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We are all lesbians


Mágica. Entrañable. Enternecedora. Maravillosa. Son los adjetivos que elegiría de Pride si fuera el responsable de marketing de la distribuidora para resaltar sus mejores atributos en un póster promocional. En letras bien grandes. Sentencias que seguro que más de un crítico anglosajón, de esos tan impulsivos y exagerados, podría destacar sin pestañear en su crónica. Y no estaría faltando a la verdad, porque este insólito encuentro entre activistas gays y mineros en la Inglaterra de Margaret Thatcher sólo podía llevar a un único destino: la pura emoción. 

Lo que sí es desmesurado en la promoción, y no juega muy a favor de la película, son las comparaciones. Todos sabemos que cualquier excusa es buena para atraer a más público a las salas, pero situar a Billy Elliot y The full monty como referentes de Pride es, además de injusto, un pelín sobredimensionado. Aunque es evidente que gustará a los fanáticos de ambas, la cinta no llega a las cotas de sensibilidad de la primera ni de originalidad de la segunda. Conviene saberlo para no llevarse sorpresas. 


Las influencias son claras. El espíritu reivindicativo fluye en los tres proyectos por medio del humor y la fibra sensible. Imposible no empatizar con unos personajes tan marcadamente arquetipados, diseñados al milímetro para ganarse el cariño de la audiencia, aunque sea en un contexto tan duro y real como la huelga de mineros ingleses en los años 80. Resulta imposible no rendirse ante un cuento de hadas en el que las lecciones se aprenden a un ritmo vertiginoso, las adversidades se solventan en segundos y la intolerancia se resuelve mediante el diálogo. Un mundo ideal, que dirían los de Disney, del que no queremos despertar. 

Pride es toda una fiesta de la diversidad, un canto a las bondades del ser humano que, desde luego, no está pensado para escépticos y cascarrabias. Resulta más gratificante rendirse a los encantos de una gran fábula que lo único que persigue es hacernos sonreír. Desde luego, lo consigue. A fuerza de trucos, de situaciones forzadas, de ciertos vicios lacrimógenos. Pero con un fin positivo y sano, al fin y al cabo. 


Pasemos por alto la verosimilitud de algunas escenas del filme, porque difícilmente podrían hacerse realidad (aunque la cinta esté basada en hechos reales), y disfrutemos de su impagable contenido, como ese baile que se marca Dominic West ante una atónita audiencia minera, en un papel radicalmente opuesto al Noah de The affair. O el que protagoniza un grupo de galesas enloquecidas en locales de ambiente de Londres. Poco importa si ocurrió. Lo importante es soñar que podría suceder. 

Por si el humor no fuera suficiente, Pride cumple a la perfección con su función didáctica, equilibrando muy bien las posturas y manteniendo siempre un impecable respeto por ambos colectivos. Alecciona, es evidente, pero sin caer en falsos victimismos. Los prejuicios están presentes tanto en mineros como en homosexuales, y prueba de ello son los abucheos que en una de las escenas le propinan los clientes de un local gay a un líder sindical y hetero. Por tanto, el mensaje, como todo en este filme de pocos alardes, queda perfectamente claro y definido: No a la homofobia, no a la discriminación, no a la intolerancia. 

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