
Compré el último libro de Lehane publicado en español, Cualquier otro día, por pura adscripción, desconociendo por completo su posible adaptación a la gran pantalla. Pero a medida que se acercaba el final de sus más de 700 páginas caí en la cuenta. No es solamente que el autor ya estará por inercia en el punto de mira de los productores, sino que la novela cuenta con todos los elementos para su traslado inmediato al cine. Y efectivamente. En 2008, diferentes medios publicaron la noticia de que el nuevo director consagrado encargado de adaptar a Lehane sería Sam Raimi. The given day, título original de la obra, verá la luz previsiblemente en 2012, si bien Raimi parece haberse enfrascado con mayor énfasis en reinventar a Jack Ryan o en adaptar el videojuego World of Warcraft.

A pesar del riesgo, la operación podría tener sus recompensas. Y es que estamos ante una gran novela histórica susceptible de convertirse en obra maestra. Por un lado, Lehane reivindica el papel de los sindicatos mirando al pasado, cuando la sola idea de una huelga se consideraba el peor de los sacrilegios. Más de un responsable de UGT y CCOO sentirá vergüenza al comprobar la función prácticamente testimonial a la que han derivado estas instituciones.

Al gran conflicto social se le suman los conflictos personales de cada uno, cargados de una enorme tensión dramática a la que también contribuyen sus respectivas historias amorosas. Muchos ingredientes para triunfar pero también para cometer grandes errores, el más peligroso de ellos, la saturación de tramas. Cualquier otro día no será fácil de guionizar, pues cuenta con demasiados elementos difíciles de obviar, ni tampoco de interpretar. Se requieren dos grandes actores capaces de llevar todo el peso de la trama, junto a un tercer protagonista con menos peso en la historia, y secundarios de lujo en papeles de malvado (Robert Duvall encarnando al tío de Danny se me antoja indispensable). Demasiado esfuerzo, creativo y económico, para que el proyecto tire adelante. Pero demasiado goloso también como para desaprovechar semejante material. Crucemos los dedos.
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