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Los fantasmas de Coixet

Si descartamos a la ligera que Ayer no termina nunca fuera toda una experiencia terrorífica, Mi otro yo sería la primera incursión de Isabel Coixet en el thriller, o lo que es lo mismo, un peldaño más en su descenso a los infiernos del desorden y el caos. La directora catalana da un nuevo paso suicida en su filmografía y confirma que el único sello de identidad que se mantiene a lo largo de su carrera son las gafas de pasta. Porque ya ni las lavanderías de autoservicio han logrado sobrevivir a tamaño desbarajuste.

Siempre se agradece el flirteo de cineastas con géneros que se alejan de su identidad. Ahí está Almodóvar y su oscura La piel que habito para demostrarlo. Pero ni Coixet es el director manchego ni cuenta con el empaque suficiente para correr el riesgo. Antes de meterse de lleno en camisas de once varas, necesitaba recuperar con urgencia la senda que abandonó tras La vida secreta de las palabras. Porque desde aquel 2005 se sucedieron los palos de ciego. Elegy, Mapa de los sonidos de Tokyo, Escuchando al juez Garzón, Ayer no termina nunca. Fallidas teclas que la directora ha ido tocando y que cuestionan si existe una Isabel Coixet más allá de Mi vida sin mí.  

Mi otro yo desde luego no es el revulsivo más idóneo para relanzar una carrera en horas bajas. Es el típico proyecto con el que un estudiante de la ESCAC se marcaría un tanto pero que en manos de una realizadora acostumbrada al intimismo y a la trascendencia se queda en una mera aberración, la de una directora que ha querido jugar a ser Shyamalan. Y hasta el propio creador de El sexto sentido sabe que el thriller psicológico es un terreno muy difícil de abonar.

No basta con una sucesión de apariciones y columpios oscilantes para crear una atmósfera de angustia. Ni siquiera la mirada penetrante de Geraldine Chaplin como último recurso. Se requiere una buena dosificación de los tiempos, ni excesivos preámbulos que aborrezcan al personal ni la acelerada precipitación de los acontecimientos. Pero sobre todo se precisa una buena historia, que atrape desde un buen comienzo y se aleje de los vicios telefílmicos.  

Mi otro yo es un cúmulo de despropósitos, desde fantasmas de carne y hueso hasta crueles esposas que fornican con el amante a plena vista de sus moribundos maridos. Tan cruel como ver a aquél carismático Rhys Ifans que gritaba en calzoncillos en Notting Hill convertido aquí en un monigote sin ningún peso en la narración. Casi tan bárbaro como recurrir a Sophie Turner como reclamo para finalmente evidenciar que su talento jamás sobrevivirá a Sansa Stark.

Ahora que Isabel Coixet ha comprobado que no es tan fácil ser Jaume Collet-Serra o Juan Antonio Bayona, a la directora ya sólo le quedan un par de géneros a explorar en su deriva hacia la autoinmolación: el cine de acción y la comedia. Comencemos a temblar.

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