
Tres escenas prácticamente estáticas, basadas en la palabra, son suficientes para que el veterano realizador manifieste sin ningún tipo de metáfora sus convicciones ideológicas. Plasmar sin florituras diálogos tan cercanos al discurso político hace que las acusaciones de propaganda se encuentren a la vuelta de la esquina, pero eso a Redford no parece preocuparle. El aparato mediático del rival a combatir es mucho más poderoso.
La guerra de Afganistán y la de Irak, conflictos que inundarán nuestras pantallas en los próximos meses, son el punto de partida para denunciar los vicios de tres de los poderes más importantes de una sociedad occidental: la política, los medios de comunicación y la ciudadanía. Los tres forman parte de un sistema corrompido que hace posible barbaridades como las de estos dos puntos calientes del planeta.
Es evidente que quien ostenta el máximo poder, los gobernantes de un país, ostenta también la máxima responsabilidad en la toma de decisiones. El personaje de Tom Cruise, el senador republicano Irving, es la viva representación del político que cree en su haber el poder de la verdad. Pero la prepotencia es bien conocida en la derecha y Redford no nos vendería nada nuevo sino fuera porque en el diálogo que mantiene el político con la periodista Janine Roth (Meryl Streep) se dicen verdades como templos.

Tras años de profesión, el personaje de Meryl Streep descubre su parte de responsabilidad. Al inicio de la entrevista con el senador su actitud hacia el gobernante es arrogante y sumamente crítica. Corren malos tiempos para los beligerantes. Sin embargo su posición cambia radicalmente de rumbo hacia el arrepentimiento cuando el político le abre los ojos y le muestra la cruda realidad: los medios fueron partícipes de esta guerra al mostrar más imágenes de banderas con estrellas y de soldados sonrientes que de cuerpos y ataúdes.

Leones por corderos eleva el interés gracias a los profundos diálogos de sus protagonistas y paradójicamente pierde fuelle en las escenas de acción, escenas de guerra que pretenden dar ritmo a la película y que sin embargo no hacen más que interrumpirla. Sobra decir que el soberbio tándem Redford-Streep, con ejemplares interpretaciones, se mantiene más vivo que nunca aunque Cruise va pisando firme los talones. Una película comprometida pero no dogmática: finalmente el espectador se queda sin saber la decisión que toman sus personajes.
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