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El giro imprevisto de los Oscar

De haberse producido en la ceremonia de los Goya, hoy estaríamos recurriendo a los tópicos del país de pandereta. Pero ha sucedido en la meca del cine. Un error descomunal, un giro imprevisto de última hora, despojaba del triunfo a la favorita La, la, land y otorgaba el Oscar a la mejor película a Moonlight. La anécdota, el tremendo desliz, ha inundado los titulares de medio mundo y ha arruinado en cierta forma el mensaje de fondo que ha querido transmitir Hollywood. Han tenido que transcurrir muchos años, muchas oportunidades, como Brokeback mountain o Milk, muchas campañas como la de Oscar so white de año pasado, y, sobre todo, la denostada irrupción de Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, para que una película con un protagonista negro y homosexual se convierta en la mejor cinta del año para los ya no tan recalcitrantes miembros de la Academia.

Lástima que su victoria se haya visto ensombrecida por una equivocación que pasará directamente a los anales de los galardones más importantes de la industria del cine. Lástima que la súbita decisión huela a corrección política. Con un reparto tan equilibrado de premios, los académicos parecen divididos entre la presión de un entorno convulso y el complejo de agasajar al hit del año, el musical ambientado en la ciudad de Los Ángeles. Hollywood ha preferido dejar de mirarse el ombligo para dar visibilidad a otras miradas cinematográficas. En todo caso, estamos de enhorabuena. Más que una historia sobre homosexualidad dentro de la comunidad negra, Moonlight logra abarcar un sentimiento prácticamente universal, el del miedo a la propia identidad.

Carta en El Periódico de Catalunya

Carta en El País

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