lunes, 30 de septiembre de 2013

Embrujo interrumpido

Con Las brujas de Zugarramurdi vuelve el Álex de la Iglesia más auténtico, el que pasa de experimentos tragicómicos y prefiere volcar todas sus locuras, todos sus extremos, sin pudor alguno. Como ocurre con tantas de sus comedias, las únicas que de hecho pueden considerarse como éxitos, la premisa arranca sugerente, con un planteamiento que promete ser desternillante, pero que finalmente desemboca en una innecesaria desmesura. Y con esta ya es la enésima vez que al director bilbaíno se le escurre el humor delirante de las manos, cegado por su afán de sacar pecho con la técnica.

Es una lástima, porque Las brujas de Zugarramurdi comienza con una serie de secuencias notables, empezando por unos títulos de crédito de lo más ingeniosos (¿Qué hace Angela Merkel en esa nada sutil lista de brujas?), y siguiendo con escenas desternillantes, como ese asalto al establecimiento de Compro oro con Mickey Mouse y Bob Esponja de artistas invitados o la primera aparición de Macarena Gómez, eterna secundaria que siempre sabe a poco.

Los diálogos dentro del taxi entre los cinco pasajeros en su huida hacia Francia (con parada imprevista en Euskadi), entre el absurdo y el costumbrismo, también consiguen eso que aseguran es tan complicado de lograr en el cine, hacer reír. Es un humor histérico, chabacano si se quiere, poco o nada inteligente. Pero muy difícil de plasmar sin provocar el efecto contrario al deseado, esa vergüenza ajena que tanto destilan, por ejemplo, los subproductos de la factoría José Luis Moreno (al que por cierto se homenajea, y de qué forma, en la película).

Paradójicamente, es cuando aparecen las brujas que termina el embrujo. Le ocurrió a De la Iglesia con Crimen ferpecto, o más recientemente con Balada triste de trompeta. La magia y la frescura desaparecen en el tramo final, cuando lo que debe ser el clímax termina por convertirse en todo lo contrario, un desfase, una tuerca pasada de rosca que desacredita por completo todo el esfuerzo previo.

Como si de una versión embrujada de Torrente se tratara, Las brujas de Zugarramurdi hace del cameo un reclamo. Por la tétrica mansión de las brujas van desfilando desde el propio Santiago Segura (travestido junto a Carlos Areces como la típica señorona vasca) hasta Topacio, la sensacional amiga de Alaska y Mario Vaquerizo. Solo a un retorcido como De la Iglesia se le ocurriría privarnos de la voz de la uruguaya o desvirtuar la de María Barranco condenándola a una traqueostomía. Crueldad donde las haya.  

De lo que no nos priva, en cambio, el mejor director que ha tenido la Academia de cine español es de las intervenciones de Mario Casas, que reafirman a los que opinan que las dotes del gallego para la actuación finalizan con su envidiable estado físico. Si sus carencias se disimulan sobre ruedas y a tres metros sobre el cielo, en la piel del tonto de la película (y aquí hay unos cuantos) se ponen más que nunca de manifiesto. Es, de hecho, la única nota discordante en un casting en el que incluso Carolina Bang ha logrado alcanzar el semitono.  

¿Será capaz Álex de la Iglesia de ingeniar otra obra maestra de la comedia? Tiene el talento, los medios y, sobre todo, un par de precedentes en el que inspirarse. Si fue capaz de sorprendernos con El día de la bestia y de contenerse en el punto justo entre el delirio y el despropósito con La comunidad, nada hace pensar que no pueda volver a formular la pócima perfecta para matarnos de risa sin posibilidad de reanimación.

martes, 24 de septiembre de 2013

Las 12 mejores escenas de Breaking Bad a las puertas del ansiado final

Nueva fecha para marcar en la historia de la televisión. El próximo 29 de septiembre finaliza Breaking bad, que sin desvelarnos todavía su desenlace ya se ha hecho un hueco en el olimpo de las grandes series, ese lugar sagrado donde cohabitan Los soprano y The wire. Si se mantiene el nivel de esta quinta temporada, el capítulo promete despedirse por todo lo alto. Pero en caso de que Vince Gilligan, su creador, no cumpla con las enormes expectativas, puede descansar tranquilo. Nos deja para el recuerdo una retahíla de escenas memorables. Lo que viene a continuación no es más que el botón de una muestra inabarcable de grandes momentos.


