
Babel es sinónimo de desorden, de confusión. También el término que da nombre a la mítica torre en la que se originaron las diferentes lenguas del planeta. “He aquí que todos los hombres forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua. Descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros” sentenció Jehová en su intento de frenar la construcción de la torre que conduciría a los humanos al mismísimo cielo. Del dicho al hecho, aquél fue el origen legendario de la confusión entre lenguas.
Hoy, con las fronteras lingüísticas más o menos salvadas, podría parecer mucho más sencillo que todos los habitantes del planeta volvieran a ponerse de acuerdo para construirla. Sin embargo, lo único que se puede constatar es que el mito de Babel no se aguanta por ningún lado y que Jehová se podría haber ahorrado muchas molestias. Y es que mucho más divisoria y disgregadora que un idioma es la propia condición del ser humano. Nuestro miedo. A lo desconocido y a la diferencia.

Incomunicación es la que tienen Richard (Brad Pitt) y su mujer (Cate Blanchett) y la que padecen en su viaje de reconciliación a Marruecos, después que una de las balas del famoso rifle impacte de lleno en el cuello de la esposa. O la que sufre a miles de kilómetros la cuidadora de sus hijos en la frontera con Méjico, estandarte de la prepotencia y arrogancia del gobierno estadounidense. O la que viven directamente en sus carnes los dos pobres chiquillos marroquíes en los que alguien depositó el fusil.
La película persigue la estela narrativa de Amores perros y 21 gramos, los dos proyectos previos del tándem Iñárritu-Arriaga, sin acabar de alcanzarla por completo, ya que si bien los personajes situados en Marruecos y Méjico están claramente entrelazados, no ocurre lo mismo con el bello e intimista relato desplazado a Japón, cuya relación con el conjunto de la película está bastante cogida por los pelos. Pero el que Babel no resulte tan redonda narrativamente como sus predecesoras no supone un impedimento para que su mensaje sí que las supere en contundencia y universalidad. Este tercer filme supone el mejor retrato de la globalización, no tanto el de sus virtudes sino más bien el de sus devastadoras incongruencias, como que nos encontremos en la era de la comunicación global pero de espaldas a la comunicación universal.
Y un signo, exógeno al guión de la película, de cuan perversa y discriminatoria puede llegar a ser la comunicación lo podremos comprobar dentro de muy poco, cuando asistamos al reconocimiento que obtendrán Brad Pitt y Cate Blanchett por sus correctas interpretaciones en esta película mientras se desdibujan las brillantes actuaciones de dos mujeres menos conocidas (Adriana Barraza, mejicana, y Rinko Kikuchi, japonesa), las verdaderas joyas de Babel. Los que no entren en el circuito de la comunicación global seguirán siendo, o bien tergiversados (como los dos pequeños marroquíes convertidos por el arte del periodismo globalizado en célula terrorista), o directamente ignorados. Películas como Babel son la excepción que confirma la regla.

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