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Clooney for director

Que George Clooney es un actor comprometido ya lo teníamos asumido. Lo demostró poniéndose al teléfono para recaptar fondos tras el desastre de Haití y lo demuestra con cada una de sus acciones solidarias. Es algo que va prácticamente ligado a su imagen de seductor. Parte de la vena altruista la ha querido explotar también en algunas de sus incursiones detrás de la cámara. Se inició en la crítica y la reflexión políticas con Buenas noches, y buena suerte y ahora con Los idus de marzo persiste en el empeño de trasladar a la pantalla sus férreas convicciones progresistas. Pero lo que sin duda demuestra este último filme es que Clooney tiene mucho más que aportar al mundo del cine como director que como galán.

Con Los idus de marzo consigue su película más redonda. Lejos de la trascendencia que perseguía sin tapujos la notable Buenas noches, y buena suerte, aquí el ejercicio de cavilación viene disfrazado de apasionante drama con tintes de thriller político sabiamente dosificados. De ahí que resulte cuanto menos sorprendente la presencia de Clooney en la alfombra roja de los últimos Oscars por su actuación en Los descendientes, mientras que esta su auténtica hazaña, tan inquietante como adictiva, pasaba desapercibida con una sola nominación al mejor guión adaptado.

No conviene alarmarse por el título de la cinta. Una búsqueda en la Wikipedia nos permite saber que los idus eran días de buenos augurios en el calendario romano, que en marzo coincidían con el día 15 y que en esa fecha murió asesinado Julio César. También se marcan en rojo en el calendario electoral de Estados Unidos, cuando por fin se determinan los dos rivales definitivos en la batalla hacia la Casa Blanca. Y sobre ese momento clave se centra la película de Clooney, sin que sea necesario en ningún momento consultar de tapadillo el móvil para cerciorarnos de que captamos del todo el argumento.

Los idus de marzo no es una película complicada pero sí inteligente, meticulosamente estudiada y que nos adentra en los entresijos de la política estadounidense. Durante el metraje parece que asistamos a un episodio extendido de El ala oeste de la Casa Blanca. Lo recuerdan los diálogos, ágiles y cien por cien disfrutables, al más puro estilo Sorkin, y lo recuerda también la descripción del líder, con un poder relativo y frágil, dependiente y en manos de un equipo asesor que finalmente es el que maneja todos los hilos.

Porque el protagonista de la cinta no es el personaje de George Clooney, un aspirante demócrata que por sus ideales más bien utópicos parece escrito en exclusiva para el actor. Aquí el que lleva el peso de la campaña y también de la película es el director de comunicación, encarnado por un Ryan Gosling que, como Fassbender, está aprovechando al máximo su buena racha cinematográfica. Él es un joven treintañero con una prometedora carrera por delante, pero que de pronto se verá inmerso en una serie de dilemas que pondrán a prueba sus escrúpulos. Entre la espada y la pared, su imagen de gran profesional se verá cuestionada por un sistema plagado de intereses y traiciones.

Que el poder corrompe y transforma incluso a los más incorruptibles es algo que los ciudadanos de a pie ya tenemos asumido. Gracias al filme, asistimos a una sesión en la que se hipoteca sin rubor el futuro de los más jóvenes a sabiendas de que no tienen capacidad de voto o al discurso impoluto de un candidato sobre la pena de muerte, aparentemente improvisado, que responde más a los intereses que a las convicciones. Lo verdaderamente inquietante de la propuesta de Clooney no son los señuelos propios del thriller. Lo realmente aterrador es su parecido más que razonable con la realidad, su reflejo de un cinismo que va engrasando cada una de las piezas de una maquinaria política que nos vendieron como perfecta.

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