1. Primera escena (1x01 - Pilot)
Si la regla de oro de toda novela es captar al lector desde la primera frase, desde luego esa pareció ser la consigna seguida también por Vince Gilligan en Breaking bad. Un hombre en calzoncillos y una máscara antigás conduce histéricamente una autocaravana por una carretera desierta de Nuevo México. A su lado, el copiloto permanece inconsciente, con la cabeza en el salpicadero después de que el vehículo colisione en una zanja. Es nuestro primer y chocante contacto con Walter White, el profesor de química que terminará convirtiéndose en el rey de la metanfetamina. Este lugar dónde comenzó todo volverá a ser un referente en la serie, dando nombre a un capítulo de la quinta temporada (To'hajiilee) y sirviendo como escenario para el siguiente, el aplaudido Ozymandias, que justo comienza con un flashback en el que Walt, Jesse y la autocaravana se van desvaneciendo hasta la cruda realidad del presente.

2. La campana de Héctor Salamanca (2x02 - Grilled)
El primer contacto con el narcotráfico mexicano lo tienen Walt y Jesse a través de Tuco Salamanca, uno de los personajes más peculiares e inolvidables de la serie. Pero casi tanto o más impagable que Tuco es su tío Héctor, que postrado en una silla y sin poder hablar, se comunica a través de una campanilla, con la que ha protagonizado momentos clave en Breaking bad. Uno de ellos, hilarante a más no poder, ocurre en una cabaña, cuando el minusválido va advirtiendo a su inestable y colocado sobrino de las intenciones de Walter y Jesse. Héctor Salamanca y su artilugio han despertado tantas simpatías entre la audiencia que incluso son protagonistas de homenajes como este en las redes.

3. La autocaravana, desguazada (3x06 - Sunset)
En una de las escenas más bellas y melancólicas que se recuerdan. Con la canción He venido a decirte de fondo, Walter y Jesse se deshacen del que ha sido su laboratorio hasta entonces. Lo hacen en el desguace donde minutos antes casi son descubiertos por Hank, hasta que a Walter se le ocurre distraer a su cuñado con una desafortunada llamada. Desde el interior de la caravana somos testigos de su destrucción y también de un punto y aparte irreparable en la trama. Con la desaparición de este icono, Breaking bad traspasa la frontera del humor negro a la más cruda oscuridad.

4. Asedio a Hunk (3x07 - One minute)
Un minuto es el tiempo que una llamada anónima le advierte a Hunk que dispone antes de que dos individuos, los primos Salamanca, terminen con su vida en el aparcamiento de un supermercado. Es una de esas escenas marca de la casa con la dosis de tensión extrema, irrespirable. Aunque Hank consigue reaccionar a tiempo y terminar con la vida de los dos sanguinarios, recibe dos disparos que le postrarán en la cama durante varios episodios. El tiempo suficiente para aficionarse a las piedras y para afinar su instinto policial.

5. Jesse dispara al químico (3x13 - Full measure)
La tercera temporada de la serie finaliza con esta reveladora escena, en la que se hace patente la diferencia que existe a nivel de escrúpulos entre Walter y Jesse. Mientras el jefe no duda en terminar con la vida de Gale, su sustituto en el laboratorio de Gus, para salvar el culo, Jesse nos mantiene en vilo cuando acude a su casa para ejecutarle. El químico (impagable también su vídeo casero cantando) ruega por su vida, él duda impotente con lágrimas en los ojos. Pero finalmente opta por la supervivencia, aunque el trauma de haber acabado con la vida de un inocente le torture durante buena parte de la siguiente temporada.

6. Walt a Skyler: "Yo soy el que llama a la puerta" (4x06 - Cornered)
Definitivamente, la cuarta temporada es en la que Walter se va desquitando de la máscara, al menos de cara a su mujer, que a pasos forzados va descubriendo la dura realidad de su compañero de alcoba. Tratando de asimilar que su marido es un traficante de drogas y un asesino, intenta justificarlo creyendo que está recibiendo amenazas y que en realidad lo que busca es entregarse a Hank. La frase lapidaria que le contesta Walter es absolutamente reveladora de su complejo de inferioridad: "No estoy en peligro, Skyler. Yo soy el peligro. Un tipo abre su puerta y le disparan. ¿Tú crees que ese soy yo? No. Yo soy el que llama a la puerta".

