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Un Haneke menos hanekiano

La cinta blanca. O más bien la semilla del mal es lo que nos ha querido retratar Michael Haneke en la que ya se considera como la obra maestra del director austríaco. Blanco y negro impoluto, clasicismo casi académico, narración tradicional. Todo al servicio de una historia que nos traslada con sumo realismo a la Alemania de principios del siglo XX, caldo de cultivo de un régimen opresor y basado en el odio que la mayoría aceptó sin remedio. Y es que la guerra, y posteriormente el nazismo, no eran más que una extensión del status quo reinante, basado en las jerarquías, la autoridad y la absoluta falta de libertades.
El director ha querido recalcar en todas sus apariciones mediáticas que La cinta blanca no es sólo una excepción alemana. No hay más que echar un vistazo a las relaciones familiares que nos muestra el filme para darnos cuenta que la férrea disciplina no nos es desconocida a este lado del continente. Valores como el respeto, la autoridad y la obediencia, tan venerados incluso en la actualidad, muestran sus profundas flaquezas en un filme tan duro y crudo como la realidad que nos plasma.
El profesor en un pequeño pueblo del norte de Alemania nos narra en primera persona los acontecimientos previos al estallido de la I Guerra Mundial. La sospecha y la desconfianza se adueñan de sus habitantes cuando comienzan a producirse una serie de terribles sucesos. La maquinaria del odio comienza a arrancar y florecen la amenaza, los castigos y las venganzas, únicas armas de un régimen que no conoce el diálogo. El poder, a todos los niveles, tanto familiar como social, recrudece su opresión, ante la que sólo se admiten dos posturas: obediencia o rebeldía.
¿Cómo puede explicarse la barbarie nazi y el silencio otorgador de la sociedad alemana? Ese es el complicado planteamiento que ha querido responder Haneke, recreando el severo entramado social que pudo haber favorecido la implantación del régimen autoritario. La disciplina y la obediencia estaban tan arraigadas en el seno familiar que no resultaría muy complicado acostumbrarse a un sistema político basado en los mismos principios. En el propio hogar, el cuestionamiento y la insubordinación no tenían cabida. Y es ahí, en el papel educativo, donde el austríaco hace más hincapié, cuestionando una rigidez con devastadoras consecuencias.
Haneke abandona su tendencia turbadora y explícita para ofrecernos algo más bien insólito en su filmografía: la sugerencia. El cambio de registro sorprenderá a sus seguidores, puesto que aquí las atrocidades cometidas no se muestran de una forma tan manifiesta como en algunas de sus anteriores propuestas. El director olvida las mutilaciones de clítoris de La pianista o las violentas secuencias de Funny games y apuesta por un enfoque que encaja a la perfección con la tendencia de aquellos años. Las miserias, mejor de puertas hacia adentro.
Pero el director no sólo traslada el contenido a principios del siglo pasado, sino también la forma, con los aciertos y los peligros que ello puede conllevar. Y es que aunque el blanco y negro y los grandes silencios, por ejemplo, sean la mejor manera de ponernos en contexto, puede resultar un poco complicado para el espectador joven amoldarse a un lenguaje cinematográfico ya caduco. Los rasgos de La cinta blanca que para los críticos más maduros la convierten en obra maestra pueden ser los que más ahuyenten al público más actual. Pero ya se sabe. ¿Quién dijo que Haneke fuera comercial?

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