
Almodóvar ha perdido sutileza con esta película. Todo está tan explicado, tan rematado y tan mascado que impide al espectador cualquier atisbo de interpretación. La historia no deja de ser, en su esencia, excesivamente simple. Una madre que regresa del pasado para reconciliarse con sus dos hijas. Pero la gracia del filme no reside tanto en el fondo sino en la forma. A pesar de que no es tan
almodovariana como sus tres precedentes (
La mala educación,
Hable con ella y
Todo sobre mi madre),
Volver nos muestra nuevamente bellísimos planos, como el del papel de cocina absorbiendo la sangre de un inesperado muerto. O un plano cenital que nos coloca a la altura del todopoderoso mientras las vecinas de un pequeño pueblo de la Mancha velan a la difunta tía Paula. Es precisamente el tono costumbrista lo que más destaca de la última película de Almodóvar. Consigue transmitir la esencia de la vida de pueblo. Las supersticiones, los rumores, la entrega, personificada en el personaje de Agustina, esa vecina que todo lo da sin esperar nada a cambio. Es esa familiaridad, esa cercanía, con lo que el público se puede sentir más identificado. Mención aparte merece Penélope Cruz, que por segunda vez, tras interpretar a Italia en
No te muevas, nos regala un excelente papel. Podría decirse que
Volver está hecha y pensada para su propio lucimiento, con un personaje, el de Raimunda, al que deberá estar eternamente agradecida. Mujer luchadora y
echá palante, a pesar de su duro pasado, hipnóticamente bella, como bellos sus pechos, con cierta chabacanería, Raimunda protagoniza la escena más emotiva del filme. Esa en la que Penélope, con los ojos anegados, encarna la voz de Estrella Morente y la letra de Carlos Gardel como si fueran propias. Es el momento culminante de un filme que aparte de esto, y salvo algunos diálogos divertidos y logrados, resulta forzado e hilvanado en exceso, con pocas concesiones a la creatividad y al ingenio a los que Almodóvar nos tiene más malacostumbrados.
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