
Ellen DeGeneres, la nueva y prometedora anfitriona de los Oscar, anunciaba al principio de la ceremonia que aquella era la edición más internacional de la historia de estos premios. Sin embargo, los resultados finales han dejado en una mera intención el que prometía ser el año latino en Hollywood.
Babel, con siete nominaciones, se fue con una sola estatuilla por su banda sonora, mientras ninguna de sus dos excelentes actrices secundarias (Adriana Barraza y Rinko Kikuchi) lograba arrebatarle el premio a la mediática Jennifer Hudson por su papel en
Dreamgirls.
El laberinto del fauno no culminó su euforia con la estatuilla a mejor película de habla no inglesa. Y Penélope Cruz, cual David contra Goliat, finalmente no fue la sorpresa de una noche bastante previsible. La Academia de Hollywood volvía a premiar la imitación grandilocuente, caracterizada a la perfección por Helen Mirren en
The Queen, por encima del carisma interpretativo de la actriz española. Y los académicos redimían sus pecados del pasado premiando por fin a Scorsese y a su brillante retorno al cine de gánsters con
Infiltrados. Premios merecidos en una noche de alta competitividad. El ‘latin power’ de momento tendrá que esperar.
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