
Con esta original premisa arranca Thumbsucker, película que no deja de ser otra reflexión sobre el complicado paso de la infancia a la vida adulta. Pero si este fuera sólo su planteamiento, el filme, por agotamiento temático, carecería del más mínimo interés. No es el caso. Las relaciones del adolescente con su entorno, con las chicas, con el sexo, con las drogas, con el futuro, no son el único aliciente.

La figura de la madre que sueña con rehabilitar a un conocido actor enganchado a las drogas (Tilda Swinton en otro lucido papel), la de un padre todavía atormentado porque de joven perdió una carrera de atletismo, la del hermano pequeño condenado a actuar como hermano mayor, la del maestro que proyecta sus ambiciones en sus jóvenes alumnos o la del ortodoncista frustrado con dotes de psicoanalista, son los perfiles que dotan a la película de un mensaje todavía más universal que el de la adolescencia y que se resume en que todos los seres humanos tenemos nuestras flaquezas.
Porque al final, que Justin se chupe el dedo no es otra cosa que una actividad del subconsciente, que nada tiene que ver con las debilidades que padece todo hijo de vecino. Que se mame el pulgar es una mera anécdota comparado con los auténticos conflictos psicológicos a los que se enfrentan las personas de su entorno, y es un mal menor que no le impide conseguir aquello que persigue.
Con un ritmo muy ágil, fomentado en parte por la banda sonora, Thumbsucker nos regala el realismo interpretativo de Lou Pucci (no en vano, su labor fue reconocida en los festivales de Sundance y Berlín) y, en contraposición, la evidencia de que Keanu Reeves es más frío que un invierno en el Polo Norte. Con una original puesta en escena, como son, por ejemplo, los planos que surgen de la imaginación del adolescente, la película es, en definitiva, una pincelada sobre las inquietudes humanas, una rápida reflexión sobre las presiones a las que nos somete la sociedad y a las que nos sometemos nosotros mismos.
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