7. Pelea entre socios (4x09 - Bug)
La táctica de Gus de enfrentar a Walter y Jesse hace efecto, cuando comienzan a aflorar las desconfianzas entre ambos. Jesse empieza a sentirse respetado como hombre de confianza del dueño de Los pollos hermanos, mientras que Walter se siente acorralado y amenazado ante la nueva situación, hasta el punto de ponerle un rastreador a su compañero para averiguar por qué no ha envenenado todavía a Gus. Cuando Jesse se entera, se enzarzan en una violenta pelea, que marca el inicio de un camino sin retorno hacia la enemistad entre los que un día fueron socios y amigos.

8. Walt, histérico en el sótano (4x11 - Crawl space)
Otra de esas escenas cargadas de histeria y tensión, acompañadas de una banda sonora que tampoco ayuda a apaciguar los ánimos. Walter ha tomado la decisión de desaparecer junto a toda su familia ante la amenaza de Gus, pero cuando accede al sótano de la casa se da cuenta de que falta buena parte del dinero guardado. Skyler le confiesa que ha tenido que comprar el silencio de Ted, ante lo que Walt reacciona con una risa histérica. Mientras, suena el teléfono. Es Marie, que deja un mensaje en el contestador diciendo entre lágrimas que el cartel planea atacar de nuevo a Hank. Uno de los muchos ejemplos de escenas taquicárdicas en Breaking bad.

9. La muerte de Gus (4x13 - Face off)
A Gustavo Fring había que despedirlo con todos los honores, y sin duda su muerte es de las más gozosas de la serie, con la presencia indispensable de Héctor Salamanca y su campanilla. El ex líder del cartel mexicano por fin se digna a mirar a los ojos a su contrincante, aunque sólo sea para dedicarle el corte de mangas definitivo, en forma de bomba casera en su bombona de oxígeno. El plano posterior nos muestra a Gus saliendo por su propio pie de la habitación del geriátrico. Parece que ha sobrevivido. Pero a continuación, la cámara se desplaza y nos muestra su medio rostro esquelético. Se anuda la corbata por última vez y se desploma. Brillante.

10. El encuentro en el garaje (5x09 - Blood money)
Sólo la quinta temporada merecería otro especial con los 10 mejores momentos. Porque los hay. Pero el momentazo que todos esperábamos y que la serie afronta con valentía y a cara descubierta es este primer enfrentamiento entre los dos cuñados una vez desvelada toda la verdad. "Todo el tiempo has sido tú, hijo de puta" le suelta Hank a Walter después de propinarle un puñetazo. "No te reconozco", le confiesa con dolor, tras lo cual Walter no se achica y le suelta "Si eso es cierto, si no sabes quien soy, entonces quizás tu mejor opción sería andarte con cuidado". Ya no hay vuelta atrás. A Walter ya todo se le ha girado en contra.

11. Jesse descubre la verdad sobre el ricino (5x11 – Confessions)
Es probablemente uno de los finales de episodio más impactantes, con un Jesse absolutamente desbocado después de descubrir la implicación de Walt en el envenenamiento del pequeño Brock. Justo antes de subirse a la furgoneta roja hacia una nueva vida, el paquete de cigarros le hace atar cabos y desplazarse corriendo al despacho de Saul para descargar su ira sobre el abogado. Pero su siguiente objetivo es la casa de Walt, a la que acude con un bidón de gasolina dispuesto a quemarla. La actuación de Aaron Paul, los movimientos histéricos de la cámara y el empleo de la banda sonora componen otra de las mejores escenas de la serie.

