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Un pan bajo el brazo

La maternidad, ese milagro de la naturaleza, esa bendición de dios, resulta que no es tan maravillosa como nos la suelen pintar los largometrajes. Un feliz acontecimiento, observen la ironía del título, no es que reniegue abiertamente de la procreación pero sí ofrece al menos una visión más realista de lo que implica tener un bebé, de esos efectos adversos en el cuerpo y la salud emocional de la mujer y de esa prueba de fuego que supone para la vida en pareja.

Conviene retener el nombre de Rémi Bezançon, el director francés que con sólo tres películas ya se ha convertido en todo un experto en desdramatizar auténticos dramas, en plantear la crudeza de lo cotidiano mediante el sentido del humor y una estética plagada de agilidad y frescura. Este parisino de 40 años fue el artífice de una de las grandes sorpresas de 2008, El primer día del resto de tu vida, y ahora vuelve a demostrar con Un feliz acontecimiento su capacidad para emocionar con escenas de lo más sencillas.

El nacimiento del bebé marca un antes y un después no sólo en la vida de Barbara y Nicolas sino también en la propia película. La primera parte del filme es la más amable, la más divertida, la que arranca sonrisas, complicidades e incluso carcajadas en el patio de butacas. Es en esos minutos iniciales que Bezançon se marca una de esas escenas para el recuerdo, cuando nace el amor entre ambos protagonistas con las carátulas de un videoclub como arma de seducción. Pocas comedias pretendidamente románticas han logrado captar un instante con tanta sensibilidad y tan poca sensiblería.

Y es que la pareja que encarnan Louise Bourgoin y Pio Marmaï es absolutamente entrañable, de esas que uno observa con ternura e incluso con cierta envidia, por su maravillosa complicidad, su perfecta sintonía, su equilibrio casi milimétrico entre pasión, humor y confianza. Un estado ideal de enamoramiento que se ve paulatinamente mermado por ese feliz evento, que llega en forma de regalo pero sin un manual de instrucciones, que primero se recibe con los brazos abiertos, luego con pánico y que finalmente termina succionado hasta la última gota de energía.

Pocas mujeres confesarán, ni siquiera en la intimidad, que el embarazo primero, el parto después y la consiguiente crianza de un bebé fueron en realidad sucesos traumáticos. En todo caso siempre puntualizarán que el esfuerzo ha valido la pena, como si al reconocerlo debieran justificar ante alguien su orgullosa maternidad. Pues bien, por mucho que Demi Moore estuviera estupenda luciendo barriga en la Vanity fair, la mayoría de embarazadas se ven gordas y feas. Para unas pocas afortunadas, el parto no es doloroso. Y por mucho que lo aconsejen madres y suegras, la lactancia es un auténtico coñazo.

Pero Un feliz acontecimiento no sólo narra con agudeza las incomodidades propias del embarazo, la histérica sobreprotección de los padres actuales (ahí está la escena en que la pareja observa aterrorizada lo inseguro que es el carrito de bebé que acaban de comprar). Enseguida el relato se va ensombreciendo, y lo que fuera una relación idílica se va convirtiendo poco a poco en una lucha constante de celos y reproches. El filme, que nadie se asuste, no pretende ahuyentar a los más jóvenes de ese milagro de la naturaleza, de esa bendición de dios, pero sirve de advertencia para incautos: los niños no sólo vienen con un pan bajo el brazo.

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