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Qué gran golpe nos habría propinado Tomboy si desconociéramos el argumento de la cinta antes de entrar en la sala. Con la boca abierta nos habría dejado esa escena en la que el hasta el momento protagonista de la cinta, un niño de 10 años, se levanta de la bañera y nos desvela que en realidad tiene vagina. Tan valiente como esa imagen de una menor desnuda, irreproducible en otra cinematografía que no sea la francesa, hubiera sido mantener el secreto hasta ese instante. La experiencia habría sido inmejorable.

Pero el marketing manda y había que vender la película de alguna manera. Difícil resistirse a la tentación de titular con el reclamo de una niña que se hace pasar por chico. Es probable que de otra forma sólo unos pocos aventurados se hubiesen atrevido a verla, así que bienvenida la estrategia de venta si con ella se consiguen más espectadores para una cinta modesta, silenciosa, pero que seguro es la más gratificante de una cartelera de puente de mayo tan desalentadora.

Más que el reflejo de una crisis de identidad sexual, que también, Tomboy es una de las recreaciones de la niñez más satisfactorias que nos ha proporcionado el cine. Los baños inacabables, esas horas rellenas con entretenimientos absurdos en el salón de casa, el juego del pañuelo, el de verdad o atrevimiento… La directora no escatima metraje registrando las rutinas de una infancia común, sabedora de que es la única forma de lograr que el espectador adulto se sienta identificado con las preocupaciones de una preadolescente.

Plasmar con credibilidad esa niñez no es fácil. Aquí mismo, sin ir más lejos, sería prácticamente imposible encontrar a pequeños actores capaces de reproducir con naturalidad, sin poses resabiadas, la inocencia de nuestros primeros años de vida. Tomboy lo consigue con todo el elenco de secundarios, empezando por la hermana pequeña de la familia, que actúa como si no existieran las cámaras, y sobre todo con una protagonista, Zoé Héran, que asume con enorme profesionalidad un reto complicado hasta para el actor más veterano.

La cinta prefiere huir del dramatismo y plasmar sin trucos lacrimógenos el encaje de una niña de carácter masculino en una pandilla de amigos. Lo hace con respeto, con delicadeza, sin juicios de valor, con momentos de ternura y con momentos de tensión, como esos en los que tiene que esconderse entre matorrales para hacer pis o rellenar con plastilina el bañador. Es tan inusual el tratamiento, tan de agradecer, que incluso nadie ha osado de momento endosarle a Tomboy la etiqueta de cine gay. Toda una proeza.

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