martes, 27 de marzo de 2012

PANTALLAZOS #5




- Un dios salvaje: Polanski convierte la obra de teatro en un ‘crescendo’ desternillante gracias a la interpretación de dos grandes: Jodie Foster y Kate Winslet.
- Un método peligroso: Debate en la gran pantalla entre dos concepciones de la psquiatría, la de Freud y su discípulo Jung, en manos de Cronenberg con Keira Knightley de por medio. Imprescindible.
- Segunda temporada de Boardwalk Empire: Con Nucky Thompson acorralado por sus enemigos descubrimos el lado más vulnerable del que ya es uno de los personajes más emblemáticos de la historia de la televisión.
- La conspiración: Pasó sin pena ni gloria por la cartelera española, y sin embargo este drama de Robert Redford sobre el juicio a los asesinos de Abraham Lincoln es toda una lección de derecho y, gracias a Robin Wright, de interpretación.
- Segunda temporada de Downton Abbey: Aunque no ha sido tan redonda como su arranque, la serie británica sigue demostrando solvencia gracias a la labor de un reparto inmejorable. Veremos si tiene aliciente la tercera entrega tras ese final feliz.
- The artist: Se ha convertido en la película del año a pesar de contar con obstáculos tan poco comerciales como el blanco y negro y la ausencia de sonido. Una experiencia absolutamente recomendable.
- El rey león: Walt Disney ha rescatado en 3D uno de sus grandes clásicos, y aunque no ha obtenido una respuesta masiva en taquilla, ha servido para recordarnos lo mucho que aportaron Timón y Pumba a nuestra infancia.
- Drive: Una cinta de acción diferente, sorprendente, alucinante, que no ha obtenido el reconocimiento que merece, a pesar de haber conquistado a todo aquel que la ve.
- Millennium: ¿Qué hace David Fincher perdiendo el tiempo con otra adaptación del best-seller de Larsson? Pues darle vida a la notable versión sueca y demostrar que los remakes, a veces, también tienen razón de ser.
- J. Edgar: Otra obra maestra ninguneada por los festivales y premios de la temporada, a pesar del enorme esfuerzo de Leonardo DiCaprio y de Clint Eastwood por humanizar a un personaje tan detestable como el del fundador del FBI.
- Tyrannosaur: Esta ópera prima de Paddy Considine se sitúa directamente en la lista del cine social en mayúsculas, el que muestra una realidad incómoda de ver sin escarbar en la basura.
- Smash: Spielberg por fin acierta con esta lucha entre dos jóvenes por el papel de Marilyn Monroe en un musical de Broadway. Decae el interés con los amoríos de secundarios y gana fuerza con los castings, pero en general, engancha.
- Shame: Más conocida por los atributos de Fassbender y sus escenas de sexo, el segundo filme de Steve McQueen sobresale por mucho más que la explicitud. Interesantísimo viaje a los infiernos de la adicción.
- La invención de Hugo: Tras su apariencia de película infantil se encuentra toda una obra maestra de Scorsese, que desempolva su amor al séptimo arte dándole el mayor de los homenajes.
- Luces rojas: Rodrigo Cortés regresa después de dejar el listón por las nubes con un ‘thriller’ sobre fenómenos paranormales que engancha e inquieta desde el primer minuto. Made in Spain.
- Los idus de marzo: Radiografía del poder y la política y de su falta de escrúpulos con toques maestros de ‘thriller’ y un final apoteósico. Clooney es más sobresaliente como director que como galán.
- Tan fuerte, tan cerca: Machacada por las duras críticas, que incluso la califican como pornografía del dolor, la última cinta de Stephen Daldry no alcanza la maestría pero paga injustamente los efectos de tratar una tragedia como la del 11S.



