
El matrimonio bien avenido que formaban Paco Plaza y Jaume Balagueró ha decidido separarse en una aventura cuya primera parte por fin podemos valorar. Decidieron desdoblar la saga de terror que los mantenía unidos en una doble entrega final que ha dirigido cada uno por su lado. Por separado. Y
desde el momento en que han individualizado los criterios parece que ya no estamos ante lo mismo. Su proyecto en común se ha desvirtuado en una nueva propuesta que para algunos es un soplo de aire fresco y para otros, como para mí, supone más bien la asfixia de una marca, la de
[REC], que nunca debió adentrarse en el complicado terreno de las secuelas.
Se suponía que esta tercera entrega encontraba su razón de ser en la precuela, que asistiríamos a los orígenes de la niña de Medeiros y de la infección que asoló una finca del Eixample de Barcelona. Así lo dejaban entrever las primeras imágenes del rodaje, en las que Leticia Dolera aparecía ataviada con un vestido de novia más cercano a la moda de principios del siglo pasado que a la actualidad. Pero pasaron los meses y el filme dirigido por Paco Plaza se olvidó del pasado para desviar su rumbo hacia una concepción distinta, hacia una especie de secuela con poco o casi nada en común con las dos anteriores entregas.

Olvídense del inmueble barcelonés, de su carismático vecindario.
Borren de su mente las sensaciones de claustrofobia y terror y, sobre todo, acudan al cine sin ninguna intención de pasar miedo. Porque Paco Plaza ha decidido romper por completo la esencia de
[REC] para abordar un lenguaje distinto, tanto en su forma como en el contenido. La cámara en mano, la filmación en primera persona, ocupan los primeros minutos hasta los títulos de crédito, en una especie de homenaje y rotura con el pasado bastante explícitos. Desde el momento en que cambia la perspectiva, la cinta se convierte de golpe en otra película de zombies convencional. O casi peor, en una película de zombies alternativa.
Como ocurre con
The walking dead, los muertos vivientes son sólo un pretexto para otro fin. Si en la serie de la AMC se busca profundizar en los personajes vivientes, a un ritmo angustiosamente lento, en
[REC] 3 lo que se persigue es el cachondeo, o tal como lo definió un periodista de El Periódico de Catalunya, la gamberrada.
La boda entre Leticia Dolera y Diego Martín es sólo la excusa para convertir el argumento de la película en un festín de situaciones cafres aderezadas con grandes cantidades de sangre y vísceras.

De ahí que de nuevo, y aunque sirva de precedente, esté totalmente de acuerdo con la crítica de Carlos Boyero respecto a la película. Tan sólo la primera parte despierta el interés del seguidor de la saga, aunque no se produzca ni una sola situación de terror.
Esa radiografía de una boda de españolito medio es tan realista como cualquier vídeo doméstico que nos haya tocado sufrir. El colega cachondo del novio, el abuelo sordete, las primas gordas disfrazadas de tarta. No hay enlace matrimonial que se precie que no cuente con todos y cada uno de esos familiares indispensables.
Pero
[REC] no nació con el objetivo principal de describir o incluso criticar nuestra realidad social. La película supuso un antes y un después en nuestra filmografía, aportando a las cintas de terror un prisma hasta ahora desconocido, un punto de vista que incluso los estadounidenses quisieron adaptar. Esta tercera entrega no se marca más reto que el del chiste fácil, con sólo alguna escena memorable como la de la túrmix.
El anunciado génesis finalmente sólo ha significado el inicio de la senda equivocada. Esperemos que Balagueró, la mitad más sensata de esta pareja rota, recupere el espíritu de la película original y sepa llevar el divorcio de la manera más inteligente posible.
Comentarios
Está visto, yo soy MUY clase media...
;)