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Haz la guerra y no el amor

Existe el cine bélico –o antibélico-, que describe con más o menos distanciamiento el fragor de una batalla, y, por otro lado, un subgénero mucho menos imparcial, claramente partidista y adoctrinador, que es el cine propagandista. Es el que utilizaban con descaro los regímenes totalitaristas pero también es el que siguen empleando de manera más sibilina las pequeñas, medianas y grandes potencias para justificar sus intervenciones militares. Es muy fácil de identificar. En su planteamiento sólo existen dos bandos, el de los buenos frente a los malvados. Sin excepciones ni medias tintas.

Clint Eastwood se ha convertido paradójicamente en el vivo ejemplo de estas dos maneras diametralmente opuestas de representar la guerra en el cine. Hace nueve años, Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima formaban un magnífico díptico en el que cada uno de los dos bandos de una batalla de la segunda contienda mundial tenía su propia voz. Un ejercicio admirable de empatía y a la vez de distanciamiento frente a un conflicto histórico. Esa objetividad se ha roto en mil pedazos en cuanto el director ha querido reflejar una guerra mucho más cercana, todavía abierta, como la que mantiene su país (y el nuestro) con Irak. El francotirador apunta directamente al mundo islámico y sin flaquear. Son el enemigo a batir.

Este cambio de rumbo tan radical en su ideología nos hace temer por la bipolaridad de Eastwood o, lo que es aún peor, que el que hasta ahora considerábamos como un director comprometido nos mantuviera engañados y en realidad nunca haya experimentado la sensibilidad que destilan algunas de sus obras. Porque nada que ver con Los puentes de Madison o Million Dollar baby tiene esta cinta desalmada y patriótica, ejecutada con la misma frialdad que el adoctrinamiento militar.
 
La historia real de Kris Kyle, el marine con el dudoso honor de haberse convertido en la máquina más letal de Estados Unidos, discurre entre los cuatro despliegues en Irak que lo convirtieron en La leyenda y su complicada conciliación de la vida militar con la familiar. Salvo la primera escena, en la que el protagonista apunta a sus dos primeros objetivos -una mujer y su hijo iraquíes-, las secuencias de acción funcionan de manera impecable pero sin mantener al espectador pegado a la butaca. Ni siquiera la rivalidad que mantiene con un francotirador enemigo se explota de la forma más impactante. Su otro eje fundamental, el drama, flaquea todavía más desde el momento en que los conflictos de pareja y la tortura psicológica se tratan de la manera más burda y elemental posibles.

¿Estaría El francotirador nominada al Oscar de no contar con la batuta de Clint Eastwood? Es evidente que no. Lo que resulta más sorprendente es que su hueco en las nominaciones desbancara a la que sin duda es la cinta bélica norteamericana del año, Corazones de acero. No sólo rehúye la propaganda y mantiene la tensión en todo momento sino que además cuenta con un protagonista, Brad Pitt, mucho más perfilado y oscarizable que Bradley Cooper. En todo caso, el patriotismo de las barras y las estrellas ha encontrado en la cinta de Eastwood, batiendo récords en la taquilla estadounidense, su nueva razón de ser.

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