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Demasiados caminos

Lo de Ryan Gosling comienza a ser preocupante. Su papel de chico malo pero con corazón, el prototipo de hombre que al parecer encandila a las mujeres y las empuja en manada al cine, se agota. Y lo que es peor, pone en entredicho sus cualidades como actor, algo que nadie ha cuestionado con Drive o Blue Valentine pero que en Cruce de caminos activa las alarmas. ¿Será capaz este chico de encarnar a otro personaje que no sea el de novio canalla, con principios de maltratador, que encandila a las chicas con la misma facilidad que las humilla?

En Más allá de los pinos, el sugerente pero excesivamente poético título de la película en Estados Unidos, no se produce el milagro. Gosling vuelve a interpretar a un tipo duro, solitario, que un buen día descubre que tiene un hijo fruto del polvo de una noche. A partir de ese instante, decide hacerse cargo del pequeño a su manera, atracando bancos, y convirtiendo en un calvario la existencia de la madre, una Eva Mendes que a su vez no puede evitar mojar la ropa interior cuando está frente a él. La historia del adictivo macho alfa se repite.

Como la imagen del personaje sería dolorosamente machista, el guión siempre guarda un rinconcito de sentimentalismo bajo la piel del actor. El espectador, sobre todo la espectadora, encontrará menos culpable su placer si se justifica con motivos pasionales, aunque ese precisamente sea el motivo que mueve al 99% de los sucesos que cada día pueblan nuestros telediarios.

Sin embargo, la enésima lucha de Gosling con sus arrebatos y su dificultad para encauzar los sentimientos son el primer gancho de una película que a mitad de camino decide romper el molde y cambiar de protagonista. Como hiciera con Blue Valentine, aquí Derek Cianfrance no nos presenta con detenimiento y crudeza el declive del amor sino tres historias, tres caminos cruzados (de ahí el evidente título español), que el director no maneja con la misma soltura.

El primer punto y aparte, cuando entra en escena Bradley Cooper, descoloca y se agradece. Mediante un inesperado golpe de timón, la cinta nos sumerge en los avatares de un policía urbano que, sin quererlo, influye de lleno en la vida de Gosling. Cruce de caminos cambia de registro y se vuelve más oscura, más sórdida, gracias a la aparición de personajes magistralmente vomitivos como el de Ray Liotta. Pero Cianfrance decide no echar el freno y añade una segunda ruptura que avanza la historia quince años más tarde. El juego de coincidencias pierde la gracia y se torna interminable.

De esta manera, las dos historias prometedoras, la que debía encarrilar la relación de un padre conflictivo con su hijo y la de un policía frente a un departamento corrupto, quedan interrumpidas por una tercera vía que, aunque estrechamente relacionada con las anteriores, no despierta el mismo interés. Finalizado el cruce de caminos, después de un último tramo agotador, uno se apea del viaje sin lo más importante de un filme, conocer su destino.

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