- Jane Eyre: Quiere alejarse tanto del romanticismo desorbitado que caracteriza al cine de época, que termina resultando igual de fría que su protagonista, una insípida Mia Wasikowska.
- Misión imposible 4: Tom Cruise mantiene su filosofía de ‘más es mejor’ pero no logra superar la impresionante tercera entrega que dirigió J.J. Abrams. La escena en el rascacielos de Dubai era el reclamo y es el único aliciente.
- El topo: Película de espionaje con pesos pesados como Gary Oldman que, sin embargo, opta por un ritmo aletargado y que perjudica seriamente el interesante planteamiento.
- La dama de hierro: El biopic de la Thatcher se detiene demasiado en los años finales y muy poco en los que la convirtieron en la mujer más poderosa de Inglaterra. Sin Meryl Streep bajaría directamente al apartado de decepciones.
- Alcatraz: Los primeros capítulos me embriagaron, pero a medida que la nueva producción de J.J. Abrams avanza, decae el interés por una estructura repetitiva de la que únicamente se salva la buena factura.
- Albert Nobbs: Rodrigo García y Glenn Close caracterizada de hombre parecía el binomio perfecto para una obra maestra y, en cambio, el argumento tan surrealista como increíble termina empañando las buenas intenciones.
- Moneyball: Aunque se nota la influencia de Aaron Sorkin, esta especie de El ala oeste del béisbol no engancha de la misma forma que la política precisamente por la escasa repercusión de ese deporte en nuestras vidas.
- Caballo de batalla: Grandilocuente, inverosímil, desorbitado, infantiloide, a la búsqueda implacable de espectadores, pero un filme de Spielberg al fin y al cabo. No pasará a la historia pero su historia pasa muy bien.
- Oscars 2012: Gala previsible para unos resultados previsibles y que, sin embargo, eran los únicos concebibles entre una lista de nominados absolutamente alejada de los grandes aciertos del año.



- Revenge: Parece mentira que una serie tan poco creíble, tan superficial, tan mala, tenga enganchada a tanta gente. Culebrones venezolanos tienen guiones más currados que esta venganza que, a pesar de su pésima calidad, engancha como la droga dura.
- Los descendientes: Que una comedieta tan desaborida copase una de las mejores posiciones en la carrera hacia los Oscars demuestra que el poder de atracción de George Clooney sobrepasa lo meramente físico.
- Katmandú: Si en También la lluvia se denunciaba una realidad social, en esta nueva propuesta de Icíar Bollaín el foco se sitúa en una occidental más preocupada por sus problemas que por los de su altruista labor. Panfleto ideal para egos con ansia de ONG.
- The river: Copia chapucera y descarada de Lost pero en el Amazonas, por cuyos parajes de invernadero se suceden una serie de misterios sin explicación y, sobre todo, sin el más mínimo interés.

miércoles, 21 de marzo de 2012

A la hoguera con Daldry

Tarde o temprano tenía que ocurrir. Stephen Daldry llevaba encadenando desde su debut tras las cámaras una obra maestra detrás de otra, desde la inolvidable Billy Elliot hasta su película menos conocida pero más redonda (El lector), pasando por ese cruce de caminos brillante entre Nicole Kidman, Meryl Streep y Julianne Moore en Las horas. Tres películas que han convertido al inglés en todo un experto maniobrando material sensible. Parecía un aval suficiente para abordar un tema tan delicado y espinoso como el 11S, pero al parecer su arriesgada apuesta le ha terminado explotando en las manos y la buena racha del director, tras esta Tan fuerte, tan cerca, está ahora en entredicho.

Que levante la mano el crítico que no haya calificado el último filme de Daldry como lacrimógeno. Ya sabemos cómo funciona el efecto arrastre en el colectivo intelectual. Parece imposible escabullirse de la corriente sin ver mermada la reputación de uno. Si a veces conviene seguir la senda de las alabanzas, en esta ocasión es más recomendable subirse al carro de la condena, denunciar poniendo el grito en el cielo la maquiavélica manipulación de Daldry con la tragedia de las torres gemelas. Como si fuera el primer drama centrado en un acontecimiento traumático.

Puede que el tratamiento sobre el asunto no sea el más acertado, pero conviene tener en cuenta la fuente de inspiración de la película. Escrita por el autor de Todo está iluminado, Jonathan Safran Foer, Tan fuerte, tan cerca dedica más de diez páginas a la imagen del hombre lanzándose al vacío desde una de las torres del World Trade Center. La secuencia se divide en varias instantáneas expuestas a toda página en el libro y, aún así, no se extrae una lectura morbosa del contenido. El autor no lleva a cabo en ningún momento lo que alguno ya ha definido como pornografía del dolor, ya que sus páginas se centran precisamente en el proceso de curación.

