
Es curioso que cada profesión liberal tenga su paradigma en la gran pantalla. Los economistas cuentan este mismo año con Margin Call o Inside Job; los abogados con Matar a un ruiseñor; los periodistas con Todos los hombres del presidente o Primera plana. Películas predestinadas a rellenar los sesudos temarios de las facultades de medio mundo. A partir de ahora los psicólogos contarán con un nuevo visionado obligatorio, esta indispensable Un método peligroso en la que dos hipótesis sobre el tratamiento de la neurosis se enfrentan en un diálogo apasionante.
Carl Jung y su mentor Sigmund Freud, con sus diferentes concepciones del papel del psiquiatra en la curación de los pacientes trastornados, protagonizan un encendido debate en pantalla del que el espectador es probable que no salga posicionado pero sí con ganas de zambullirse en los tratados de psicología. Las conversaciones entre ambos profundizan en pensamientos e instintos tan cotidianos que el filme logra hacer atractiva una profesión hasta ahora tratada siempre desde el prisma del enfermo.

El filme deja en segunda plano el previsible romance entre la paciente y el médico y lo convierte en argumento para las diferentes posturas. Freud sostenía que la recuperación finalizaba tras llegar al origen del trauma y que la mayoría de trastornos eran de índole sexual. Sus tesis se cumplieron a rajatabla con Spielrein, pero Jung no quedaba conforme. El psiquiatra debía intervenir para cambiar el comportamiento perturbado, que en el caso de la joven rusa era el placer sexual que le provocaba el daño físico.
Además de a ese dilema profesional, Jung se enfrentó también a un conflicto más personal, su atracción hacia Spielrein estando casado, y que le ayudó a resolver Otto Gross, otro discípulo disidente de Freud. El revolucionario psiquiatra le invitaba a dejarse llevar por los impulsos sexuales, esos que reprimimos en aras de una sociedad civilizada. Su acalorada discusión resulta tan placentera como las reacciones de la esposa de Jung, silenciosas pero muy reveladoras, cuando el psiquiatra la somete a un experimento de asociación de conceptos.

Cuenta de nuevo con el que ya podríamos denominar como su actor fetiche, un Viggo Mortensen que se transmuta en Freud sin apenas esfuerzo. Pero la que realiza un brinco sorprendente en su carrera es Keira Knightley, asidua de las cintas de época con un registro todavía pendiente de certificar. Los brotes de Spielrein, un peliagudo reto para cualquier intérprete, confirman que su talento puede sobrepasar los romances palaciegos. Así que incluso como ejemplo de interpretación, Un método peligroso también podría servir como modelo a estudiar en las escuelas de cine.
Comentarios
Mira que si pierdes la hegemonía...
Pero bueno, todo queda en casa, digamos! jejej