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La fallida mudanza de Da Vinci

Pocas veces tantos espectadores podrán ser testigos del traslado a la pantalla de un libro que ya han leído cerca de 40 millones de personas. El código da Vinci es un éxito editorial indiscutible. Un dulce caramelo que la productora Sony justo ahora empieza a saborear. Las 750 salas en las que este fin de semana se ha estrenado la película de bien seguro habrán estado a rebosar de ávidos lectores deseosos de conocer cómo se ha realizado la mudanza del papel al fotograma (224 millones de dólares ha recaudado en todo el mundo durante su primer fin de semana).
Las críticas en su mayoría han sido feroces, tanto en lo que al libro como a la película se refiere. Los fenómenos de masas suelen ser carne de cañón de los analistas culturales, bien sea por pura pedantería o por aquello de que la cultura cuanto más popular peor. En todo caso, no parece que los comentarios vertidos por la prensa estos días vayan a afectar lo más mínimo a las ventas, tanto de ejemplares como de entradas. Al menos de momento.
El código da Vinci libro es, a mi juicio y aún a riesgo de nadar a contracorriente, un best-seller apasionante, en el que cada capítulo se devora con más intensidad que el anterior. La mezcla equilibrada entre suspense y datos más o menos históricos, pero que se presentan reveladores y fascinantes, es probablemente el motivo de su éxito. No importa si la novela es fiel o no a la historia. El lector no es tonto y sabe que no se encuentra delante de una historia novelada sino ante una obra de ficción con una teoría argumentada de forma brillante.
Es lógico que los historiadores pongan el grito en el cielo (en su momento, los biólogos también harían lo mismo cuando vieron con qué facilidad recuperaba Michael Crichton a los dinosaurios en la también adaptada Parque Jurásico). Sin embargo, no entienden que más que un atentado contra sus disciplinas, estos éxitos comerciales de ficción siembran dudas y generan más interés por ellas.
El problema viene cuando, más que suscitar el interés del espectador, lo único que se consigue es una mayúscula risotada. El código da Vinci filme le hace un flaco favor a la novela en la que se inspira. No porque le sea infiel (más bien al contrario, se trata de una reproducción meticulosamente idéntica de su argumento) sino porque durante la mudanza del papel al fotograma se pierde por el camino la credibilidad. La película es como una ametralladora que dispara sin cesar tesis y más tesis conspiratorias. Lo que comienza siendo sugerente se torna ridículo con el avance del metraje. Cada nueva revelación es más inverosímil y enrevesada que la anterior, hasta que al final ya no interesa lo más mínimo si Maria Magdalena era de sangre real, si Jesús fue un humano normal y corriente con descendencia o si el Priorato de Sión sobrevivió o no hasta nuestros días. Al final lo único que se desea es que termine de una vez ese vómito incesante de teorías incomprensibles. Porque si bien en el libro las diferentes tesis se defienden con suma coherencia hasta parecer mínimamente creíbles, en la película es imposible asimilar tal cantidad de información vertida sin ton ni son. Se llega incluso a la paradoja de que los hechos se suceden muy rápidamente pero el filme se asimila lento y pesado.
Los personajes tampoco aportan demasiado a la credibilidad de la película, pero no es precisamente Tom Hanks el principal culpable. Audrey Tautou no se cree en ningún momento lo que interpreta, su rostro atónito y pasmado a duras penas cambia a lo largo del filme y demuestra ser incapaz de actuar más allá de Amélie. Ian McKellen es el único de todo el repertorio que confiere a El código da Vinci una mínima seriedad (casi paródico es el papel al que han destinado al albino Silas).
En definitiva, Ron Howard encarna la imposibilidad de trasladar un libro de estas características a la gran pantalla. La tarea era complicada, pero se podría haber resuelto de otras formas que no siguieran necesariamente la estructura narrativa de la novela. Por ejemplo, los constantes flashbacks históricos se podrían haber planteado como una buena introducción de la película. Ponerle rostro y cuerpo a Maria Magdalena y Jesús o recrear esas batallas entre la Iglesia y los paganos en la antigua Roma hubieran resultado de lo más útil para dotar a la trama de cierta verosimilitud y para captar el interés, tanto de los neófitos del fenómeno da Vinci como de los lectores, defensores o detractores de la novela. Sin embargo, tal y como está planteada lo único que se consigue es que la Iglesia parezca ridícula en su campaña contra la película. Pueden estar tranquilos. El código da Vinci filme tiene menos credibilidad que los cimientos de la religión católica que pretende tambalear.

