Todas las alertas estaban encendidas ante una más que probable secuela del No a la guerra. Pero con el gremio del cine ocurre lo mismo que con la meteorología, son difíciles de prever. El granizo sobre la política de recortes del gobierno cayó, pero no con el ingenio esperado. Eva Hache disparó sus dardos con más ímpetu que talento, mientras el ministro Wert se escabullía de las miradas con la complicidad del realizador de TVE, esa televisión pública que el presidente de la Academia reclamó desde el escenario. Apenas vimos su reacción ante los discursos realmente eficaces, los que le dedicaron José Corbacho y Candela Peña. La 27ª noche de los Goya será recordada, más que por el mordiente político, por el lío de los sobres, un vergonzoso descuido que nadie fue capaz de aclarar. También por ese Goya bicéfalo para Lo imposible (mejor dirección) y Blancanieves (mejor película). La primera lo merecía por salvar las cifras del cine español; la segunda, por reconciliarnos con ese talento patrio no siempre cristalizado. Pero si por algo pasarán a la historia estos Goya es por reconocer de una vez el trabajo de Concha Velasco y José Sacristán. Con el mejor sentido del humor recibían la primera estatuilla en sus más de 40 años de trayectoria profesional. Pensándolo bien, esta circunstancia acorta distancias entre nuestros premios y los laureados Oscar: en ambos se cometen históricas injusticias.
Fernando Meirelles pedía disculpas a los asistentes del preestreno barcelonés de A ciegas por las imágenes tan duras que iban a presenciar. Para quien no conociera el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, sin duda le sorprendería la crudeza de algunas escenas, sobre todo las que tienen lugar durante la improvisada cuarentena para ciegos . Pero los que alguna vez leyeron la novela del Nobel portugués seguramente recordarán la sensación de angustia que provocaban algunos pasajes, hasta el punto de resultar incómoda su simple lectura. La adaptación no obvia los momentos más duros del relato, pero sí elude algunos escabrosos detalles que hubieran hecho del filme una auténtica pesadilla. La recreación de un mundo sumido en el caos tras caer todos sus habitantes en una inexplicable ceguera blanca es meritoriamente realista. De bien seguro que Saramago se quedó corto al suponer la degradación a la que puede sucumbir un ser humano en estado de emergencia, sin orden ni control. Aún así, el rel...
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