El error que ha cometido Daldry, y sobre todo su nuevo guionista Eric Roth (responsable de la polémica pero efectiva adaptación de Forrest Gump), es haberle dedicado más minutos de los necesarios al 11S, añadiendo secuencias que la novela original ni siquiera menciona. Error por las posibles denuncias de instrumentalización de una tragedia y error porque resta e incluso anula metraje a los pasajes más bellos del libro de Safran Foer.

No es de extrañar que en cuanto aparece en pantalla Max von Sydow, la película sume enteros. El veterano actor da vida al que quizá sea el personaje más interesante de la novela, un enigmático alemán que dejó de utilizar las cuerdas vocales para comunicarse con las palmas de la mano. Pero la cinta prefiere obviar una de las historias más emocionantes del relato original, su amor de juventud, para centrarse en el absoluto protagonista de las tramas, Oskar Schell.

Y ahí está otro de los riesgos de Tan fuerte, tan cerca. A unos pocos, el niño de once años que busca por todo Nueva York la cerradura que abre una misteriosa llave encontrada en el armario de su padre nos parecerá enternecedor e incluso brillante por momentos (la escena en la que conoce al viejo inquilino y le desembucha toda una verborrea de sabiduría banal a mí me parece sublime). Pero la gran mayoría encontrará en el tal Oskar un motivo de peso para no tener hijos nunca jamás. Y no les faltará razón. Si el protagonista ya era resabido, complejo y peliagudo en el libro, la pantalla multiplica a la enésima potencia sus defectos y virtudes.

Lo que parece incuestionable es la labor del jovencísimo y primerizo Thomas Horn. Las simpatías y antipatías del personaje de Oskar Schell no deberían empañar su impresionante actuación, de la misma manera que el mimetismo que suele contagiar a los medios no debería influir en la valoración de la película. No es la mejor cinta de Daldry, puede que abuse de la cursilería, que busque la lágrima fácil, pero desde luego la fuerza y la imaginación de Tan fuerte, tan cerca no dependen del contexto del 11S. Sin ese referente tan cercano y mediático no sería necesario justificar las virtudes de una notable propuesta criminalizada de antemano.

martes, 20 de marzo de 2012

ESTRENOS MIDSEASON: Missing

El retorno de Ashley Judd a la pantalla se antojaba necesario. La que fuera reina del thriller de sobremesa no merecía una jubilación anticipada como la que estaba viviendo hasta ahora en sus propias carnes. La idea de reencontrarnos con ella al frente de toda una serie en prime time era prometedora. Muy prometedora. Parecía que íbamos a retomar la esencia de títulos tan sugerentes como Giro inesperado o Doble traición, ese tipo de tramas rocambolescas pero bien paridas que siempre se salvaban precisamente por los giros de guión y por la solvencia de una actriz nacida para sufrir.

El problema ha venido con un piloto, el de Missing, que echa por tierra cualquier posibilidad de retomar la carrera de Judd donde la dejó antes de su forzado retiro. Serie y actriz se dan la mano para presentar uno de los estrenos, junto a The river, más decepcionantes de la temporada. Uno no sabe si la culpa la tiene un guión previsible y simplón (y que firman nada menos que seis personas) o el enorme error de casting que ha supuesto ponerla al frente de un papel protagonista como el de Rebecca Winstone y que pocas intérpretes serían capaces de tirar adelante con una mínima credibilidad.

En todo caso, el espectador se va preguntando a lo largo del capítulo si el número de escenas de acción será igual o superior a la cantidad de ocasiones que Ashley Judd ha debido pasar por el quirófano para lograr una desfiguración de rostro tan pavorosa como la que luce en este retorno. Una imagen tan surrealista y artificial como la trama y decorados de cartón piedra de esta especie de Alias cruzada con la Venganza de Liam Neeson, con la que Missing guarda muchas similitudes en el argumento pero muy pocas coincidencias en la ejecución.

Ambas consideran Europa como un lugar inhóspito al que todavía no sé cómo los americanos tienen el valor de viajar. Los secuestros a plena luz del día, ya sea en un apartamento de la zona bien de París o ante las cámaras y transeúntes de una calle romana, están a la orden del día a juzgar por estas dos producciones de acción, ambas igual de inverosímiles pero al menos una, Venganza, con menos efecto bochornoso. Mientras la película triunfa en su objetivo de entretener, Missing fracasa por completo en llamar la atención.

