
Puede que sea cierta la frase, que todo cerebro masculino sólo se alimente de la libido, que incluso los pensamientos de los homosexuales siempre acaben derivando en imágenes en las que los culos respingones, los marcados y sudorosos pectorales y las grandes pollas sean los huéspedes por excelencia. Pero lo que pasa por una mente y lo que en realidad ven nuestros ojos es bien distinto. Menuda suerte tendrían los gays si cada 9 segundos pudiesen materializar sus pecaminosos pensamientos. Me temo que la realidad, como la de todos, es bien distinta.
En todo caso, estos primeros episodios nos han servido para conocer a los tres gays protagonistas y, sobre todo, para conocer sus diferentes realidades sexuales. Personajes que, aunque arquetípicos, pueden dar mucho juego. Brian será el que nos regalará más buenos momentos. Folla como un descosido, no cree en el amor ni por asomo, se mete de todo. Pero tras esa fachada de persona fría y sin sentimientos ya pronosticamos alguna que otra sorpresa que nos reconcilie con su corazón escondido.
Su mejor amigo, Michael, es lo que a Sexo en Nueva York es Carrie, es decir la voz pensante, la reflexión, la razón, el narrador para entendernos. A penas se come un rosco y se ve obligado a esconder su gusto por los hombres por miedo a que le despidan. Como también esconde sus deseos de acostarse con el bala perdida de Brian, mientras va observando como tíos de toda índole se le adelantan noche tras noche.
Uno de esos tíos a los que Brian se cepilla sin más es Justin, el gay primerizo, de tan sólo 17 años, que no puede evitar deificar al hombre que por fin lo rescata de la virginidad. Tras toda una noche (y más de medio capítulo) follando sin parar, el joven inexperto tendrá que afrontar que lo que para él significaba el inicio de una relación para Brian fue tan solo un polvo más.
A falta de saber cómo se desarrollará la trama, esta carta de presentación me ha resultado un poco decepcionante. Esperaba una mayor presencia del humor y que la transgresión tantas veces asociada a esta serie vendría precisamente por el camino de la acidez. En ese sentido, Sexo en Nueva York me parece una propuesta que, sin abusar en exceso de las escenas tórridas, resultaba mucho más atrevida e ingeniosa. Si finalmente el riesgo de Queer as folk solo se materializa en ardorosas escenas de sexo explícito, poca diferencia habrá entre la serie y cualquier película porno gay.
No es que pida tampoco a esta producción que contribuya a normalizar la homosexualidad en nuestra homófoba sociedad. Me parece una chorrada tal pretensión. Pero sí espero que no reduzca su argumento únicamente al folleteo. De todas formas, estoy convencido de que debo dejarla respirar y avanzar. Todavía tengo la esperanza de que en algún momento u otro empezará a sorprenderme. Me mantengo a la espera.
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