
Y Miguel Ángel Vivas nos la sirve en bandeja y ración doble. Porque si algo tiene su última película es violencia hiperrealista a raudales. El secuestro de una familia de ricachones en su nueva mansión a cargo de una banda de albaneses se vive desde la butaca con la máxima tensión, con la incomodidad que suponen las reacciones en caliente y los gritos de histeria como telón de fondo.

Por otro lado, la película que José Luis Moreno jamás querría ver poco tiene en común con las dos versiones de Funny Games, aunque todas ellas se centren en el secuestro sin escrúpulos de una familia en su hogar. Los tópicos geográficos parecen caer sobre los dos proyectos, porque mientras la cinta del alemán Haneke desprende frialdad y cálculo por los cuatro costados, en Secuestrados todo es más a la española, con griterío y arrebato. Aunque ya decimos que comparar ambas películas es un pasatiempo bastante inútil.
Aún así, no será porque la labor de Vivas merezca crítica alguna. Secuestrados arranca desde la simpleza para ir adoptando un clímax que se alargará sin interrupción hasta el final del metraje. Por si fuera poco, el director tiene la gentileza de revestir la adrenalina con un ejercicio visual muy efectista pero brillante. Tras desdoblar la pantalla en dos acciones simultáneas, al más puro estilo 24, ambas vuelven a fundirse en un abrazo. Un motivo más para arrancar los aplausos del público, no sólo del de Sitges sino de plateas menos entregadas. Una de las gratas sorpresas del festival bien mereció la papeleta de 4 sobre 5 a la salida del Auditorio Melià. Suerte en el Premio del público.
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