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Por un San Valentín sin edulcorantes

Complicado lo tiene una película para que no se la etiquete de lacrimógena cuando el cáncer infantil asoma en su sinopsis. De hecho, difícil lo tendrá el espectador para mantener el pañuelo seco e impoluto. Porque Alabama Monroe es un drama en toda regla, pero más que recreado en la tragedia de una enfermedad se orienta hacia el estallido y el declive de una hermosa historia de amor, la que surge entre una tatuadora profesional y el músico de una banda de country o, para los puristas de la música, de bluegrass.

Y es que la película, una de las grandes favoritas para el Oscar al mejor filme de habla no inglesa, no merece los descalificativos del melodrama medio. Es una lección de buena música, un desafío narrativo, incluso un profundo debate sobre la religión. Pero sobre todo es un duelo interpretativo entre dos desconocidos a los que desearemos seguir la pista. Ella es Veerle Baetens, una belleza belga que canta como los ángeles, flamante ganadora del European Film Award por su papel de Elise. Él es Johan Heldenbergh, puro carisma flamenco que se marca un memorable speech sobre el escenario.

Entre ellos se desprende una química que irradia verdad, ya sea en las relaciones sexuales como en las hirientes broncas matrimoniales. Ya sea en los ojos de enamorada de ella asistiendo a su primer recital como cuando él le grita "cabrona hija de puta" en las horas más bajas de la pareja. Una involución a la que además no asistimos de una forma lineal sino a través de un juego de flashbacks y flashforwards nada convencional.

El cáncer infantil, por tanto, es un capítulo sin duda doloroso en esta historia vital pero no el epicentro de la trama, en la que también confluyen sonrisas y esperanzas. En días como hoy, plagados de azúcar y corazones, más vale desintoxicarse con una buena dosis de realidad, por momentos capaz de encogerte el alma, por momentos con la capacidad suficiente para inmortalizar en imágenes un amor sin edulcorantes.

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