Comentarios

joseSTEREO ha dicho que…
"Se llega incluso a la paradoja de que los hechos se suceden muy rápidamente pero el filme se asimila lento y pesado": completamente de acuerdo

yo no me he leído el libro, pero a juzgar de lo que vi, hasta THE BODY con Antonio Banderas tenía más credibilidad

y encima prescinde de todos los detalles que más me interesaban, como por ejemplo la interpretación de los cuadros...
Nosolomusica ha dicho que…
A mí ese libro siempre me ha parecido vulgar y nunca lo he leído. Es un mal best seller, es como Firefox, algo que aparenta lo que no es y que tiene exceso de publicidad. Además, leí una opinión buenísima sobre la forma de escribir de Dan Brown:

http://www.ciao.es/Angeles_y_Demonios_Dan_Brown__Opinion_932482

Con la cantidad de libros que hay que merecen ser éxitos de ventas, no entiendo cómo un libro tan vulgar ha llegado tan lejos. Además, está muy pasado de moda criticar a la Iglesia, ahora se llevan otras cosas.

Y la película... entre lo poco cinéfilo que soy, lo poco que me gusta Tom Hanks y lo que admiro yo a Dan Brown... No hace falta ni que me moleste en verla xD
Anónimo ha dicho que…
Hola,
aún no he ido a ver el Código Da Vinci y, voy a ser sincero conmigo mismo, es bastante probable que no vaya. Aún no he visto Azuloscurocasinegro que me interesa mucho más, así que está complicado. Sí que leí el libro y me pareció un libro entretenido, malo, mal escrito, muy tosco pero muy entretenido. La polémica religiosa me parece un elemento de márquetin sabiamente usado por el autor y la Iglesia, con su clásica falta de cintura, ha embestido como un toro con lo cual lo único que ha conseguido es darle publicidad.
Un saludo.
Fer ha dicho que…
Es el primer comentario que hago, por lo que aprovecharé para saludar antes de meterme en faena.
Lo primero es mostrar mi desacuerdo con la visión que se da de la crítica. No es malo que la cultura llegue a un mayor público: lo malo es que la cultura se haga para llegar a un público, esto es, en base a las ventas. Mezclar economía y cultura no da buenos resultados, de ahí los ataques a un libro escrito por un puñado de dólares, de pésima redacción, argumento insostenible y errores clamorosos. Seguro que La Regenta, superventas de su tiempo, no suscitó este debate.
Otra cosa es que El Código Da Vinci enganche, que lo hace. Pero ese enganche se sustenta en cortar un capítulo en el momento álgido, nada que no sepamos. De ahí la necesidad de pasar página (leí el libro en un fin de semana).
Aparcado ese suspense, de nada sirven los datos pretendidamente históricos. Porque una fábula no se convierte en Historia debido a que el señor Brown lo prologue como tal. En ese contexto, cualquier cosa es, por lo tanto, reveladora y sorprendente. De ahí el problema: el lector español (incluso universal) medio tenderá a creerse lo que le dicen, he ahí el auténtico problema de este libro.
Como historiador que soy, pongo el grito en el cielo. No porque pueda ir contra mi disciplina, siempre en constante reinterpretación, sino por el aborregamiento que provoque en la sociedad. De hecho, nadie acude a libros de Historia para saciar la curiosidad que suscita El Código Da Vinci, sino que recurren a libros pseudo-históricos nacidos a la sombra del fenómeno.
Ése es el peligro...
POLE.T. ha dicho que…
Muchas gracias fer por tu comentario (por cierto, compartimos edad) Está bien que un historiador nos aclare que el código da vinci tiene errores clamorosos. También comparto que seguramente muchos lectores no acudirán a los libros de Historia para documentarse y sí en cambio a otras publicaciones con no menos errores clamorosos (también cabría, eso sí, comprobar cuanto de cierto hay en los evangelios). En cambio, no creo que sea tan fácil como comentas hacer un libro que enganche y conseguir que te lo leas enterito en un fin de semana. Nadie leería 600 páginas de un tirón de un libro mal escrito y mal planteado, porque simplemente lo dejaría en la página 100. Creo que ese mérito no se le debe reprochar a Brown.
Compartes la crítica de la película? Me ha gusto mucho tu comentario.
Fer ha dicho que…
Llego con dos meses de retraso, me imagino, de ahí que pida perdón anticipadamente.
Sin más dilación, voy al grano: los Evangelios, como todo en La Biblia, tienen sus fallos. Y gordos (aunque al menos son la parte más fidedigna del libro). No concuerdan entre ellos, para empezar, y son parte de un cuerpo mayor de Evangelios, todos escritos décadas y siglos después de la muerte de su protagonista. Pese a todo, son una de las mejores fuentes para la Judea de ese periodo.
En cuanto al mecanismo para enganchar de un libro u otro, diré que no tiene que ver con la calidad literaria. Más bien depende del planteamiento, no tanto por la sinopsis: que el libro te fuerce a pasar página es más bien una treta que enmascara lo corto, imperfecto e irregular de cada capítulo. El mérito no es de Brown, sino de la Sherezade de Las mil y una noches, personaje que recoge una tradición bastante antigua, por otro lado.
Sobre la película nada te puedo decir, porque no la he visto. Pero si me das un tiempo, me la bajo de Internet y escandalizo a mis neuronas.
Un saludo.

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