12. Pelea en casa de los White (5x14 – Ozymandias)
Siete minutos dura esta secuencia de infarto en la que se plasma sin tapujos la decadencia en el seno de la familia White. La muerte de Hank es la gota que colma el vaso de la paciencia de Skyler, que no duda en coger un cuchillo de la cocina para terminar con la espiral de violencia de su marido. El cuchillo, sin embargo, desencadena una brutal pelea entre el matrimonio, que termina con una llamada de Walter Jr. a la policía y con el padre saliendo por la puerta con Holly en brazos. La persecución de Skyler por la calle reclamando a la niña, como en su día lo fue también el intento de Marie, es absolutamente desgarradora.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Dexter series finale: El mejor de entre los peores posibles desenlaces

No quería hacerlo. Comparar Dexter con Breaking bad por la simple coincidencia en el calendario. Pero es que resulta prácticamente imposible obviar la obra maestra de Vince Gilligan cuando justo nos está conduciendo hacia un final de vértigo, magistralmente orquestado para satisfacer a sus seguidores. Justo lo contrario que ha sucedido con Dexter, una serie con legión de fieles adeptos pero que incluso con su comprensible falta de objetividad deberán reconocer, aunque sea en la más estricta intimidad, que este no era el desenlace que esperaban para su antihéroe favorito.

Hacía tiempo que las cosas no marchaban bien en Miami. Desde que Debra descubriera toda la verdad sobre su hermano, uno de los momentos más ansiados de la serie, la trama no ha discurrido por su mejor cauce. Veníamos de la inverosímil historia de amor fraternal, de una de las peores temporadas de Dexter, esa séptima entrega con un asesino en serie religioso para olvidar, pero supieron capturarnos de nuevo con ese cliffhanger de imprevisibles consecuencias. La gestión del asunto, con una Debra tocando fondo y con los sentimientos enfrentados, no fue tan atractiva como cabía esperar.

Visto ahora con perspectiva, ¿no hubiera sido mucho más sugerente una Debra debiéndose al deber y enfrentándose a su querido hermano? (las comparaciones con Breaking bad vuelven a florecer, porque sin duda sus guionistas han sabido resolver uno de los grandes clímax de la serie con la máxima tensión). A pesar de ello, con una hermana cómplice y comprensiva, estaba claro que Dexter tenía que ofrecer algún aliciente más que nos mantuviera enganchados a la pantalla durante su etapa final. Y, sin embargo, no ha sucedido.

La octava temporada abría con una nueva y atractiva línea argumental, la que nos trasladaba a través del personaje de Charlotte Rampling a los inicios del asesino en serie, cuando el padre y una prestigiosa psiquiatra decidieron programar sus instintos homicidas hacia lo más parecido al bien. Pero lejos de ahondar en una etapa desconocida del personaje y desvelarnos alguna sorpresa, la doctora Vogel sólo sirvió para introducirnos al enésimo alter ego de Dexter, que nuevamente se situaba en la lista de los malvados descafeinados, casi al mismo nivel que el sosainas de Travis. Y es que desde Trinity, admitámoslo, esta serie no ha vuelto a levantar cabeza.

En estos ocho años de andadura, y si lo analizamos con perspectiva, el protagonista no ha experimentado una gran evolución. Por mucho que Dexter estuviera dispuesto a dejarlo todo para empezar una nueva vida con Harrison y Hannah en Argentina, lo cierto es que el personaje lleva enfrentándose a los mismos sentimientos desde la primera temporada, cuando su imprescindible voz en off ya nos hacía testigos de sus debates internos. Ha hecho falta un auténtico revulsivo, la muerte vegetal de Debra, para que el analista de sangre nos regale por fin un acto (o dos) de humanidad, desenchufar a su hermana del respirador y alejarse de sus seres queridos.

El plano final de un Dexter con barba (a lo Walter White), a solas, y alejado de su entorno habitual, esperemos que no sirva para encender la bombillita de un avispado productor. Vista la evolución de la serie, más vale que el personaje permanezca entre troncos de madera hasta la eternidad. Porque los guionistas ya perdieron su oportunidad de mostrarnos al monstruo enfrentándose a la ira de sus compañeros de comisaría. Nos quedaremos con las ganas de conocer la reacción del sargento Batista y demás ante la cruda realidad. Lamentablemente, el secreto de Dexter se lo llevó la tormenta Laura. Y ahora toca pasar página.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Los Emmy más aburridos y con menos criterio reconocen a Breaking bad en su recta final

 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Primos lejanos

De la misma manera que en 2011 me sentí extraterrestre en la platea del cine por no encontrarle una puñetera gracia a Primos, la tercera película de Daniel Sánchez Arévalo, hoy tengo que reconocer que por fin he logrado sumarme a la risa generalizada con La gran familia española. Me siento mucho mejor. O bien mi sentido del humor ha mejorado con los años o bien el director de Azuloscurocasinegro ha logrado reencontrarse por fin con el ingenio perdido. Excelentes noticias en cualquier caso.

