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Del papel a la pantalla: 'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina', por Daniel Alfredson

Más Lisbeth que nunca. El segundo libro de la trilogía Millennium entra de lleno en el universo de la carismática protagonista, como si Larsson hubiera predicho antes de su muerte el éxito que este personaje tendría entre los lectores. Y es que si Mikael Blomkvist terminaba eclipsado por su compañera de reparto en la primera entrega, en esta secuela parece haber sido fulminado por completo de la trama. La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no es otra que Salander y esto hace que la historia sea mucho más adictiva y ágil que en la primera novela.
En Los hombres que no amaban a las mujeres primaba la atmósfera. Esta segunda parte, en cambio, es pura acción. El ritmo ya no es asimétrico como en la anterior entrega, sino que desde el comienzo se suceden los acontecimientos de forma vertiginosa. La descripción que logró atraparnos en aquélla ha dado paso al puro desenfreno, proporcionando una lectura adictiva e incansable. Este cambio, que no sabríamos valorar como positivo o negativo para la saga literaria, puede que sí le resulte beneficioso a la adaptación cinematográfica.
Si recordamos, la primera película seguía a rajatabla las directrices de la novela, que dedicaba su primera mitad a describir con minuciosidad la investigación sobre la misteriosa desaparición de Harriet Vanger y la sórdida atmósfera de una isla del norte de Suecia. Lo que en el libro atrapaba, en el filme adormecía, ya que las pesquisas que se iban hallando no resultaban muy efectistas en la gran pantalla. Tampoco ayudaba la resolución de la novela, totalmente acelerada y llena de incongruencias.
Puede que el material que proporciona esta segunda entrega sea mucho más jugoso para Daniel Alfredson, hermano del director de Déjame entrar y el encargado de trasladarla al cine. De entrada, porque el comercio sexual, tema de arranque de la novela, es bastante más visual que la meticulosa investigación en torno a Harriet y, si cabe, más sórdido y oscuro que las intrigas de la familia Vanger. Por si fuera poco, la implicación de Lisbeth Salander añade más jugo a la trama, aportando saltos temporales hacia su pasado con importantes implicaciones en su presente. De nuevo, la pega del libro se concentra en sus últimas páginas, donde la acción se acelera todavía más vertiginosamente hacia un final medio abierto medio cerrado.
Sin duda, Noomi Rapace, la única intérprete que sobresalía en la primera película, tendrá bastante más trabajo en esta segunda. Además de destacables cambios en su aspecto físico, nos tendrá que dejar entrar más profundamente en su impenetrable personalidad. El gran reclamo de las novelas de Larsson pide paso en esta segunda entrega y de bien seguro que el público la recibirá con los brazos abiertos. Esperemos que en su traslado a la pantalla, Larsson no vuelva a perder su capacidad de atracción, pues ya sólo les quedará una última oportunidad para conseguirlo.

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