
Cualquier otro planteamiento, por extravagante que sea, hubiera proporcionado una mayor entidad al argumento. La trama de la película no puede ser más plana y carente de interés. A la sucesión de varios momentos espectaculares con una alta dosis de excelentes efectos especiales se le añaden melodramáticos momentos de auténtica ñoñez en los que Superman, con el corazón roto, intenta recuperar el amor perdido de Lois Lane. Las imágenes se van sucediendo sin el más mínimo hilo argumental, de manera que es fácil prever que tras la escena ñoña se sucederá una escena de acción, y viceversa. De hecho, todo es fácilmente predecible a medida que avanza el metraje. Todo, excepto que alguien sea capaz de idear un final tan vacío que, por no aprovechar, ni aprovecha la más que probable posibilidad de una segunda (cuarta, quinta o sexta, en realidad) entrega.

No sé qué habrá pasado por la mente de Bryan Singer para meterse en semejante berenjenal, pero conviene que alguien le aconseje olvidar a los superhéroes durante un tiempo. Está claro que agotó todo su talento en las dos primeras partes de X-Men (por cierto, qué buena se me asemeja ahora la tercera entrega de Bret Rattner), porque en este regreso de Superman no ha optado ni por humanizar al héroe ni por plantear ningún tipo de dilema ético o moral. No ha sabido actualizar o darle una vuelta de tuerca más a un producto que, por otra parte, yacía olvidado en un baúl de los recuerdos que pocos seguidores ansiaban abrir.
Ni siquiera ha acertado el hombre en el casting. Tras multitudinarias audiencias en Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y Australia, Singer escogió a un desconocido actor secundario de televisión llamado Brandon Routh. Viendo su interpretación (con todas las comillas posibles) se puede concluir que el chico estaba mucho mejor en los platós de series de segunda fila que en uno de los taquillazos del verano, aunque tal como está el patio, cuando la televisión está llamada a ser la gran cantera de actores e ideas, el tal Brandon tampoco debería encontrar fácilmente su lugar en ella.
Tampoco brillan ni su compañera de amoríos Kate Bosworth en el papel de Lois Lane (Margot Kidder, la predecesora con o sin trastorno bipolar, lo encarnaría infinitamente mejor en la actualidad) ni Kevin Spacey. Han leído bien. Al genial actor de la también singeriana Sospechosos Habituales y American Beauty le sienta como un tiro interpretar a Lex Luthor. Spacey nos demuestra una vez más que sufre ciertos desvaríos a la hora de elegir determinados guiones (sólo hay que prestar atención a grandes manchas en su expediente como K-Pax o una de las entregas de Austin Powers en la que inexplicablemente también participó).
En definitiva, Superman returns es una sucesión de planos con algún momento para recordar, como cuando el héroe reúne fuerzas como para parar todo un avión en medio de un campo de béisbol abarrotado de gente o la imagen de una bala rebotando en la retina del hombre de acero. Por lo demás, la película tan sólo sirve para reconciliarnos con dos cosas: qué bueno resultaba Christopher Reeve enfundado en esas mallas azules y esa capa roja y qué buenísimo es John Williams a la hora de componer auténticos himnos cinematográficos. Así pues, con el regreso de Superman se confirma un gran dicho. Otros vendrán que bueno te harán.
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