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Bienvenidos al norte

Algo tiene Escandinavia que no sólo es la cuna del estado del bienestar sino también el reflejo del lado más siniestro y depravado de nuestra sociedad. Puede que sea el clima, o el sol de medianoche, pero lo que es evidente es que desde el hemisferio norte proliferan cada vez con mayor fuerza las propuestas más sórdidas y espeluznantes. El fenómeno se propagó con la trilogía Millenium de Stieg Larsson pero desde luego el séptimo arte no ha querido quedarse rezagado a la hora de plasmar esa atmósfera inquietantemente gélida.  

La caza es otro ejemplo más de ese cine desangelado, desprovisto de toda pasión, que también exploraron Déjame entrar o Headhunters. Cintas en las que lo más aterrador se encuentra en el envoltorio, impersonal, sin ornamentos, sin sentimientos. Salvo que en esta ocasión no son los vampiros o los ladrones de guante blanco los que protagonizan la historia sino alguien mucho más cercano y reconocible como el falso culpable.

La premisa de la cinta ya es de las que te produce angustia en el estómago antes de llevarse a cabo. Se masca la agresividad y la tragedia cuando, de repente, una niña le cuenta a la directora de la guardería que uno de los profesores le ha enseñado el pene. Aquí no existen sospechas ni incertidumbres como en La duda, que ni tan siquiera se dignó en resolver. Aquí el espectador se mete de lleno en la piel de un inocente acusado, perseguido y masacrado injustamente por su comunidad.

La película podría haber hurgado en la impotencia de un hombre sin posibilidad de defensa, pero prefiere poner el foco en quienes señalan con el dedo. Porque aunque han pasado siglos desde las ejecuciones públicas medievales no parece que el razonamiento haya cubierto nuestros instintos más agresivos. Lucas comprueba como el padre de la niña, su mejor amigo, le niega la presunción de inocencia y con él todo el resto de compañeros de borrachera, reflejando lo volátiles e influenciables que somos los rebaños humanos.

De ejemplo a seguir a monstruo defenestrado, el profesor se enfrenta primero al asedio con cautela, luego plantándole cara, sin victimismos. Es el abordaje que más se le agradece a Thomas Winterberg, que se aleja del dramatismo fácil para encogernos el corazón por otras vías, como demuestra esa magnífica escena en la que el protagonista se presenta en plena misa navideña para expresar su rabia ante el pueblo que le ha dado la espalda y le ha traicionado. La secuencia en el supermercado o la que provoca el hijo adolescente en casa de la niña no son menos aterradoras.

Aunque el entorno grisáceo y helador es fundamental para construir esa atmósfera aséptica, inquietante, que está caracterizando al buen cine escandinavo de los últimos años, es evidente que sin la figura de Mads Mikkelsen, el Hannibal catódico, el Javier Bardem danés, esta cinta no sería lo mismo. Increíble cómo con tanta contención, tanta inexpresividad, se logra transmitir mucho más que con determinados vicios interpretativos que sólo fuerzan el drama. Los nórdicos demuestran una vez más que no es horchata lo que corre por sus venas, sino un talento innato para las historias turbadoras.

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