
Gregory House ha vuelto a la televisión de Estados Unidos por la puerta grande.
Los interrogantes que planteó el final de su quinta temporada motivaron a más de 17 millones de espectadores la noche de uno de los estrenos más esperados. Parece que los dos primeros episodios contentaron lo suficiente, ya que en la segunda emisión la serie perdió por el camino a tres millones de seguidores. Aquí tendremos que esperar hasta finales de octubre para que Fox y Cuatro nos desvelen la mayor de las incógnitas:
¿Qué será de la ácida personalidad del Dr. House?Mientras llega ese momento, no está de más repasar las cinco temporadas que nos ha deparado una de las series, para mi gusto, más descompensadas de la televisión
made in USA. Con
House he mantenido una relación amor-odio en la que siempre ha terminado triunfando el primero, algo que no me ha sucedido con
Héroes o
Prison break, que abandono sin piedad y sin remordimientos.
¿Qué me lleva a obviar esos interminables episodios del maleducado doctor que siguen a rajatabla la estructura típica del procedimental, género que normalmente detesto? No es el carisma del personaje, que en determinados momentos he llegado incluso a rechazar, sino lo que podríamos denominar los episodios perla con los que a menudo nos suelen deleitar sus creadores.

El final de la quinta temporada, sin ir más lejos, es uno de los mejores ejemplos de capítulos gratificantes.
De repente, la serie abandona el piloto automático de las historias autoconclusivas para brindarnos un cambio radical en la trama o un nuevo punto de vista con el que despistar al espectador. Durante los dos últimos episodios, totalmente engañados, asistimos a la nueva realidad distorsionada del eminente doctor. Lo que parecía la primera incursión de House en la sociedad correcta y civilizada no era más que una alucinación fruto de la vicodina. Ahora, con el protagonista ingresado en un psiquiátrico, el futuro de la trama no puede ser más interesante.
Los capítulos perla de House, es curioso, suelen concentrarse en el inicio y en el final de cada temporada, salvo honrosas excepciones como aquel episodio de la quinta en la que el espectador se pone en la piel de un paciente con el cuerpo totalmente inmovilizado y que sólo puede comunicarse mediante un ordenador. Situar la cámara durante la mayor parte del tiempo en los ojos del enfermo es de lo más arriesgado que se ha visto nunca en una televisión comercial. Pero, como decíamos, las genialidades que mantienen viva a la serie tras cinco temporadas suelen estar presentes en los primeros y últimos capítulos.

Al final de la tercera temporada, por ejemplo, cuando House había entrado en una rutina repleta de incomprensible terminología médica, su equipo de repente cesó en masa y dejó al doctor solo y desamparado.
Se abría un futuro desconcertante para la serie, que pedía a gritos aires renovados. El inicio de la cuarta no fue menos decepcionante, con varios episodios centrados en el particular casting al que fueron sometidos los aspirantes a entrar en el equipo del especialista. Pero una vez seleccionado el nuevo personal de House, la trama volvió a caer de nuevo en el aburrido sistema procedimental, que convierte a los episodios en agonizantes calcomanías. La sorpresa llegó de nuevo en el trasvase de la cuarta a la quinta temporada, con la muerte de Amber y la amistad entre Wilson y House en la cuerda floja.
De esta manera,
la serie va superando la monotonía de los capítulos de principio y final cerrado y de las intervenciones de un House a menudo pasado de rosca. La personalidad del protagonista fue la gran baza para enganchar al público pero se ha demostrado insuficiente para mantener la trama viva durante cinco años. Aunque el gancho de
House sigue siendo House, conviene trastocar su mundo de vez en cuando para despertar al aletargado público. Son esos episodios perla, auténticas obras maestras, por los que merece la pena deambular con más o menos entusiasmo por una de las series médicas más exitosas de la historia de la televisión.
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