
Otro que también debe estar harto, éste con más razón, de su casi humillante papel en los Oscar no es otro que el propio director de Infiltrados, título fatalmente adaptado, por cierto, del más sugerente Los difuntos (No sé, es como si en su día hubiesen cambiado El Padrino por uno tan evidente como Mafia). Si alguien debe estar hasta las narices, decía, de ser vilipendiado por los académicos de Hollywood ése es Martin Scorsese. Es evidente que Gangs of New York no se merecía ni un solo premio, pero Uno de los nuestros o Toro Salvaje también estuvieron nominadas en su momento y no se dignaron a concederle el sobrevalorado pero indispensable galardón. Ni siquiera le tuvieron en cuenta Taxi Driver como finalista. Por tanto, motivos para estar cabreado tiene. Con The Departed es probable que vuelva a estar en el plantel de nominados y si en esta ocasión, aún sin saber quienes serán sus contrincantes, no consigue la estatuilla dorada, desde luego, es para que el director neoyorquino se plante y exprese su deseo de no volver a entrar en el viciado juego de los Oscar.

Las dos horas y media de metraje se devoran. Con una acción in crescendo, la historia va adquiriendo a medida que avanza mayor número de pulsaciones por minuto. A pesar de que algunos diálogos o situaciones pueden resultar algo confusas, la sencillez de la trama principal termina por imponerse para centrar al espectador. El duelo entre dos topos que conocen la existencia pero no la identidad el uno del otro es más que suficiente para dotar al filme de situaciones de pura tensión en las que ambos deben luchar por mantenerse en el anonimato.
De todas ellas, una ha quedado marcada en mi retina, por aunar tensión, giros en el argumento y acción. Momento crucial de la película en el que coinciden en un mismo edificio el infiltrado en el clan irlandés, el jefe de la policía , única persona que conoce su verdadera identidad, el otro topo introducido en el cuerpo policial, en situación privilegiada desde la comandancia de la policía, y amigos y enemigos de uno y otro bando. A partir de ese momento de alto voltaje, la película aprieta el acelerador y ya no lo suelta hasta los créditos finales. Justo antes, las últimas secuencias, en una escalada de varios tiros a matar, cierran la trama sin dejar ni un solo cabo suelto. Ni uno excepto en la soberbia imagen final, en la que una rata deambula a sus anchas por un balcón en vistas a la ciudad de Boston. Scorsese, otro director que abandona por un momento Nueva York, vuelve a brillar como en sus mejores momentos. ¿Será que a todos nos conviene de vez en cuando un cambio de aires?
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