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No parece española (enésima parte)

Lo ha vuelto a conseguir. La poderosa maquinaria de Telecinco Cinema y Mediaset se ha puesto otra vez en marcha y ha logrado catapultar a los más alto de la taquilla española a su nueva creación, como en su día hizo con Lo imposible, No habrá paz para los malvados o la anterior producción de Daniel Monzón, Celda 211. El niño se ha convertido en el mejor estreno español del año, por delante incluso de Ocho apellidos vascos, y si lo ha conseguido es en gran parte gracias al espectacular despliegue de medios de un equipo de marketing, el del grupo liderado por Paolo Vasile, que no tiene rival en nuestro país.

Presencia omnipresente en prácticamente todos los espacios de sus canales de televisión, avance simultáneo, espectacular premiere, conexiones en directo desde el informativo nocturno con los protagonistas encaramados en un helicóptero. La técnica de estos genios de la promoción es tan minuciosa y experimentada que difícilmente un producto, por mediocre que sea, pasará desapercibido para la gran audiencia. ¿Le resta mérito esta estrategia a una cinta con tintes de superproducción? En los tiempos que corren, cualquier esfuerzo por levantar las cifras del cine español parece pequeño.

La cuestión es si la película está a la altura de tamaña propaganda, si el resultado satisface las enormes expectativas creadas. Y, a juzgar por el desfile de acción y efectos especiales, efectivamente lo está. El niño cumple a la perfección con los atributos encomendados. Es un ágil y solvente thriller policial con un par de escenas de infarto impecablemente resueltas. Y lo más importante: contexto e interpretaciones aparte, no parece una cinta española. Paradójicamente, es el gran mérito que persigue buena parte de nuestro cine.

Sin embargo, reducir las virtudes de un filme a dos secuencias de acción sería insuficiente. Sobre todo si esas persecuciones en alta mar son capaces de ejecutarlas desde la industria de Hollywood sin apenas pestañear. Mal vamos si nuestra única aspiración creativa consiste en alcanzar los fuegos artificiales que desde el otro lado del charco llevan décadas fabricando. Más allá de la técnica, quizá que busquemos otras señas de identidad.

Afortunadamente, Monzón no se conforma alardeando de presupuesto. Aprovecha a la perfección una premisa que parece mentira que no se explotara antes. Y es que conocemos a la perfección, gracias al cine y la televisión, las tensiones en la frontera de México con Estados Unidos o las de Israel con Palestina. Sin embargo, un polvorín tan cercano y tan peculiar como el que separa en tan pocos kilómetros a España, Reino Unido y Marruecos apenas había tenido visibilidad en pantalla. Un tremendo choque de culturas que aporta a El niño ese pequeño (aunque no suficientemente explotado) toque diferencial.

Lástima que el otro gran reclamo de la cinta, junto a los efectos especiales, sean simplemente dos ojos azules, los de una historia tan mediática como la del churrero que logra convertirse de la noche a la mañana en actor. Hacen falta sólo un par de escenas con Luis Tosar, Eduard Fernández o incluso su joven compañero Jesús Carroza para certificar que se necesita algo más que la cara bonita de Jesús Castro para llenar la pantalla. Los dos atributos que ha resaltado la publicidad de El niño son precisamente los que más juegan en su contra. Con un guaperas solvente como Rubén Cortada y con menos metraje surcando las olas, puede que al fin la cinematografía española hubiese alcanzado su Santo Grial: la superproducción de autor.

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