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Historia Real

¿Le apasionan a Usted las historias palaciegas? ¿O más bien considera que las monarquías actuales carecen del más mínimo interés histórico?. ¿Siguió Usted con absoluta devoción la vida y milagros de la princesa Diana y con la misma absoluta tristeza lloró su muerte? ¿O simplemente sufrió un breve periodo de estupefacción inicial y con el tiempo la ha borrado de su mente?. ¿Le interesa a Usted cómo se vivieron de puertas para adentro aquellos días posteriores al fallecimiento de la princesa del pueblo en el entorno de la familia real británica? ¿O, puestos a interesar, le suscitaría más morbo una recreación de las cacerías que se gasta nuestro campechano rey?
Si tiende a responder afirmativamente las primeras opciones, The Queen es su película. Stephen Frears ha decidido centrar las dos horas de su último filme precisamente en la semana posterior al accidente de coche que acabó con la vida de la princesa de Gales, el 30 de agosto de 1997. Ello le ha servido para hacer un retrato intimista de la persona más celosa de su intimidad, y también una de las más ricas, del planeta, la reina Isabel II. También para confirmar que por las venas de esta mujer, de rancia estirpe y valores caducos, no corre ni una gota de sangre (azul, en este caso), ni tan siquiera en unos momentos, los que narra la película, en los que se vio entre las cuerdas. Una señora distante, fría y arrogante que no tuvo más remedio que bajar del burro ante la presión ciudadana y mediática.
Frears consideró que sobre este material se podría sustentar todo un largometraje. En mi opinión, equivocadamente. Dudo que ni siquiera los británicos, espectadores en primera persona del acontecimiento, crean que un episodio tan concreto y, con perspectiva histórica, tan poco relevante, merezca formar parte del guión de una película. Quizá me equivoque, en parte por mi cuestionamiento hacia unas instituciones cuya función es meramente simbólica y plenamente costosa, pero en todo caso, más allá del interés, The Queen no deja por ello de merecer varios aplausos.
De entrada, no abundan en nuestra cartelera filmes sobre la historia actual con los que los espectadores nos podamos sentir tan implicados. Se narran hechos muy recientes que, aunque anecdóticos para mí, permiten involucrarnos mucho más en la trama y comprender cada una de sus repercusiones reales. Conocemos los hechos, conocemos a cada uno de los personajes. Forman parte de nuestro imaginario colectivo. Esto enriquece el relato y lo convierte en algo más próximo y, por lo tanto, más gratificante. De la misma manera, la apuesta también implica un mayor riesgo, ya que significa enfrentarse a personajes vivitos y coleando cuyos representantes analizarán con lupa cada uno de los detalles.
Los de la reina puede que sientan que Frears les ha beneficiado y se ha posicionado a favor de la monarca inglesa. Si bien es cierto que intenta humanizarla al máximo, incluso haciendo uso de metáforas en forma de ciervo, el retrato que el director hace de Isabel II infunde más bien lástima por su situación tan alejada del mundo real (que no regio). Uno se imagina a la reina, como ocurre en el filme, viendo desde su cama The Queen y no puede sino compadecerse de ella. Triste, no sé, pero reflexivo seguro, es como debe sentirse, como mínimo, el primer ministro británico Tony Blair al verse reflejado en pantalla en sus inicios al frente del gobierno en la que, para mí, es una de las aportaciones más ricas de la película. Frears, con el retrato de un primer Blair ilusionado y con ganas de comerse el mundo, consigue una elegante crítica a lo que ha sido el devenir de este político, uno de los muchos que llegó como aire fresco y que ha acabado contaminado con el tiempo.
Y si tanto se ha hablado de la magnífica interpretación de Helen Mirren como Isabel II, ganadora de un Emmy por su otro soberano papel de Isabel I y de la Copa Volpi de Venecia por el de su descendiente segunda, no menos consideración merece Michael Sheen en su perfecta transmutación del primer ministro británico. Su papel es el ejemplo de lo que mencionaba antes. Ver en pantalla a un personaje que día sí y día también se cuela en nuestros hogares a través de la televisión, tan bien caracterizado y desde un punto de vista intimista es el auténtico gozo de una película que, por insólita, merece la pena ver.

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