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Verdad, belleza, libertad, amor y planos aéreos

No hacía falta ser un lince para preverlo. El gran Gatsby es como Moulin rouge. Contiene exactamente los mismos extremos que encandilaron a unos (entre los cuales me incluyo) e irritaron a otros. A la historia le cuesta prácticamente los mismos minutos arrancar. La estética es tan extemporánea en la Nueva York de los locos años 20 que en las calles de Montmartre. La misma orgía visual. Y, sin embargo, el efecto en el espectador entregado no es el mismo que hace doce años. Será que Baz Luhrmann ya no nos pilla por sorpresa o quizá que en esta ocasión el riesgo ha dado paso a la previsión pero el resultado, por desgracia, roza la languidez, la frialdad, la artificialidad extrema. Justo lo que muchos podrían decir sobre Lana del Rey.

Con este nuevo filme se constata que si algo le cuesta al australiano es pasar desapercibido. Más que llevar la obra cumbre de la literatura estadounidense a la gran pantalla, lo que hace Luhrmann es adaptarla a sus propias necesidades. No importa que Scott Fitzgerald quisiera con esta novela poner en entredicho el sueño americano. Ningún tema, ninguna lectura, ninguna sutileza, suponen impedimento alguno para el desfile de fuegos artificiales, acelerones y ralentizados y, sobre todo, para el buen puñado de planos aéreos que nos reserva el director.

Navegando incesantemente de un lado al otro de la bahía del East Egg neoyorquino, asistimos a la salida del cascarón del joven Nick Carraway, que en su traslado a la gran ciudad pronto se adentrará en el fastuoso universo de la alta sociedad. Una burbuja de festivales y derroche que encarna el misterioso Gatsby, el ricachón que todo el mundo envidia pero al que nadie pone rostro. Su vecino adinerado lo tiene todo al alcance salvo lo que más anhela, recuperar el amor de Daisy Buchanan, casada ahora con un noble putero y tan inalcanzable como esa luz verde que cada noche le ciega desde el otro embarcadero.

Se nota la inclinación de Luhrmann por el romance porque no es hasta que se asienta la historia de amor entre Gatsby y Daisy que la película comienza a emocionar. En los dolorosos minutos previos el espectador es víctima de una larguísima introducción y de escenas de desenfreno y surrealismo pensadas únicamente para dar rienda suelta a la hiperactividad del director. Y para hacerle hueco a tan impresionante banda sonora. Fergie, Jay-Z, Florence + the machine. Los artistas de más rabiosa actualidad van sonando atropelladamente pero ni la música ni el filme se adjetivan con palabras mayores hasta que ella, Lana del Rey, entra en escena. Justo en ese instante comienza el deslumbramiento.

Las aglomeraciones y las coreografías imposibles dan paso a la fascinación por planos tan bellos como la carrera en coche por el bullicioso puente de Manhattan o, también sobre ruedas, el atropellamiento de la amante de Tom Buchanan. El brevísimo flashback hacia el pasado de Gatsby es de las secuencias más inolvidables de la película. Lástima que sólo DiCaprio esté a la altura de tan colosal espectáculo. Porque ni Tobey Maguire se despoja de la cara de pánfilo que arrastra desde que se dio a conocer en Las normas de la casa de la sidra ni Carey Mulligan desprende la sensualidad y el glamour que requiere su personaje.

Así que El gran Gatsby es como Moulin rouge pero sin la química y el carisma de Nicole Kidman y Ewan McGregor. Con banda sonora molona pero sin números musicales memorables. Con los mismos fuegos de artificio pero sin la consecuente piel de gallina. Baz Luhrmann, por tanto, fracasa en la oportunidad de asentar su cuestionado estilo. Por el momento, únicamente con el musical parisino ha demostrado que merece la pena profanar los grandes mitos de la cultura occidental.

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