Las sorpresas son nulas en una serie que se resume en una frase: “Exagente de la CIA y madre coraje se enfrenta a todo el mundo para encontrar a su hijo secuestrado”. Y más allá de esa sencilla sinopsis es imposible encontrarle al argumento más intríngulis. Porque el guión ni se esfuerza en crear ni dosificar el suspense. Desde el momento en que Judd se lía a golpes con un asesino a sueldo en Roma, la serie se lanza sin complejos a la acción más hueca. Persecuciones en vespa y manotazos en el camarote de un tren sin la más mínima tensión, con el único propósito de rellenar metraje. La emoción apenas hace acto de presencia.

Sorprende que el estreno en la ABC estadounidense lograra reunir a más de diez millones de espectadores, aunque los demográficos no fueran para tirar cohetes. Quizá había curiosidad por ver de nuevo a Ashley Judd en acción, pero el morbo debería desaparecer a los pocos minutos de metraje, cuando uno prefiere quedarse con la buena imagen que guardaba de la actriz. En cambio, sorprende y mosquea al mismo tiempo que otra serie de acción de la midseason como Awake, mucho más valiente, de mucha mejor factura, debutara con poco más de seis millones de audiencia y reste seguidores cada semana. Inadmisible.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Clooney for director

Que George Clooney es un actor comprometido ya lo teníamos asumido. Lo demostró poniéndose al teléfono para recaptar fondos tras el desastre de Haití y lo demuestra con cada una de sus acciones solidarias. Es algo que va prácticamente ligado a su imagen de seductor. Parte de la vena altruista la ha querido explotar también en algunas de sus incursiones detrás de la cámara. Se inició en la crítica y la reflexión políticas con Buenas noches, y buena suerte y ahora con Los idus de marzo persiste en el empeño de trasladar a la pantalla sus férreas convicciones progresistas. Pero lo que sin duda demuestra este último filme es que Clooney tiene mucho más que aportar al mundo del cine como director que como galán.

Con Los idus de marzo consigue su película más redonda. Lejos de la trascendencia que perseguía sin tapujos la notable Buenas noches, y buena suerte, aquí el ejercicio de cavilación viene disfrazado de apasionante drama con tintes de thriller político sabiamente dosificados. De ahí que resulte cuanto menos sorprendente la presencia de Clooney en la alfombra roja de los últimos Oscars por su actuación en Los descendientes, mientras que esta su auténtica hazaña, tan inquietante como adictiva, pasaba desapercibida con una sola nominación al mejor guión adaptado.

No conviene alarmarse por el título de la cinta. Una búsqueda en la Wikipedia nos permite saber que los idus eran días de buenos augurios en el calendario romano, que en marzo coincidían con el día 15 y que en esa fecha murió asesinado Julio César. También se marcan en rojo en el calendario electoral de Estados Unidos, cuando por fin se determinan los dos rivales definitivos en la batalla hacia la Casa Blanca. Y sobre ese momento clave se centra la película de Clooney, sin que sea necesario en ningún momento consultar de tapadillo el móvil para cerciorarnos de que captamos del todo el argumento.

Los idus de marzo no es una película complicada pero sí inteligente, meticulosamente estudiada y que nos adentra en los entresijos de la política estadounidense. Durante el metraje parece que asistamos a un episodio extendido de El ala oeste de la Casa Blanca. Lo recuerdan los diálogos, ágiles y cien por cien disfrutables, al más puro estilo Sorkin, y lo recuerda también la descripción del líder, con un poder relativo y frágil, dependiente y en manos de un equipo asesor que finalmente es el que maneja todos los hilos.

Porque el protagonista de la cinta no es el personaje de George Clooney, un aspirante demócrata que por sus ideales más bien utópicos parece escrito en exclusiva para el actor. Aquí el que lleva el peso de la campaña y también de la película es el director de comunicación, encarnado por un Ryan Gosling que, como Fassbender, está aprovechando al máximo su buena racha cinematográfica. Él es un joven treintañero con una prometedora carrera por delante, pero que de pronto se verá inmerso en una serie de dilemas que pondrán a prueba sus escrúpulos. Entre la espada y la pared, su imagen de gran profesional se verá cuestionada por un sistema plagado de intereses y traiciones.

