Fernando Trueba dedica la película a dos recientes pérdidas,
la de su hermano Máximo, escultor, y la de un buen amigo y técnico de sonido. El artista y la modelo parece sin duda creada para rendirles homenaje, al
primero poniendo a un maestro labrador como protagonista y, al segundo,
renunciando por completo a la banda sonora en favor del sonido ambiente. La
cinta es pura belleza, puro arte, pura delicadeza, pero también, aunque cueste
reconocerlo, un puro sopor.
Últimamente parece que para rendir tributos al pasado o para
demostrar una mayor sensibilidad haya que renunciar a los avances
cinematográficos. Se da por hecho que el blanco y negro favorece la recreación
histórica y le imprime a la película una estética más intelectual. Se
prescinden de los elementos artificiosos, como el sonido o la banda sonora,
para rescatar experiencias fílmicas olvidadas. Pero a menudo lo que más se
persigue es el aplauso de la crítica, más que el beneplácito del espectador.

Los esfuerzos de Trueba por plasmar la perfección
estilística se convierten en trabas para el espectador. ¿Por qué la ausencia
del color? ¿Por qué el silencio? ¿Por qué en francés? Si tales decisiones
artísticas jugaran a favor de un relato crítico, o reflexivo, o emotivo, o las
tres cosas a la vez, se entendería una puesta en escena tan sobria. Pero la
pesadez de unas escenas flemáticas y reiterativas no se ve recompensada por una
historia para el recuerdo.

De esta forma, El artista y la modelo se convierte en ese
tipo de filmes que nacen para recibir la ovación de los entendidos. Es
indudable que se trata de un ejercicio fílmico impecable, bello,
meticulosamente academicista. Pero más allá de la eufórica reacción en
prestigiosos festivales de cine, conviene saber la acogida del público llano, ese
al que no le da miedo expresar sacrilegios. Y el silencio, el más profundo y
soñoliento silencio, es lo que imperó en una sala no tan comercial de Barcelona
con una película en busca del culto por la vía sedante.
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