Película amable, simpática, divertida. Es lo máximo que llegaremos a decir después de ver La gran familia española, pero sin duda no es poco si nos atenemos al meteórico declive que sufrió la carrera de Sánchez Arévalo en tan sólo tres filmes. El cartel, el facilón contexto del Mundial de fútbol como gancho, los avances, e incluso el propio título de esta cuarta propuesta nos hacían presagiar un descenso definitivo a los infiernos del que difícilmente se podría escabullir. El director parecía encaminado a convertirse en el suplente perfecto para la saga Torrente.

Por suerte, los cantos de sirena de la recaudación en taquilla no han impedido que el madrileño nos presente una comedia decente, que no insulta a la inteligencia del espectador, de las mejores que ha proporcionado el cine español en los últimos años. Es amable, simpática, divertida y, sobre todo, coherente. No funciona a golpe de gag sino a base de personajes bien construidos, típicamente costumbristas pero fácilmente identificables, sin llegar a rozar niveles caricaturescos.

Gran parte del mérito recae en el reparto. Aunque las caras son prácticamente las mismas que en Primos, las relaciones entre ellos no desprenden ese deje amiguete que tanto chirriaba en la anterior película. Con un Antonio de la Torre mucho más comedido (yo diría que hasta molesto), La gran familia española brinda la oportunidad de lucimiento a jóvenes actores que han sabido recoger el guante con sorprendente talento. Y es que ante pesos pesados y estrellas emergentes como Héctor Colomé, Verónica Echegui o Quim Gutiérrez, el trío benjamín que protagoniza esta gran boda a la española no es amilana en ningún momento.

Se llaman Patrick Criado, Arantxa Martí y Sandra Martín y con los veinte años todavía por cumplir ya merecen su puesto de honor en el próximo Relevo de la revista Fotogramas. Porque si normalmente los papeles de adolescente suelen chirriar casi tanto como los de un niño pequeño, esta vez su contribución es indispensable. Le aportan a La gran familia española ese toque de inocencia, frescura y humor que la convierte en una película para todos los públicos, con todos los prejuicios y toda la dificultad que eso conlleva.

Arévalo, por tanto, se aleja de la senda suicida hacia el humor más garbancero para recuperar un tono sentimental que, aunque a veces acaricia lo cursi, en general despierta el lado más sensible de cualquier mortal. Lo hace con valentía (algunas escenas están rodadas de forma nada convencional), con toques de humor desternillantes (donde esté la prima que se aparten los primos) y con alegría (el número musical de la boda dibuja sonrisas). El cóctel perfecto para enseñar a Hollywood y a todo el mundo. Porque a diferencia de Ana Botella y sus olimpiadas, La gran familia española is fun.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Demasiados caminos

Lo de Ryan Gosling comienza a ser preocupante. Su papel de chico malo pero con corazón, el prototipo de hombre que al parecer encandila a las mujeres y las empuja en manada al cine, se agota. Y lo que es peor, pone en entredicho sus cualidades como actor, algo que nadie ha cuestionado con Drive o Blue Valentine pero que en Cruce de caminos activa las alarmas. ¿Será capaz este chico de encarnar a otro personaje que no sea el de novio canalla, con principios de maltratador, que encandila a las chicas con la misma facilidad que las humilla?

En Más allá de los pinos, el sugerente pero excesivamente poético título de la película en Estados Unidos, no se produce el milagro. Gosling vuelve a interpretar a un tipo duro, solitario, que un buen día descubre que tiene un hijo fruto del polvo de una noche. A partir de ese instante, decide hacerse cargo del pequeño a su manera, atracando bancos, y convirtiendo en un calvario la existencia de la madre, una Eva Mendes que a su vez no puede evitar mojar la ropa interior cuando está frente a él. La historia del adictivo macho alfa se repite.

