
Daniel Day-Lewis encarna a la perfección ese sistema feroz, ambicioso, perverso y destructivo que todo lo engulle. Su personaje sólo vive para una cosa y es para el petróleo, lo que viene a equivaler a dinero, mucho dinero. El líquido negro está por encima de los demás. Por encima de la gente humilde que ha tenido la dicha (o la desdicha) de habitar sobre inexplorados yacimientos petrolíferos. Por encima de su propio hijo, al que utiliza para convencer y estafar sin ningún rubor. Más allá incluso del mismísimo dios, pues su única fe se encuentra en el color verde de los billetes.
Mientras su ambición no se detiene ante nada ni nadie, los explotados ahogan sus penas en embaucadores religiosos. “Soy un falso profeta. Dios es una superstición” le obliga a reconocer Plainview al sacerdote Eli, con el que mantiene a lo largo de toda la película un constante choque de intereses. El poder del párroco sobre las mentes del pueblo se convierte en anécdota ante el implacable poder del dinero.

Es de entender, aún así, que todo el mérito se lo lleve el extravagante actor inglés. Resulta casi imposible encontrar a un intérprete con la personalidad necesaria para abordar un papel con tantas connotaciones (Leonaro diCaprio, por ejemplo, lo intentó con el Howard Hughes de El aviador y no salió tan bien parado). Pocas veces un personaje principal genera tanto odio y tanta pena al mismo tiempo. Su codicia termina por devorarlo por completo y todas sus ganancias se reducen a un montón de chatarra a la que disparar desde el otro lado del pasillo de su imponente y solitaria mansión.

There will be blood (como Almodóvar, yo también me niego a nombrar ese título de sobremesa marujil) es, al igual que el resto de nominadas al Oscar a mejor película, de ritmo lento aunque de paso más firme. Parece que la cantidad de minutos tenga que ir reñida con la calidad del metraje. En esta ocasión, al contrario de lo que ocurre con el desenlace inconcluso de No es país para viejos o con el desarrollo reiterativo de Expiación, el tiempo pausado juega a favor de un filme con una introducción, un nudo y un desenlace impecables, sin fisuras, y con un mensaje claro: la avaricia rompe el saco.
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