la trama, ni tampoco la impecable factura del montaje, pero conviene preguntarse qué objetivo persigue tanta minuciosidad. ¿Para denunciar la corrupción política y policial? ¿Cómo reflexión sobre el inseguro mundo en el que vivimos? Lo que está claro es que Urbizu sacrifica la intriga y la acción más propias de un
thriller por un desarrollo que desinfla las enormes expectativas de la cinta.
Mientras, Santos Trinidad, en solitario, sin el respaldo de un filme que no está a la altura de su protagonista, pasará a la historia como uno de los grandes personajes del cine español.
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