
Ajeno a todo el embrollo que paradójicamente tanto beneficiaría a su ópera prima, Ben Affleck decidió aparcar por un instante su discreta carrera como actor para probar suerte en lo que el ha llamado su “extensión lógica”. Tras firmar el guión de El indomable Will Hunting junto a su amigo Matt Damon, su única aportación como guionista, al actor californiano le pareció que la evolución más natural consistía en ejercer de director. Demasiado apresurado podría parecer. Sin embargo, viendo el resultado tanto de uno (ambos colegas se llevaron el Oscar al mejor guión en 1998) como de este otro pinito tras las cámaras, solo queda recomendarle a Ben Affleck que le ceda el testimonio como intérprete a su hermano Casey y se dedique a estos otros menesteres.

Si bien es cierto que Mystic River se sustenta sobre unos cimientos argumentales más sólidos, el hecho de que la resolución de Adiós pequeña adiós resulte más rocambolesca no le resta méritos a un filme tenso en el desarrollo y brillante en la ejecución. La película no parece, ni de lejos, obra de un novato. Determinadas escenas son de las que quedan impregnadas en la retina, como la que vive el protagonista en casa de una pareja de pederastas cocainómanos, rodada en forma de tensos flashes, o la que tiene lugar en un bar hacia el final del metraje cuando aparece en escena un supuesto atracador cubierto por una máscara.

Y buena parte de la culpa, del mérito, de que nos creamos el argumento sin rechistar la tienen unos actores que desprenden credibilidad sin apenas titubear. Que Morgan Freeman y Ed Harris resalten no es ninguna sorpresa, pero que un casi desconocido Casey Affleck lleve el peso de toda la película con una naturalidad pasmante lo convierten desde ahora y gracias también a El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford en carne de galardón. Lo dicho: que Ben le ceda el puesto de actor que tan inmerecidamente ha ocupado a su hermano y se concentre en buscar otra historia que contar, porque con esta no lo ha hecho nada mal.
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