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El misterio de la ficción española

Hace una semana, se estrenaba en Antena 3 Bajo sospecha, la que prometía ser una de las series de la temporada, a juzgar por las alabanzas de buena parte de la crítica. Comparada con producciones del mismo género como Broadchurch o The Killing, el piloto enseguida denotó las mismas flaquezas que suele arrastrar la ficción televisiva española: planteamiento inverosímil, errores flagrantes de casting y una puesta en escena mediocre. Un producto correcto, decente, pero sin ningún tipo de ambición internacional.

Una semana más tarde, TVE decidía enfrentar el éxito de Antena 3 con su gran apuesta de ficción para este año, El ministerio del tiempo. Y en ese momento, expuestas las dos en el prime time de los martes, se produjo el milagro, la reacción espontánea, unánime y entusiasta del público en las redes sociales. Por fin una serie española decidía arriesgar en su argumento sin provocar vergüenza ajena. Por fin una ficción patria de la que sentirse orgulloso. Al fin la mirada puesta en un horizonte más lejano que el del espectador perezoso y conformista.

Los viajes en el tiempo son un recurso tan explotado en las series de medio mundo que El ministerio del tiempo corría el grave peligro de morir por comparación. Sin embargo, Javier y Pablo Olivares, los creadores de esta valiente osadía, han conseguido que la fusión entre ciencia ficción e historia resulte novedosa y entretenida, sin imponerse los límites propios de nuestra encorsetada ficción y arriesgando con una mezcla de géneros que, sorprendentemente, ni chirría ni avergüenza.  

Saltar del chiste garbancero a un humor más inteligente no es tarea fácil, y más en un contexto ambicioso que quiere abarcar tantos géneros sin morir en el intento. Pero cuando el personaje que interpreta Salvador Martí, uno de los altos cargos de este inédito ministerio, suelta la frase “Somos españoles, ¿no? Improvisen”, enseguida nos descubrimos ante un panorama distinto, capaz de unir un támpax o un teléfono móvil con el siglo XIX sin obligarnos a apartar la mirada del televisor.

Pero para que un guión tan insólito luzca como se merece hacía falta un buen reparto que lo dotase de la credibilidad necesaria. Encomiable la labor de casting, que ha huido de los rostros de moda y ha conseguido un grandioso trío protagonista: Rodolfo Sancho, Aura Garrido y Nacho Fresneda. Hasta un fichaje tan cuestionado como el Cayetana Guillén Cuervo acalla las bocas y adopta a la perfección el tono de la serie, que tan fácilmente podía haber caído en la parodia.


La serie parece que ha optado por un sistema procedimental. Cada semana viajaremos a un episodio distinto de la historia de España. Lo que en un principio podría provocar pereza, una estructura previsible y fotocopiada, lo solventan sus creadores con tramas seriadas muy estimulantes, como esa alteración de los acontecimientos para salvar la vida de la novia del protagonista o la presencia de una perfecta villana: Natalia Millán.

Pero si El ministerio del tiempo quiere huir de lo predecible, conviene que siga la estela del piloto, plagado de sorpresas y giros. La aparición repentina de una puerta que permita viajar al futuro o la llegada de una nueva orden ministerial que autorice a modificar hechos traumáticos del pasado son posibles vueltas de tuerca que enriquecerían, sin duda, el rumbo de la serie. Porque, aunque algunos directivos de RTVE seguramente opinen lo contrario, la historia de España sí podría mejorarse.

Con una parrilla pública amordazada desde primera hora hasta el late night, ¿se atreverán los guionistas de El ministerio del tiempo a abordar hechos históricos más recientes y peliagudos como la guerra civil, el terrorismo etarra o el 11M? Si la serie quiere volverse más compleja y sugerente, debería hacerlo. De momento, nos conformamos con el mérito de haber proporcionado un gran soplo de aire fresco a la historia de la ficción televisiva española.

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