
El sello Steven Spielberg, que antes era garantía de éxito, ha demostrado este año mostrar claros síntomas de agotamiento. Las incursiones del rey Midas de Hollywood en la pequeña pantalla han disminuido a la altura del betún sus obsesiones extraterrestres (Falling skies) y jurásicas (Terra Nova). Mayor fortuna tampoco han corrido sus últimas coproducciones cinematográficas. Ni con Peter Jackson en Tintín ni con J.J. Abrams en Super 8 ha logrado el creador de E.T. cautivar como antes.

Hasta ahora hemos pasado gustosamente por el tubo. Tiburones con mentalidad de psychokiller, dinosaurios contemporáneos, guerras que se paralizan para rescatar al único hijo en vida de una madre desconsolada. Todo era posible en la mente de un creador amante de las historias con final feliz. El empeño, la imaginación y, sobre todo, los medios nos hacían obviar la credibilidad de sus planteamientos. De Spielberg nunca esperamos un retrato social, su vocación siempre ha sido la de mago. Pero esta vez los trucos de magia se han vuelto demasiado evidentes.
La primera parte de la cinta es la que más daño le hace al metraje. A la presentación edulcorada del caballo Joey le suceden unos personajes tan estereotipados como el de los padres humildes pero honrados, el malvado arrendatario de la granja e incluso una oca que, sin hablar, aparece con el único fin de conquistar a los más pequeños. No ayudan en nada frases del tipo “con las penurias que estamos pasando” o una omnipresente banda sonora que se encarga de acentuar todas y cada una de las emociones que conviene estimular, léase ternura, pena, risa fácil o suspense.

Y es que a pesar de su innegable proeza visual, de un sentido del ritmo que acelera las dos horas y media de metraje, Caballo de batalla no deja de ser un ejercicio de escasa exigencia, tanto para el director, que echa mano de las herramientas más elementales de conquista, como para el espectador, que sólo debe dejarse guiar cual GPS a través de la ruta más fácil y rápida hacia la risa o el llanto. Para muchos sería un insulto si el firmante no fuera Steven Spielberg. Para otros es la certificación de que a nuestro Peter Pan favorito la vejez no le está sentando nada bien.
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Saludos.