
Dios me libre de opinar sobre danza. Mi desconocimiento sobre el arte de la expresión corporal es total y absoluto. Esto no quita, sin embargo, que un espectador lego pueda sentirse embriagado por algunos de los momentos que nos ofrece este ballet, cuyo principal acierto probablemente sea contar con las voces de Enrique y Estrella Morente (gozo que hubiera sido mucho mayor con música de tal calibre en directo).
Faltaron zapateados, es cierto. Y los movimientos tajantes y poderosos del baile flamenco. La apuesta, arriesgada, de esta obra residía en combinar el desgarro del cante flamenco con una danza clásica adaptada al género gitano. Ullate sale vencedor en esta apuesta gracias a una coreografía expresiva y bien diseñada (como bien diseñado el vestuario) y a la ejecución de unos bailarines perfectamente coordinados.
En la función del pasado jueves en Barcelona quedaron algunos momentos para el recuerdo. Uno, imprevisto y exógeno al contenido de la obra, despertó la carcajada contenida de la platea, cuando a uno de los bailarines la cremallera de sus pantalones negros le jugó una muy mala pasada. A pesar de los sucesivos y disimulados esfuerzos del bailarín, sus radiantes calzoncillos blancos se resistían a esconderse. No lograron en cambio distraer la atención de su dueño, que demostró un gran talento y profesionalidad en semejante situación de ‘tierra trágame’.
Anécdota aparte, el poderío se dejó ver a lo largo de toda la función, pero hizo verdadero acto de presencia en varios momentos estelares, como el baile de fuerza, y de bastones, entre los dos amantes despechados por el amor de una mujer y que culmina con la muerte de uno a manos del otro o la desolación de ella ante su cadáver, con una preciosa nana de Estrella Morente de banda sonora.
Pero sin duda el momento culminante coincide con la imagen final, cuando la pareja de enamorados, de azul cielo, nos baila a los mortales su amor que, ahora ya sí, está condenado a ser eterno. De fondo, una adaptación de la sonata Claro de Luna de Beethoven en la que, con el dramático piano de fondo, Morente nos susurra aquello de que medio mundo se ríe del otro medio mundo, que llora.
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