Que el poder corrompe y transforma incluso a los más incorruptibles es algo que los ciudadanos de a pie ya tenemos asumido. Gracias al filme, asistimos a una sesión en la que se hipoteca sin rubor el futuro de los más jóvenes a sabiendas de que no tienen capacidad de voto o al discurso impoluto de un candidato sobre la pena de muerte, aparentemente improvisado, que responde más a los intereses que a las convicciones. Lo verdaderamente inquietante de la propuesta de Clooney no son los señuelos propios del thriller. Lo realmente aterrador es su parecido más que razonable con la realidad, su reflejo de un cinismo que va engrasando cada una de las piezas de una maquinaria política que nos vendieron como perfecta.

martes, 6 de marzo de 2012

Paranormal activity en el cine español

Con sólo tres películas, Rodrigo Cortés ha alcanzado la cima que muchos directores españoles jamás bordearán. No porque cuente con estrellas de Hollywood en su reparto ni porque sea recibido con expectación en el festival de Sundance. No es el primero ni esperemos que el último en conseguirlo. Su gran hazaña es haberse labrado un nombre en el saturado mercado del thriller sin haber perdido ni un ápice de personalidad, rodando las historias que le apetece contar, sabiendo, eso sí, que dispone de una aguda visión comercial.

Luces rojas es el mejor exponente de una carrera que, de seguir a este ritmo, se prevé arrolladora. El gallego dirige y firma el guión de una cinta que supone la evolución perfecta de Buried, la obra que sin duda ha marcado un antes y un después en la corta pero intensa filmografía de Cortés. Más medios, más actores internacionales, más campaña de marketing y, sin embargo, la misma entereza, las ideas igual de claras y una absoluta falta de complejos. La cinta no destacaría entre las que paren en Hollywood por decenas si no fuera porque el que lleva la batuta es un español que ni se amilana ni se deja engatusar por la maquinaria made in USA.

Los fenómenos paranormales, casi como el sexo, son garantía de éxito en la pantalla. Consciente de ello, Cortés los utiliza como eje central de su último filme, abordándolos desde una perspectiva novedosa, desde el punto de vista de dos científicos a la caza del fraude. La búsqueda de la razón en lo inexplicable es un tema explorado por otras producciones, sin ir más lejos en esa lucha entre creencia y escepticismo que protagonizaban Mulder y Scully en Expediente X, pero Luces rojas adopta una postura menos esotérica, más terrenal, mucho más verosímil.

La primera mitad del filme, quizá la más apasionante, es la que intenta racionalizar los supuestos fenómenos paranormales, esa especie de clavo ardiendo al que se agarran los millones de personas que necesitan creer en lo desconocido. Para los escépticos, para los amargados en definitiva, esta introducción a cargo de la científica Margaret Matheson supone una confirmación de lo más placentera, un ataque frontal de la ciencia, de lo real, a la pseudociencia, a lo inexplicable. La película parece ponerse del lado de la razón.

Una de las escenas más reveladoras de Luces rojas, rodada en el teatro Tívoli de Barcelona, nos destapa un timo convertido en espectáculo, un impresionante despliegue para saquear los bolsillos de los más desamparados. Leonardo Sbaraglia interpreta al histriónico Palladino, encarnación de todos aquellos personajes y personajillos que sin un ápice de escrúpulos sacan todo el provecho de los más vulnerables. Pero no todos los montajes son descubiertos. Hay un maestro que se les resiste a Matheson y su joven ayudante Tom Buckley: el gran Simon Silver.

El enigmático psíquico al que da vida Robert De Niro es el auténtico gancho de la película, rodeado de un halo de misterio que mantiene enganchado al espectador en la butaca. En torno al personaje, uno de los más logrados del cine de suspense, se van devanando el resto de interrogantes de la trama. Es con su aparición que Luces rojas se va tornando menos incrédula, mucho más oscura y, sobre todo, más grandilocuente. Porque si la primera mitad arrancaba cauta y serena, la segunda parte desemboca en un delirio altisonante, desproporcionado por momentos, y cargado de recursos efectistas.

Sin embargo, a pesar de un cierto abuso de trucos sonoros y de situaciones cuyo único objetivo es provocar el brinco en la platea, Luces rojas funciona en su recreación de una atmósfera inquietante y atrayente, algo para lo que Cortés ya se ha demostrado lo suficientemente preparado. Complicado lo tenía tras dejar el listón por las nubes con Buried, pero aunque no ha alcanzado la altura, mantiene el vuelo a una velocidad de crucero de lo más estimable.