Como la imagen del personaje sería dolorosamente machista, el guión siempre guarda un rinconcito de sentimentalismo bajo la piel del actor. El espectador, sobre todo la espectadora, encontrará menos culpable su placer si se justifica con motivos pasionales, aunque ese precisamente sea el motivo que mueve al 99% de los sucesos que cada día pueblan nuestros telediarios.

Sin embargo, la enésima lucha de Gosling con sus arrebatos y su dificultad para encauzar los sentimientos son el primer gancho de una película que a mitad de camino decide romper el molde y cambiar de protagonista. Como hiciera con Blue Valentine, aquí Derek Cianfrance no nos presenta con detenimiento y crudeza el declive del amor sino tres historias, tres caminos cruzados (de ahí el evidente título español), que el director no maneja con la misma soltura.

El primer punto y aparte, cuando entra en escena Bradley Cooper, descoloca y se agradece. Mediante un inesperado golpe de timón, la cinta nos sumerge en los avatares de un policía urbano que, sin quererlo, influye de lleno en la vida de Gosling. Cruce de caminos cambia de registro y se vuelve más oscura, más sórdida, gracias a la aparición de personajes magistralmente vomitivos como el de Ray Liotta. Pero Cianfrance decide no echar el freno y añade una segunda ruptura que avanza la historia quince años más tarde. El juego de coincidencias pierde la gracia y se torna interminable.

De esta manera, las dos historias prometedoras, la que debía encarrilar la relación de un padre conflictivo con su hijo y la de un policía frente a un departamento corrupto, quedan interrumpidas por una tercera vía que, aunque estrechamente relacionada con las anteriores, no despierta el mismo interés. Finalizado el cruce de caminos, después de un último tramo agotador, uno se apea del viaje sin lo más importante de un filme, conocer su destino.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Un pasito palante, un pasito patrás

Mud puede considerarse de dos maneras: como un paso adelante en la carrera de Matthew McConaughey hacia los Oscar, que culminará con su más que probable nominación por Dallas Buyers Club, y como un paso hacia atrás del director Jeff Nichols después de dejarnos anonadados con Take Shelter. Porque tras un filme tan poderoso e inquietante como el que protagonizó Michael Shannon en 2011 no se concibe un retroceso tan acuciado.

Interpretada por muchos como una revisión de Oliver Twist, como un retrato del despertar de la niñez a la adolescencia, Mud no es más que la historia de dos niños que a orillas del Mississippi conocen a un hombre malo, a un fugitivo que les permite huir de sus soporíferas rutinas. Un argumento que se queda a medio camino entre el género de aventuras y el thriller, desperdiciando las virtudes de ambos para concentrarse en una relación de personajes que permanece varada durante más tiempo del necesario.

Lo que podría haberse convertido en la típica y entrañable amistad entre el hombre rudo y el niño inocente no termina de cuajar, bien porque el personaje de McConaughey provoca la misma empatía que una serpiente de río, agazapado durante buena parte del metraje como un cobarde, bien porque la química entre el fugitivo y el mayor de los adolescentes no despega hasta el final de la cinta, cuando ya hemos pasado demasiado tiempo navegando de orilla a orilla.

La película se desarrolla en el mismo entorno decadente de Bestias del sur salvaje pero sin el surrealismo y los aires de trascendencia de la ovacionada cinta de Benh Zeitlin. Nichols aprovecha mejor su oportunidad de reflejar otro rincón de la América profunda, esa que representa a buena parte del próspero país pero que a menudo es ninguneada por el cine más comercial. Lástima que el fiel retrato no lo acompañe el director con alguna reflexión social como las que manifestó en su anterior obra maestra.

Si en Take shelter el clímax se alcanza sin sobresaltos, como parte de una atmósfera que la cinta va originando desde el inicio, en Mud las grandes escenas se reservan para el final, cuando el peligro deja de ser una amenaza y se convierte en algo real. Entre picaduras y tiros a orillas del río, la película por fin alza el vuelo. Demasiado tarde quizá para compensar la hora y media anterior.