
Quién me lo iba a decir. Aquella chica nerviosa y delgaducha, la del ‘uy, uy, uy, mi gato hace uy, uy, uy, uy, uy’ o la del ‘ay, ay, ay, ay esa camiseta’ resultó ser todo un descubrimiento para mí. En aquel momento entendí por qué aquella mujer estaba tan sumamente seca y por qué siempre lo seguirá estando. Rosario era y es puro nervio en el escenario, pura vitalidad y pura energía (vaya, lo que hoy dirían de cualquier bebida multivitamínica).
Pero no sólo me alucinó su poderío. El público congregado allí al aire libre estaba como poseído por su música, totalmente entregado. Disfrutaban como locos. Como disfruté yo aquella primera vez con ella. Y ya saben ustedes los efectos que puede llegar a tener una gozosa y satisfactoria primera vez, y más a tan temprana edad. En mi caso, fueron irreversibles.
Unos cuantos años más tarde, mucho más maduro, acudía a mi segunda cita con Rosario. Fue el pasado sábado 10 de junio de 2006 en el Palau de la Música de Barcelona. Imposible calcular la de veces que había pisado aquella maravilla arquitectónica de Doménech i Montaner para acudir a tantos y tantos conciertos de tantos y tantos compositores diferentes (no sólo de Xuxas alimentaba mi ego musical). Pero esta vez era distinto.
La gran diferencia estaba en el público. Es alucinante el auditorio tan variopinto que consiguió reunir esta mujer bajo un mismo techo. Gente mayor, gente joven, niños, catalanes de pura cepa, andaluces de pura cepa, acicalados hasta la médula, desarreglados de los pies a la cabeza, clásicos, modernos, alegres, serios, casados, solteros, solteras, singles, gays, locas,…¡De todo! Ya quisieran muchos artistas lograr esa variedad cromática y romper tantos tópicos.
“¡Que sepáis que jamás olvidaré esta noche aquí en Barcelona!” gritó emocionada la cantante casi al final de su espectáculo. No era para menos. El público le dimos exactamente lo que recibimos. Todo. A cambio de grandes éxitos como Sabor, sabor o Qué bonito y de algunas joyas de su nuevo disco como Contigo me voy o El niño de tus ojos, sus seguidores la llenamos de vítores, piropos y claveles. Su alegría y su energía fueron correspondidas con todo un Palau (mucho más acostumbrado al ambiente encorsetado) hasta la bandera bailando sus ritmos salseros y rumberos. Todo un diálogo entre artista y público, toda una experiencia y una auténtica gozada.
¿Y qué hace una mujer como Rosario en un blog como éste, dedicado al cine y la televisión? Que trabajó con Almodóvar en Hable con ella no es la excusa, tranquilos. De hecho, no hay excusa. Simplemente, necesitaba plasmar en bits mi entusiasmo por esta mujer. Porque al fin y al cabo, alguien que pregona a los cuatro vientos que en este mundo hace falta más amor, bien merece un elogio. Si además lo hace con arte y garra, toda admiración es poca.

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