
El mismo Jaume Roures, magnate mediático de La Sexta y productor de la cinta, manifestaba su preocupación sobre cuál será el próximo colectivo desfavorecido que tratará Fernando León en su próxima película. “Tras los parados, las prostitutas y ahora los inmigrantes, ¿qué nos queda? A lo mejor deberíamos centrarnos en los políticos”. Pues quizá sea la mejor forma para que el madrileño se desprenda de un discurso cinematográfico que, si bien es de lo más necesario y encomiable, comienza a mostrar signos de agotamiento, al menos en el apartado creativo.

Porque ese es justamente el handicap del cine de León de Aranoa. Su mirada no transmite el realismo esperado. Quiere acercarnos a una injusticia social, pero tan pronto se mueve en torno al tópico como se aleja por completo de él con algunas técnicas de edulcoración. Da voz a los que apenas tienen la oportunidad de expresarla pero lo hace con diálogos impostados, de un ingenio tan meditado que no desprende naturalidad. En su cine, la crítica social está más calculada que reflejada.
Y Amador no es la excepción. El director se esmera demasiado en recalcar la bondad de las víctimas y la maldad del sistema. En su mundo de blanco o negro, no hay lugar para los matices, y por si las imágenes no fueran suficientes, el guión se ocupa de subrayar todo aquello que ya ha quedado mascado. Es evidente que parados, prostitutas e inmigrantes ilegales conforman un inframundo que conviene mostrar, pero el mensaje posiblemente cale más hondo sin recurrir tanto a la reiteración.

Por último, sólo hace falta llegar al final de la película para acabar de entender la fórmula León de Aranoa. Como el novio de Marcela, el director conserva en la nevera las flores que han sido desechadas para luego venderlas como nuevas, rociadas con el perfume de un ambientador Ambipur. Los compradores ya sabemos, sin embargo, que tras ese olor artificial lo que a duras penas subsiste es una flor mustia y caducada, que pide a gritos un nuevo brote que contribuya a oxigenar el ambiente.
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