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Paranormal activity en el cine español

Con sólo tres películas, Rodrigo Cortés ha alcanzado la cima que muchos directores españoles jamás bordearán. No porque cuente con estrellas de Hollywood en su reparto ni porque sea recibido con expectación en el festival de Sundance. No es el primero ni esperemos que el último en conseguirlo. Su gran hazaña es haberse labrado un nombre en el saturado mercado del thriller sin haber perdido ni un ápice de personalidad, rodando las historias que le apetece contar, sabiendo, eso sí, que dispone de una aguda visión comercial.

Luces rojas es el mejor exponente de una carrera que, de seguir a este ritmo, se prevé arrolladora. El gallego dirige y firma el guión de una cinta que supone la evolución perfecta de Buried, la obra que sin duda ha marcado un antes y un después en la corta pero intensa filmografía de Cortés. Más medios, más actores internacionales, más campaña de marketing y, sin embargo, la misma entereza, las ideas igual de claras y una absoluta falta de complejos. La cinta no destacaría entre las que paren en Hollywood por decenas si no fuera porque el que lleva la batuta es un español que ni se amilana ni se deja engatusar por la maquinaria made in USA.

Los fenómenos paranormales, casi como el sexo, son garantía de éxito en la pantalla. Consciente de ello, Cortés los utiliza como eje central de su último filme, abordándolos desde una perspectiva novedosa, desde el punto de vista de dos científicos a la caza del fraude. La búsqueda de la razón en lo inexplicable es un tema explorado por otras producciones, sin ir más lejos en esa lucha entre creencia y escepticismo que protagonizaban Mulder y Scully en Expediente X, pero Luces rojas adopta una postura menos esotérica, más terrenal, mucho más verosímil.

La primera mitad del filme, quizá la más apasionante, es la que intenta racionalizar los supuestos fenómenos paranormales, esa especie de clavo ardiendo al que se agarran los millones de personas que necesitan creer en lo desconocido. Para los escépticos, para los amargados en definitiva, esta introducción a cargo de la científica Margaret Matheson supone una confirmación de lo más placentera, un ataque frontal de la ciencia, de lo real, a la pseudociencia, a lo inexplicable. La película parece ponerse del lado de la razón.

Una de las escenas más reveladoras de Luces rojas, rodada en el teatro Tívoli de Barcelona, nos destapa un timo convertido en espectáculo, un impresionante despliegue para saquear los bolsillos de los más desamparados. Leonardo Sbaraglia interpreta al histriónico Palladino, encarnación de todos aquellos personajes y personajillos que sin un ápice de escrúpulos sacan todo el provecho de los más vulnerables. Pero no todos los montajes son descubiertos. Hay un maestro que se les resiste a Matheson y su joven ayudante Tom Buckley: el gran Simon Silver.

El enigmático psíquico al que da vida Robert De Niro es el auténtico gancho de la película, rodeado de un halo de misterio que mantiene enganchado al espectador en la butaca. En torno al personaje, uno de los más logrados del cine de suspense, se van devanando el resto de interrogantes de la trama. Es con su aparición que Luces rojas se va tornando menos incrédula, mucho más oscura y, sobre todo, más grandilocuente. Porque si la primera mitad arrancaba cauta y serena, la segunda parte desemboca en un delirio altisonante, desproporcionado por momentos, y cargado de recursos efectistas.

Sin embargo, a pesar de un cierto abuso de trucos sonoros y de situaciones cuyo único objetivo es provocar el brinco en la platea, Luces rojas funciona en su recreación de una atmósfera inquietante y atrayente, algo para lo que Cortés ya se ha demostrado lo suficientemente preparado. Complicado lo tenía tras dejar el listón por las nubes con Buried, pero aunque no ha alcanzado la altura, mantiene el vuelo a una velocidad de crucero de lo más estimable.

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