Más lluvia, más niebla y, sobre todo, más sordidez. Los que pegamos un grito en el cielo cuando se anunció la renovación de The Killing, maravillados como estábamos ante un final tan redondo, ahora debemos tragarnos nuestras propias palabras. El regreso de la serie más aterradora de la televisión actual (American Horror Story produce un terror más visceral; The following es pura comedia) ha demostrado que la ficción puede sobrevivir, y de qué manera, sin la presencia de los Larsen.
Resuelto el asesinato de Rosie, tras dos temporadas repletas de altibajos y polémica, los guionistas nos plantean ahora un nuevo caso ambientado en la cara menos amable de Seattle, la que ni los turistas ni los espectadores de Anatomía de Grey son capaces de apreciar. Un caso que, bien aprendida la lección del pasado, nos aseguran que resolverán al finalizar esta tercera (¿y definitiva?) temporada. Con el agente Holder al mando, esta vez la víctima no es una tierna joven de clase media sino un grupo de adolescentes arrastradas a la prostitución en un ambiente de lo más marginal.
Los responsables de la serie han tenido el acierto de relacionar el brutal asesinato de una de estas chicas de la calle con el pasado de Sarah Linden, a la que prácticamente ni reconocemos al inicio del doble capítulo de estreno. Un año después de resolver el caso Larsen, la enigmática agente se retira del cuerpo policial para iniciar una nueva vida como guarda en un ferry. Vive apaciblemente en una isla e incluso ¡tiene noviete! Sonríe. Parece feliz. Pero el idilio, como si fuera un espejismo, no dura ni un episodio, lo que tarda en implicarse en el nuevo caso de Holder.
El nexo entre los nuevos crímenes y Sarah se encuentra en Ray Seward, condenado a pena de muerte por matar a su mujer con el mismo patrón que el nuevo asesino en serie. Con este personaje entra en escena uno de los mayores alicientes para engancharse otra vez a The Killing: Peter Sarsgaard. Su encuentro con el cura de la prisión se convierte sin duda en el momento cumbre del doble episodio inicial. Su lado tenebroso se suma a un nuevo y sugerente triángulo con Linden y Holder, enmarcado en un clima más cercano a El silencio de los corderos que a Twin Peaks, con la que hasta ahora se venía comparando a esta producción de la AMC.
El retorno, por tanto, ha sido acertado. No sé a quién se lo tenemos que agradecer, si a Netflix por presionar o al canal de Mad men por ceder, pero lo que está claro es que esta tercera oportunidad para The Killing nos ha servido para certificar cuánto echábamos de menos su impecable factura, su capacidad para crear esa inquietante atmósfera de crudeza y realismo. Para darnos cuenta también de cuánto añorábamos a Mireille Enos. Vistos los datos de audiencia del pasado domingo, sólo cabe esperar que el reencuentro no se reduzca a doce episodios.

Los responsables de la serie han tenido el acierto de relacionar el brutal asesinato de una de estas chicas de la calle con el pasado de Sarah Linden, a la que prácticamente ni reconocemos al inicio del doble capítulo de estreno. Un año después de resolver el caso Larsen, la enigmática agente se retira del cuerpo policial para iniciar una nueva vida como guarda en un ferry. Vive apaciblemente en una isla e incluso ¡tiene noviete! Sonríe. Parece feliz. Pero el idilio, como si fuera un espejismo, no dura ni un episodio, lo que tarda en implicarse en el nuevo caso de Holder.

El retorno, por tanto, ha sido acertado. No sé a quién se lo tenemos que agradecer, si a Netflix por presionar o al canal de Mad men por ceder, pero lo que está claro es que esta tercera oportunidad para The Killing nos ha servido para certificar cuánto echábamos de menos su impecable factura, su capacidad para crear esa inquietante atmósfera de crudeza y realismo. Para darnos cuenta también de cuánto añorábamos a Mireille Enos. Vistos los datos de audiencia del pasado domingo, sólo cabe esperar que el reencuentro no se reduzca a doce episodios.
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