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Postureo Coixet

Ayer no termina nunca. Tu película me golpea como puños de acero, Coixet. Qué dolor… Qué intenso dolor… Qué pretendido dolor se desprende de tus diálogos milimetrados. Forzado dramatismo que me hiela la sangre, como esas paredes de hormigón, como el viento gris de Berlín. Cambio a blanco y negro, sonido estridente, con la mirada perdida hacia el firmamento y vomito lo que pienso realmente, lo que no me atrevería a decirte a la cara, que tu filme es una puta mierda insoportable. Y grito. Guuuuaaaaarrrrrrgggghhhhh! 250 gramos de palomitas saladas removiéndome el estómago. Nada comparado a la aflicción que me producen todos estos años esperando a ver si cae otra Mi vida sin mí.

Es curioso la cantidad de veces que uno hace cosas que no quiere hacer. Como aguantar. Aguantar estoicamente los 108 minutos de Ayer no termina nunca. 108 minutos. O 220. Da lo mismo. Es el peso que uno siente cuando el metraje te golpea el cerebro como la metralla. ¿Por qué? ¿Por qué demonios no iría a ver Iron Man 3 como hicieron todos? ¿Qué tipo de autoflagelación me impidió seguir el rumbo hacia la salida que emprendieron otros? Dios… La vida es un sinsentido.

Sinsentido es… Sinsentido es arrancar un filme con un prólogo sugerente, con esos titulares de radio vaticinando el apocalipsis económico, para terminar convirtiendo la crisis en un adorno, en un anuncio de Bankia, lleno de frases vacías, que no dicen nada, que no llegan. Como tampoco llega el sufrimiento. El sufrimiento de una pareja que ha perdido un hijo y que luego se pierden el uno al otro. Bueno, que primero se perdieron a sí mismos y luego el uno al otro. Es importante el matiz.

Pero quizá no haga falta expresarlo todo con tanto cálculo. Intercalar las cigalas o el verbo follar de vez en cuando para que el texto no parezca tan trascendental, tan etéreo, tan poco terrenal. El efecto es el mismo. Todo es tan forzado como las gotas de lluvia cayendo por los orificios de esa especie de depósito pluvial. Qué preciosa metáfora. El profundo lugar donde guardamos nuestra esencia pero que tarde o temprano deberemos extraer. Pura poesía.

Poesía. Arte. Teatro. Auténtico teatro es lo que practican Javier Cámara y Candela Peña encima del escenario. Sentados frente a un telón, saldríamos pletóricos de la función. Pero esto no es una tragedia griega protagonizada por Núria Espert. No. Esto es cine. Y en pantalla, la teatralidad chirría, estremece. Como el frío de una tarde de verano o como Cámara recitando a gritos perdón. ¿En qué maldito momento, en qué jodido momento, que queda más cercano y desgarrador, alguien le vislumbró dotes para el drama?

Coixet. Hay cosas estúpidas que se quedan para siempre y cosas esenciales que se te olvidan. Sólo espero que de todas tus sentencias al menos te equivoques en esta. Deseo borrar de mi cabeza esas escenas de Candela pidiendo a gritos un doblaje de Muchachada Nui. O esta estúpida y pausada manera de escribir. Me agota tu drama, tus meditados silencios, la reiteración de tus diálogos. Ayer no termina nunca. El mañana nunca muere. Pero tu talento, desde luego, parece agotado.

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