Ir al contenido principal

ENTRADA Nº 100: El petrolero hecho (y deshecho) a sí mismo

Comenzó arriesgando su vida en lo más bajo de un pozo y terminó siendo uno de los más grandes magnates del petróleo. La vida de Daniel Plainview es la de un hombre hecho a sí mismo, la del éxito a base de esfuerzo, la del triunfo de un sistema en el que quien más tiene más obtiene. Sin embargo, la película no se detiene a enumerar las maravillas del ‘american way of life’, en el que cualquiera puede forrarse a fuerza de trabajo, sino que incide en todos y cada uno de los escrúpulos que uno puede ir perdiendo por el camino.
Daniel Day-Lewis encarna a la perfección ese sistema feroz, ambicioso, perverso y destructivo que todo lo engulle. Su personaje sólo vive para una cosa y es para el petróleo, lo que viene a equivaler a dinero, mucho dinero. El líquido negro está por encima de los demás. Por encima de la gente humilde que ha tenido la dicha (o la desdicha) de habitar sobre inexplorados yacimientos petrolíferos. Por encima de su propio hijo, al que utiliza para convencer y estafar sin ningún rubor. Más allá incluso del mismísimo dios, pues su única fe se encuentra en el color verde de los billetes.
Mientras su ambición no se detiene ante nada ni nadie, los explotados ahogan sus penas en embaucadores religiosos. “Soy un falso profeta. Dios es una superstición” le obliga a reconocer Plainview al sacerdote Eli, con el que mantiene a lo largo de toda la película un constante choque de intereses. El poder del párroco sobre las mentes del pueblo se convierte en anécdota ante el implacable poder del dinero.
Ambos papeles, el del magnate y el del cura, son jugosos regalos para Daniel Day-Lewis y Paul Dano, pero mientras el primero ha sido merecidamente recompensado con múltiples nominaciones y un más que probable Oscar, al segundo lo han ignorado todos los galardones importantes a excepción de los bafta ingleses. No se lo merece el hermano mudo de Pequeña Miss Sunshine, pues si en aquella ya demostraba lo expresiva que puede llegar a ser la contención, en esta es capaz de competir en grandilocuencia con todo un experto en la materia como Day-Lewis.
Es de entender, aún así, que todo el mérito se lo lleve el extravagante actor inglés. Resulta casi imposible encontrar a un intérprete con la personalidad necesaria para abordar un papel con tantas connotaciones (Leonaro diCaprio, por ejemplo, lo intentó con el Howard Hughes de El aviador y no salió tan bien parado). Pocas veces un personaje principal genera tanto odio y tanta pena al mismo tiempo. Su codicia termina por devorarlo por completo y todas sus ganancias se reducen a un montón de chatarra a la que disparar desde el otro lado del pasillo de su imponente y solitaria mansión.
Paul Thomas Anderson logra construir la historia de un personaje que es a su vez la historia de todo un imperio sobre unos cimientos tan clásicos como modernos. Aquí la acción transcurre lineal, sin apenas trucos narrativos ni egocéntricos efectos especiales. Sin embargo una banda sonora peculiar, que tanto imprime tensión como ligereza, junto a una bellísima puesta en escena proporcionan secuencias memorables como la que persigue cámara en mano al protagonista hacia una imprevista columna de gas.
There will be blood (como Almodóvar, yo también me niego a nombrar ese título de sobremesa marujil) es, al igual que el resto de nominadas al Oscar a mejor película, de ritmo lento aunque de paso más firme. Parece que la cantidad de minutos tenga que ir reñida con la calidad del metraje. En esta ocasión, al contrario de lo que ocurre con el desenlace inconcluso de No es país para viejos o con el desarrollo reiterativo de Expiación, el tiempo pausado juega a favor de un filme con una introducción, un nudo y un desenlace impecables, sin fisuras, y con un mensaje claro: la avaricia rompe el saco.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Los 8 momentos memorables del final de Mujeres Desesperadas

Pueden contarse con los dedos de una mano las series que han logrado cerrar la persiana sin remordimientos. Mujeres desesperadas seguramente se encuentre en ese reducido grupo de privilegiadas que alcanza el final satisfaciendo a la gran mayoría de sus seguidores, sin polémicas, sin originalidades, sin alterar, en definitiva, la esencia de una fórmula que la ha mantenido en antena durante ocho temporadas.
Podrán vertirse muchas críticas sobre esta creación de Marc Cherry, gustarán más o menos algunas épocas de la serie, pero lo que no puede negársele a Mujeres desesperadas es la fidelidad a su público. La coherencia suele convertirse en la factura pendiente en producciones que, movidas por el éxito, suelen alargarse hasta el infinito, perdiendo en el camino la cordura (Lost) o a buena parte de su reparto original (CSI).
Consciente de ello, Cherry decidió ponerle punto y final a su niña mimada antes de que el tiempo erosionara su identidad. La fecha escogida fue el pasado domingo 13…

JUEGO DE TRONOS 7 | Las 7 escenas clave de una temporada exprés

[Contiene spoilers de toda la séptima temporada]

El invierno llegó en pleno julio y ha venido para instalarse. Al menos es lo que nos espera estos próximos meses, dicen que hasta 2019, sin más andanzas en Poniente. Después de seis temporadas anunciando su llegada, la amenaza se ha hecho real y ha dividido como nunca a los millones de seguidores de este fenómeno planetario llamado Juego de tronos. Los tiempos se han reducido, las distancias se han acortado, y la serie ha emprendido el rumbo hacia la plena satisfacción del fan.

Lo ha hecho a costa de la coherencia contextual, propulsada por ese acelerón que se han autoimpuesto sus responsables. David Benioff y D.B. Weiss disponían de material para cuatro o cinco temporadas más y, sin embargo, decidieron acotar el desenlace a trece episodios divididos en dos tandas. Juego de tronos es probablemente el primer caso en el que una serie de éxito no estira su trama argumental sino más bien al contrario, la constriñe con la única explicación d…

Sin etiquetas

Qué gran golpe nos habría propinado Tomboy si desconociéramos el argumento de la cinta antes de entrar en la sala. Con la boca abierta nos habría dejado esa escena en la que el hasta el momento protagonista de la cinta, un niño de 10 años, se levanta de la bañera y nos desvela que en realidad tiene vagina. Tan valiente como esa imagen de una menor desnuda, irreproducible en otra cinematografía que no sea la francesa, hubiera sido mantener el secreto hasta ese instante. La experiencia habría sido inmejorable.

Pero el marketing manda y había que vender la película de alguna manera. Difícil resistirse a la tentación de titular con el reclamo de una niña que se hace pasar por chico. Es probable que de otra forma sólo unos pocos aventurados se hubiesen atrevido a verla, así que bienvenida la estrategia de venta si con ella se consiguen más espectadores para una cinta modesta, silenciosa, pero que seguro es la más gratificante de una cartelera de puente de mayo tan desalentadora.

Más que el…