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Al final de la vida

La vejez es deprimente, por mucho que nos cueste reconocerlo. Tras los eufemismos de la tercera edad o la edad de oro se esconde una etapa en la que debe resultar imposible ignorar el pasado. Aunque existen mil maneras de sobrellevar la carga de los años (algunos lo llevan con lozanía, otros con depresión), al final el inevitable deterioro físico y el destierro de la población activa terminan destruyendo la moral de cualquiera. La juventud es y seguirá siendo divino tesoro.
La propuesta de Laura Mañá, en ese sentido, es arriesgada y valiente. La vejez no vende en taquilla, y mucho menos si se mezcla con escenas subidas de tono. El sexo, que es un reclamo imprescindible para que las películas de adolescentes se conviertan en éxito, actúa más bien de repelente cuando lo protagonizan actores de más de 65 años. ¿Alguien colgaría en su habitación un póster de Pilar Bardem desnuda? Elsa Pataky seguro que quedaría mejor.
El cometido de La vida empieza hoy lógicamente no es despertar la libido de la platea, sino denunciar el amodorramiento generalizado al que nos sometemos con el paso de los años, pero sobre todo utilizando la vía del humor. Durante el preestreno el pasado martes en los cines Comedia de Barcelona se percibió más la risa contagiosa que los silencios reflexivos. En esta curiosa mezcla entre humor y reflexión que nos plantea Mañá, muy parecida por cierto a la utilizada en la reciente Gordos de Sánchez-Arévalo, el primero ganó la batalla a la segunda.
La vida empieza hoy es un relato coral en torno a las sesiones sobre sexo de un grupo de mujeres y hombres a los que el paso del tiempo les ha minado, no sólo la vida sexual sino también la afectiva. Al personaje de Luis Marco, por ejemplo, la vejez lo ha ido alejando cada vez más de su mujer, que acumula tareas de maruja y abuela para distanciarse de él. Mientras, Herminia, a la que da vida Sonsoles Benedicto, se debate entre vivir dando explicaciones sobre los actos impropios de su edad o la liberación de hacer lo que le venga en gana.
Las tristes consecuencias de la vejez quedan reflejadas en la película de Mañá pero terminan eclipsadas, como decía, por las situaciones disparatadas, algunas desternillantes, en torno al sexo. El paseo en autobús de Pilar Bardem, que a través de la ventana observa a varios de sus congéneres matar el tiempo, unos paseando al nieto, otros dando de comer a las palomas, es de los más hermosos del filme y, sin embargo, acaba silenciado por las irremediables carcajadas que produce la escena de Mariana Cordero con atuendos de leoparda.
La vida empieza hoy podría haber explotado mucho más la vena cómica, multiplicando al máximo las ingeniosas escenas que puede dar de sí el sexo en la tercera edad, pero probablemente la acusarían de frivolizar el tema en exceso. También podría haber apostado por el drama social de profundo calado, pero lo mismo le llovían las críticas por lacrimógena. Con su combinación particular, Mañá prefiere situarse en un terreno cómodo y fácil entre ambos extremos, logrando así únicamente una película simpática y amable.

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