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Flores en la nevera

Sostiene Fernando León de Aranoa que Amador es su película más política hasta la fecha. Pero a no ser que Zapatero o Rajoy aparecieran en el filme camuflados de inmigrantes vendiendo flores, lo que nos hemos encontrado durante el preestreno en Barcelona es un capítulo más en su filmografía de cine social. Sí, ya sé, que el tratamiento de estos temas lleva implícita la denuncia a la clase política. Sin embargo, Amador no supone ningún punto y aparte en la carrera del director. Para bien y para mal.
El mismo Jaume Roures, magnate mediático de La Sexta y productor de la cinta, manifestaba su preocupación sobre cuál será el próximo colectivo desfavorecido que tratará Fernando León en su próxima película. “Tras los parados, las prostitutas y ahora los inmigrantes, ¿qué nos queda? A lo mejor deberíamos centrarnos en los políticos”. Pues quizá sea la mejor forma para que el madrileño se desprenda de un discurso cinematográfico que, si bien es de lo más necesario y encomiable, comienza a mostrar signos de agotamiento, al menos en el apartado creativo.
La sinopsis oficial de Amador (ver página web de la película) se niega a reconocerlo, en un ejercicio de eufemismo bastante hipócrita. “Marcela es una mujer joven en apuros económicos”. No, perdonen, Marcela es una inmigrante latinoamericana. No midamos las palabras para evitar acusaciones. La inmigración es el nuevo foco de atención de León de Aranoa y es imposible obviar ese detalle para entender la desesperación de la protagonista. En el cine social no debería haber hueco para lo políticamente correcto.
Porque ese es justamente el handicap del cine de León de Aranoa. Su mirada no transmite el realismo esperado. Quiere acercarnos a una injusticia social, pero tan pronto se mueve en torno al tópico como se aleja por completo de él con algunas técnicas de edulcoración. Da voz a los que apenas tienen la oportunidad de expresarla pero lo hace con diálogos impostados, de un ingenio tan meditado que no desprende naturalidad. En su cine, la crítica social está más calculada que reflejada.
Y Amador no es la excepción. El director se esmera demasiado en recalcar la bondad de las víctimas y la maldad del sistema. En su mundo de blanco o negro, no hay lugar para los matices, y por si las imágenes no fueran suficientes, el guión se ocupa de subrayar todo aquello que ya ha quedado mascado. Es evidente que parados, prostitutas e inmigrantes ilegales conforman un inframundo que conviene mostrar, pero el mensaje posiblemente cale más hondo sin recurrir tanto a la reiteración.
Mientras, todas las quinielas apuntan a Magaly Solier como posible aspirante a los próximos Goya, pero su interpretación sólo despunta en los momentos de lidia con Celso Bugallo. El cruce dialéctico entre ambos personajes, entre un viejo moribundo y su cuidadora inmigrante, es el que proporciona mayores placeres al espectador. Desde el momento en que el enfermo fallece, y Marcela se ve obligada a ocultar la muerte para mantener el empleo, se adueña de Magaly y de la propia película una frialdad demasiado cercana a la insulsez. La empatía con el sufrimiento de la protagonista jamás llega a producirse y buena parte de la culpa recae en la aséptica interpretación de la actriz peruana.
Por último, sólo hace falta llegar al final de la película para acabar de entender la fórmula León de Aranoa. Como el novio de Marcela, el director conserva en la nevera las flores que han sido desechadas para luego venderlas como nuevas, rociadas con el perfume de un ambientador Ambipur. Los compradores ya sabemos, sin embargo, que tras ese olor artificial lo que a duras penas subsiste es una flor mustia y caducada, que pide a gritos un nuevo brote que contribuya a oxigenar el ambiente.

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