Lo prometieron y cumplieron. Después de la polémica que suscitó el final de la primera temporada, los responsables de The Killing quisieron dejar claro que la segunda tanda de capítulos no terminaría sin conocer la identidad del asesino de Rosie Larsen. Y así ha sido. Después de 26 episodios, y tras una season finale vibrante, cargada de emociones fuertes, los seguidores por fin hemos sabido quién terminó con la vida de la joven. Parecía que la resolución no iba a convencer a nadie, pero finalmente lo que ha sorprendido, más que el nombre y apellido del culpable, es la retahíla de escenas para el recuerdo que nos deja el desenlace.
El capítulo ya arrancaba de manera distinta, con un flashback que nos hace testigos de la última vez que los Larsen vieron a su hija con vida. Después de días de investigación en los que Rosie no era más que una referencia, la protagonista ausente de toda la trama, verla en acción horas antes de su muerte, jugando con sus hermanos o esquivando la mirada de su madre, supone un golpe inesperado y sobrecogedor para el espectador.
Si hasta el momento, The Killing se había caracterizado por su carácter frío y aséptico, desprovisto de toda emoción, en parte gracias a una protagonista de lo más atípica, la serie pone punto y final al caso Larsen potenciando como nunca los sentimientos. La acción y la adrenalina llegan con la confesión de Jamie, en un careo tenso y sin pelos en la lengua con el flamante alcalde Richmond. La sorpresa nos alcanza de repente cuando Sarah descubre la luz trasera del coche de Terry rota. Y las emociones fuertes se desbocan inmediatamente después, cuando la cruda verdad da paso al alivio.
La escena de Terry desahogando su sentimiento de culpabilidad en la habitación de Rosie, mientras los padres reaccionan cada uno a su manera ante la tremenda noticia, es de las más brillantes que ha parido la serie en sus dos temporadas. Angustiosa también la imagen de la asesina empujando el coche de campaña hacia el lago sin saber que quien gritaba aterrorizada desde el interior del maletero era su propia sobrina. Por último, el vídeo que la joven grabó para despedirse de sus padres y que los Larsen visionan en familia desde el sofá, estimulará la carne de gallina hasta a los más insensibles.

Quedan algunos flecos por resolver, como por ejemplo el contenido de esa reunión entre Richmond, Michael Ames y Nicole Jackson. Desconocemos si el nuevo alcalde seguirá los dictámenes de transparencia que promulgó en la campaña o sacará a relucir la ambición que según Jamie mantiene oculta. Interpretamos la decepción en el rostro de Gwen cuando el candidato, una vez cumplido su objetivo, le cierra la puerta en las narices. Intuimos, por tanto, que el político nos vendió la moto. ¿Hace falta más? ¿Queremos realmente una tercera temporada? No nos dejemos llevar por la avaricia. Quizá con este gran final y esta notable andadura ya tengamos más que suficiente.
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