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Grandioso experimento que no alcanza la obra maestra

Hoy no estaríamos hablando de Boyhood con la misma intensidad y euforia de no ser por la increíble ingeniosidad de su director. Sorprende que a nadie se le ocurriera antes extender el rodaje de una película a lo largo de doce años, captando como nunca antes la evolución física de sus protagonistas. Sin artificios ni maquillajes. Con la única intervención del inviolable paso del tiempo. Elipsis temporales, genuinas y reales, que son el auténtico anzuelo de una historia que de cualquier otro modo jamás hubiese llamado nuestra atención.

¿Alguien se imagina la vida del joven Mason fragmentada por una sucesión de carteles aclarando que ha transcurrido un año después? ¿O recurriendo a un casting que no desentonara demasiado con esa complicada evolución de la infancia a la adolescencia? Es imposible separar el relato de la enorme ocurrencia de Richard Linklater, que ha llevado a un estadio superior la ya de por sí brillante propuesta de su trilogía de Antes de. Porque Boyhood no se entendería, ni se gozaría, sin esa apasionante (incluso morbosa) tribuna con vistas privilegiadas al avance de los años.  

La transformación física que va experimentando el protagonista y su entorno familiar está muy por encima de un relato plagado de momentos entrañables, sobre todo en la etapa infantil, pero también de minutos de relleno que sobrecargan la cinta, sobre todo en esa época tan poco agradecida de la vida que es la adolescencia. Así, se disfrutan mucho más los guiños costumbristas de principios del siglo XXI, como ese baile de la pequeña Samantha machacando a su hermano con Britney Spears o las partidas a la Xbox y la Wii, que los años previos al ingreso en la universidad. Será que en el cine la infancia también resulta mucho más atractiva.

En todo caso, aunque el relato carezca del clímax o de los giros inesperados a los que todo filme debería recurrir, contiene los suficientes instantes como para empatizar con cada uno de los ángulos que componen este desestructurado y tan moderno cuadrado familiar. Comprendemos a esa madre debatiéndose entre su propia felicidad y la educación en exclusiva de sus hijos, tan sensata y neurasténica como permite la brillante actuación de Patricia Arquette. Conectamos con el padre molón, ese que aparece de uvas a peras, que se agencia los mejores instantes, espíritu libre y egocéntrico que, sin embargo, inyecta a sus descendientes esa dosis necesaria de sana locura. Ethan Hawke se consolida aquí como el muso particular de Linklater. Y sobre todo entramos de lleno en la visión de los más inocentes, primeras víctimas de los logros y los desvaríos paternales. Retrato familiar de primer orden.

Lástima que Boyhood caiga por momentos en vicios telefílmicos, como esas escenas de maltrato tan toscas o el chirriante llanto final de Arquette, porque son las que impiden que la película pueda considerarse, como muchos afirman, una obra maestra. Nadie puede negarle el mérito a Linklater de haber hecho historia con su mágica idea pero no deja de ser un poquito decepcionante que no la aprovechara del todo para convertir esta meritoria obra en algo más que un gran experimento cinematográfico.

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